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miércoles, 27 de marzo de 2024

Cerdos de Guinea

Cuenta Francisco Martín Martín en la introducción a la obra Un sitio para vivir de José Luis Sampedro que «debemos destacar que el propio autor nos ha referido que el argumento lo creó a partir de un hecho real, contado por un amigo militar que fue enviado en la posguerra española a la Guinea española. Allí observó cómo una pareja de vascos tenían una granja y los cerdos estaban sueltos por la granja, al igual que los tiene Mama Luana en la obra, y se reproducían, no tenían enfermedades y la población de cochinos iba en aumento; sin embargo, la Estación de Aclimatación española del Ministerio de Agricultura no conseguía que vivieran los marranos, al igual que en la obra sucede con los ingenieros ingleses, en su Estación Aclimatadora».

Veamos esa obra estrenada en 1955 y que se desarrolla en Isla Bonita, supuesta colonia británica de Antillas Orientales, el 12 de octubre de 1938 y 9 y 12 de diciembre:

Un sitio para vivir - Comedia en tres actos

Acto primero

          Gran habitación que forma la planta baja de una casa en una isla de las Antillas. Leves paredes de madera y caña. Al fondo, a la derecha, gran puerta al exterior, con cortinas de rafia que a veces aparecerán recogidas, descubriendo una lejanía de cocoteros y mar. A la izquierda, escalera que conduce al piso superior. Al pie de la escalera, anaquelería con botellas y una mesa con vasos y unas garrafas o barrilitos de ron y aguardiente. En segundo término, pequeña puerta al patio. A la derecha, en primer término, una puertecita cerrada con un escudo y un rótulo, casi borrado, que dice: «Administración».

            Bien visibles, un reloj parado y un calendario del año anterior al de 1938, en que se desarrolla la acción. Junto a la anaquelería, una mecedora. Cerca, un par de mesas y algunas sillas. En los rincones, cajería y géneros diversos. Algunos objetos pintorescos: nasas y artes de pesca, mantas indias, cántaros, calabazas...

            Es un interior penetrado de aire libre, de sol, de naturaleza. Todo ligero y luminoso. A veces, llega desde el patio la música dulzona de la guitarra de Guadalupe. Muebles y enseres rústicos, pero de exótica gracia. Color en el ambiente. La vida es fácil y se goza sin prisa.

            ESCENA I. MAMA LUANA, NENA Y FARRELL

            Mama Luana, en la mecedora, fuma su cigarro y se abanica. Farrell bebe, sentado ante una mesa. Nena limpia la anaquelería. Farrell lleva con descuido un europeo traje colonial. Mama Luana y Nena visten coloreadas telas antillanas. La madre ha sido una real hembra. Nena es una muchacha que resulta muy sensual con toda naturalidad, sin pretenderlo en absoluto.

             

            NENA. Madre, ¿qué día es hoy?

            MAMA LUANA. ¿Qué más da?

            NENA. ¿Será domingo? ¡Un día tan hermoso debería ser domingo!

            MAMA LUANA. ¡Siempre deseando...! Los días son iguales. Todos son buenos.

            NENA. No, madre. El domingo es el día del Señor. Y hoy huele a domingo.

            MAMA LUANA. Pues, no sé… Y como el almanaque es de hace años...

            NENA. Señor Farrell, ¿es hoy domingo?

            FARRELL. Martes.

            NENA. ¿Cómo? ¿Otra vez martes?

            FARRELL. Claro. Ayer fue lunes.

            NENA. ¡Otra vez lunes! ¡Siempre lo mismo!

            MAMA LUANA. ¿Qué más da, hija?

            NENA. Un día, algo debería ser diferente. Todo es igual desde que nací. Esta isla, esta casa, el mar, nosotros...

            MAMA LUANA. ¿Y qué quisieras que cambiase?

            NENA. No sé. Algo... ¡Algo!

            MAMA LUANA. (Suspira. Pausa.) A lo mejor el señor Farrell no está muy seguro y resulta que es domingo.

            FARRELL. Martes.

             

            (Nena hace un mohín.)

 

            MAMA LUANA. ¡Equivóquese, hombre! Estos ingenieros...

            FARRELL. Martes. Doce de octubre de mil novecientos treinta y ocho.

            MAMA LUANA. Chico y qué ganas de tener memoria.

            FARREL. Es una fecha histórica, Mama Luana.

            NENA. Calla, madre. No se lo recuerdes.

            FARRELL. No hace falta. Tengo la pena clavada en el corazón. Un mes justo hace que se me murió el pobrecito. ¡Y no fui capaz de salvarle! ¡Yo, Augustus P. Farrell, premio extraordinario del Doctorado! Tanto estudiar para que se muriera en mis brazos... ¡Nunca olvidaré su última mirada!

            NENA. Usted hizo lo que pudo, pero él se había quedado tan solo...

            FARRELL. Desde que su último hermano murió estaba flaco, flaco... No quería comer... (Echa un trago.) Hasta se le desenroscó el rabito, de lacio que estaba. ¡Un cerdo como él, de pura raza! (Acaba el vaso. Violentamente.) ¡Mama Luana, usted tiene pacto con el diablo!

            MAMA LUANA. ¿Qué dice, hombre?

            FARRELL. ¡Conteste! ¿Cómo cría a sus cerdos tan lozanos, mientras que mis seis parejas se me murieron en menos de cuatro meses? ¿Cómo consigue lo que no logra la Estación Aclimatadora de Cerdos de la Oficina Colonial de Su Majestad Británica en Isla Bonita, Antillas Orientales?

            NENA. (Sirviéndole un vaso.) Vaya, beba un trago, señor Farrell.

            FARRELL. ¡Basta de tragos! ¡Quiero saber! Diga, ¿cómo organiza usted la crianza?

            MAMA LUANA. ¡Organizar! ¡Bah!

            FARRELL. Yo tengo rascaderos impregnados con desinfectantes, piensos científicos supervitaminizados, un patio cubierto con toldos durante las horas de excesiva radiación solar... Pero los cerdos se mueren, mama Luana. Uno tras otro, hasta el último... ¡Dígame el secreto!

            MAMA LUANA. ¡Si no hay secreto! Abro el corral por la mañana y los animalitos se van al bosque. Al oscurecer vuelven, gruñen en la puerta, les abro, entran y cierro. Y hasta el día siguiente.

            FARRELL. ¡Siempre el mismo cuento!

            NENA. Es la verdad, señor Farrell.

            FARRELL. (Transición.) Ya sé que es la verdad. (Bebe.) Eso es lo lamentable. Porque, entonces, ¿para qué me doctoré en Ingeniería Zootécnica e ingresé en la Administración colonial? ¡Para qué al primer destino...! ¡Muertos! Seis parejas de cerdos en las que tenía puesta su confianza la Subsecretaría de Agricultura Tropical. ¡Es horrible!

            MAMA LUANA. No hay que apurarse.

            FARRELL. ¿Y mi situación? Oficialmente, soy el director de una estación aclimatadora de cerdos en el trópico. Pero en realidad ni dirijo, ni aclimato, ni hay cerdos... Si viniera un inspector o nombraran alguna vez un administrador de la isla...

            MAMA LUANA. Aquí no llegan inspectores, gracias a Dios.

            NENA. Esta es la isla olvidada. (Suspira.) ¡Administrador...! Desde antes de nacer ya no ha habido ninguno.

            MAMA LUANA. Desde la Gran Guerra.

            FARRELL. Pero si viene alguno...

            MAMA LUANA. ¿No lo hemos previsto ya? Nadie puede venir mas que en la goleta que llega cada mes. El patrón ya sabe que si trae inspector a bordo debe izar bandera roja para avisarnos, y entonces yo le presto mis cerdos para que los tenga usted en la Estación durante todo el día que fondea el barco... Pero nada de desinfecciones, que les irritan la piel; ni de toldos contra el sol, que es el que desinfecta.

            NENA. No se preocupe, señor Farrell. El indio del puerto nos avisará.

            FARRELL. No sé, no sé... Si por lo menos no hubiera yo mandado aquel informe diciendo que..., bueno, que las parejas habían tenido cerditos. ¿Por qué me lo aconsejó, Mama Luana?

            MAMA LUANA. Pero hombre, ¿cómo iba usted a tener seis parejas tanto tiempo sin... novedad? ¿Usted ha visto un verraco en celo alguna vez?

            FARRELL. No me he fijado mucho, la verdad.

            MAMA LUANA. Pues vale la pena... Nada, nada. No era posible seguir sin cerditos. Claro que, a lo mejor, sus jefes de la Administración colonial se lo creían. ¿Hay cerdos en la Administración?

            FARRELL. Muchos... En la granja de la Facultad, quiero decir... Si, sí; tiene usted razón. Pero a veces siento escrúpulos al mandar tanta estadística, con la curva de crecimiento de las crías, su reacción a las variaciones… ¡Qué sé yo!

            NENA. ¿Y qué tal crecen las crías?

            FARRELL. Ah, eso sí, en las estadísticas, perfectamente. Si hasta me han mandado una felicitación oficial...

             

             

            ESCENA II. DICHOS Y TIGRE JÁCOME

 

             

            TIGRE JÁCOME. (Entra. Un carácter enjuto, fibra y nervio todo él. Explosivo hasta cuando está tranquilo. Cada palabra suya tiene enorme peso. Su mera aparición trae a escena la presencia de hondas fuerzas naturales. El exceso de coraje se le escapa en descargas hasta en la ternura. Nada de pintoresco el atavío. Sólo la dura sencillez que le va al tipo. Sandalias, pantalón —algo corto o algo acampanado para crear un ligero exotismo—, camisa y faja o ancho cinturón. Un gran puñal a la cintura, en la espalda. Un sombrero de palma o una banda sujetando el pelo sobre la frente. Quizás una ancha muñequera de cuero; pero sin exagerar ningún detalle.) Buen día, Mama Luana y la compañía.

            MAMA LUANA Y NENA. ¡Jácome!

            MAMA LUANA. ¡Cuánto tiempo llevas sin bajar del monte! ¿Qué bueno te trae?

            TIGRE. Je: ¿Bueno, Tigre Jácome? El barco. A encargar para el otro correo.

            NENA. ¿Cómo lo esperabas?

            TIGRE. Está llegando. Se ve desde lo alto. Y por atajos. Jácome llega antes... ¡Niña! ¿Qué te trae Jácome?

            NENA. ¿Plumas de araca? ¿Una piel de coatí?

            TIGRE. (Sacándola.) Una caracola. Rosa como carne de muchacha. ¿Linda?

            NENA. ¡Preciosa!

            TIGRE. Escúchala. Tiene dentro la mar. La mía. La que rompe en mi montaña.

            NENA. (Acercándosela al oído.), la tuya... Suena muy lejos, pero muy fuerte... ¡Cómo te acuerdas siempre de mí, Jácome!

            TIGRE. ¡Siempre, niña!

            NENA. ¡Qué bueno eres!

            TIGRE. (Violento.) ¡No me llames bueno! ¡Las mujeres nunca llaman bueno al hombre! (Muy suplicante.) No me lo llames tú, niña.

            NENA. ¿Por qué, Jácome, si lo eres?

            TIGRE. (Cortante.) No.

            MAMA LUANA. (Sirviendo un vaso.). Bebe, Jácome.

            TIGRE. (Alzando el vaso.) ¡Con la buena gente! (Muy serio, por Farrell.) ¿El hombre no quiere acompañar?

            MAMA LUANA. No te enfades, Jácome, que es amigo. Será que ahora no le provoca beber.

            FARRELL. Sí, con mucho gusto.

             

            (Mama Luana sirve otro vaso.)

 

             

            TIGRE. Gracias. (Beben. A Mama.) Toma. Este papel para el patrón del barco. Todito me lo tiene que traer el mes que viene. Nos hace falta arriba.

            MAMA LUANA. (Fijándose.) ¿Qué es esa mancha, Jácome? ¿Sangre?

            NENA. ¿Te has herido?

            TIGRE. Yo, no. Je. Es sangre del pulpero Visente.

            NENA. ¿El de la playa?

            MAMA LUANA. ¡Jácome! No le habrás...

            TIGRE. No. Es poco hombre para acabar con él. La oreja derecha, no más. (Disculpándose.) Engañó a un indio mío en las cuentas al comprarle el coco... Le engañó, Mama; la purita verdad. ¿Está bien engañar a un inosente?

            MAMA LUANA. ¡Pero, Jácome...!

            TIGRE. Una oreja no es nada. Sólo para recordarse. Yo conocí a un tropero que le faltaban las dos y era bien macho. Y hasta punteaba la guitarra y cantaba en la ronda igual que antes. (Sonríe.) ¡Y cómo que se le daban las hembras!

            FARRELL. (A Nena.) ¿Quiere decir que le ha cortado una oreja al de la tiendecita de la playa?

            TIGRE. Pues, ¿y no me oyó?

            FARRELL. ¡Como lo dice tan tranquilamente!

            TIGRE. ¿Me tenía que alterar...? Al cabo, más lo siento por el perro.

            NENA. ¿El perro?

            TIGRE. El perro del pulpero. ¡Animalito! Le hará daño la oreja del amo. Esa sangre de Visente tiene que ser veneno... Je... Pero yo tenía la oreja en la mano, sin saber qué haserle, se la eché al perro y se la devoró...

            MAMA LUANA. ¡Hombre, Jácome!

            TIGRE. Ya sé, Mama; pero no me regañe. Yo no quise dañar al pobre perro; pensé que no la comería. Ándele, Mama, ría un poco. ¡Si hubiera visto la cara del gordo Visente, sudando, sudando, de que me vio el cuchillo sacao...! ¡Ríale! ¡Si él se reía de purito contento cuando le dije que no le iba a vaciar, que no era más que la oreja, para recordarse que no hay que engañar a indio! Me dijo: «Voy a buscar un trapo para la sangre». Y se sentó, quietesito, a dejar que yo diera el tajo a mi comodidad... Imagínele, Mama... (Mama ríe.) ¿Verdad?

            NENA. ¡Madre! ¡Pero eso no está bien, Jácome!

            TIGRE. No se enfade ahora la niña, que la madre ha reído. (Serio, por Farrell.) ¿O alguno piensa que no está bien? (Pausa. A Mama.) ¿Te olvidarás de darle el papel al patrón del barco, Mama?

            MAMA LUANA. No, Jácome.

            TIGRE. Es que entonces me vuelvo, que hay mucho andar hasta Barranca Verde.

            MAMA LUANA. ¿Necesitas algo de aquí?

            TIGRE. Nada, gracias.

            MAMA LUANA. Por lo menos, te voy a dar unos chilesitos como los de tu tierra. Ven, los tengo colgados en el sombrajo.

             

            (Sale por la izquierda.)

 

             

            TIGRE. Eso sí está bien, Mama. Adiós, amigo.

            FARRELL. Adiós.

            NENA. ¡Linda caracola, Jácome!

            TIGRE. ¡Linda palabra, niña! ¡Ay! ¡Cómo me la recuerdas! A ella, a mí... (Seco.) ¡Yo sé su nombre!

             

            (Sale por la izquierda.)

 

             

             

            ESCENA III. FARRELL Y NENA

 

             

            FARRELL. ¡Es asombroso! ¡Qué tipo!

            NENA. ¿No le conocía? Baja muy poco y para en el poblado lo menos posible.

            FARRELL. Había oído hablar de él, pero nunca le había visto. ¡Increíble! ¿Quién es?

            NENA. ¿Y quién lo sabe? Llegó aquí no sé cómo, cuando una revolución en su país. Vive al otro lado de la montaña, en lo que llaman Barranca Verde, gobernando a unos cuantos indios, teniéndolos sujetos y mirando por ellos.

            FARRELL. ¡Qué hombre!

             

             

            ESCENA IV. DICHOS Y MAMA LUANA

 

             

            MAMA LUANA. (Que oye a Farrell al entrar.) ¡Qué hombre, sí! Yo soy de las pocas personas que le conocen algo.

            NENA. Madre sabe muchas cosas de él.

            MAMA LUANA. Algunas que ni él mismo las sabe, y otras que él cree que nadie las conoce... Fue gran amigo de tu padre, niña... (A Farrell.) Yo subí a la Barranca con mi marido la noche en que… Pero es una historia demasiado larga para esta calor; mejor la contaré a la noche... ¡Jesús! ¿Pues no me he sofocado? Es que delante de Tigre Jácome, según le dicen, se llena una de fuego.

            FARRELL. ¿Y vive siempre entre indios?

