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sábado, 6 de junio de 2026

Batallones disciplinarios

Javier Rodrigo en "La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939" recoge que Queipo de Llano «declara ante la legación italiana en noviembre de 1937 que tras la guerra los españoles no se convertirían, y que en consecuencia había "que librarse de esta gente. Hay que seguir fusilando, o crear grandes campos de concentración en las Canarias o en Fernando Po [sic]"».

Campo de concentración del
lazareto de Gando de 
Los campos de concentración de Franco
de Carlos Hernández de Miguel
.
Uno de nuestros historiadores de referencia, Carlos Hernández, nos planteaba hace tiempo precisamente la posible existencia de campos de concentración en Guinea Ecuatorial entre los años 30 y comienzos de los 40. Pero como es habitual en lo que a Guinea Ecuatorial se refiere, los datos son ambiguos, escasos, y -en ocasiones- confusos.

Lamentablemente, Carlos Hernández falleció sin poder hacer públicos los avances de su investigación: «No sé la ubicación y no tengo documentada su existencia salvo por la petición de un alto cargo franquista que pidió la liberación de un familiar que estaba, según él, allí prisionero. La respuesta de sus superiores fue negar la existencia de ese campo, pero es raro porque en la petición da hasta el número de prisionero (...). Igual es pista falsa, pero tengo que seguir tirando del hilo (...) La petición es de noviembre de 1941 y habla de un "campo de incomunicados en Bata". 

Sobre el campo de Annobon, en su día investigué ese lugar porque se utilizó incluso durante la época republicana como lugar de confinamiento... (...). Tengo además (como vosotros) una serie de condenas a "confinamiento en Guinea"... y no me queda claro si era destierro únicamente o destierro y confinamiento en un campo o cárcel. Voy a repasar todo lo que tengo, a fondo, porque en su día hablé con bastante gente, entre ella con Donato NDongo-Biyogo. (...) mi olfato me dice que algo hubo... (...) Seguimos en contacto para ver si aclaramos este tema, pero yo me inclino por pensar que había un lugar de confinamiento para presos políticos españoles».
Precisamente, en los agradecimientos de su investigación sobre los campos de concentración de Franco, destaca un «A Donato Ndongo-Bidyogo, por su ayuda con mi investigación sobre la represión en la llamada Guinea española».

A su vez, la imprescindible tesis doctoral "La ley contra la costumbre. Segregación, asimilación jurídica y castigo en la Guinea española bajo el franquismo (1936-1959)" de Celeste Muñoz, al igual que Donato Ndongo en "Gran palabra tienen los blancos" describen el uso de la isla de Annobón como lugar de confinamiento forzado para población indígena, mientras a la población europea -si no desaparecían por el camino como el barbero [Francisco] Caparrós o como el sargento Anastasio Núñez, o como Manuel Pérez Teira, tripulante del Fernando Poo, fallecido en prisión preventiva en Santa Isabel-... acababa en Las Palmas; inicialmente en los almacenes de plátanos de Fyffes, más tarde en el campo de concentración del viejo lazareto de Gando...  y en una época más tardía en la prisión provincial.

Aunque -como detallamos en Desterrado... en Guinea- hay una ingente cantidad de ciudadanos a los que se castigó con el destierro al territorio ecuatorial. 
Así, se retomaba con determinación la tradición decimonónica de la que periódicos y obras de teatro dan testimonio, como "La promesa sagrada" de Enrique Pérez Escrich: «Los pájaros de estas grandes jaulas que se llaman ciudades son volubles como las mariposas. Cuando tú te fuiste, las murgas tocaban por las calles el himno de Riego, y hoy, al que se atreve á cantarlo le meten en chirona y le llevan á Fernando-Póo.»
En el S. XIX, sabemos que a los deportados no se les confinaba (bastaba con el perímetro insular, debiendo buscarse el confinado incluso la alimentación), pero en la postguerra ¿los condenados fueron desterrados y confinados? ¿o sólo desarraigados de la península?

Sí hay constancia de la habilitación temprana de un galpón del puerto como lugar de confinamiento, tras la toma de la ciudad la noche del 18 de septiembre. Lo cuenta Juan Ramírez Dampierre -Vicecónsul portugués en Fernando Póo-: «Los presos políticos en número de cuarenta, están bien guardados y vigilados por las milicias, como también bien tratados, pudiendo recibir de sus casas o pensión las comidas y todo lo que necesiten para su uso personal, pero sin comunicación con el exterior del enorme barracón de cemento, donde se encuentran muy bien instalados bajo rigurosa vigilancia. Entre ellos hay media docena de funcionarios de la Secretaria General del Gobierno, cuatro de la Administración de Hacienda, tres de la Administración de Correos, incluyendo el propio Administrador y varios particulares, algunos sin importancia, además de dos negros. También el capitán del Puerto se encuentra entre ellos, señalado como Gobernador Central Comunista».


Desfile de las tropas marroquís en el ultimo trimestre de 1936,
frente al edificio de la aduana del puerto de Santa Isabel.

Coincide con el ensayo de Gonzalo Álvarez Chillida en "Guinea Ecuatorial (des)conocida": «En la isla la huida fue mucho más difícil, y se llegó a abrir un campo de concentración provisional que tenía 106 internos el 14 de noviembre. Muchos de ellos fueron enviados posteriormente a Canarias, donde debieron sufrir consejos de guerra, aún no investigados».

La Drª Muñoz documenta igualmente en su tesis una solicitud de 1943 de «crear en la Isla de Annobón una penitenciaria o campo de concentración de reclusos peligrosos o reincidentes ruega a XXX. comunique si no existe inconveniente de carácter judicial, por hallarse sujetos a procedimiento o por otra causa para que sean trasladados en el próximo vapor Sagunto, que saldrá la próxima semana, los presos que a continuación se indican, debiendo caso de no existir obstáculo, dar les órdenes oportunas para que se haga su traslado». 


En la relación de condenados que acompaña a la solicitud, llama la atención que no hay ninguno de origen europeo..., de igual forma que unos años antes el Juez de Instrucción de Santa Isabel solicitaba (1938) la creación de brigadas disciplinarias para «indígenas no emancipados», siempre con la convicción de que -como documenta Enrique Martino en Opensourceguinea- «hora es ya de que el Estado asuma en toda su integridad la obligación de atender a la subsistencia de la población penal en la Colonia, relevando de esta carga a los Consejos de Vecinos, que solamente percibían del Presupuesto Colonial una tercera parte de los gastos carcelarios, y que sea el Estado también el que aproveche los servicios de penados en obras de utilidad publica».


Limpieza, "chapeo", de predios en Santa Isabel.