            MAMA LUANA. Sí, y ellos le adoran como a un dios. Si no fuera por él, hubieran desaparecido ya. Es un rey y un padre para todos. Bueno, de muchos pequeños, es el padre de verdad.

            NENA. ¿No fue general en su tierra?

            MAMA LUANA. Quizás. Por lo menos mandó una tropa hace ya muchos años.

            FARRELL. ¿Y no ha pensado nunca en regresar allí?

            MAMA LUANA. Este es el mejor mundo, dice. Y cada año se vuelve más salvaje, más cerrado, hablando menos... Y cada año es más bueno.

            FARRELL. Pues lo de la oreja no es cosa de santo.

            MAMA LUANA. Bah, tampoco es para darle importancia. Es que cuando le tocan a sus indios... El pulpero Vicente lo habrá tomado casi a broma, sobre todo pensando en que de mucho peor se ha librado. Porque cuando Tigre saca el cuchillo, no lo envaina seco… Jácome hubiera podido igual matarle, y, además, pantalones gasta Vicente y cuchillo tiene también... Sí, Jácome es bueno. Yo le he visto llorar recordando un caballo que hubo de matar una vez para poder escapar.

            FARRELL. Va a resultar un sentimental... Como yo, Nena, lo mismo que yo. Estaba a punto de decirlo cuando entró Jácome.

            NENA. No, señor Farrell ; ya le he dicho que no.

            FARRELL. Nena, ¿por qué no me quieres?

            NENA. ¡Vamos, señor Farrell!

            FARRELL. Di, ¿por qué no me quieres?

            MAMA LUANA. No me discutan, que levantan calor. Niña, ¿por qué no quieres al señor Farrell? Está muy bien.

            FARRELL. Gracias, Mama Luana. Dime, Nena...

             

             

            ESCENA V. DICHOS Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            JOSÉ DOMINGO. (Entra. Un indio que empieza a ser viejo y ya está enjuto, acartonado, oscuro. Habla y se mueve despacio, pero nada le preocupa.) ¡Buen día, Mama Luana!

            MAMA LUANA. Buen día, José Domingo. ¿Cómo tan temprano?

            JOSÉ DOMINGO. Buen día, niña.

            NENA y FARRELL. Buen día.

            JOSÉ DOMINGO. Buen día, señor Farrell... Buen día, señor Farrell.

            FARRELL. (Otra vez.) Buen día.

            JOSÉ DOMINGO. (Contestando por fin a Mama Luana.) ¿Yo tan temprano? Que tengo que hasé, Mama.

            MAMA LUANA. (Asombradísima.) ¿Que tienes que hacer?

            JOSÉ DOMINGO. Así mismo.

            MAMA LUANA. ¿Le ha pasado algo a tu Dolores?

            JOSÉ DOMINGO. (Digno.) Tengo que hasé yo; en lo mío de la Ministrasión. ¿Soy el escribiente de la Ministrasión o no soy el escribiente? Pues tengo que hasé en mi ofisina. (Va hacia la puerta del primer término derecho y forcejea mientras los demás le contemplan.) Está durilla; está. No se quiere dejar abrir.

            MAMA LUANA. Claro. No está acostumbrada.

            NENA. ¿Cuándo la abrieron por última vez?

            FARRELL. A lo mejor, el día que yo vine.

            JOSÉ DOMINGO. Justo, señor Farrell. Desde entonces anda serrá. (Se abre la puerta.) ¡Ahorita!

             

            (Entra, cierra y se cae el rótulo de encima de la puerta. Sale José Domingo, lo vuelve a colocar y deja entreabierta la puerta.)

             

             

            ESCENA VI. DICHOS, MENOS JOSÉ DOMINGO

 

             

            NENA. ¿Qué araña le habrá picado?

            FARRELL. ¿Será... que viene un inspector?

            MAMA LUANA. ¡Chico, Señor! ¡Ni me lo miente...! ¡De oírle me ha entrado una calor...!

            FARRELL. Comprendo que a mí me preocupe, pero a usted...

            MAMA LUANA. ¡Ni me lo miente...! Veinte años hace que padecimos el último... Siempre estaba hablando del Gobierno, que nos iba a ayudar en esto y en lo otro, y no hacía más que fastidiar... (Se sirve un vaso y bebe.) Salgo al aire libre a quitarme el sofoco.

            FARRELL. ¿Tanto miedo tiene usted?

            MAMA LUANA. ¿Miedo? Ninguno. Pero es que con la gente del Gobierno siempre se acaba discutiendo... Bueno... (Mientras hace mutis hacia el patio.) Ya procuraría yo que no fuera mucho... (Pausa.) ¡Qué bien suena la guitarra de Guadalupe!

             

            (Mutis.)

 

             

             

            ESCENA VII. FARRELL Y NENA. DE VEZ EN CUANDO, ASOMA JOSÉ DOMINGO

 

             

            FARRELL. La verdad es que se vive bien aquí, igual que Robinsón... Si no fuera por el barco de cada mes, que trae las cosas indispensables, como los licores, seríamos Robinsones de verdad... Sin preocupaciones, sin relojes... (Mirando al que hay colgado.) Al menos, sin relojes que anden; sin calendario, sin prisas...

             

            (José Domingo asoma y golpea dos libros registro. Cae de ellos abundante arena.)

             

            JOSÉ DOMINGO. ¡El viento mete una de arena!

             

            (Vuelve a entrar en la oficina.)

 

             

            FARRELL. …Sin prisa, sin oficinas, sin Administración... Bueno, Administración, sí. ¡Cada vez que subo a la Estación Aclimatadora de Cerdos se me cae la cara de vergüenza! Porque yo soy formal, Nena, yo tengo entusiasmo, iniciativa... (José Domingo asoma con una silla estropeada, le quita la arena, como a los libros, y se vuelve a meter.) ¡Qué importuno...! Yo quería crear cosas, ser alguien... ¡Nena, no me juzgues por mi fracaso de aquí! Yo era el mejor alumno de la Facultad, y si esos condenados cerdos —¡pobrecillos!— no me hubieran desmoralizado, podría llegar lejos. Pero me han vencido; soy otro hombre. Antes de venir aquí yo sabía muy bien lo que quería. Ahora no sé nada. Necesito algo que me impulse y me sostenga... Si tú me ayudaras..., si tú me quisieras...

            NENA. No, señor Farrell... No me hace ilusión.

            FARRELL. Pero ¿por qué?

            NENA. Eso no se explica. ¿Por qué llovió ayer? ¿Lo sabe?

            FARRELL. ¡Claro! Porque las masas de aire caliente, cargadas de vapor de agua, penetraron en una zona fría de la atmósfera y la condensación del vapor...

            NENA. No, no... Eso le bastará a usted; pero lo que yo pregunto es más. ¿Por qué llovió precisamente como llovió ayer? Desde antes sentía yo la isla entera llena de tristeza... Y cuando llovió me eché a llorar... Estaba sola... Hace años, yendo una vez a Barranca Verde con Tigre Jácome, nos cogió un aguacero y nos refugiamos en una cueva. Caía el agua fuera... Mi cuerpo, chiquitito, estaba junto al de Jácome... Desde entonces sé lo hermoso que ha de ser estar con un hombre mientras llueve... ¿Por qué llovió ayer así?... Eso no se contesta. (Queda pensativa.)

            FARRELL. Yo también tengo ahora muchos ratos en que no me comprendo. Y nunca he sido así. ¡Me falta algo! Por eso, si tú...

            NENA. (Sonriendo al salir de su abstracción.) Lo que le pasa es que tiene que tomar una india. No de tarde en tarde, como hace ahora; eso no quita la soledad. Una para usted... Que le haga sentir la mujer constantemente, hasta cuando ella no esté a su lado. Así se encontrará bien.

            FARRELL. Pero Nena... Tú no debías saber...

            NENA. ¡Qué tontería! ¿Por qué no? ¿Es que no es verdad? Si aquí lo vemos todos los días… Hasta lo decía el libro santo de mi abuelo: «No es bueno que el hombre esté solo», le oí leer alguna vez... Y eso es lo que le pasa, señor Farrell.

            FARRELL. Pero es que yo te quiero.

            NENA. No. Me desea, nada más. Querer es otra cosa. Si me quisiera, yo no podría dejar de enterarme. Un hombre, cuando quiere, hace algo irresistible, sin porqué.

            FARRELL. ¡Dime lo que he de hacer!

            NENA. No se dice. No se sabe... antes. O una paciencia interminable, agoniosa, como la del lagarto dorado, dando vueltas y vueltas alrededor de la hembra hasta casi enloquecerla. O un coraje repentino, como el que dicen del jaguar negro... (Pausa.) No, señor Farrell; si yo le hiciera caso, usted se aburriría en seguida.

            FARRELL. Hablas con una seguridad... Cualquiera diría que sabes mucho.

            NENA. De eso, sí. Lo siento adentro. Sé muy bien que se aburre usted aquí y echa de menos el mundo.

            FARRELL. ¿El mundo? ¿Qué crees que es el mundo?

            NENA. Yo soy una ignorante y no he salido de esta isla; pero a veces... Lo debí de heredar de mi padre. Ya sabe usted: era ingeniero francés, un aristócrata que viajó por todas partes. Y un hombre raro, supongo, para acabar feliz muriendo aquí... No sé. El caso es que cuando pienso en el mundo de más allá del mar... No conozco nada y me lo figuro todo. ¡Todo! Sé que tiene que haber… No sé explicarme; pero como una...

             

             

            ESCENA VIII. DICHOS Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            JOSÉ DOMINGO. (Saliendo.) ¡Una araña!

            NENA. ¿Qué dices?

            JOSÉ DOMINGO. Una araña. Y de las grandes: una cutiana. En el cajón de la mesa tenía el nido. Vengan a verla. Así mismo era. Como una cangrejilla.

            NENA. ¡Déjanos de tonterías!

            JOSÉ DOMINGO. La cutiana mata, niña. No tontería. Nunca vila tan grande, la verdad... Bueno, me vuelvo a mi trabajo.

             

            (Mutis.)

 

             

             

            ESCENA IX. NENA Y FARRELL

 

             

            NENA. ¿Qué iba yo diciendo?

            FARRELL. (Con ternura.) Me explicabas cómo es el mundo.

            NENA. No se burle. Sé que es maravilloso. Que allí todos son felices. Me ha dicho el patrón de la goleta que por las tardes la gente va al cine... Le pregunté a mi madre cómo es el cine. Ella lo vio cuando fue de viaje con mi padre, antes de nacer yo. Un cuarto enorme; lo menos, doble que éste. Sillas en fila mirando a una pared blanca. Se apaga la luz, brilla la pared y sale una mujer vestida de gasas y con alas, como una mariposa, y baila, y baila... Pero no es una mujer de carne, sino una mujer de luz... ¿Verdad que el cine es eso?

            FARRELL. Muy parecido.

            NENA. ¡Qué maravilloso!

             

             

            ESCENA X. DICHOS Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            JOSÉ DOMINGO. (Saliendo.) Ea, chico, ya está. ¡Cuánta arena! ¡Cuánto bicho! Un día, las hormigas rojas se van a comer la oficina. Pero ustedes lo habéis visto; que yo bien cumplo mi obligación. Tan cerrada la tengo, que ni yo mismo entro. Ni yo: el escribiente.

            NENA. Entonces, ¿por qué abres hoy?

            JOSÉ DOMINGO. Ustedes se lo diréis al ispetó, ¿verdad? Que yo cumplo bien.

            FARRELL. ¿Cómo? ¿A qué inspector?

            JOSÉ DOMINGO. Y ahora que pienso, señor Farrell, ¿cómo que sigue tan tranquilo acá? En la playa debía estar para resibirlo, digo yo.

            FARRELL. Pero ¿qué estás diciendo?

            JOSÉ DOMINGO. O pué que sea un administraó... El que ha llegao en el barco... ¿Qué es más, administraó o ispetó...? Pero ¿no vio la bandera roja en el palo de la goleta? ¡Bien alta la traía!

            FARRELL. ¡Cielos! ¿Estás seguro?

            JOSÉ DOMINGO. ¿No ve todo lo que he trabajao?

            FARRELL. ¡Ese indio del muelle! ¡Maldito sea! ¿Cómo no nos avisó?

            JOSÉ DOMINGO. No pudo, señor Farrell. No vio la bandera.

            FARRELL. Y tú, ¿cómo la viste?

            JOSÉ DOMINGO. Porque yo andaba por la orilla, a ver si me sacaba una tortuga, y él no estaba allá.

            FARRELL. ¡Bandido! Los cerdos, Nena. No puedo perder tiempo.

            NENA. Estarán por el bosque.

            FARRELL. ¡Maldita sea...!. ¡Mama Luana! ¡Esta vez me pierdo...! ¡Ese indio...! Pero ¿quién me mandaría a mí informar que habían nacido cerditos?

            NENA. Calma, señor Farrell.

            FARRELL. Al mes justo tenía que ser... ¡Ese indio me las paga...! El doce me trae mala suerte.

            JOSÉ DOMINGO. Hay días de curandero, sí señó.

            FARRELL. Y tú, ¿por qué no me lo has dicho antes?

            JOSÉ DOMINGO. ¿No me estabais ustedes viendo? ¿Es que yo trabajo así, sin motivo?

            FARRELL. ¡Y ya estará al llegar!

            JOSÉ DOMINGO. El botesito andará por la misma playa... Aunque, como yo me vine acá tan deprisa...

            FARRELL. ¿Deprisa tú? ¡Vamos! ¡Los cerdos, vengan los cerdos!

            NENA. Pero el inspector no va a subir ahora mismo a la Estación.

            FARRELL. ¿Y qué otra cosa tiene que hacer aquí?

             

             

            ESCENA XI. DICHOS Y MAMA LUANA

 

             

            MAMA LUANA. (Desde la puerta del patio.) ¿Qué pasa?

            FARRELL. ¡Un inspector, Mama Luana, un inspector! ¡Y mis cerdos en el bosque! ¡Digo, los de usted!

            MAMA LUANA. ¡No se apure, hombre (Se sienta en la mecedora), que se va a acalorar!

            FARRELL. ¡Y el condenado indio sin avisar! ¡Ni en su puesto estaba, sabiendo que uno de estos días llegaba el barco!

            MAMA LUANA. Claro.

            FARRELL. ¿Cómo claro?

            MAMA LUANA. Cuando usted se lo encargó tanto y le dio los cinco pesos y él juró que sí, yo ya sabía que ni se volvería a acordar. ¡Eran demasiado cinco pesos!

            FARRELL. ¡Mejor! Para que se interesara más.

            MAMA LUANA. Demasiado, digo. Con cinco pesos se coge una borrachera demasiado grande y se olvida todito después.

            FARRELL. ¡Haberlo dicho!

            MAMA LUANA. ¿Quién iba a pensar que vendría nadie...? ¡Ay, no me haga contestarle tan rápido!

            FARRELL. ¡Para qué habré inventado los cerditos!

            NENA. No irá hoy a la Estación. Y si va, le dice usted que se le han muerto todos.

            FARRELL. Habrá tenido que ser hoy mismo, porque llevo las estadísticas y los libros al día.

            MAMA LUANA. ¡Qué barbaridad! ¿Ve usted lo que pasa por llevar los libros al día?

            FARRELL. Es el Reglamento, Mama Luana.

            MAMA LUANA. Bueno, chico; no se me apure. (A Nena.) Llama a Guadalupe, niña. (Llamando.) ¡Guadalupe! ¡Lupe!

            FARRELL. Déjese ahora de otra cosa, Mama Luana. ¡Los cerdos! ¡Lo que quiero son los cerdos!

            MAMA LUANA. A eso voy, chico, ahorita. Cuando Guadalupe los llama, todos los cerditos acuden.

            FARRELL. ¡Qué suerte tiene la mulata!

            MAMA LUANA. Mulata clara, no más. Cuarteronsita blanca.

             

             

            ESCENA XII. DICHOS Y GUADALUPE

 

             

            Entra Guadalupe. Es una mulatita preciosa.

             

            MAMA LUANA. ¡Mírela! (A Guadalupe.) Guadalupe, hija, el señor Farrell quiere que vayas con él al bosque.

            GUADALUPE. (Extasiada.) ¿Al cabo y me vio cómo le miro siempre? ¡Ay qué bueno, señó Farrell! ¡Y qué bueno que va a está!

            MAMA LUANA. No corras, chica; no es eso. Es para que arrejuntes los cerdos no más y te los lleves hasta la Estación de arriba.

            GUADALUPE. (Defraudada.) ¡Eso no más! ¡Pues no quiero!

            MAMA LUANA. ¡Guadalupe!

            GUADALUPE. ¡Que los busque él, los cerdos! ¡A mí qué se me dan! ¡Ni que fueran hombres!

            FARRELL. Por favor, Guadalupe, tú puedes salvarme.

            GUADALUPE. ¡Ay, si usted me lo pide... así...!

            MAMA LUANA. Y la Estación está largo, hija.

            GUADALUPE. (Brillándole los dientes en una sonrisa de pícara conformidad.) ¡Y qué verdad, Mama! Y los cerditos tan esparramaos, que hay que buscarlos por el bosque, tan serrao, tan fresquito, debajo de la caló... Ta güeno, señó Farrell; andaremos juntos. ¡Ándele ya!

            FARRELL. Muy bien. Vamos aprisa. (A los demás.) ¡Adiós! (Sale.)

            GUADALUPE. ¡Huy, aprisa...! Eso, según, señó Farrell ¡Un momentito! (Sale, corriendo por la derecha al patio y vuelve en el acto con su guitarra.)

            MAMA LUANA. ¿Dónde vas con eso?

            GUADALUPE. A buscar los cerdos... Pero despasito y con el señor Farrell... ¡Qué dulsesito! (Sale por el foro.)

             

             

            ESCENA XIII. MAMA LUANA, NENA Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            MAMA LUANA. ¡Pobre hombre! ¡Ahora que empezaba a vivir como Dios manda!

            NENA. ¿Tú crees, madre?

            MAMA LUANA. Claro. Bebía un poquito, tomaba el sol, pensaba en una mujer... (Pausa.) ¿Habéis hablado mucho?

            NENA. Mucho, no. Poco.

            MAMA LUANA. ¡Vaya! (Suspira.)

            JOSÉ DOMINGO. (Desde la puerta.) ¡Ya viene, ya viene...!

             

             

            ESCENA XIV. DICHOS Y DICKSON

 

             

            José Domingo retrocede y saluda. Entra Dickson, seguido de un Marinero, que lleva el equipaje. Tras la cortina se adivina una tropa de indios, grandes y chicos, agolpada a la puerta. Dickson viste impecable traje blanco colonial, con un discreto distintivo de su autoridad, y se cubre con un casco. Siempre serio y formalista, pero sin ridiculez ni exageración.

             

            DICKSON. Señora... ¿La dueña del hotel, si no me engaño?

            MAMA LUANA. Sí, señor. No me levanto porque me acaloro en seguida.

            DICKSON. ¡Por favor, señora...!

            MAMA LUANA. (Presentando.) Mi hija.

            DICKSON. Señorita...

            JOSÉ DOMINGO. Y yo soy el escribiente, señó.

            DICKSON. (Seco.) ¿Qué escribiente?

            JOSÉ DOMINGO. El de la Ministrasión. Y ésa es la oficina. (Señala la puerta.) Limpia resién.

            DICKSON. ¿La oficina aquí? ¿En un hotel? Bien. Ya hablaremos de eso. Todavía no he llegado oficialmente a mi despacho. Espéreme ahí. (José Domingo se sienta en el suelo junto a la puerta. A Mama Luana.) ¿Tiene una habitación para mí?

            MAMA LUANA. Naturalmente. Y aunque no la tuviera. No encontrará otro... hotel, como usted dice, donde meterse.

            DICKSON. Muy bien. Tenga la bondad de indicar a este hombre la habitación y déme el Registro para llenar la ficha. (Al marinero.) No; esa maleta, no.

             

            (Deja una. Nena se lleva al Marinero escalera arriba. Luego, el Marinero volverá a bajar y hará mutis.)

             

             

            ESCENA XV. MAMA LUANA, DICKSON Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            MAMA LUANA. ¡Pues claro, sí señor!

            DICKSON. El registro de viajeros.

            MAMA LUANA. ¡Qué broma, señor!

            DICKSON. ¿Broma?

            MAMA LUANA. Pero ¡en esta isla! ¡Si aquí no viene nadie! A esto le llaman hotel los del barco porque soy la única persona con casa como para alojar a alguien. Pero registro..., ¡vamos, señor!

            DICKSON. Sin embargo, creo que soy un viajero.

            MAMA LUANA. Pues claro; sí, señor.

            DICKSON. Y si mis datos son exactos, en Isla Bonita hay un ingeniero zootécnico a cargo de una Estación Aclimatadora de Cerdos.

            MAMA LUANA. Sí, sí. Una gran persona el señor Farrell. ¡Lo buenísimo que es! Y lo que sabe. ¡Hay que ver cómo cría los cerdos!

            DICKSON. Hombre muy competente, ya lo sé. He leído todos sus informes oficiales. Sé que ha aclimatado seis parejas y que ha conseguido nueve crías machos y siete hembras. Mañana iré a la Estación Aclimatadora para felicitarle.

            MAMA LUANA. Sí, hará bien en dejarlo para mañana. Hoy le conviene descansar.

            DICKSON. Y supongo que el señor Farrell vivirá también aquí.

            MAMA LUANA. Claro. Yo ya le dije que tomando una india estaría mejor, pero no quiso. A usted no le hará falta, pues, total, para estar sólo unas horas...

            DICKSON. Perdone. No necesito consejos sobre mi vida privada.

            MAMA LUANA. Yo no le hablo a usted de su vida privada. Para esa vida hacen falta dos personas. Por eso siempre nos enteramos de todo. Y además, las chozas casi no tienen paredes...

            DICKSON. No vamos a discutir esa cuestión. El caso es que hay viajeros. Luego tiene que haber registro. Es la ley...

            MAMA LUANA. Oh, aquí la ley...

            DICKSON. (Seco.) Aquí la ley es como en todas partes. Ésta es una colonia británica. Civilizada y organizada. Al menos, mientras yo sea el administrador.

            MAMA LUANA. ¿Administrador ha dicho? ¡Señor, qué calor me va a dar!

            DICKSON. ¿Quién creía usted que era?

            MAMA LUANA. Un inspector, que se marcharía en el mismo barco... ¡Señor, Señor...! Dígame, ¿hay guerra mundial?

            DICKSON. Ahora, no. ¿Por qué?

            MAMA LUANA. Desde la guerra mundial no habíamos tenido administrador.

            DICKSON. Entonces, ya era hora. Y repito: mañana me presentará usted el registro. O le impondré la sanción reglamentaria.

            MAMA LUANA. ¡Demonio de hombre! ¡Para qué querrá el condenado registro!

            DICKSON. Para que consten legalmente los viajeros.

            MAMA LUANA. ¿De modo que si usted está aquí, pero no hay un papel que lo diga, usted no está? ¿Y si no está usted pero un papel dice que sí, usted está? ¿Eh? ¿Importan más los papeles que las personas?

            DICKSON. Somos seres civilizados y organizados. Y aquí hay una Administración.

            MAMA LUANA. Organi... ¡Papeles, eso es! Y basta de discusión, porque vamos a sudar.

            DICKSON. Yo no sudo.

            MAMA LUANA. Será en su tierra, pero aquí...

            DICKSON. Yo-no-su-do. Es incorrecto.

            MAMA LUANA. Pues yo sí. Espero que no necesitaré licencia para sudar. (Pausa.) Y que podré admitir o no a mis huéspedes, según me dé la gana.

            DICKSON. Desde luego. Acato su negativa a alojarme. Me iré a la casa del Gobierno.

            MAMA LUANA. Me alegraré de que la encuentre. Hace... verá usted... ocho o nueve años entraron en ella las hormigas y se la comieron. Lo que dejaron se derrumbó y volvió a crecer la selva encima... Hace tiempo que no he vuelto por allí, porque hay que andar lo menos..., lo menos, media hora; pero no creo que la encuentre.

             

            (Señalando a la puerta de la oficina donde José Domingo sonríe y hace señales afirmativas.)

             

            DICKSON. Supongo que esa habitación estará alquilada por el Gobierno; de modo, que es mi casa.

            MAMA LUANA. Supone mal. Nunca me pagaron un céntimo. Simplemente, dejo al escribiente que guarde ahí las cosas... ¡Escribiente! ¡Ni a él le pagan!

            JOSÉ DOMINGO. ¿Pa qué?

            MAMA LUANA. Eso es. Y no se fíe del pomposo letrero: ahí dentro no cabe usted tumbado. Para trabajar tendrá que sacar aquí la mesa y la silla. Ya lo sabe. ¿Quiere registro y guerra o quiere la paz?

            DICKSON. Quiero la ley y quiero organización. Nada más. Ante fuerza mayor, y mientras construyo otra casa del Gobierno, me veo obligado a requisarle esa pequeña habitación, así como el espacio de esta sala necesario para trabajar yo con mi escribiente. Y la correspondiente servidumbre de paso hasta la puerta. Inmediatamente le enviaré un oficio en forma a fin de que obtenga en su día la indemnización.

            MAMA LUANA. ¡Váyase a paseo con sus papeles!

            DICKSON. No he oído sus palabras. Es usted una dama.

            MAMA LUANA. ¿Yo una dama? ¡Vergüenza me daría!

            DICKSON. Le molestaré lo menos posible. Y en seguida mandaré desalojar mi habitación de arriba.

            MAMA LUANA. ¡Basta de insultos! ¿Por quién me toma usted? ¿Cree que le voy a dejar dormir al aire libre o encogido en esa garita de ahí? ¡Se quedará en su cuarto, no faltaba más! ¡Aunque sea el administrador de la isla! ¡Pero ni un oficio! ¡Ni un papel!

            DICKSON. Salvo el registro, mañana.

            MAMA LUANA. Ni el registro. ¡Jamás!

            DICKSON. Hablaremos mañana. Discúlpeme. He de ver mi oficina.

            MAMA LUANA. Se volverá loco..., si no lo está.

             

            (Se abanica en su mecedora. Dickson se dirige a José Domingo, que se levanta y consulta una libretita.)

             

            DICKSON. ¿Usted es el escribiente José Domingo Nahuarí?

            JOSÉ DOMINGO. Sí, señó. Para servirle. (Radiante.) ¿Saben allá arriba mi nombre?

            DICKSON. Lamento que padezca usted alguna dolencia.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Cómo dice, señó?

            DICKSON. Que siento mucho que esté enfermo.

            JOSÉ DOMINGO. ¡Qué va, señó! No lo estuve nunca. ¿No ve usted que acá no hay médicos? ¿Para qué me iba a poner enfermo?

            DICKSON. Entonces, ¿por qué no me esperaba usted en la playa?

            JOSÉ DOMINGO. ¡Ya ve! ¡Así es! ¡Eso digo! Pensé: prepararé la ofisina. ¡No crea, estaba difísil! Una horita le anduve forsejeando la puerta, que no se dejaba abrir. La tuve que dar martillo... Pero José Domingo es listo... Mándeme usted cogerle una tortuga para sopas y ya verá. Tiernesita. Joven. De sesenta años p’abajo.

            DICKSON. Lo que voy a mandarle ahora es otra cosa. Ya iremos organizando todo esto, que encuentro... algo abandonado. Veamos lo más urgente. (Abre la puerta, se asoma y mira.) ¿Eso es todo?

            JOSÉ DOMINGO. Todito, señó. Tal y como me lo dejó mi padre Facundo, que en gloria esté.

            DICKSON. Bien. Trabajemos. Saque aquí todas las cosas.

            JOSÉ DOMINGO. ¡Trabajemos!

             

            (Entra y saca una mesa, una silla, tres o cuatro librotes, un legajo atado, un tintero, una gorra de uniforme polvorienta. Todo desvencijado y viejísimo.)

             

            DICKSON. ¿No queda nada?

            JOSÉ DOMINGO. Nada, señó.

            DICKSON. Bien; llévese este atado. Por lo menos ha limpiado la silla.

            JOSÉ DOMINGO. Ya se lo dije. Y pensé: Si voy a la playa a esperarlo, no limpio.

            DICKSON. (Contemplando el inutilizable material.) Afortunadamente, vengo prevenido. (De la maleta que retuvo en escena saca papeles y diverso material.) Siéntese.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Yo, señó? ¿Y usted?

            DICKSON. Yo dictaré paseando. Un oficio al Gobierno colonial.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Que José Domingo escriba? ¡Ah, no señó! ¡Estando usted aquí! ¡De ninguna manera!

            DICKSON. ¿Cómo?

            JOSÉ DOMINGO. No me atrevo, no... ¡Escribir José Domingo estando usted! ¡No, señó! Soy un indio pobresito, pero sé tené respetos. ¡No estaría bien, compréndalo...! Además... yo no sé escribí.

            DICKSON. ¡Que no sabe escribir! ¿Es posible?

            JOSÉ DOMINGO. Ya ve, señó. No me enseñaron... ¡Mi padre sí que sabía! ¡Ah! Escribía una hoja entera en menos de una mañana... ¡Y qué barullo de líneas...! Como un palo agusanado... ¡Era un gran escribiente, señó! Pero ya ve: el Señó Dios se lo llevó y me quedé yo, que no valgo nada... ¡Pero mándeme cogerle una tortuga y verá qué sopa le hago!

            DICKSON. Retírese.

             

            (Ha ido sacando una máquina de escribir portátil, se sienta y mete papel. Escribe. Pausa. Gran asombro de José Domingo. Mama Luana trata de no mostrar curiosidad.)

             

             

            ESCENA XVI. DICHOS Y NENA

 

             

            Nena aparece en lo alto y baja la escalera extasiada, atraída por la música mecánica. Se acerca como una mariposa a una llama. Dickson termina y busca en el cajón de la mesa. A José Domingo.

             

            DICKSON. Déme el sello.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Qué sello?

            DICKSON. Tiene que haber un sello. Estará en el atado que ha metido ahí dentro.

            JOSÉ DOMINGO. Pero ¿qué es un sello?

             

            (Dickson se levanta y se mete dentro. Nena se acerca y contempla el papel, que aún sigue en la máquina.)

             

            DICKSON. (Sale. A Nena.) Qué, ¿le interesa mucho?

            NENA. Nunca había visto escribir con una máquina.

            DICKSON. Ya. Y por eso lee mis papeles.

            NENA. (Conmovedoramente.) No, señor. Yo no sé leer... ¡Qué estúpida!, ¿verdad?

            DICKSON. Perdone. (Irritado, a José Domingo.) ¡No hay sello!

            JOSÉ DOMINGO. (Radiante.) ¿Ve? ¿Y qué le dije?

            DICKSON. Pero arriba tengo uno. Traigo de todo. Yo no puedo fracasar aquí.

            (Sube la escalera furioso.)

             

             

            ESCENA XVII. MAMA LUANA, NENA, JOSÉ DOMINGO Y FARRELL

 

             

            Farrell, al ir a entrar, es abordado por un indio que le entrega una llamativa revista ilustrada —Life, por ejemplo— y se va. Farrell rompe la faja de la revista y la mira, al mismo tiempo que entra.

             

            FARRELL. ¡Sí! ¡Para suscribirme a revistas estoy yo ahora! (Deja la revista en la mesa.) Y menos mal que los cerdos ya van barranco arriba con Guadalupe, camino de la Estación. La he convencido, Mama. Esa mulatita vale un tesoro.

             

            (Nena coge la revista, la abre y se absorbe en ella.)

             

            MAMA LUANA. ¡Chist...! Va a bajar ahora.

            FARRELL. ¿El inspector? Bueno, de aquí a que se vuelva en el barco, podremos engañarle.

            MAMA LUANA. Es un administrador y ya ha empezado a... organizar esto.

             

            (Por la máquina.)

 

             

            FARRELL. ¿Qué? ¡Cielos!

             

            (Se acerca y lee el oficio.)

 

             

            NENA. (Por la revista y hablando para sí.) ¡Qué bonito ¡Qué bonito! De allí, de donde él viene. (Se acerca a su madre.) ¡Qué pena me doy, madre!

            FARRELL. ¡Ya lo creo que ha empezado a organizar! Y lo peor es que va a seguir. ¡Fíjese lo que pide al gobernador de las Antillas Británicas! (Lee.) «Tres mil oficios, un archivador, tres ficheros, mil fichas blancas, mil azules mil rojas, dos libros registro de correspondencia, dos ídem ídem de nacimientos, dos ídem ídem...»

            NENA. ¿Qué son ídem ídem, señor Farrell? ¿Qué son ídem?

            FARRELL. ¿Ídem, ídem...? ¡La organización, que ha caído en la isla...!