En cualquier caso, ese campo de concentración sí debió de prosperar (y perdurar) ya que con el practicante que no fue fusilado, vemos cómo Enrique Atané Amo destinado en la isla de Annobón moría de un tiro en 1956 (!) cuando «uno de los presos indígenas llevado a Annobón pudo hacerse con un arma de fuego, con la que dio muerte a otro preso y luego disparó contra el Instructor D. Cecilio López de Letona, que resultó herido. Al intervenir D. Enrique Atané Amo, Practicante del Servicio Sanatorio Colonial un disparo le atravesó el pecho. El agresor huyó al bosque a donde le persigue la Guardia Colonial».

Pero ¿y en el territorio del Muni?

Algo debió de haber, si de vez en cuando aparecen igualmente vagas referencias a batallones disciplinarios, como ésta:

 

Ángel López Gutiérrez era natural de Guadalajara.
Prisión

Edad: 23
Sexo: Hombre
Estado civil: Soltero/a
Residencia: Guadalajara
Filiación sindical: CNT
Lugar de muerte o condena: Batallón de Trabajadores en Guinea Ecuatorial
Circunstancias: Traslado a Batallones Disciplinarios de Trabajo

Por exigencia de sus redactores (Foro por la Memoria de Guadalajara), la información que contenía el campo Observaciones ha sido eliminada de la consulta pública. Para conocer datos adicionales, diríjanse directamente a la citada asociación. Disculpen las molestias.

Fuentes: Foro por la memoria de Guadalajara (datos de su sobrino Enrique López Polo)
Investigadores: Foro por la Memoria de Guadalajara/SEFT
https://victimasdeladictadura.es/Angel-Lopez-Gutierrez-GU-2466

 


Hoy otras confusas referencias... como la de Xosé Velo, uno de nuestros protagonistas de El Taiwán ibérico, del que se dice que «fue detenido y encarcelado tras el golpe de Estado en 1936, obligado a luchar en la División Acorazada Brunete, condenado a un batallón de castigo en Guinea Ecuatorial por desertar…».  Tal vez se trate de otra «pista falsa», como decía Carlos Hernández.

O como relata Manuel Leguineche en "El precio del paraíso" sobre Ángel García Barón: «Tres meses más tarde me llegó su carta: "Hermano: sirvo en el 404 Batallón de castigo en Marruecos (sic), en Río Muni. Duermo en una tabla de veinte centímetros de ancho. Me lavo en el mar y el agua potable está racionada. Gracias por tus desvelos".» Pero esa evidente incongruencia geográfica del jefe de la tribu, le resta credibilidad a este testimonio; ¿será Río de Oro en vez de Río Muni?

viernes, 11 de abril de 2025

El calvario del abuelo

Hace un año, se instaló en acto público el "adoquín de la memoria" en Gijón, como homenaje y recordatorio del leal cartero de Bata. Se trata de Isidro Álvarez Martínez, que se significó en Río Muni por su lealtad al gobierno, integró el reconstituido Frente Popular del territorio ecuatorial, y como funcionario organizó la colecta de donaciones para apoyar a la República. Tras el bombardeo y caída de la ciudad de Bata, huyó al Camerón francés, desde donde se incorporó por barco al territorio bajo administración republicana. Con la derrota, se suma a la retirada al territorio francés iniciando su exilio, separado de su familia. Los siguientes años itinerará entre campos de refugiados, prisiones y de concentración, especialmente tras la invasión nazi de Francia. Finalmente, sus orígenes cubanos/estadounidenses (nació en Cuba, siendo en ese momento un territorio administrado por Estados Unidos) le permitió gestionar su liberación y volver a España en 1947. Pasó por las purgas e investigaciones (incluso por masonería) de rigor. El Ayuntamiento de Gijón recuerda: «El Fiscal especial de Correos que se ocupó del caso recopiló declaraciones de funcionarios, alcaldes y párrocos de diversas regiones en las que Isidro había servido entre 1920 y 1939, así como de la administración colonial en Guinea Ecuatorial. Todos los inquiridos coincidían en que era un hombre moderado, reservado y recto. Todos menos los que informaron desde Guinea Ecuatorial, quienes cargaron las tintas contra aquel administrador de Correos de Bata que se habría destacado en el microcosmos de españoles de la colonia como opuesto en acto y palabra al “Glorioso Alzamiento”. Estas vagas acusaciones desde Río Muni bastaron para que el juez sentenciara contra el regreso de Isidro Álvarez a la Administración».

"... se trata de una buena personal de la cual nadie tiene queja alguna."

Finalmente, y prácticamente a tiempo de jubilarse, logró ser reincorporado al cuerpo de correos.


Isidro Álvarez Martínez fue un funcionario de Correos que se despidió de su familia a finales de 1934 tras serle concedido el traslado a la colonia española de Guinea Ecuatorial. Iba a trabajar allí dieciocho meses y después tendría opción a un destino permanente y bien remunerado en Asturias. Sin embargo, lo que él no sabía es que no los volvería a ver hasta doce años más tarde. Todo le salió mal. Le pilló allí el golpe militar del 18 de julio de 1936, que era el año en el que tenía que volver a España. Afortunadamente, logró huir antes de caer en mano de los franquistas y se refugió en el país vecino, Camerún. De ahí se fue en barco hasta Marsella y, desde allí, pasó a España por Cataluña.

A comienzos de 1939 tuvo que exiliarse a Francia. Allí pasó por diversos campos de refugiados, como el de Bram, del que pudo salir al encontrar empleo en la construcción. Pero a finales de 1942 fue detenido por los alemanes e internado en el campo de tránsito de Compiègne (Francia). Después fue deportado a Sachsenhausen (Alemania) en enero de 1943 y, cuatro meses más tarde, en mayo, fue llevado a una prisión de la capital alemana y posteriormente a la cárcel de Laufen. Es probable que acabara allí por tener la nacionalidad cubana (sus padres emigraron a la isla y le nacieron ahí), aunque se hubiese criado desde los nueve meses en la gijonesa calle de los Moros. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial , inició un periplo por numerosos campos de refugiados italianos: Cartago, Túnez, Nápoles, Aversa, Bari y Cine Città. Hasta que finalmente, gracias a una sentencia absolutoria del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, pudo regresar a España el 22 de febrero de 1947. «Nuestro abuelo vivió un calvario fuera de España y otro cuando volvió», recordó una de sus nietas, Carmen Jardón Álvarez, minutos antes de colocar el "stolpersteine" o "adoquín de la memoria" que, desde ayer, conmemora la figura de su abuelo como víctima del nazismo a la altura del número 2 de la calle de los Moros.