             

            Telón

 

 


  

 

             

            Acto segundo

 

             

             

            La misma decoración del acto primero. Anochece, y por la levantada cortina de rafia entra una declinante luz crepuscular.

            Además del mobiliario del acto anterior, un archivador, unos ficheros y algún material de oficina, agrupados hacia el lateral derecho. El reloj está andando y hay un nuevo calendario, que señala el 9 de diciembre de 1938. No vuelve a oírse ya la guitarra.

             

             

            ESCENA I. JOSÉ DOMINGO Y FRANCISCO

 

             

            Al levantarse el telón está en escena José Domingo, sentado contra la pared, abarcándose las rodillas con las manos. El reloj da las nueve. Al oírlo, José Domingo alza la cabeza.

             

            JOSÉ DOMINGO. (Gritando.) ¡Sisco...! ¡Francisco!

            FRANCISCO. (Entra corriendo por el foro. Indio joven. Lleva puesta la gorra de uniforme sacada por José Domingo de la oficina en el primer acto.) ¿Qué susede, viejo?

            JOSÉ DOMINGO. Qu’ha dao el reló las nueve.

            FRANCISCO. ¡Señó! ¡Se me iba a pasá la hora de la última aguada! (Coge una gran caracola y sopla en ella desde la puerta del foro hacia el campo. Después la hace sonar otra vez desde la puerta izquierda hacia el patio. Se asoma a la puerta del foro y mira. Triunfalmente.) ¡Hale! ¡Ya van toas las mujeres del poblao corriendo a por el agua! ¡Qué bien marcha esto de la organización...! (De pronto.) ¡Ay, que tengo que ensendé el faró!

             

            (Sale por el foro.)

 

             

             

            ESCENA II. JOSÉ DOMINGO Y NENA

 

             

            NENA. (Bajando rápidamente por la escalera.) Francisco acaba de tocar las nueve, ¿no?

             

            (Mientras José Domingo asiente, ella va corriendo hacia la anaquelería y pone de un lado a otro un cordel con un letrero que dice: «Cerrado».)

             

            JOSÉ DOMINGO. Sí, niña.

            NENA. Menos mal que llego a punto. Voy a cerrar el despacho de aguardiente. (Lo hace como se ha dicho.) Oye, José Domingo: por si a mi madre se le pasa que ya no se puede servir caña, recuérdale que está cerrado. Si quiere beber su copita, que la tome de lo de arriba, ¿eh?

            JOSÉ DOMINGO. Ya dise el cartel que está serrao, ¿no?

            NENA. Sí; pero como ella no sabe leer...

            JOSÉ DOMINGO. Entonses, ¿pa qué lo ponen?

            NENA. ¡Lo ha dicho el administrador, José Domingo, y estará bien...! Me vuelvo aprisa. (Sube la escalera corriendo.)

            JOSÉ DOMINGO. Ta güeno. (Con gesto de que todo anda mal.)

             

             

            ESCENA III. JOSÉ DOMINGO, FRANCISCO Y GUADALUPE

 

             

            FRANCISCO. (Volviendo de encender el farol.) ¿Ha salío Guadalupe...? ¡Esta muchacha! (Por la puerta del patio.) ¡Niña! ¡Que es la hora de ir por agua! ¡Que no vas a podé salí!

            GUADALUPE. (Sale apurada, corriendo, con un cántaro.) ¡Qué susto, Sisco! ¿Es mu tarde? ¡No he oío na!

            FRANCISCO. ¡Pues bien qu’he soplao...! ¡Claro, estarías festejando con el señó Farrell!

            GUADALUPE. ¡Sí, chico, que festejaba! ¡Por eso! ¡Me tenía sujeta y no me dejaba vení! Dise qu’esto de la organisasión no es bueno y que...

            FRANCISCO. ¡Pero, chica, apúrate!

            GUADALUPE. ¡Ahorita voy! (A José Domingo.) ¡Adiós, preso! (Sale.)

            JOSÉ DOMINGO. ¡Ay, preso de tus ojos, niña! ¡Qué pena que te hayas llevao la guitarra a la casa del señó Farrell!

             

             

            ESCENA IV. JOSÉ DOMINGO Y FRANCISCO

 

             

            FRANCISCO. ¡Cómo las meneo a toas! ¡Paresco el jefe! ¡Buena cosa la organisasión!

            JOSÉ DOMINGO. Vaya, chico. Pero tú también te meneas.

            FRANCISCO. ¿Yo?

            JOSÉ DOMINGO. ¡A ve! ¡Bien qu’has corrío!

            FRANCISCO. ¡Pa soplá! ¡No más que pa soplá...! Con el tiempo, ni eso. ¿Tú sabes... —¡pero tú no sabes na!— que los blancos tienen una máquina de cantá y hablá? Una máquina que se le pone ensima como un plato reondo, da vuelta y empiesa a cantá a lo mejó una muchachita linda. ¡Qué cosa!

            JOSÉ DOMINGO. ¡Qué trabajos má tontos se toman los gringos en hasé esas máquinas! ¿No sería mejó que la muchachita se arrimara a uno de vera pa cantarle como manda el Señó Dió?

            FRANCISCO. ¿Que lo manda el Señó Dio?

            JOSÉ DOMINGO. Naturá. Si no, ya hubiera hecho Él la máquina, en ves de hasé las muchachas... Dime: si esa máquina te canta una cansión tiernita, tiernita, ¿aluego tú le darás un beso al plato reondo?

            FRANCISCO. Eso... me creo que no; Pero pa soplá sí servirá, y así yo no me menearé na... Bueno, y ahorita, mientras toas van por agua, me asercaré a sená, que también es la hora.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Tienes hambre ya?

            FRANCISCO. Todavía no... Pero es la hora de tené hambre. (José Domingo mueve la cabeza desaprobadoramente.) ¡Tú no entiendes, viejo! Ante, acá éramo uno salvaje; pero eso s’acabó.

            JOSÉ DOMINGO. Pues corre, chico. Corre a tené hambre, como t’han mandao.

            FRANCISCO. ¿Te traigo tus tortillas?

            JOSÉ DOMINGO. No; luego. Cuando venga mi Dolores me las hará en el patio y las tomaré de la mismita brasa, como están buenas. Y pué que me traiga un caldito e tortuga... Pero a su tiempo. Ahora no tengo hambre toavía... Ya sabes que soy un... ¿cómo le disen...? Eso tan malo de sé.

            FRANCISCO. Un rebelde, viejo.

            JOSÉ DOMINGO. Así, un rebelde. (Pausa.) Dime, ¿y mientras sea un rebelde estaré preso, lo mismo que ahora?

            FRANCISCO. No se pué remediá. ¡Qu’esgrasia, viejo!

            JOSÉ DOMINGO. Entonse, me creo que me moriré de rebelde.

            FRANCISCO. ¿Y preso?

            JOSÉ DOMINGO. ¡Y preso! ¡Mientras los libres tengan que ir a trabajá a la fuersa, yo preso!

            FRANCISCO. ¡Qué vergüensa! ¿Por qué no trabajas, como todos, viejo, para construí la nueva Ministrasión?

            JOSÉ DOMINGO. ¿Para qué?

            FRANCISCO. Eres terco, viejo. En cuanto el jefe tenga Casa de Gobierno, lo acabará de organisá to.

            JOSÉ DOMINGO. ¡Bah!

            FRANCISCO. ¡Cómo vamo a viví! ¡Como blanco en tierra de blanco! Mira, ¿ves este trabajo de ahora de ir por agua? Pue los blancos tienen una caná por donde el agua camina ella sola hasta la aldea. Y hasta la puritita casa. Y sobra agua mismo pa lavarse tos los días.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Y tú pa qué te quiere lavá en la casa? ¿No tienes el río y la mar?

            FRANCISCO. Bueno, si no quiere, no te lava.

            JOSÉ DOMINGO. No me apetese esa caná pa traer agua. Me apetesen más las mujeres con el cántaro a la caera y el cuerpo así, desviao del talle, con su meneíto... Soy viejo y ya no pienso en tumbarlas, pero me apetese verlas.

            Francisco. (Se rasca la cabeza.) que provoca verlas... (Hallando la respuesta.) ¡Eso es! ¡Pero estando tú preso, ya no las verás!

            JOSÉ DOMINGO. ¿No veo a Guadalupe?

            FRANCISCO. Pero cuando esté hecha la Casa nueva de Gobierno habrá carse, y d’allí no las podrás ver... ¡Te digo, viejo! ¡Trabaja como los libres, que es mejó!

            JOSÉ DOMINGO. Por eso que no. ¿Quieres que yo mismo ayude a hasé la carse pa que y m’ensierren? Que no, chico. Qu’el pájaro no pone liga en las ramas.

             

             

            ESCENA V. DICHOS Y MAMA LUANA

 

             

            MAMA LUANA. (Entrando del patio.) ¡Cuánto habláis, con esta caló!

            FRANCISCO. Este rebelde, qu’está empeñao en seguí preso.

            JOSÉ DOMINGO. Y muy contento. Cá ves que oigo a los libres dar voses acarreando troncos, ¡me entra un gustito de pensá que están sudando y yo no! Bien m’alegro de que me hayan quitao de escribiente y me hayan puesto preso por rebelde.

            MAMA LUANA. Está bueno. No discutáis, no discutáis... ¿Eh? ¡Callarse! (Se pone rápidamente en pie y mira alrededor.)

            JOSÉ DOMINGO. ¿Qué pasa?

            MAMA LUANA. ¿No escucháis? ¡Tic, tic, tic...! ¡Hay hormigas! ¡Hormigas rojas devorando algo! ¡Por allá! (Señala al lado de la habitación en que está el reloj y repara en éste.) ¡Maldito sea el boyuyo! Sentarse, que es el reló. Todavía no me he acostumbrado, ¡y me acaloro más...! Oye, Francisco: ¿para qué has tocao tan pronto?

            FRANCISCO. Habían sonao ya las nueve, Mama Luana.

            MAMA LUANA. Pues a ver si pueden ser las nueve un poco más tarde, hombre. (Por la anaquelería.) ¿Ves? Mi niña ya ha cerrado el despacho, y hay que molestarse en quitar el cordel para tomarse el trago de la noche. ¡También mi niña toma estas cosas con una caló...!

            FRANCISCO. Ya no se pué abrí, Mama Luana. Está prohibido despachá caña o ron después de las nueve.

            MAMA LUANA. ¿Sí? Y si subo arriba por mi calabasa, ¿no puedo beber?

            FRANCISCO. Eso sí, porqu’es depósito particulá.

            MAMA LUANA. ¡Qué tonto te ha vuelto el administrador, Francisco! ¡Te creerás tú que yo voy a subir todita la escalera...! Bastante trabajo es ir allá y hasta tener que quitar el cordel.

            JOSÉ DOMINGO. Yo subiré, Mama Luana.

            MAMA LUANA. ¿No estás preso para no trabajar?

            JOSÉ DOMINGO. Eso no es trabajo, es gusto. Trabajo es lo mismo, pero cuando es a la fuersa, como hasen los libres y quiere éste (Por Francisco) que haga yo. (Se levanta.)

             

             

            ESCENA VI. DICHOS Y TIGRE JÁCOME

 

             

            TIGRE JÁCOME. (Surgiendo por el foro.) Nas noches.

            MAMA LUANA. Buenas, Jácome. ¿Cómo tan de noche? Desde el otro barco no te habías dejado ver.

            TIGRE. Hoy me retardé con unos rastros, no más. ¿Pasa algo acá?

            MAMA LUANA. Nada. ¿Por qué preguntas?

            TIGRE. Oí tanto son de caracola, y las mujeres corriendo...

            FRANCISCO. (Satisfecho.) Es que es la hora de la última aguada. Qu’estamos organisaos, Jácome.

            TIGRE. (Le mira fijamente. Por la gorra.) Y tú, ¿qu’eres con eso? ¿Te gusta ser mandao?

            FRANCISCO. (Alicaído el entusiasmo.) Del rey de Londres, Jácome.

            TIGRE. De quien sea. Mandao, ¡nunca! (Pausa cortante.) ¿La última aguada? Pues, ¿s’acabao el agua?

            MAMA LUANA. No, Jácome. Es que tenemos administrador. (Extrañeza de Jácome.) Sí, aquí en la isla. Uno nuevo. Y ha mandado que después de las nueve de la noche no se salga por agua.

            TIGRE. ¿Ministraó y no salí de noche? Ya veo. Será d’esos que llevan siempre un revólver pegaíto al sinto y luego no tienen reaños pa gastarlo.

            MAMA LUANA. Este no lleva revólver nunca, Jácome. Es que dice que en el bosque hay algún jaguar de noche y ha prohibido salir por agua por bien de las mujeres, que anden seguras.

            FRANCISCO. (Reanimado.) Pa protegé a los siudadanos.

            TIGRE. ¿Protegé? ¿Seguriá? ¡Miedo, es esa seguriá! Me recuerdo haber matao una ves un mal bicho. ¡Qué gordo era! Y desía su viuda: «Menos ma, tenía la vida asegurá». No le valió al difunto la vida asegurá. ¿Protegé? No hay más seguriá que un cuchillo, buena mano y conformidá p’aguantá lo que venga... Me gustaría echarle la vista pa calarlo, a ese ministraó.

            MAMA LUANA. La verdad, quitando sus rarezas, no parece malo. Ya no tardará, me pienso.

            TIGRE. Si tú lo dises, Mama, hasta pué que sea un buen hombre... Pero hoy no pueo aguardá. Esta noche tengo que estar arriba. Me necesitan. (Pausa.) Pero antes... (Esbozo de sonrisa.) ¿Andas enojá con Jácome?

            MAMA LUANA. ¿Yo? ¿Pues?

            TIGRE. No m’has ofresío mi vaso. Y me provoca ahorita.

            MAMA LUANA. Pues claro, Jácome. Anda, José Domingo, sube a por mi calabaza.

            TIGRE. ¿Pa qué subí? ¿Y eso?

            MAMA LUANA. De ahí es mejor que no, Jácome. Está prohibido. Después de las nueve no se puede servir caña. ¿No ves el letrero?

             

            (Frenético de ira repentina. Tigre Jácome va a la anaquelería, desenvaina el cuchillo como un relámpago, corta el cordel y cae el letrero. Coge una botella y, con ella en la mano, se vuelve.)

             

            TIGRE. El ministraó, ¿eh? ¿Es que manda en la sé? (Por la botella.) ¿Alguien dise que no?

             

            (Mira a Francisco, que permanece mudo. Pausa breve. Desgolleta la botella con el lomo del cuchillo o contra la mesa y se sirve un vaso. Bebe de un trago, saca una bolsa y deja dinero en el mostrador.)

             

            MAMA LUANA. Dinero, no, Jácome. A mí no me hagas eso.

            TIGRE. No t’enojes, Mama; no es a ti. Es qu’esta botella la pago yo. La dejo pa conviá al ministraó de mi parte. Se lo dices. Y ahora me marcho, qu’ando apurao pa volvé a mi Barranca. Pero se lo dises de mi parte. (Se oye en el foro el llanto de una niña.) ¿Qué pasa?

             

             

            ESCENA VII. DICHOS Y UNA NIÑA

 

             

            Tigre Jácome se acerca a la puerta del foro y trae de la mano a una niña. Repentinamente tierno, cariñoso.

             

            TIGRE. ¿Por qué lloras, lunita? ¡No me dé doló, que m’abren el alma las niñitas que lloran! ¿Qué te ha pasao?

            NIÑA. (Entre lloros.) Que mi madre está mala... y yo estaba jugando..., tenía qu’ir por agua... y oí la caracola..., y hay poca agua en casa... y me van a pegá.

            TIGRE. ¿Pegá? No llores, luserito. Ahorita irás. Vete a por el cántaro, que yo te acompaño. ¿De quién eres tú?

            NIÑA. De la Chimba.

            TIGRE. ¡Ajá! Eres la Rosita, ¿eh? (La niña dice que sí.) Y a mí, ¿me conoces tú?

            NIÑA. (Ya sin llorar.) Sí. Tigre Jácome.

            TIGRE. Así, así... Anda, que paso a recogerte.

             

            (Sale la niña.)

 

             

             

            ESCENA VIII. DICHOS MENOS LA NIÑA

 

             

            FRANCISCO. (Tras una pausa, en que Jácome, desde la puerta del foro, mira enternecido a la niña, que se aleja.) Pero es que ya pasó la hora, Tigre Jácome.

             

            (Vuelve a estallar en ira Jácome. Va al reloj y, con la punta del cuchillo, hace retroceder el minutero hasta las nueve.)

             

            TIGRE. ¿La hora? ¡Ajá! Ya son las nueve. (A Francisco.) Muévete. ¿No tienes que soplá a las nueve? Sopla... ¡¡Sopla!! (Francisco va por la caracola y sopla un poco.) ¡Con alma! (Francisco sopla fuerte. Tigre Jácome sonríe.) Ta bueno. (Regocijado como un niño.) Me voy aprisa, Mama, que se nos va a pasá la justita hora de la aguada a la Rosita y a mí... Respetos al ministraó y que le convido. (Sale.)

             

             

            ESCENA IX. MAMA LUANA, JOSÉ DOMINGO Y FRANCISCO

 

             

            MAMA LUANA. (Tras una pausa.) José Domingo, pon el cordel otra vez y esconde la botella rota... ¡Vivo...! (José Domingo lo hace.) No quiero cuestiones; Tigre Jácome tiene demasiado genio.

            FRANCISCO. Mama Luana, eso está bien...

            MAMA LUANA. ¡Calla tú! Pon el reló en su hora, anda. (Francisco vuelve a poner el reloj en hora.) Anda, que me parece que le oigo.

             

             

            ESCENA X. DICHOS Y DICKSON

 

             

            DICKSON. (Entrando.) Buenas noches. ¿Qué haces con el reloj, Francisco?

            FRANCISCO. Le daba cuerda. Ya está.

            DICKSON. No hay que darle cuerda tantas veces al día, hombre.

            FRANCISCO. Pa que no se pare, señó. ¡Tengo que sabé la hora de la aguada y cuándo ya es de noche y hay qu’ensendé el faró!

            DICKSON. ¿Cuándo es de noche? ¿Cómo lo sabías antes?

            FRANCISCO. Antes no había faró, señó. Pero ahora ya estamos organisaos y tiene que habé faró y estar tol mundo callao, sin jaleo. Digo, no siendo fiesta, me pienso.

            DICKSON. Por cierto, yo oigo «jaleo», como tú dices, muchas noches.

            FRANCISCO. No pue sé. Duermen tos.

            DICKSON. Oigo gente que charla, Y deben de ser indios, porque no les entiendo.

            JOSÉ DOMINGO. (Riendo.) ¡Je! Es que ellos no están organisaos.

            DICKSON. ¿Cómo?

            MAMA LUANA. ¡Claro! Tiene razón José Domingo. Son los loros.

            FRANCISCO. Eso, los loros del bosque, que acúen a la luz del farol. (Radiante.) ¿Me manda usté que los organise también? No me hase falta más que un rifle. ¡Pum, pum!

            JOSÉ DOMINGO. Y tos organisaos.

            DICKSON. Bueno, bueno. (Yendo a sentarse.) ¿Y por qué has tocao ahora otra vez?

            FRANCISCO. Es que...

            MAMA LUANA. Yo me empeñé en que no había tocado antes. No lo había oído...

            DICKSON. Bien... (Enjugándose el sudor.) ¡Uf...!

            MAMA LUANA. Viene usté cansado. Y parece que suda... Necesita un traguito de caña y un sorbo de agua.

            DICKSON. Puede que sí. Francisco, sírveme... (Mira su reloj.) No. Tráeme mi botella de la oficina.

            FRANCISCO. Me pienso que... debe de estar vacía.

            DICKSON. ¡Francisco! ¡Si has sido tú...! ¡Anda, más vale que te retires!

             

            (Sale Francisco.)

 

             

             

            ESCENA XI. DICHOS MENOS FRANCISCO. LUEGO NENA

 

             

            MAMA LUANA. Ve tú, José Domingo. Bájale la calabaza al señor Dickson. (A éste.) Depósito particular.

            DICKSON. (A José Domingo.) Ya sabes que, aunque preso, no tienes obligación de servirme.

            JOSÉ DOMINGO. Pues por eso, señó. (Se levanta.) Y si algún día quiere que le agarre una tortuga... Jovensita, ¿eh?... Lo mejor que hay.

            NENA. (Apareciendo en lo alto de la escalera.) Ya bajo con la caña, madre. (Bajando, tímida.) Buenas noches, don Jorge.

            DICKSON. Buenas noches. Muchas gracias.

            NENA. (Coge un vaso como para servir. Tanteando la frescura del cántaro de agua.) Espere, traeré agua más fresca.

             

            (Sale hacia el patio.)

 

             

             

            ESCENA XII. DICHOS, MENOS NENA.

 

             

            MAMA LUANA. ¿Cómo van los trabajos?

            DICKSON. Muy bien. Dentro de poco dejaré de estorbarle aquí.

            MAMA LUANA. Si no me estorba. Nos estamos acostumbrando y hasta cogiéndole cariño.

            DICKSON. Eso no sé si creerlo.

            MAMA LUANA. ¡De veras! ¿Se cree que iba yo a mentir?

            DICKSON. (Convencido.) No. Ya sé que usted no miente.

            MAMÁ LUANA. Pues claro. Si a usted no le hubieran enseñado tan mal, sería usted un hombre.

            DICKSON. ¡Mama Luana! ¿Es que no lo soy?

            MAMA LUANA. Puede que sí. No piense... Gente con pantalones hay mucha; pero hombres, he visto pocos... Y sí, puede que usté lo sea.

            DICKSON. ¿Puede?

            MAMA LUANA. No se sabe hasta que no se ve al hombre en trance de dar la talla. Pero no digo que no.

            DICKSON. (Sonriendo.) Lo que pasa es que me han enseñado mal, ¿no?

            MAMA LUANA. Muy mal. Tan mal como querer enseñar a un pez a nadar por la tierra. No puede ser.

            DICKSON. Pues hace ya treinta y cinco años que está siendo.

            MAMA LUANA. Hasta que le falte la respiración... No crea, yo sé cómo se vive allá. Me llevó mi Raúl a Nueva York, antes de nacer la niña. Mucho que ver allá, pero demasiado lleno de cosas. Siempre había que estar ocupándose de alguna: o verla, o comprarla, o subirse a ella, o lo que fuera. ¿Aquello? Un sitio para ir y venir y trabajar. Pero no un sitio nada más para vivir. No, señor: con tanta cosa no queda sitio para vivir. Diga, ¿no es así?

            DICKSON. No me lo parece. Como yo he vivido en una gran ciudad...

            MAMA LUANA. ¡Eso qué va a ser vivir!

            DICKSON. Sí, vivir. Y también aquí se vivirá. Después de que hagamos la Casa de Gobierno podremos ir pensando en lo demás: caminos, fuentes, talleres, barco semanal o avión, electricidad... Y actividad, mucha actividad. Dinero. Un país atrasado que se incorpora a la civilización. Mayor nivel de vida, mayor capacidad de compra. Y todo organizado.

            MAMA LUANA. ¿Todo?

            DICKSON. ¡Todo! Sin organización no es posible hacer nada, y, en cambio, con organización... Mire usted, teóricamente, con buenas estadísticas de los cocoteros de la isla, combinadas con las curvas climáticas y con los datos sobre los insectos que intervienen en la polinización de las flores, se pronosticarían las cosechas de cocos con un error menor del dos por ciento... Ya verán. Acabarán sabiendo por fin lo que es vivir felices.

            MAMA LUANA. ¿Usted nos lo va a enseñar? ¡Pero si usted no sabe lo que es vivir!

            DICKSON. Felices. (A José Domingo.) Y tú también serás feliz.

            JOSÉ DOMINGO. No, no. Feliz a la fuerza, yo no quiero ser.

            DICKSON. Pero ¿cómo puedes querer vivir sin plan ninguno, a lo que salga?

            JOSÉ DOMINGO. El Señó da de comer a los pajarillos, decía la doctrina.

            DICKSON. ¿Dónde fuiste tú a la doctrina?

            JOSÉ DOMINGO. Aquí, señó. Cuando yo era niño, teníamos misionero en la isla.

            DICKSON. ¿Se marchó?

            JOSÉ DOMINGO. ¡Pobre padre...! ¡Si no hubiera sido tan bueno!

            DICKSON. ¿Qué?

            JOSÉ DOMINGO. Era demasiado bueno. Y sabía demasiá medisina. Curaba fiebres con bolitas de frasco. Y lo naturá: el brujo se lo comió.

            DICKSON. ¿Qué?

            JOSÉ DOMINGO. Al misionero. El brujo pensó que comiendo el corazón del padre comería también su medisina y curaría fiebres.

            DICKSON. Pero...

            MAMA LUANA. No crea; hace tiempo que los indios ya no comen carne humana. Tigre Jácome los ha sujetado mucho.

            JOSÉ DOMINGO. ¡Qué van a comé! Ya los pobresitos indios somos como nada.

            DICKSON. Tengo ganas de conocer a ese Tigre Jácome.

            MAMA LUANA. Y él a usted. Pero quiero estar yo delante cuando se conozcan. Para presentarlos no más.

             

             

            ESCENA XIII. NENA Y DICKSON

 

             

            NENA. (Aparece en la puerta del patio con una cántara de agua fresca, de la que servirá a Dickson. Mientras lo hace.) José Domingo, ha llegado tu Dolores.

            JOSÉ DOMINGO. Voy con ella. ¿Quiere usté tortillas, señó? Mi Dolores las hase muy bien.

            DICKSON. No; muchas gracias.

             

            (José Domingo hace mutis.)

 

             

            MAMA LUANA. Tengo que hablar con Dolores yo también.

             

            (Mutis tras José Domingo.)

 

             

            DICKSON. (Levantándose, después de beber, y yendo hacia su archivador con unos papeles, que va guardando.) Gracias... Ahora tienen poca fe en mí; pero ya verán.

            NENA. (Acercándosele.) ¡Yo sí tengo fe!

            DICKSON. ¿En mí?

            NENA. Sí... Y en el mundo, en la civilización... Siempre había pensado que era maravilloso; pero ahora ya lo voy sabiendo... Sí, basta verle a usted y oírle... Y también por la revista esa que le mandaron al señor Farrell. Él me leyó las estampas y no se me olvida ninguna... ¡Qué lindo todo...! El rey de Inglaterra abre el Parlamento... Botadura en California del mayor acorazado del mundo... Red Curtis, campeón de los cien metros... Usted será feliz con un aspirador eléctrico Perfectic... ¡Parlamento, acorazado, campeón, aspirador...! ¡Eso sí que es vivir! Y pensar que allí la gente va por las calles encontrándose a cada paso a los reyes, y los campeones, y las bailarinas... ¡Qué felices deben de ser y cómo nos debe de compadecer usted aquí a todos...! Dígame: ¿qué quiere decir campeón de los cien metros lisos?

            DICKSON. Es el que más corre en una carrera.

            NENA. ¡Qué lindo! ¿Y para qué corre tanto?

            DICKSON. Pues... Para nada. Para ser el campeón. Luego le dan una copa de plata.

            NENA. Sé lo que es la plata. Madre tiene una pulsera. Debe de ser lindo beber en copa de plata.

            DICKSON. No, si no es para beber. Guarda la copa en un armario, nada más.

            NENA. ¡Qué tonta soy! ¡No comprendo ni lo más claro...! ¿Y el aspirador? Se ve, en una estampa preciosa, una casa con cortinas de colores y una mujer muy hermosa con un gran cántaro de plata en la mano, apoyado contra el suelo... ¿No le enfada que le pregunte más?

            DICKSON. (Grave.) Al contrario. Cerrando los ojos, hasta casi parece que el mundo es así, como usted lo ve.

            NENA. Pues entonces, ¿qué es un aspirador?

            DICKSON. Un aparato para quitar el polvo de los muebles.

            NENA. ¿Y qué es eso?

            DICKSON. Pues... aquí hay demasiado aire libre para que se forme polvo... Es como arena, pero más fino.

            NENA. ¡Más fino! ¡Qué lindo debe de ser! ¡Qué pena me doy, sin conocer nada!

             

            (Pausa.)

 

             

            DICKSON. No crea que la mujer de la estampa es dueña de la casa. Ni siquiera del aspirador.

            NENA. No se burle de mí. ¿Las fotografías no son verdad? ¿Y no se ha fijado qué sonrisa tan feliz tiene ella?

            DICKSON. Es porque le pagan cinco dólares para que sonría así.

            NENA. ¿Es mucho cinco dólares?

            NENA. Pues... comida para un día. O medio sombrero.

            NENA. ¿Y sonríe porque le pagan...? No puede ser. (Le mira.) ¡Se burla usted!

            DICKSON. (Breve pausa.) Sí, era una broma.

            NENA. Claro. Pero yo hubiera sabido la verdad... leyendo. Estoy aprendiendo a leer, a ratos, con el señor Farrell. Así podré llevar un registro de viajeros, que es tan importante. Mi madre no se enterará ni se disgustará y usted estará contento. ¿Verdad? (Él no dice nada. La mira.) ¡Me da tanta vergüenza no saber leer, a mis años!

            DICKSON. (Sonriendo.) Es usted muy joven. Y eso no es nada malo. En cambio, sabe usted otras cosas admirables.

            NENA. (Muy dulce.) Otra vez se quiere burlar.

            DICKSON. Por ejemplo, escoger una flor maravillosa y llevarla en el pelo como una obra de arte.

            NENA. (Contenta.) ¿Le gusta mi flor? Y mire cómo huele.

             

            (Se acerca mucho a él y le coge de los hombros para empinarse.)

             

            DICKSON. (Visiblemente turbado, la rechaza suavemente.) Sí, me gusta mucho... ¡Qué aroma de vida!

             

             

            ESCENA XIV. DICHOS Y MAMA LUANA

 

             

            Mama Luana aparece en la puerta del patio.

             

            NENA. (Al ver a Mama Luana.) ¡Madre! Don Jorge me quería engañar. ¡Como soy tan ignorante!

            MAMA LUANA. No, niña. Es que eres todavía más organizadora que él. El señor Dickson te convenció desde el primer día.

            NENA. Tú sabes que yo siempre lo había pensado. Otra vida. Siempre esperaba algo distinto.

            MAMA LUANA. Por eso eran sueños. Y lo del señor Dickson es otra cosa. Tan verdad como las fotografías, ¿no? ¡Parece usted preocupado!

            DICKSON. (Reaccionando.) Sí. Lo que yo traigo es verdad. Una vida mejor. Más humana.

            MAMA LUANA. ¿Y si a nosotros no nos gusta? ¿Nos hará felices por fuerza?

             

             

            ESCENA XV. DICKSON Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            José Domingo llega del patio y se sienta en el suelo, como siempre.

             

            DICKSON. (Contestando a Mama Luana.) No puedo obligarles a ser felices; pero, al menos, les obligaré a tener salud. Por eso voy a vacunar a todos contra la fiebre de las islas.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Qué? ¿A los presos también?

            MAMA LUANA. ¿Cómo?

            DICKSON. A todos.

            JOSÉ DOMINGO. Si nos da medicinas, enfermaremos. ¡Ay, Señó, que ni los presos vamos a viví tranquilos!

            MAMA LUANA. ¡Pero si aquí no hay fiebres ni epidemia!

            DICKSON. Hay en todas las islas. Y la vacuna es obligatoria.

            MAMA LUANA. ¡Qué barbaridad! ¡Este hombre acabará con nosotros!

            JOSÉ DOMINGO. (Se levanta con súbita decisión y va hacia el foro, diciendo aparte a Mama Luana.) Hay que decírselo a él.

             

            (Mamá Luana asiente en silencio y José Domingo hace mutis.)

             

             

            ESCENA XVI. DICHOS, MENOS JOSÉ DOMINGO

 

             

            DICKSON. La vacuna es inofensiva. Sólo da una ligera reacción.

            MAMA LUANA. Será a ustedes, acostumbrados a curarse; pero a nosotros... ¡A mí no me vacuna! ¡Antes me voy a Barranca Verde con Tigre Jácome! ¿Por qué no empieza por ponérsela usted?

            DICKSON. Ya me vacuné antes de venir. Por eso no me haría efecto, y como prueba, sería engañarles a ustedes. Pero ensayaré antes con cualquier voluntario, para demostrar que es inofensiva.

            MAMA LUANA. No habrá voluntario.

            NENA. Sí, madre: yo.

            DICKSON. (Muy breve pausa.) No. Usted, no

            NENA. ¿Por qué?

            DICKSON. Porque...

            NENA. (Triste.) ¿Ni para eso puedo servirle?