Pero si quieres saber más sobre Isidro Álvarez Martínez, revisa:

viernes, 21 de marzo de 2025

Los ecuatoguineanos de la Patrulla Atlántida (I)

Cuenta Agustín de Foxá en Madrid de corte a checa:

Por la noche recibieron a José Félix con grandes aspavientos en casa de Fifí Estrada. Ya estaba puesta la mesa, con unas velas negras y unas fuentes de plata, para el consomé. Estaban Perico Castro-Nuño, María Parla, los Alberti, Federico García Lorca y el capitán Martínez, héroe de Aviación, con el negrito que se había traído de Fernando Poo.

¿"El negrito que se había traído de Fernando Póo"?  Así, es: aunque no queda claro que fuera precisamente el capitán Manuel Martínez Merino -como dice Foxá-, a los ibéricos pilotos parece que les apeteció emular a Robinson Crusoe y tener su propio "Viernes". Hay constancia de 2 ecuatoguineanos que acompañaron a los pilotos en el viaje de vuelta (en los barcos de apoyo, no en los hidroaviones): José Friman Mata y José Epita Mbomo.

Patricio Nbe, en su viejo blog, recogía un recorte de prensa local: «Con gran animación se celebró ayer 21 de junio de 1927 en el Aeródromo Dávila de Armilla de la ciudad de Granada, una fiesta en honor de la Patrulla Atlántida que, como se sabe, hizo el glorioso raid de Melilla a Guinea. El hidroavión nº 7 “Andalucía”, uno de los que integraban la patrulla, llegó a Motril. En él vino como pasajero el negrito Pepito Pita, de dieciséis años, que en la isla de Santa Isabel fue encontrado por el Comandante Llorente y sus compañeros de patrulla quienes, previa autorización de una tía suya con quien vivía, lograron traerlo a España. Dicho joven quedará en Granada con su madrina la viuda del Teniente Salgado.»



Lo teníamos pendiente desde hace años, y hoy en este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel vamos a incluir el relato de José Epita Mbomo, corisqueño al que El País dedicó en 2021 el artículo El electricista que saboteó a los nazis y salvó a sus amigos. El artículo generó conmoción en una Guinea Ecuatorial, siempre falta de noticias positivas y acostumbrados a no dejar impronta en el ámbito internacional.

Las redes sociales se llenarán de expresiones espontáneas como ésta: «Es una de las historias más increíbles, bonitas y emocionantes que he leído. Y es sobre un guineano de Corisco».

Orgullosos, tampoco pasó desapercibido que Mbomo (conocido también como Yoni) era tío de la poeta Raquel Ilombe. Otro día hablaremos de Friman, pero hoy es el turno de Epita:

El guineano se formó como mecánico de aviones y se casó con una blanca en Murcia en 1936. En el exilio dirigió un grupo local de la Resistencia francesa, fue deportado a Neuengamme y sobrevivió a un bombardeo británico sobre barcos de prisioneros en el Báltico. Una investigadora de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona ha descubierto su paso por el campo de concentración. Esta es su biografía, reconstruida por EL PAÍS.

José Epita Mbomo nació el 15 de agosto de 1911 en Ibanamai, en la isla de Corisco, entonces parte de la colonia española de Guinea. Allí acude a la escuela que gestionan religiosos claretianos que castigaban a sus alumnos a arrodillarse sobre garbanzos, contaría años después a su hijo Andrés. Vive con su tía Esperanza. El 6 de enero de 1927 aterrizaron en la isla tres hidroaviones de la Patrulla Atlántida, una misión militar y científica que buscaba sacar pecho en la carrera de los cielos y recoger información para cartografiar la costa occidental africana. La exitosa expedición regresa con dos adolescentes guineanos a bordo de los barcos de apoyo: José Epita Mbomo y José Friman Mata. 


 

Tendríamos, por tanto, otro ecuatoguineano como Carlos Grey Molay que sobrevivió a un campo de concentración nazi. Y bueno, no todos iban a ser como el comandante Tray o el sargento Guerra Tonga.

Cuenta Afropoderossa en "España no sólo es blanca":

EL AVIÓN ES, QUIZÁ, UNO DE LOS AVANCES TECNOLÓGICOS más importantes del siglo XX y también uno de los que más rápido ha evolucionado. Apenas transcurrió una década entre los primeros vuelos de los hermanos Wright o del brasileño Alberto Santos Dumont, cortos y aparatosos, y el uso de aviones por parte de la mayoría de los ejércitos durante la Primera Guerra Mundial. Acabada la guerra, entre los años 1918 y 1939 tuvo lugar lo que podemos llamar «la edad de oro de la aviación». Los países comenzaron a competir por crear mejores aviones y más rápidos, por batir récords y por volar hasta donde nadie antes había llegado montado en una aeronave. Por ejemplo, en 1924, un grupo de aviadores de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos dieron la primera vuelta completa a la Tierra en ciento setenta y cinco días. Y en 1927, el norteamericano Charles Lindbergh fue el primero en viajar de Nueva York a París sin realizar ninguna escala. España también participó en aquella carrera aeronáutica y, en invierno de 1927, aterrizaban en la base aérea de Los Alcázares, Murcia, tres hidroaviones bautizados como Cataluña, Andalucía y Valencia. Los tres aviones regresaban de un largo viaje que les había llevado hasta Guinea Ecuatorial, y sus tripulantes fueron recibidos como héroes. Pero aquel día, además de la tripulación, pisaron el suelo del aeródromo de Los Alcázares dos adolescentes negros llegados directamente de Guinea Ecuatorial. 

LA PATRULLA ATLÁNTIDA 

Aquellos tres aviones que aterrizaron en Los Alcázares constituían la Patrulla Atlántida, cuyo objetivo había sido sobrevolar la costa atlántica africana hasta llegar al golfo de Guinea, gesta que no se había conseguido jamás hasta entonces, y cartografiarla. En aquella época, por mucho que Guinea Ecuatorial fuera una colonia española, estaba muy mal comunicada con la península, así que debió de ser toda una sorpresa para los guineanos ver aparecer aquellos aviones de repente en el cielo y que aterrizaran en su territorio. Quizá fue precisamente aquella visión lo que impresionó a dos adolescentes de dieciséis años de la isla de Corisco. Se llamaban José Friman y José Epita Mbomo, y ambos se embarcaron en los hidroaviones de la Patrulla Atlántida cuando inició su regreso a España. Algunas fuentes afirman que la tripulación se había traído a los dos jóvenes como una especie de «trofeo» para demostrar que efectivamente la expedición había llegado hasta su destino, pero, de todos modos, nada parece indicar que ninguno de los chicos viajara obligado y nadie se desentendió de ellos al llegar. Al contrario. José Epita Mbomo consiguió un trabajo en el aeródromo y fue «apadrinado», prácticamente adoptado, por la familia de uno de los oficiales de Los Alcázares. Y prosperó. En apenas dos años, José Epita se había convertido en mecánico de aviones en la base y se formaba como electricista. Estaba integrado y progresaba. Entonces, una noche de carnaval, José decidió asistir a un baile que se celebraba en un casino de la zona. 