            DICKSON. Sí, ¡claro que sí...! Pero no sé; sabiendo que usted me ayuda siempre y está de mi parte, quizá pensaran que simulábamos la vacuna... ¡Quién sabe...! Además, quisiera alguien más fuerte.

            MAMA LUANA. No se canse en buscar motivos. No le dejaré nunca asesinar a mi hija.

            NENA. Sí, madre. Hágalo usted, don Jorge.

            MAMA LUANA. ¡Te abriré la cabeza, niña! ¡Tú no me conoces!

            NENA. ¡Ni tú a mí! ¡Y hace tiempo que ya no soy una niña! Yo le ayudaré.

            DICKSON. Muchas gracias. Pero si su madre no lo permite, yo no puedo hacerlo.

            MAMA LUANA. Se alegra de que yo no quiera, ¿eh? ¿Conque tienes dudas ahora? Y eso lo resuelve todo.

            DICKSON. ¿Qué quiere usted decir? Ni yo dudo de la ciencia ni ustedes deben dudar. (Gesto de Mama Luana.) ¡No, ni ustedes! Tienen la prueba en esta isla. Ahí arriba, en la Estación Aclimatadora de Cerdos. ¿Saben que es un ejemplo mundial? ¿Saben que en revistas científicas extranjeras se comentan los admirables resultados de los informes del señor Farrell? ¿Saben...? Pero ¿de qué se ríe?

            MAMA LUANA. (Conteniendo la risa.) ¡Los cerdos del señor Farrell...! Pero si... Nada, nada.

             

             

            ESCENA XVII. DICHOS Y FARRELL

 

             

            FARRELL. (Apareciendo por el foro con la ropa algo desordenada y aire de felicidad. Un poco influido por el alcohol, pero sin exagerar.) ¿Por qué no, Mama Luana? Continúe; al señor le conviene oírla. (A Dickson.) ¿Conque se comenta por el mundo la excelente crianza de mis cerdos? ¡Buenos chicos los doctores en Zootecnia! ¡Lástima que sean idiotas! ¡Todos idiotas! Incluso yo; sí, hasta hace poco.

            DICKSON. ¿Qué dice, Farrell?

            FARRELL. Tenías razón, Nena. Guadalupe lo resuelve todo. El equilibrio, aquel vacío y todo. Me ha enseñado a hacer nuestra casa, encuentra siempre algo para comer y ayer ha machacado caña. Yo la ayudé. Dice que, en cuanto hierva el jugo y repose, podré beber mi aguardiente. No sabe una palabra de la teoría de la fermentación, pero machaca caña y le sale aguardiente. Es verdad, Nena. ¡Esto es vivir! Lo he aprendido estos días, corriendo con ella por el bosque detrás de los cerdos.

            DICKSON. ¿De los cerdos? ¿Qué hacían por el bosque?

            FARRELL. ¡Ah, es verdad, que usted no sabe...! Pues estaban viviendo, igual que yo. Libres ¡Viva la libertad del cerdo! Porque esos cerdos son de Mama Luana, los que usted ha visto siempre en la Estación. ¡Sí, no me mire con esos ojos! Los ha criado ella, sin rascaderos, ni toldos, ni nada. Dejándolos vivir. Y mis cerdos, esos de los que hablan las revistas científicas, son de papel, puro papel.

            DICKSON. ¿Papel? Explíquese ahora mismo, Farrell.

            FARRELL. Que Mama Luana me prestaba sus cerdos para que usted los encontrara en la Estación, y yo se los devuelvo y me voy con Guadalupe ahora mismo. Mis cerdos, ese orgullo del Imperio británico, se murieron todos ahogados por la técnica. Descansen en paz. Y los que andan por fichas e informes y por revistas extranjeras, son fantasmas de cerdo, cerdos de papel.

            DICKSON. Farrell, habré de dar cuenta de esa falsedad.

            FARRELL. ¡Dígalo! Diga que fui Un falsario veintiocho años y que me arrepiento ¡Diga que ya no creo en ninguna de las falsedades oficiales...! Ahí tiene: un reloj. Inventado para saber la hora exacta. Pero después hay que inventar la hora oficial para engañarse sobre la hora exacta... La jornada máxima de trabajo. ¡Gran progreso! Pero hay que inventar las horas extraordinarias para que parezca que se vive con la jornada máxima. ¡Y pensar que llaman extraordinarias a las horas más espantosamente ordinarias...! ¡Inventos y contrainventos! Píldoras para poder dormir tras la depresión de las horas extraordinarias y píldoras para no dormirse demasiado con las píldoras para dormir, porque hay que despertarse a las horas ordinarias... ¡Sí, he creído en todo eso veintiocho años, como un imbécil! ¡Pero se acabó! ¡Me voy! ¡Un hombre libre ha hablado!

             

             

            ESCENA XVIII. DICHOS Y GUADALUPE

 

             

            GUADALUPE. (Entra con un cerdito en los brazos, mimosa y linda.) ¡Vamos, mí niño y no hables más! ¡Qu’empiesa la noche para nosotros! ¡No hables más!

            FARRELL. Ese era otro invento: hablar y hablar... ¿Ve usted esa flor de su pelo? Ninguna máquina la hará jamás. Como la de Nena. Flor de araná: un árbol que sólo florece una vez. ¿Se entera? No tiene más que un tiempo para florecer... Pero basta. (A Guadalupe.) Vamos, delicia, nube de rosa, fuego templadito.

            GUADALUPE. ¡Ay, qué cosas me dise! ¡Ay qué cosas me va a desí!

            MAMA LUANA. (Que, muy decidida, ha quitado el cordel de la anaquelería y se ha servido un vaso de caña.) ¡Farrell! ¡A su salud!

            FARRELL. (A Dickson.) ¿Ve? Esa es la revolución que hay que hacer: abrir la botella cuando se tiene sed, sea o no la hora. Y esa revolución habrá que hacerla. Un día los torneros, y los oficinistas, y los banqueros, dejarán el trabajo antes de la hora, cuando les dé la gana, y se irán a pasear, libres. Entonces estrenarán las calles y los campos. ¡Viva la libertad del hombre!

            DICKSON. ¡Está usted borracho, Farrell!

            FARRELL. ¡¡Sí!! ¡Pero borracho de vida, idiota!

             

            (Coge del brazo a Guadalupe y hace mutis con ella.)

             

             

            ESCENA XIX. DICHOS, MENOS FARRELL Y GUADALUPE

 

             

            MAMA LUANA. (Se acerca en silencio a la puerta del foro, con el vaso en la mano, como siguiendo con la vista a la pareja.) ¡Ahora sí que están bien muertos los cerdos del señor Farrell! ¡Y eran la prueba a favor de la Ciencia...! ¡Como para dejar vacunar a mi niña...!

             

            (Entretanto, Dickson, inmóvil durante una pausa, va decidido hacia la escalera y empieza a subir. Nena le alcanza a la mitad y, en voz baja, apasionada, persuasiva, le dice.)

             

            NENA. Yo creo en usted. Me vacunará en seguida, sin que se entere madre, ¿verdad? Después se lo diremos... ¿Está contento?

            DICKSON. (Cogiéndole las manos a Nena.) ¡Gracias, Nena! ¡Sí, tengo que hacerlo! ¡Ahora tengo que hacerlo! ¡Gracias!

             

            (Juntos suben la escalera lentamente hasta hacer mutis. Mientras hablaban no han podido ver cómo Tigre Jácome aparece en el umbral del foro y allí se detiene. Detrás queda José Domingo, apenas visible.)

             

             

            ESCENA XX. MAMA LUANA, TIGRE JÁCOME Y JOSÉ DOMINGO, SILENCIOSO, AL FONDO

 

             

            En cambio, Tigre Jácome ha llegado a ver a Dickson y Nena subir cogidos de las manos. Y queda inmóvil allí donde los ha descubierto.

             

            MAMA LUANA. Nos haces falta, Jácome.

            TIGRE. (Sin contestar a lo que le dicen y refrenando su desgarro interior.) ¿Para que me avisáis si ella le sigue?

            MAMA LUANA. ¡Es un peligro! ¡Va a acabar con todo!

            TIGRE. (Más lentamente aún; casi más íntimamente.) Se va con él... Se ha ido.

            MAMA LUANA. ¡Acabarán con todo, Jácome! ¿Es que no me oyes? ¡El bosque, los indios, nosotros..., ella!

            TIGRE. (Repite, casi maquinalmente, aún.) ¡Ella...! (Dándose cuenta. En transición muy brusca.) ¿Qué dises, Jácome? ¿Y lo dises tranquilo...? ¡No! (Más bajo, ronco. Preparando para la acción todo su coraje.) ¡Espera, Mama! ¡Aún muerde Tigre Jácome!

             

            Telón

 

 


 Acto tercero

 

             

            Cuadro primero

 

             

            La misma decoración. Por la mañana. La cortina de rafia está echada ya, pero el sol naciente parece filtrarse por entre las cañas de la pared y llena la escena de tibia luz.

             

             

            ESCENA I. JOSÉ DOMINGO Y MAMA LUANA

 

             

            José Domingo, sentado en el suelo, en su postura de siempre. Oye pasos en la escalera y alza la cabeza. Mama Luana baja y lo contempla.

             

            MAMA LUANA. ¿Tampoco te acostaste hoy, José Domingo? ¡Como ayer, como anteayer!

            JOSÉ DOMINGO. Tan así mismo me eché un sueño.

            MAMA LUANA. Esta noche podrás dormir en tu cobija.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Está mejor la niña?

            MAMA LUANA. Ha amanecido ya sin los temblores malos de la fiebre.

            JOSÉ DOMINGO. Entonces, ya está. Las hierbas de Tigre Jácome, Mama Luana.

            MAMA LUANA. Las hierbas la salvaron, José Domingo. (Suspira. Pausa.)

            JOSÉ DOMINGO. ¿Cómo está ahorita?

            MAMA LUANA. Muy serena. Dice que se levanta.

            JOSÉ DOMINGO. Si le provoca levantarse, bueno será.

            MAMA LUANA. Tu Dolores está con ella. (Camina hacia la puerta del patio pero se detiene.) Oye, ¿a qué tuvo que salir Dolores esta mañana tan temprano?

            JOSÉ DOMINGO. ¡Quién conose a las mujeres!

             

            (Breve pausa.)

 

             

            MAMA LUANA. Si me llaman de arriba me das una voz, por si yo no oigo desde el patio.

             

            (Mutis Mama Luana.)

 

             

            JOSÉ DOMINGO. Tá güeno.

             

             

            ESCENA II: JOSÉ DOMINGO Y DICKSON

 

             

            DICKSON. (Entrando con un gran ramo de flores raras para nosotros.) Buenos días, José Domingo.

            JOSÉ DOMINGO. Buen día, señó.

            DICKSON. ¿Sigues aquí? Ya sabes que estás libre. Puedes irte cuando quieras.

            JOSÉ DOMINGO. Por si hasía falta.

            DICKSON. Sí. (Pausa.) Dolores me ha dado el recado.

            JOSÉ DOMINGO. Ya sé. La niña quiere verle.

            DICKSON. ¿Tú... la has visto estos tres días?

            JOSÉ DOMINGO. Sí.

            DICKSON. Y... ¿cómo está?

            JOSÉ DOMINGO. Bien. Pero consumidita. Esa fiebre abrasa mucho.

            DICKSON. ¡Qué diría de mí!

            JOSÉ DOMINGO. Nada. Lloraba. Desía: «No valgo, no valgo». No más, señó. Pero la madre...

            DICKSON. Tiene razón Mama Luana.

            JOSÉ DOMINGO. Ahora está en el patio... Habrá ido a poner agua a refrescar, por si vienen los del barco a beber... Ya estará casi fondeando... No cavile tanto, señó; ya pasó. Ella se va a levantar ahorita... No cavile.

            DICKSON. ¿Cómo quieres que no lo recuerde constantemente? Hora tras hora quieto, pensando, en estos tres días... Como tú, cuando estás tanto rato sentado, inmóvil. Pero tú no tienes motivo. ¿Qué haces entonces?

            JOSÉ DOMINGO. (Pausa.) Pensá, señó. (Ante un gesto de duda de Dickson.) Sí, como usté lo ha dicho antes. Cavilá, señó.

            DICKSON. No, José Domingo. No quieras engañarme. Tú, sencillamente, no haces nada. Horas y horas. Nada.

            JOSÉ DOMINGO. ¡De veras que hago! Hago... ¡Respirá! ¡Estoy respirando! ¡Se lo juro, estoy respirando!

            DICKSON. (Pausa.) ¿Respirar...? Eso sí suena a verdad... ¡Respirar! ¡Si yo pudiera hacerlo igual...! (Hablando para sí mismo.) Respirar nada más, solamente respirar.

            JOSÉ DOMINGO. ¿Usted no sabe?

            DICKSON. Dándome cuenta, no. Nunca me entero de que estoy respirando, de que estoy vivo... ¡Si yo aprendiera el arte de respirar...!

             

             

            ESCENA III. DICHOS Y MAMA LUANA

 

             

            MAMA LUANA. (Entrando, desde el patio.) ¡Ah! (Al ver que Dickson se levanta y va a hablar.) ¡Calle! Sé que lo siente. Sé que fue ella quien se empeñó en la vacuna. Me lo repetía estos días delirando, y me mandó que nadie supiera cómo cogió la fiebre. Lo sé todo... Pero si mi hija muere, yo le saco el alma con un cuchillo.

            DICKSON. No me hubiera defendido.

            MAMA LUANA. No le hubiera valido. ¡Váyase...! Esto se me pasará. Pero aún no puedo verle tranquila. ¡Fuera! (Dickson inicia el mutis, pero a Mama Luana se le ocurre algo ante un gesto de José Domingo.) Espere. ¿Eso era lo de tu Dolores esta mañana, José Domingo? ¿Le ha llamado la niña? (José Domingo asiente. A Dickson.) Quédese.

             

            (Sale.)

 

             

             

            ESCENA IV. DICKSON, JOSÉ DOMINGO Y NENA

 

             

            NENA. (Aparece en la escalera tras una pausa. Ha perdido en vitalidad todo lo que se puede perder en tres días. Ahora predomina en ella lo delicado y frágil, sobre todo en el rostro y en los ademanes.) ¡José Domingo!

             

            (Dickson da un tenso paso hacia la escalera.)

 

             

            JOSÉ DOMINGO. ¡Mi niña!

            NENA. (Sonriendo con esfuerzo.) Buenos días... Ayúdame un poquito a bajar, José Domingo. (Éste lo hace y la lleva hasta la mecedora. Mientras tanto, Nena sigue hablando.) No se apure, señor Dickson; estoy ya curada... Un poco floja, nada más.... Pero no tengo fiebre... (Está ya sentada en la mecedora.) He oído a mi madre. Discúlpela.

            DICKSON. Ella tiene razón.

            NENA. ¡Oh, qué flores tan bonitas! (A José Domingo, que coge el ramo.) ¿Qué haces, José Domingo?

            JOSÉ DOMINGO. Va subiendo la caló. Voy a dejarlas mojadas en el sombrajo.

             

            (Sale. Al pasar delante de Nena, ella coge una flor y se la pone en el pelo.)

             

             

            ESCENA V. DICKSON Y NENA

 

             

            NENA. ¡Qué bonitas flores me ha mandado estos días! ¡Era dulce pensar que usted tenía pena...! Aparte el fracaso de la vacuna, claro, pena por mí, ¿verdad?

            DICKSON. ¡Por favor, Nena...!

            NENA. Ya lo sé, ya lo sé... ¡Mire que ponerme mala!

            DICKSON. ¡Por favor, Nena...! No sea demasiado dulce, demasiado conmovedora. No me haga reprocharme más y más lo que me he reprochado ya constantemente... ¡Qué días! ¡Desesperado por la playa, por el bosque!

            NENA. (Con gravedad pueril.) Yo también lo he pensado algún momento. Que podía pasar. Yo no me asustaba, no lo sentía. Quizá hubiera sido lo mejor.

            DICKSON. No me diga esas cosas. Indígnese. Necesito que me ayude.

            NENA. ¿Por qué? ¡Si la culpa fue mía! Y ayudarle, ¿a qué?

            DICKSON. Escuche, Nena... Estoy pensando irme en el barco que llega hoy.

            NENA. (Pausa.) ¡Oh! Aunque, claro: ¿qué podía retenerle aquí?