«¿NO TE DA MIEDO, DE NOCHE?» Aunque José Epita se había integrado en su pueblo, eso no significa que todo el mundo lo aceptara por igual. De hecho, esa noche de carnaval, al entrar en el pabellón donde se celebraba la fiesta, mucha gente se escandalizó. La orquesta dejó de tocar. Las madres agarraron a sus hijas para que no se apartaran de su lado. Y, sin embargo, José acabó bailando con una chica. Se llamaba Cristina. Si José había sido valiente al ir a una fiesta en la España de principios del siglo XX sin importarle tener que enfrentarse a comentarios y actitudes racistas, Cristina no lo había sido menos. El hermano de Cristina conocía a José de la base, por lo que, pese a la resistencia de los amigos, acabó presentándolos. Y esa noche bailaron. A partir de ese momento, José y Cristina estuvieron juntos. Superaron el rechazo de los vecinos y de las amigas de Cristina, e incluso algunos ataques de los jóvenes de Los Alcázares, que no estaban dispuestos a dejar que un chico negro se llevara a «una de sus chicas». Por otro lado, la familia de Cristina, aunque quizá no los apoyara activamente, nunca se opuso al noviazgo. Así que, el 1 de enero del año 1936, José Epita Mbomo y Cristina Sáez se casaron. La boda, en aquella España de principios del siglo XX, levantó un revuelo tremendo no solo en Murcia, sino también en todo el país. A Cristina la gente le decía: «¡Uy! ¡Casarse con un negro! ¿Y no te dará miedo por las noches, cuando esté oscuro?». Y, al salir de la iglesia, ya les esperaban vecinos, curiosos y periodistas. De hecho, llegaron a dar entrevistas para la prensa de la época. José y Cristina fueron una de las primeras —si no la primera— parejas interraciales del país. Durante un tiempo muy breve fueron felices, pero entonces estalló la guerra civil española. 

LUCHADOR 

Durante la guerra civil española, parte del ejército se alineó con los sublevados del general Franco, mientras que otra parte se mantuvo fiel a la República, como es el caso del aeródromo de Los Alcázares donde trabajaba José. Sin embargo, a medida que la guerra avanzaba, y la República iba perdiendo terreno contra los sublevados, José se dio cuenta de que se encontraba en grave peligro porque, además de ser un idealista, era un militante de izquierdas convencido. En ese periodo, eso le habría costado años de cárcel o, seguramente, la vida, así que José y su familia decidieron escapar. Primero lo hizo Cristina con sus dos hijos y con su madre. Durante un tiempo permanecieron en Cataluña y luego, en 1939, pasaron al otro lado de la frontera, a Francia. No mucho después, José hizo lo mismo. Por desgracia, la llegada a Francia no significaba estar a salvo, pues, como tantos otros refugiados españoles, José acabó recluido casi diez meses en diversos campos de refugiados, el más famoso de los cuales fue seguramente Argelès-sur-Mer, un lugar insalubre construido en la propia playa. Las personas allí recluidas, que eran gente inocente que escapaba de la guerra, tenían que dormir sobre la arena dura y fría, no disponían de suficiente comida ni atención médica, y recibían continuos maltratos de los guardias. Aun así, José logró salir. Cristina le había conseguido un trabajo de electricista en la ciudad de Mérignac, cerca de Burdeos, y, gracias a eso, por fin pudo reencontrarse con su mujer y sus hijos. Esa mala experiencia no logró que José perdiera sus ideales y su espíritu combativo, por lo que, al estallar la Segunda Guerra Mundial, él siguió luchando. Cuando Francia cayó bajo las garras del nazismo, José se sumó a la Resistencia que combatía al Tercer Reich, acompañado de partisanos franceses y republicanos españoles exiliados como él. Entre otras acciones de espionaje y de sabotaje, el grupo de José hizo saltar por los aires un hangar lleno de vehículos del ejército alemán y también saboteó el suministro de energía del aeródromo de Mérignac para impedir la salida de aviones. Solo con eso, José Mbomo habría sido un héroe merecedor de todos los honores, pero su historia no acaba aquí, porque en 1944, a causa de sus acciones en la Resistencia, fue capturado por la policía francesa. 

PRISIONERO 

Como tantos otros, José acabó en un campo de concentración, en su caso Neuengamme, en Alemania. Las condiciones en el campo eran inhumanas. Hambre y miseria, maltratos continuos, trabajos forzados, enfermedades y muerte. Incluso para José, que al ser electricista se le asignó un trabajo que conllevaba ciertos privilegios, las condiciones eran durísimas. Irónicamente, puede que lo que acabó salvándolo a él y a algunos de sus compañeros fue precisamente que José fuera un hombre negro. De hecho, parece ser que en todo el campo de Neuengamme no había ni siquiera diez prisioneros negros, a los que los nazis consideraban inferiores, exóticos y solo aptos para servir. Así que José, además de electricista, también trabajó de camarero para los oficiales nazis del campo. De ese modo tenía acceso a las sobras de comida, que compartía con sus compañeros. 

EL FIN 

Los nazis, cuando vieron que la guerra estaba perdida, decidieron borrar todo rastro de sus crímenes. Eso significaba cerrar los campos de concentración, eliminar pruebas documentales, archivos, fotografías… y a los prisioneros. José, como tantos otros, fue sacado del campo. Ya fuera metiéndolos en trenes para ganado, sin ventilación, ni agua, ni espacio para respirar, o bien a pie, en extenuantes «marchas de la muerte» donde muchos morían de agotamiento y muchos otros, los que no eran capaces de seguir el ritmo, eran ejecutados, llegaron hasta el mar Báltico. José Mbomo acabó como prisionero en el Cap Arcona, un antiguo transatlántico de lujo —habría que imaginar una nave muy parecida al Titanic—. Allí, en las cubiertas superiores, los soldados y oficiales nazis disfrutaban del lujo del barco. En cambio, las bodegas estaban llenas de prisioneros en condiciones todavía peores que las del campo que habían dejado, unos prisioneros que los nazis pretendían usar como moneda de cambio para negociar una rendición ventajosa frente a los Aliados. No llegó a ocurrir. La RAF, la fuerza aérea británica, bombardeó el Cap Arcona sin saber que sus bodegas estaban llenas de prisioneros. El navío se incendió y, al final, se hundió. Solo sobrevivieron 316 prisioneros de los más de 4.500 que iban a bordo. Entre ellos, José. 

UNA VIDA TRANQUILA 

José Epita Mbomo se salvó. Quizá fue pura suerte. Quizá fue porque, al contrario que muchos de los demás prisioneros del Cap Arcona, él sabía nadar. Sea como sea, en esa ocasión José tampoco se rindió. Fue rescatado por una lancha de la Cruz Roja y, al fin, pudo regresar junto a su familia. La guerra había acabado definitivamente, así que, tal vez por primera vez en muchísimos años, ya no tuvo que luchar más. José y su familia se establecieron en Francia. Incluso si hubiera sido seguro para ellos regresar, no lo habrían hecho. José siguió trabajando como electricista, y Cristina y él llegaron a tener cinco hijos. Este hombre incansable acabó muriendo de cáncer en los años setenta y su historia probablemente habría quedado olvidada con el tiempo. Es cierto que había recibido algunos honores y condecoraciones del Estado francés por su participación en la Resistencia, sí, pero, al igual que muchos otros, José nunca hablaba de la guerra, de los campos y de las veces que tuvo que luchar por salvar su vida. Y, sin embargo, poco a poco la gente fue sabiéndolo. Se comenzaron a investigar los campos de concentración y la historia de los supervivientes españoles, una historia que había sido silenciada durante años por el régimen franquista, que se desentendió completamente de los ciudadanos de ideología republicana porque no eran «de los suyos». Como siempre, aquello que no se cuenta no existe. Los hijos de José también descubrieron que su padre, aunque no les había contado nada, sí que había escrito en cuadernos y en agendas los hechos más importantes de su vida, que así han llegado hasta nosotros. Una historia extraordinaria de un hombre valiente que, por fin, sale a la luz.

jueves, 19 de septiembre de 2024

El relojero de Cartagena


Según Rafael de Mendizábal Allende en Misión en África. La descolonización de Guinea Ecuatorial (1968-1969), el territorio servía no solo como castigo (como señalábamos en Desterrado... en Guinea), sino también como «refugio más o menos solapado...» de disidentes, pero también de aquellos que necesitaban distanciarse de conflictos.

No se libraron ni los brigadistas internacionales (no todos iban a ser alemanes de la Abwehr). 

La historiadora Blanca Calvo ha rescatado el caso de Otto Bruno Löbig, el relojero de Cartagena:

Hace unos meses, mirando el listado de "murcianos deportados" de Archivo General de la Región de Murcia me encontré un nombre alemán y como otra cosa no, pero soy rato cotilla, empecé a investigar.

Otto, viviendo en Cartagena, mi lógica me hizo pensar que era minero.
Pero no. Otto Bruno Loebig nació en enero de 1901 en Alemania, en las cercanías de Berlín . De sus primeros años se sabe poco. 
En 1915 fue aprendiz de relojero en Berlín. Tras la 1GM y la crisis, se fue a Holanda y luego a Francia donde empieza la militancia antifascista en la Legión Extranjera. Aquí pasó 5 años antes de irse a Madrid en 1925. 
Un año después se casa con Inocencia Naranjo Martínez y se instala en Cartagena donde abre una relojería.

 


Los años de la Guerra Civil son confusos. Mientras que la solicitud de asilo enviada en 1948 mantiene que durante la guerra fue relojero entre Galicia y Zamora, la documentación de archivo da otra versión: En el CDMH se conserva un documento de brigadistas internacionales heridos y hospitalizados entre los que figura Otto Bruno, comandante de la XI Brigada.

Durante la Guerra, su mujer Inocencia y el primogénito de la pareja, Emilio Juan de tan solo 5 años, buscaron refugio en Alemania con la madre y la hermana de Otto. En Godesberg nacerá, en 1936, Ingrid Sylvia Inocencia Lobig Naranjo. 

Tras la guerra, la familia regresa a Cartagena donde su papel como brigadista le supuso el ostracismo social y que su negocio sufriera diversos ataques.
Otto intentará sacar adelante su relojería, que encontró destrozada en 1939 . 
Fue detenido y permaneció en la prisión de San Antón Abad. Por su condición de ciudadano alemán solicitó ayuda al cónsul germano en Cartagena, Enrique C. Frike. 
Spoiler, un cónsul alemán en Cartagena no podía ser otra cosa que nazi por lo que no estaba muy por la labor de ayudar a un brigadista antifascista.
La respuesta literal que recibió Inocencia fue: "Él sabría que había hecho para acabar detenido".   
Por lo que en 1939, ante la imposibilidad de rehacer su vida en Cartagena por el acoso y la represión, la familia se traslada [en agosto con el vapor Plus Ultra] a Santa Isabel, Fernando Poo, donde Otto trabajará brevemente como comerciante. 
De su etapa en Guinea sólo se sabe que, de regreso a España en el barco Escolano, [éste fue interceptado por un submarino francés y obligado a entregar a un pasajero alemán que viajaba a bordo del vapor español. Así, Löbig] fue detenido por su condición de ciudadano alemán el 22 de noviembre de 1939 y enviado a la prisión de Casablanca. [Todavía el 9 de abril de 1940 el Embajador de España en París remitía una nota verbal al Ministro francés de Exteriores.]
En territorio francés [Löbig] pasó por distintas prisiones hasta ser deportado los campo de trabajos forzados Tiouine y Sussoni. De estos campos no se conserva casi información, pero se sabe, por su testimonio, que Otto tuvo problemas con los nazis internados por su posición antifascista 
En 1940, [con la derrota francesa por el ejército alemán, las autoridades colaboradoras de Vichy], le trasladan a Alemania donde sería encarcelado en Stuttgart y deportado en 1940 al campo de Welzheim como prisionero político por haber "realizado propaganda antinazi". 
Un año después acabaría en Dachau. ¿Su número? El 25.523

 

 

Otto lograría trabajo como relojero y mecánico de máquinas de escribir. Se puede intuir que, dentro del horror, tuvo una posición algo privilegiada ya que en 1942 le permiten recuperar de entre sus enseres una faja que necesita “para el dolor de riñones” . 
El 29 de abril de 1945. Sus únicas posesiones eran un sombrero, un par de zapatos, un abrigo, un blusón, unos pantalones, una camisa y unos calzoncillos. 
Tras pasar por Austria y Francia, logrará regresar, gracias a la Misión francesa de repatriación, a Cartagena el 9 de agosto de 1946.
En un documento de este año escribe en la casilla de nacionalidad: “alemán viviendo en el extranjero”; como dirección particular: “Barrio de la Concepción, calle Casado 46, Cartagena” y como ocupación: “relojero y comerciante".
Y siempre antifascista, denunció “maltrato por parte de las SS y guardias, palizas, sufrimiento mental y problemas de estómago”. 
También figura por primera vez sus discrepancias con el Cónsul alemán de Cartagena y con la mujer de este; el matrimonio le condenó al ostracismo social tras la Guerra Civil y le acusaron de ser judío. 
Disclaimer. El único artículo "periodístico" que hay sobre él describen a Otto como un acérrimo nazi. Dicho artículo solo presenta como fuentes "lo que me dijo mi suegra". 
Para volver a Cartagena facilita tres contactos que avalarán su regreso a España: Don Augusto Siljeström, cónsul sueco en Cartagena; el joyero Don Cayetano Naranjo y el propietario del Bar Chiki, el señor Ortuño. 