            DICKSON. Al contrario. Precisamente por... lo que podría retenerme... Es que me siento un intruso; ahora lo veo claro. He sido un peligro para toda esta vida, tan ancha, tan confiada, tan intacta. Un demoledor de la isla.

            NENA. Pero usted nos trae una vida mejor.

            DICKSON. No sé... Siempre lo creí, es cierto. Pedí este puesto olvidado pensando en lograr un gran experimento y levantar la isla con la organización y la técnica. Pero ahora veo un mundo que la mejor técnica no producirá nunca y que la organización puede asfixiar. Un mundo del corazón, de la ternura, la belleza, la humanidad. Usted, tan llena de vida hace unos días, tan conmovedora y frágil ahora. Su gesto al ponerse esa flor en sus cabellos... Y el aire sin acondicionar y el olor a bosque... He recordado de pronto, en esta isla, que cuando yo era muchacho vivía sensaciones de ese mundo. Luego las enterraron los libros, las oficinas... Hasta olvidarlas y hacerme creer seguro.

            NENA. Pero ahora...

            DICKSON. Ahora dudo, sí. Y basta la duda para que, si aquí se vive en ese mundo, yo no soy capaz de imponer el que traía: farol en vez de luna y horas fijas para beber... No puedo... He convenido ayer con Farrell en que, si me marcho, diré que él ha desaparecido, que la Estación está arruinada y que no vale la pena sostener aquí un administrador. Y así quedarán ustedes libres para siempre.

            NENA. (Tristemente.) Libres...

            DICKSON. Sí. Perdón por todo... No olvidaré nunca esta isla. No... la olvidaré a usted... ¿Cuál es su nombre, Nena? Su nombre de verdad.

            NENA. Magnolia. Era la flor favorita de mi padre.

            DICKSON. ¡Magnolia...! ¡Qué bien le va esa flor, tan cándida y tan sensual!

            NENA. ¡Y quiere irse! ¿Por qué? ¿Por qué, si piensa así? ¿Por qué, si duda? (Casi a punto de declararlo todo.) Pero ¿no sabe que yo...?

            DICKSON. (Interrumpe rápido.) No me atrevo a saberlo. He recibido durante muchos años demasiada influencia de otro ambiente. Me siento marcado. No estoy seguro de mi sangre, Magnolia. (Más bajo.) Y aunque creyera estarlo, ¿no debería tener escrúpulos, pensando en... los demás?

            NENA. (Para sí.) Hubiera sido mejor morirse.

            DICKSON. ¡Nena, por favor! (Pausa.) Gracias por haberme llamado. Si me marcho, aún nos veremos antes de salir el barco. Pero así he podido hablarle y pedirle perdón. Adiós...

             

            (Sale.)

 

             

             

            ESCENA VI. NENA Y MAMA LUANA

 

             

            NENA. (Tras una pausa, acongojada.) ¡Madre! Él...

            MAMA LUANA. Lo sé, niña, lo sé...

             

             

            ESCENA VII. DICHOS Y HACKENMEYER

 

             

            Aparece en la puerta del foro Hackenmeyer, cargado con su instrumental. Tipo con gruesas gafas y moderadamente ridículo.

             

            HACKENMEYER. (A Mama Luana.) ¿Señora...? ¿Señora?

            MAMA LUANA. ¿Otro?

            HACKENMEYER. Permítame presentarme. Me han dicho que puedo hospedarme aquí. ¿Tiene una habitación? Vengo a buscar ciertos minerales. Piedras. Soy técnico del Gobierno.

            MAMA LUANA. No importa. Le daré una habitación. ¿Cómo le gusta?

            HACKENMEYER. ¿Tantas tiene?

            MAMA LUANA. Es que hay una al mar y otra al monte.

            HACKENMEYER. Me da igual. No es más que para dormir.

            MAMA LUANA. No es lo mismo la brisa y la luna del mar que la del monte.

            HACKENMEYER. No comprendo. Me da lo mismo.

            MAMA LUANA. Ya supongo que no distingue. Venga. Le llevaré a su cuarto.

             

            (Quiere coger un aparato de los que trae Hackenmeyer.)

             

            HACKENMEYER. ¡¡No!! Éste es un material delicadísimo. ¿No lo tocará nadie si lo dejo aquí?

            MAMA LUANA. Claro que no.

            HACKENMEYER. Pues iré con usted a mi habitación a dejar lo demás y al bajar llenaré la ficha del registro.

            MAMA LUANA. (Desde la escalera, con aire triunfal.) ¡Aquí no hay registro!

             

            (Mutis.)

 

             

            HACKENMEYER. ¡Pobres gentes! ¡Cómo podrán vivir así!

             

            (Mutis tras Mama Luana.)

 

             

             

            ESCENA VIII. NENA Y TIGRE JÁCOME

 

             

            Nena se levanta y se acerca hasta la mesa de oficina, que parece acariciar.

             

            TIGRE. (Entrando.)... en día, niña. Me alegra verte en pie.

            NENA. Las hierbas que me mandaste fueron muy buenas, Jácome.

            TIGRE. Sí. Yo te he dado la vida. Otros la quitan.

            NENA. (Como para sí misma.) Sí, parece que me llevan la vida... (A Jácome.) ¿Te sirvo algo, Jácome?

            TIGRE. No, niña. Jácome tiene mal día.

            NENA. ¿Qué te pasa?

            TIGRE. Tengo que hablar con tu madre. Díjome que se acercaba lo malo. Y yo lo siento venir aprisa.

            NENA. (Pensando en ella misma.) ¿Lo malo? ¡Quién sabe si ha venido ya!

            TIGRE. Aún no. Pero ya se ventea allá en mi barraca. El monte sabe siempre. Los pájaros no durmieron tranquilos. Viniendo ahorita, todo eran llamas de rastros por el bosque. Las bestias corrieron mucho esta noche.

            NENA. ¿Cómo has dejado aquello entonces?

            TIGRE. Desperté y salí a mi puerta. Un indio viejo me esperaba, sentado enfrente. Me miró. Toda la indiada esperaba de mí, ¿comprendes? Y vine, que hacia acá miran las señas.

            NENA. ¿Qué señas?

            TIGRE. Yo me las sé, niña. Me han buscao muchas veces. Y aquí están otra vez. Tu madre las sintió antes ; pero Jácome ya las recibe. Isla Bonita se está cargando de mal. Hay quien lo trae.

            NENA. ¿Qué quieres decir? ¿Algún hombre...?

            TIGRE. ¿Hombre? No puede ser hombre quien prepara tanta traición. Un hombre es malo, sanguinario, implacable; pero no traidor. Nunca mata pájaros, árboles, inocentes... No; si fuese hombre, no traicionaría... (En voz baja.) Deseando estoy verlo.

            NENA. No te entiendo, Jácome... Lo siento: hoy no comprendo nada...

            TIGRE. Yo tampoco comprendo, niña. Porque tú, ¿cómo has podido...? (Viendo de pronto el aparato que dejó Hackenmeyer.) ¿Qué es eso?

            NENA. De un ingeniero. Llegó en el barco ahora mismo.

            TIGRE. Ingeniero... Aún se carga más todo. El mal en la isla. ¿A qué vino?

            NENA. Busca no sé qué piedras..

            TIGRE. ¡Minas! El mal, niña... Lo he visto a veces, allá en mi tierra. Una indiada en el monte, viviendo de bananas y caza, con tiempo para estar tumbaíto y mirar a las hembras. Pero un ingeniero, una mina, y ya tós son esclavos, sudando bajo tierra. Ni más tiempo, ni más sol. Hasta el amor, hasiéndolo deprisa, excitaos, para acabar antes... Ya se clarea el mal, niña. Y si es según pienso... Entonces, ¡el mal y Jácome a cara!

             

             

            ESCENA IX. DICHOS, MAMA LUANA Y HACKENMEYER

 

             

            Bajan Hackenmeyer y Mama Luana. Aquél prepara el aparato que dejó antes en escena y mira una especie de indicador.

             

            MAMA LUANA. Oye, niña: ¿dónde...?

            HACKENMEYER. (Excitadísimo.) ¡Reacciona! ¡Reacciona!

            MAMA LUANA. ¿Qué pasa?

            HACKENMEYER. ¡Que reacciona! ¡Que aquí hay hierro! ¡Si no podía fallar, en esta zona geológica! (Se pasea, agitado, por la escena. Jácome permanece al fondo, misterioso y fuerte. Hackenmeyer vuelve a mirar el indicador.) No hay error, no. ¡Reacciona!

            NENA. Pero ¿qué es eso?

            HACKENMEYER. ¿Esto? Un detector magnético, perfeccionado por mí. Y si reacciona —¡ya lo creo que reacciona!— es que hay minas de hierro en la isla.

            MAMA LUANA. ¿Hierro? (Súbitamente inspirada y hablando rápidamente.) ¿Va usted a recorrer la isla?

            HACKENMEYER. Naturalmente. Antes de irme mañana en el barco, quiero localizar todos los yacimientos.

            MAMA LUANA. ¿Necesitará un porteador?

            HACKENMEYER. Pues sí, me hace falta. Pero supongo que cualquier indio...

            MAMA LUANA. Yo le buscaré uno fiel. Ahora mismo. (Se acerca a la puerta y grita.) ¡José Domingo...! ¡Avisa al Cholo que venga corriendo!

            HACKENMEYER. Muchas gracias, señora... ¡Sí, reacciona! (Cierra el aparato.) ¡Hierro! ¡Alégrense todos! Para mí, es la riqueza. Y para esta isla... ¡lo es todo! Civilizarse, vivir como es debido. Automóviles, barco diario, calles... Y luz eléctrica, con un salto de agua en cualquier barranca... Los mineros poblarán esto en un mes y la Compañía construirá lo necesario. Todas las ventajas de un país atrasado que se incorpora a la civilización: mayor nivel de vida, mayor capacidad de compra... ¡Ah! Voy a preparar mi recorrido; avíseme en cuanto llegue ese indio.

             

            (Coge su aparato y hace mutis por la escalera.)

             

             

            ESCENA X. DICHOS, MENOS HACKENMEYER

 

             

            Todo el diálogo que sigue entre Mama Luana y Tigre Jácome, muy cargado de significación, entendiéndose ambos más allá de sus palabras.

             

            MAMA LUANA. Que llegará un barco a diario.

            TIGRE. Cargado de matones y de alcohol.

            MAMA LUANA. Que harán carreteras.

            TIGRE. No las harán ellos. Obligarán a los indios a hacerlas. Y habrá plantaciones de frutas, que embarcarán sin que las probemos. Y habrá policía, y automóviles, y atropellos, y política, y prisa, mucha prisa, siempre prisa... El mal, Mama Luana.

            MAMA LUANA. Sí, Jácome: el mal. (Al ver que Jácome va a salir.) ¿Dónde vas?

            TIGRE. (Muy serio.) Voy a haser que a ese hombre le pase un asidente, Mama. Vuelvo ahorita.

            MAMA LUANA. Déjalo, Jácome. Ese tonto no es para ti. Yo me encargo de él; ya te diré cómo. No necesito más que mandarle al Cholo, y te aseguró que se irá de esta isla para no volver. No te cuides de él. Ése no es para ti.

            TIGRE. Dises verdad, mama. Ése no es el mío. Ése, no.

             

            Telón

 

             

             

            Cuadro segundo

 

             

            La misma decoración. Atardecer del mismo día. Han desaparecido el archivador y los demás enseres de oficina. Sólo queda una gran caja de madera, cuya tapa aún hay que clavar, y un fichero y algún libro sobre una de las mesas.

             

             

            ESCENA I. NENA Y JOSÉ DOMINGO

 

             

            Nena está sola en escena, acabando de levantar la cortina de rafia del fondo. Queda de pie justo a la puerta, de espaldas al público, contemplando el crepúsculo. Vuelve lentamente y se inclina sobre el fichero.

             

            JOSÉ DOMINGO. (Entrando.) El barco no se va hasta el mediodía, niña. Así es que dejaré esa caja p’acabarla mañana... ¡Qué tardesita de trabajo...! Estamos tos esquisiaos... ¡Hay que ve! El señor Dickson se ha dao unos paseos por la playa y el monte, que parecía que la isla le estaba chica.

            NENA. (Desde la mecedora, donde ha ido a sentarse, y como hablando para sí misma.) No ha comido.

            JOSÉ DOMINGO. Sí que ha comido. En mi casa. Unas tortitas de maíz que le ha hecho mi Dolores y un chile.

            NENA. ¿Y un chile?

            JOSÉ DOMINGO. Eso. ¡Quién lo hubiera dicho hase dos meses, cuando llegó...! Pues tu madre... No ha bajao por aquí en casi todo el día... Y el ingeniero que llegó esta mañana —¡esta isla se va a llená d’ingenieros!—, ¡anda que anda to el día!

            NENA. ¿También?

            JOSÉ DOMINGO. El que más... Con su indio detrás —el que le llaman Cholo, que fue criao de tu padre—, subió a lo alto del monte —¡a lo alto del tóo!—, y bajó por el otro lao. Un indio de Barranca Verde lo ha visto y nos lo ha contao a mediodía. ¡Ése sí que no ha debío de comer...! Y a la tarde apareció otra vez d’este lao del monte. Toa la indiada del poblao se sentó en el cocotal de la playa mirándole ir y venir, chiquitito como una hormiga... ¡Qué gusto daba estar sentao viendo andar tanto a un blanco!

            NENA. ¿Tú crees que habrá encontrado algo?

            JOSÉ DOMINGO. No sé. Yo, cuando encuentro lo que busco, me siento deseguía. Por eso pienso que no ha encontrao.

            NENA. Pero él dijo que recorrería toda la isla para localizar las minas que hubiera. A lo mejor es que está encontrando muchas.

            JOSÉ DOMINGO. Veremo. Yo ya me hubiera sentao en cuanto encontrase una. Pero los blancos...

             

            (Pausa.)

 

             

            NENA. ¿Tú no has hablado hoy con el señor Dickson?

            JOSÉ DOMINGO. Le vi en mi casa, a la comida del mediodía, como dije. Pero no habló palabra.

            NENA. ¿Y nada más? (José Domingo niega con la cabeza.) ¿Y sus cosas?

            JOSÉ DOMINGO. Ya están todas embarcadas en la goleta. Menos esta caja, que la dejaré para mañana. El Francisco lo ha llevado todo a bordo.

            NENA. (Como para sí.) ¡Se va...! Pero ¿y si el otro ha encontrado las minas? Entonces vendría aquí mucha gente, y autos y fábricas... Todo... ¿Verdad que haría falta entonces un administrador en la isla, José Domingo?

            JOSÉ DOMINGO. Pienso que sí, niña. O dos o tres.

            NENA. Y él no se podría ir entonces; no se podría ir. Él no tendría la culpa de nada. La isla se organizaría sin hacerlo él. ¿Se quedaría, José Domingo?

            JOSÉ DOMINGO. Me parese... Y Francisco se alegraría mucho.

            NENA. ¿Francisco? ¿Por qué?

            JOSÉ DOMINGO. Está triste, porque si se va el señor Dickson ya no podrá ponerse la gorra... Pero ¿dónde andará ahora? Voy a tener que ir a buscarle. Va a dar la hora de tocar la caracola para recoger las redes y no está aquí.

            NENA. Déjalo. En este día...

            JOSÉ DOMINGO. No, no; por lo menos, que venga. ¿No quiere organisá tanto? (Al salir se cruza con Dickson.) Buenas noches, señor Dickson.

             

             

            ESCENA II. NENA Y DICKSON

 

             

            DICKSON. ¿No está su madre?

            NENA. (Sentándose en la mecedora.) No. (Rehúye la mirada de Dickson.)

            DICKSON. ¿Tardará mucho en venir?

            NENA. No sé. No estará lejos.

            DICKSON. Perdóneme que vuelva. Pero quisiera esperarla. Decirle algo, por si me voy mañana.

            NENA. Siéntese.

             

            (Pausa.)

 

             

            DICKSON. ¿Está mejor?

            NENA. Sí; gracias.

            DICKSON. ¿Ha estado aquí todo el día? ¿Qué ha hecho?

            NENA. Esperar.

            DICKSON. ¿Esperar? (Nena hace un gesto de hombros, gesto de no saber.) Yo no he podido. Sintiéndome atirantado de un lado y de otro... Usted, al menos, sí puede esperar... ¿Qué?

            NENA. Nada. Pero... Una vez, José Domingo me encontró sola, muy nerviosa, desesperada por... ¡Oh, es igual! Por lo que fuera. ¡A usted no había de importarle! Y me dijo: «Espera, niña. No apures las tormentas. Las tormentas maduran solas. Siempre hay que esperar».

            DICKSON. Puede que sea bueno. Puede que esperando... se llegue a olvidar...

            NENA. ¿Se quedaría más tranquilo si yo olvidara? Pues sepa que no. No se olvida, no se olvida. (Casi llorando.)

            DICKSON. (Se acerca a ella súbitamente; pero logra dominarse a tiempo y permanece en pie a su lado.) ¡Calla, Magnolia, calla! Yo también prefiero que no olvides. Pero aún no puedo hablar, ¿comprendes? No estaría seguro de ser sincero. Y yo, que he destrozado ya mi juventud, que no sé si es demasiado tarde para rectificar, no puedo arriesgarme a aniquilar la tuya. Temo defraudarte. Y temo...

            NENA. ¿Por qué tantos temores? No comprendo. Ahora ha venido ese hombre, y si las máquinas han de llegar de todos modos, tú no tendrás culpa de nada... ¿Por qué te has de ir?

            DICKSON. Ya no es cuestión de isla ni de máquinas. Ahora se trata de un hombre y una pregunta. Para contestarla tengo que saber con qué ojos vería yo otra vez una ciudad. Tengo que saberlo. Antes de..., quizás... —¡pero no escuches lo que voy a decir ahora!—... volver...

             

             

            ESCENA III. DICHOS Y TIGRE JÁCOME, LUEGO, MAMA LUANA

 

             

            Tigre Jácome ha aparecido en la puerta del foro y permanece inmóvil. Peligrosísimo, pero sin amenazar. Grave. Nena percibe a Jácome cuando éste avanza hacia Dickson y se levanta en silencio, pero asustada. Tigre Jácome se ha acercado lento, con pesado paso, pero sin ninguna matonería. Todo auténtico hasta el tuétano. Nena ha retrocedido hacia la escalera, dejando a los dos hombres.

             

            NENA. ¡Jácome!

            DICKSON. (Percibiendo el peso de la mirada de Jácome.) ¿Qué quiere?

            TIGRE. Mirarle y ya.

             

            (Pausa.)

 

             

            NENA. (En voz alta, que no es grito, pero está llena de alarma.) ¡Madre!

            DICKSON. ¿Es Tigre Jácome?

            TIGRE. Tigre Jácome. (Sin apartar su mirada de Dickson.) Apárteseme, niña.

             

            (Nena trata de mezclarse, de interponerse casi entre los dos hombres. Mama Luana, que aparece y baja la escalera, la retiene.)

             

            MAMA LUANA. (Con objetiva y grave serenidad.) ¿Qué buscas, Jácome?

            TIGRE. (Despacio y mirando siempre a Dickson.) Hombres, no mujeres.

            NENA. Jácome..., por mí...

            TIGRE. Por ti es, niña.

            NENA. (A mama Luana.) Es que viene... ¿No lo ves? ¡Como aquella vez! ¡Como cuando alcanzó al mestizo en el vientre!

             

            (Mama Luana, sin contestar, se lleva a Nena lentamente, escaleras arriba.)

             

            NENA. (Ya desde arriba.) ¡Como aquella vez! (En un grito.)

            ¡¡Jorge!!

             

            (Dickson alza la vista hacia ella y se acerca al pie de la escalera. Queda recogiendo todo el mensaje de ese grito y reconociendo los ecos dentro de sí mismo.)

             

            MAMA LUANA. (Con cortante energía. A Nena.) ¡Calla! ¡Déjalo! ¡Que dé su medida, si puede!

             

            (Mutis las dos.)

 

             

             

            ESCENA IV: DICKSON Y TIGRE JÁCOME

 

             

            DICKSON. ¿Me ha visto ya? ¿Qué quiere?

            TIGRE. No es usted como el inginiero ese.

            DICKSON. ¿Tenía que serlo?

            TIGRE. Me gustaba que sí... (Violento.) ¡Pero es igual, pa lo que ando buscando!

            DICKSON. ¿Y qué es lo que busca?

            TIGRE. Matar. ¿Le vale?

            DICKSON. Matar... Pero ¿por qué?

            TIGRE. ¿Qué importa?

            DICKSON. Sí que importa. Quiero saberlo.

            TIGRE. Está bien, entonces... Usté ya sabe quién es Tigre Jácome y dónde vive.

            DICKSON. Sí, y cómo vive.

            TIGRE. Cabal. Y cómo vive... Ya le disen por eso Tigre Jácome... Allá vive la cría y la hembrada. Y allá tiene que morir si otro macho no le corta de buena el camino en otro lao... Allá, es en Barranca Verde... ¡Qué verdesita...! ¿Le has oído hablar de la india Tacuara?

            DICKSON. No.

            TIGRE. Mal hecho. Entonses, como que no has oído mentar de verdad a Tigre Jácome. Tenías que haber escuchado la historia de Tacuara y Jácome. Allá está enterrada ella, en Barranca Verde. Allá, donde sólo él lo sabe... A veces, me recuerdo hondo, y entonses... Pero ¡qué te voy a contar a ti, qué te voy a contar...! (Con coraje.) Y eso es lo que quieren quitar a un hombre; a Jácome, ¿sabes?, a Tigre Jácome.

            DICKSON. ¿Quitar?

            TIGRE. El ingeniero y toda su mala raza. Se lo he oído yo mismo. Quieren tapiar bien alto la Barranca y la salida y dejar que el torrente la vaya llenando de agua. Removerla bien, abrirle las entrañas con dinamita y luego anegarla. Poner a mi Tacuara y a mi cubil y al verdesito debajo de una mar, y que nunca se pueda volver allá. Que no haya más pájaros, sino peses fríos... ¡No sé qué disen de no sé qué máquinas de haser luz! Y Tigre Jácome dise que las pongan a otro lao. Hay mundo para todos, eso es. ¿Ya lo sabes?

            DICKSON. Sí.

            TIGRE. Pues por eso te voy a matar. Basta de hablar. Sal conmigo.

            DICKSON. Yo no soy el ingeniero.

            TIGRE. Eres de su raza y no te vale. Igual anegarías tú la Barranca para poner la máquina.

            DICKSON. Antes, sí. Ahora... (Mirando arriba, por donde han desaparecido las mujeres.) no lo sé.

            TIGRE. Si es miedo, te salva menos.

            DICKSON. (Mirándole. Muy entero.) Mírame, Jácome. ¿Es que parece miedo?

            TIGRE. (Pausa.). No. (Pausa. Con, rabia.) ¡Debías tenerlo! (Pausa.) Pero no basta decir «no sé». Hay que saberlo, hermano, aunque no tengas miedo. Dime que no matarías la Barranca y dejaré esta cuestión para el ingeniero sólo... Esta cuestión...

            DICKSON. Tampoco puedo decir que no.

            TIGRE. No era miedo... Ahora voy comprendiendo... (Con rabia.) ¡Coge tu cuchillo y vamos!

            DICKSON. No tengo cuchillo.

            TIGRE. (Desenvaina el que lleva a la espalda y lo ofrece.) Toma. Yo llevo una navaja. (Se da un golpe en la faja, donde se supone que la lleva.) Así me matarás con el mío, si puedes.

            DICKSON. (Empuña el cuchillo que le dan como en las óperas, con el dedo meñique junto a la guarda, para herir golpeando desde arriba.) Vamos.

            TIGRE. (Mirándole.) Espera. ¿Siempre coges así el cuchillo para pelear?

            DICKSON. ¿Qué importa?

            TIGRE. Ahora soy yo quien dice que sí importa. Trae. ( Le quita el cuchillo y lo empuña como Dickson, para ilustrar sus palabras con acción.) Cuando peleaste... así... ¿nunca fallaste el golpe y te clavaste el cuchillo tú mismo?

            DICKSON. Nunca he peleado.

            TIGRE. ¡Qué dises, hermano! ¡Y salías conmigo! Eso no se le hase a Tigre Jácome. No se le llama asesino. No pensé que había hombres entre los vuestros, pero Tigre Jácome es tan hombre como tú. Y sale siempre a jugarse, no con el naipe marcado. (Pausa. Casi con melancolía. Resignándose ya.) Y, además, me has mentido.

            DICKSON. ¿Yo?

            TIGRE. Sí, hermano. Tú sabías morir. Tú ya no meterás nunca dinamita y agua en mi Barranca, sólo con que la veas una vez y con que yo te cuente allá la historia de Tacuara y Tigre Jácome. No lo harás. He matao a muchos hombres; los he visto en esa hora en que se declaran. Para el caso, como si te hubiera matado... o me hubieras matado tú a mí. Porque ya te veo claro. Porque tú... (Con llanto reprimido en la voz.) ya tienes tu Tacuara... Tuya.... (Pausa. De pronto, echando todo el aire de los pulmones como el leñador al descargar el hacha, clava bárbaramente el cuchillo en la mesa. Tenía que descargar el brazo en algún sitio.) ¡Guarda ese cuchillo y aprende con él, pa cuando te haga falta! Sabe matar: va derecho a las malas entrañas... Luego subes un día a mi Barranca.. Allá hablaremos... ¡Y ojalá que quieras después que nos matemos tú y yo!

             

            (Mutis.)

 

             

             

            ESCENA V. DICKSON

 

             

            Dickson queda solo. Se acerca al cuchillo que pudo matarle. En la escena, el crepúsculo ha caído rápidamente desde el comienzo del cuadro y ya es de noche. Dickson empuña el cuchillo, lo arranca y, con otro fuerte golpe, lo clava en la mesa, atravesando un fichero de cartón. Entonces, como si acabara de trasponer el filo del monte, entra la luz de una violenta luna por la puerta. Empieza a oírse dentro la guitarra.

             

            DICKSON. (Mirando con asombro su mano.) Cuánto nervio en mi brazo...! ¡Y en mis manos! ¡Cuánta sangre en mi cuerpo! (Descubre la luz.) ¡Qué violencia en la luna! (Pausa. Se vuelve hacia la escalera, todavía asombrado. De pronto lanza un grito animal, ronco, de orden y de deseo.) ¡¡Nena!!

             

             

            ESCENA VI. DICKSON, NENA Y, LUEGO, MAMA LUANA

 

             

            Aparece Nena en lo alto de la escalera: baja —casi vuela— y cae en los brazos de Dickson. Hay un largo beso desde muy adentro de los dos. Cuando se indique, aparecerá Mama Luana.

             

            DICKSON. ¡Magnolia...! ¡Querida...!

            NENA. ¿Ya estás seguro? ¿Con qué ojos contemplarás ahora una ciudad?

            DICKSON. Sólo con los tuyos. Iremos juntos, para volver aquí. Como tus padres.

            NENA. ¿Ya no tienes dudas?

            DICKSON. ¿Dudas...? ¿Cómo dudar de un cuerpo como el que yo tenía cuando acepté morir; de una boca como la que te ha besado...?

            NENA. ¡Cariño! ¡Y yo queriendo morir esta mañana!

            DICKSON. ¡Aún nos queda mucho tiempo...! ¡Aquel destierro mío sin saberlo! Quien pueda, que viva bajo anuncios luminosos. Yo, bajo el sol y la luna.. Viviremos aquí quietos, sentados al sol, respirando nada más. En este hermoso sitio para vivir. (Pausa. Mama Luana ha entrado a tiempo de oír algo. Dickson la ve en la escalera y se dirige a ella.) ¿Me podrá usted perdonar, Mama Luana?

            MAMA LUANA. Estás vivo, hijo, y te lo has ganado todo... ¿Qué será de la Estación y de Farrell?

            DICKSON. Informaré que los cerdos ya se han aclimatado y viven en el bosque. Más difícil de arreglar será el Hackenmeyer y sus condenadas minas.

            MAMA LUANA. A ése le he arreglado yo. Se ha recorrido la isla junto a un trozo de piedra imán que lleva el Cholo en su mochila. Esa piedra estaba ahí, entre las botellas; la había bajado del monte mi Raúl, que era ingeniero... Por eso le funcionó el indicador a ese tonto. (Empieza a servir unos vasos.) Cuando se lo digamos, ¿comprendes?, pensará que todo ha sido burla, hasta las minas de verdad que hay... Descuida, no volverá.

             

            (Coge un vaso. Va a alargar otro a Dickson, pero lo coge Nena y se lo ofrece al hombre sumisamente.)

             

            DICKSON. (Con el vaso en la mano. Hablando como José Domingo, con acento isleño.) ¡Ta güeno, Mama Luana!

            (Bebe de un trago. Deja el vaso de un golpe y hace un gesto de adiós a Mama Luana. Coge a Nena del brazo y se aleja con ella hacia la puerta del fondo.) ¿Sabes? Nunca he visto la luna con una mujer a mi lado...

             

            (Hacen mutis los dos, bajo la sonrisa de Mama Luana.)

             

             

            ESCENA VII. MAMA LUANA. DESPUÉS, TIGRE JÁCOME

 

             

            MAMA LUANA. ¡Vivo! ¡Es increíble! (Al ver clavado el cuchillo de Tigre Jácome se le borra la sonrisa.) ¡El cuchillo de Jácome! ¿Habrá sido capaz de...? (Desclava el puñal. Lo mira.) No. Éste no se ha mojado en sangre de cristiano. Al menos esta noche... Pero entonces, ¡pobre Jácome!

            TIGRE JÁCOME. (Aparece en la puerta del foro, mirando todavía hacia la playa.) Ni me ha visto la niña... Ni me ha visto... (Violentísimo.) ¿Y no lo he matao? ¿Cómo no lo he matao? ¡Ni tampoco ahora..., cuando... iban...!

             

            (Le ahogan las palabras. Por primera vez en todo el tiempo, cae sentado en una silla.)

             

            MAMA LUANA. (Casi maternal.) Y los has visto juntos... le has visto llevársela y...

            TIGRE. (Se levanta, violento.) ¡Llevársela, no! ¡Llevársela, no...! ¡Entonces lo que se llevaría sería mi cuchillo metido en el pecho...! (Con melancolía.) Llevársela... Es ella la que se marcha, Mama Luana... Era como Tacuara, pero más niña, y cuando Jácome ya no lo es... Y contra ella, ¿qué puede un cuchillo? (Otra vez violento.) ¡Pero no es que se la lleva, no! (Triste.) Ni es un traidor, Mama. (Nuevamente violento.) ¡Ah, si lo hubiera sido! Entonces, ¡ni yéndose ella...! (Hundiéndose otra vez.) Pero es un hombre con un amor adentro. De esos que ni se saben hasta que rompen.

            MAMA LUANA. Pero tú también, Jácome...

            TIGRE. ¡Por eso...! Por eso me callo... Por eso no mato...

            MAMA LUANA. (Tras una pausa junto a Tigre Jácome.) ¡Qué bueno eres!

            TIGRE. (Violento.) ¡No me faltes! ¡Nunca lo he sido! ¡Un desesperado, un echado al monte! (Recordando de pronto. Con ternura.) ¿Bueno yo...? Ella me lo llamaba.

            MAMA LUANA. Bueno, Tigre Jácome.

            TIGRE. ¿Tigre...? Tigre... ¡Tan raro que me suena...! Ya se acabó. Me subo a mi cubil, mujer. Ya no bajaré nunca.

            MAMA LUANA. Hasta que te necesitemos otra vez. La isla o tus amigos.

            TIGRE. Nunca. (Pensativo. Hablando para sí.) Ya hay quien se cuide... Gente nueva, sin cuchillo... También son otros tiempos. Quizás... ¿Quién sabe? ¿Yo qué sé? (Hablando nuevamente a Mama Luana.) Sólo sé que esta noche se me paró el andar... (La guitarra, que se había amortiguado hasta casi dejar de oírse, se quiebra como si se acabara de romper y no se oye más. Pausa. Mama Luana no encuentra qué decir. Tigre Jácome continúa en otro tono, casi seguro, como otras veces.) Encárgate tú, Mama Luana, de que me entierren donde tú sabes. Quiero dormir junto a ella, por si al fin nos ponen un mar encima, con peses donde los pájaros... (Una última sonrisa al recuerdo.) Y también caracolas. Lindas... «Rosas por dentro como carne de muchacha...» (Pausa. Otra vez violento y tajante.) Donde tú sabes, mujer. ¡Recuérdalo!

             

            (Despacio, vencidamente poderoso, Tigre Jácome hace un mutis definitivo, para sumergirse en su selva.)

             

            Telón


Porcs a la hisenda sant LLuís. [(Fernando Poo/Guinea Equatorial)]