Otto fue un antifascista en francia de entreguerras, brigadista internacional, deportado a campos argelinos, a Dachau. Pasó por la cárcel de Cartagena. Y durante años su figura ha estado en el olvido.
Otto regresó a Cartagena el 9 de agosto de 1946 gracias a la ayuda de la Misión de reparación francesa. El 23 de agosto de 1946, 14 días después de su regreso, escribe una misiva a la Comisión Interaliada de la Embajada Alemana en Madrid con el fin de exigir una indemnización por el tiempo deportado como prisionero político y por la pérdida económica que dicha deportación provocó en su negocio de joyero. 
En total solicita una indemnización por los 2.500 días pasados en campos de concentración nazis, aliados y enfermedades contraídas, a razón de 100 dólares por día. 
Justifica esta petición explicando que “esta cantidad no es mucho por el sufrimiento moral y physico (sic) durante tantísimos años y la importancia de mi negocio y que es de justicia esta indemnización”. No recibió respuesta.
 
Podemos intuir que su regreso a España fue complicado pues, pese a ser liberado de Dachau, fue investigado por el gobierno alemán siguiendo el protocolo que evitaba la fuga de antiguos nazis. 
La burocracia fue lenta y Otto tuvo que esperar hasta el 4 de noviembre de 1946 para que gobierno civil de Múnich confirmase su presencia como deportado en el campo de concentración de Dachau, había pasado más de un año desde la liberación de dicho campo. 
El regreso a España, una España franquista, opuesta a los ideales por los que había luchado toda su vida, no fue sencillo. Acosado por vecinos, vigilado por la Político-Social (“abren y censuran mi correo”) y se le prohibió trabajar con joyas. 
En la misiva de agosto de 1948 se señalará como principal culpable de este hostigamiento a la viuda del cónsul alemán en Cartagena .
 
En 1948 volvió a mandar una carta pidiendo ayuda económica, en esta ocasión el destinatario fue la American Joint y en ella solicitará, por su condición de desplazado, un préstamo retornable en 5 años para poder migrar a Caracas y establecer allí su negocio de joyero. 
En este documento, fechado el 15 de abril, explica como tras su regreso no hizo más que encontrase “por parte de las autoridades todas las imaginarias dificultades” y como tras “no haber recibido las autorizaciones necesarias para poder desarrollar su negocio” decidió “emigrar” 
tras pasar 23 años en España. En 1948 escribió en perfecto castellano que su deseo no era otro que empezar en un país democrático y libre con sus hijos. Finalizó la misiva con un “ruego al ETERNO para que les conceda una vida larga en bien de la humanidad y la democracia”. 
Como preparación a este exilio la familia se instaló en Santa Cruz de Tenerife donde en 1947 nacerá la tercera hija del matrimonio Canary Alicia. Su nombre figura en una petición de exilio enviada en 1948 a PCIRO (Comisión internacional de ayuda a los refugiados). 
La America Joint reenviará la misiva a la Comisión Internacional de Ayuda para los Refugiados . En la documentación que presenta apenas aporta información sobre su actividad en la Guerra Civil, solo da una vaga descripción de su presencia en Zamora; en cambio, detalla con precisión su estancia por distintas prisiones y campos de concentración nazis: “Entre 1940 y 1945 prisionero y deportado en Dachau. En 1945 estancia en Brego, entre 1945 y 1946 en París y Sete, antes de regresar a Cartagena.” 
En Julio de ese año la Comisión Internacional de ayuda a los Refugiados solicita a Otto información concreta sobre su actividad entre 1920 y 1948. En agosto la American Joint considera que en su testimonio hay lagunas, que su currículo es confuso en cuanto a su condición de judío: señalado como tal por María Luisa Oliva Gutiérrez, esposa del cónsul alemán en Cartagena. Durante su estancia en los campos de concentración en Marruecos y Argelia temió que la pronunciación francesa de su apellido, Levi en vez de Loebig, le acarrease problemas con otros alemanes internados en Argelia. Los americanos proponen su repatriación, es decir, el regreso a Alemania en vez del pasaje a Caracas. 
La noticia se le comunica en septiembre de 1948, no se conserva la respuesta de Otto.
Paralelamente, Otto había logrado el 2 de abril los certificados necesarios para migrar a Venezuela 
Decidió esperar a julio para que sus hijos acabaran el bachillerato y pudieran seguir sin problemas sus estudios en el nuevo país. Mientras tanto Otto planeaba vender todos sus bienes y lograr un préstamo que le permitiera sufragar el gasto del viaje e instalarse en Venezuela . 
En este momento se pierde la pista de Otto y su familia. Una familia que en 1948 se encontraba en Santa Cruz buscando desesperadamente ayuda económica para los pasajes de barco y el inicio de una nueva vida en Caracas. 
Una nueva vida que le permitiera criar a sus tres hijos: Emilio, Ingrid y Canary Alicia en un país democrático. 
En abril apareció la mágica que suele acompañar a estas investigaciones. Logré localizar al nieto de Otto y aunque en principio estaba reacio por miedo a otro artículo difamatorio.
La familia llegó a Caracas y se estableció con cierto éxito. 
Otto es descrito por su nieto como "rosacruz, masón y superviviente de un campo de concentración".
Otto falleció de un ataque al corazón en Maiquetía, Venezuela, el viernes 28 de enero de 1977. 
Volvía de un viaje a Egipto donde solía ir a comprar material para su comercio de joyería. Fue enterrado el 30 de enero en el cementerio del Este de Caracas. Tenía 76 años. Carlos Andrés Pérez, en aquel momento presidente socialista de la República de Venezuela, envió una corona de flores y una nota de pésame. Este gesto le aleja, de nuevo, de la visión dada por un periodista en 2016, la de un ciudadano alemán simpatizante del nazismo.

El comerciante Otto B. Löbig y su paso por Dachau, se suma al del fernandino estudiante de medicina Carlos Grey Molay y al maderero Fernando Fernández Lavín (ambos en Mauthausen), al corisqueño electricista José Epita Mbomo (Neuengamme), al cartero de Bata Isidro Álvarez (Laufen) y a Manuel Cuenca Vázquez (Buchenwald), Jefe del Servicio Agronómico de Fernando Poo.

domingo, 21 de julio de 2024

El cartero poeta

Contaba Juan Rodríguez Doreste en su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...) Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación del Fernando Poo».

Sobre los funcionarios de correos José Lizcano Barco e Isidro Álvarez Martínez, ya hemos desarrollado un par de paseos por este recorrido en la calle 19 de septiembre de Santa Isabel.

Pero sobre Luis Buelta Saura, el cartero destinado en Santa Isabel, apenas un párrafo:

...adscrito a la oficina de Correos en Santa Isabel, para el que el fiscal pedía cadena perpetua, pesó mucho su compromiso con el semanario El Defensor de Guinea. Como La Guinea Española relataba en su edición del 21 de mayo de 1939, «llegó afortunadamente en 19 de septiembre de 1936 el alzamiento nacional en esta isla, y los Sres. Buelta, Gay, Robles y demás comparsa del Frente Popular fueron retirados de la circulación; y por tanto, muerto y sepultado EL DEFENSOR DE GUINEA, y la imprenta del Sr. Robles incautada por el nuevo Estado...», por lo que finalmente fue condenado a 10 años de prisión.
 
Rodríguez Doreste sí le dedica algo de atención: «Otro sensible poeta, antiguo jefe de Correos de Guinea, Luis Buelta, nos leía también sus composiciones líricas. Los cinco vates de la prisión: Luis Buelta, Antonio Alfonso, Luis Gálvez, que estuvo preso en Tenerife, Rafael Rodríguez Delgado y José Antonio Rial,-que ha publicado en Venezuela sus memorias de la prisión de Fyffes bajo forma novelada- recogieron años después en un precioso tomito, cuidado y editado por Rafael con verdadero primor, algunos de sus poemas de presidiarios».

El cartero poeta, no era un desconocido en la isla. No podría ser de otra forma, si como razona M. López Vicario en En Guinea Ecuatorial, historiando sus venturas y desventuras, «¿Qué hubiera sido del maestro, del médico, del practicante, del religioso, del cabo, del empresario, o del ciudadano, sin el servicio de Correos? El cartero, en Guinea, fue introductor de cultura, especialmente entre los que no tenían relación con los centros religiosos, de sanidad o de cultura, naciendo un sentimiento de curiosidad y simpatía hacia el cartero, que un día acercaría al nativo del más recóndito poblado, hacia ese medio que le facilitaría alguna de esas pequeñas cosas, que el nativo tanto valoraba. Mientras el maestro, médico o religioso, inspiraban respeto, el cartero infundía confianza y simpatía».

En el caso concreto del cartero Luis Buelta, éste contaba con arraigo familiar de años en la isla, como atestiguan las sentidas expresiones de apoyo que generò el fallecimiento de su padre, Luis Buelta Pagés.

Sobre su vocación literaria aludida por Rodríguez Doreste, ésta era de sobra conocida (y reconocida) en Santa Isabel, ya que precisamente a él le tocó recitar unos poemas de su autoría en alabanza de los expedicionarios de la mítica  Patrulla Atlántida que realizó el primer vuelo por etapas entre Melilla y Guinea Ecuatorial en un remoto 1926: En la Escuela Oficial de Niñas, «la Música, la Poesía, la Literatura y la Declamación tuvieron muy dignos representantes. (...) La poesía rayó muy alto en las composiciones de D. Luis Buelta, bien conocido del mundo artístico de la Colonia; (...). La declamación debió quedar muy satisfecha, al oír recitar y declamar a D. Antonio Balanza la poesía del Sr. Buelta».


¿Seguimos con su historia? Hoy subir al pico Basilé, se realiza en una cómoda carretera (tal vez el único problema sea el control de acceso desde Laka/Sipopo). Pero en esa época el viaje requería armarse de valor para una dura ascensión. En 1925 ocurrió el hecho sorprendente de averiguarse que el que el pico Santa Isabel (el hoy conocido como pico Basilé), el más elevado de la isla, al que se atribuían hasta entonces 2,850 m, de altitud, tenía en realidad 4,710 m, es decir, 1,860 m, más de lo que se suponía y constaba en los mapas. Y con esa "redefinición" de la altura del pico, la expedición se consideró con autoridad para rebautizarlo como pico España. 
La ascensión que dió lugar a ese descubrimiento contó con un Luis Buelta Saura de 24 años como uno de sus promotores e integrantes... y su relator: «Dos móviles primordiales nos llevaron a intentar la ascensión a la cumbre más alta de Fernando Poo: uno patriótico y otro científico. Incorporar de hecho la montaña a nuestra isla, explorándola en su mayor extensión posible divulgando sus características entre nuestros compatriotas, y bajar con datos fidedignos acerca de su flora, climatología, altitud, situación, etc. Han sido contadísimas las expediciones que se han llevado a cabo para escalar el formidable macizo fernandino, y casi todas ellas lo fueron por extranjeros, singularmente por los soldados y oficiales alemanes, internados del Camerón durante la guerra europea, El inconveniente más grave que se tropieza para efectuar la ascensión es la falta de agua, elemento que desaparece por completo a unas cuatro horas de Santa Isabel. Y también la carencia absoluta de caminos, hasta el punto de que nuestro viaje se llevó a término abriéndonos paso violentamente durante casi todo el trayecto, a través del bosque virgen que, contra lo que esperábamos, y destruyendo nuestras previsiones, se hacia más compacto e impenetrable al ganar en altura, Previa la autorización del excelentísimo señor gobernador interino de estos territorios, don Carlos Tovar de Revilla, quien dió toda clase de facilidades y elementos para que nuestro proyecto fuese una realidad lo más rápidamente posible, salimos de Basilé, poblado sit, a 450 m, de altura y a 8 kms. de la capital, en la madrugada del domingo 25 de octubre».
Una gran historia para le época, pese a que se equivocaran en la medición (hoy se sabe que son realmente 3,011 m). En su relato del ascenso, Buelta tiene igualmente un cariñoso recuerdo por Antonio Copachito, de Zaragoza de Sampaka, y Guillermo Sipoto, de Botonó, los dos bubis que le acompañaron en el ascenso, pese al miedo por invadir las posesiones del dios Morimó.

Los periódicos españoles recibirán regularmente sus relatos no sólo de la ascensión al pico Basilé;  crónicas, novedades y relatos costumbristas de Santa Isabel están accesibles en las hemerotecas.

Por eso, no es de extrañar que -como escritor y cronista- fuera promotor el 1 de mayo de 1930 de "El Defensor de Guinea" junto a José Robles Diez, impresor de oficio. Desde "La Guinea Española" reconocerán que la iniciativa fue inducida y apoyada por el Superior Provincial de los claretianos en Banapá, ya que con esa nueva hoja bisemanal o diaria de noticias cubrirían sus promotores un servicio que ellos con su publicación misionera no podían ofertar. E incluso se les facilitó la imprenta monopol que Maximiliano C. Jones había comprado en 1924 a instancias del gobernador Barrera, y que tras pasar por diferentes dueños acababa de ser adquirida por los claretianos.

Fundador y Director: Luis Buelta,
dice la cabecera de "El Defensor de Guinea"


El nuevo periódico santaisabelino afirmaba ser  «ajeno a toda tendencia política y social» y su norma «la defensa de los intereses de nuestras colonias en el golfo de Guinea y cómo salvaguardar la acción colonizadora de España en estas posesiones». 

Todo parece indicar que durante los primeros años la alianza entre los dos periódicos funcionó, si bien se fue tensando al igual que el clima político en la península, hasta el 1 de mayo de 1936 (6º aniversario de la creación de "El Defensor de Guinea") en que se crea el Frente Popular de Fernando Póo. Lo crearán según la historiografía franquista «una docena de descontentos sin prestigio ni arraigo: un comerciante de Santa Isabel, don Jaime Gay Compte, hombre apasionado y violento; un contratista de Obras, José Serrano Roldán, aventurero procedente de Tánger, que había creado en la isla una logia llamada "Fernandina número 17", filial de otras de Valencia y Barcelona; un médico, Abelardo Lloret, y unos cuantos funcionarios de menor cuantía y colonos descalificados», estando los funcionarios de correos entre esos "funcionarios de menor cuantía".
En las sucesivas ediciones del bisemanal, se percibirá la sintonía entre el Frente Popular y "El Defensor de Guinea" por lo que con el triunfo del golpe de Estado en Santa Isabel, la imprenta será confiscada.

Como la propia revista "La Guinea Española" relataba en su edición del 21 de mayo de 1939, «llegó afortunadamente en 19 de septiembre de 1936 el alzamiento nacional en esta isla, y los Sres. Buelta, Gay, Robles y demás comparsa del Frente Popular fueron retirados de la circulación; y por tanto, muerto y sepultado EL DEFENSOR DE GUINEA, y la imprenta del Sr. Robles incautada por el nuevo Estado, que es la que ha salido a subasta como al principio dijimos ["motivo de la subasta de la imprenta del rojo y comunista Sr. Robles...", sic]. Era natural, que al que se llamaba pomposamente DEFENSOR DE GUINEA y que otros llaman OFENSOR DE GUINEA le sucediera un verdadero adalid de la Causa Nacional y así vio la primera luz EL NACIONALISTA, cuyos primeros números salieron de nuestra imprenta, mientras se organizaba la que fue del Sr. Robles; a ella se trasladó luego El NACIONALISTA, cambiando más tarde en EL FRENTE NACIONAL...», que se ha mantenido hasta el día de hoy como ÉBANO.

Se percibe un fuerte rencor hacia el periódico, que se razona por su postura durante lo que los clericales coloniales llamaban el "Tornado Antirreligioso": «A los pocos días de la instalación de la república en España, escribe Tomás L. Pujadas, el periódico santisabelino "El Defensor de Guinea" , que dirigía don Luis Buelta, publicaba un radio llegado de la Península, que decía textualmente: "Conviene que tanto ese periódico como la gente más principal de la capital hagan campaña en contra de los misioneros, para que inmediatamente sean sustituidos por sacerdotes seculares y se acabe así con sus intromisiones»....

Ah! y por supuesto, Buelta tenía la imperdonable falta de ser uno de los públicos contribuyentes a la donación de las 10.353,65 pesetas para la República, conforme a la Gaceta de Madrid del 5 Noviembre 1936. No podía ser de otra forma, si los impulsores de la campaña fueron precisamente los funcionarios de correos en Fernando Póo y Río Muni, a instancias de su colega de Bata, Isidro Álvarez Martínez.



El 7 de Octubre de 1936 se da inicio a la instrucción de la Causa 521/36 contra 23 paisanos por el delito de rebelión, incluyendo a Luis Buelta Saura.

Juan Medina Sanabria en Isleta, Puerto de la Luz: campos de concentración, resume la Causa: «juez instructor Capitán de Infantería Fortunato López Chávez, por el presunto delito de rebelión, contra el paisano Jaime Gay Compte y veintidós individuos más. Se enjuicia a todo el Comité del Frente Popular en Fernando Póo, por reuniones clandestinas tendenciosas desde el 18 Julio/19 Septiembre siguiente (estaba ya el Frente Popular suspendido en la isla), por los contactos con el Gobierno de Madrid y Bata y sus actuaciones con los subalternos y marinería del crucero "Méndez Núñez", implicándoseles en la destitución de la oficialidad del buque, etc. Tiene lugar el consejo de guerra el 27 Septiembre 1937 en el hogar del soldado del Cuartel del Grupo Autónomo Mixto de Ingenieros nº 4, sito en La Isleta, siendo aprobada la sentencia por la Autoridad Judicial el 16 Octubre 1937».

Según La guerra civil en las colonias españolas del áfrica occidental, el consejo de guerra fue
«presidido por el coronel José de Roas Fernández, actuando como capitán jurídico Ángel Dolla y fiscal Ildefonso Salazar y del Hoyo, quien solicitó una pena de muerte y otras 17 de numerosos años de prisión. Empero la sentencia rebajaría notablemente estas peticiones (…).

 A las nueve de la mañana del lunes comenzó a celebrarse en el Hogar del Soldado, del Cuartel del Grupo Autónomo Mixto de Zapadores y Telégrafos número 4, el Consejo de Guerra Ordinario de Plaza, para ver y fallar la causa seguida contra Jaime Gay Compte y otros, acusados del delito de rebelión. 


El Ministerio Fiscal interesó las siguientes penas: 
  • De muerte, para Jaime Gay Compte
  • Reclusión perpetua para José Robles Díaz, Pedro Mantilla Hernández, Luis Buelta Saura, Gonzalo Carrillo Riera, Santiago Gil Filiberto, Casimiro Peralta García, Francisco Hiniestro Montes, Manuel Luque Vázquez. Fermín Fernández Ortes, Ginés Pérez Ballesta. José Serrano Roldan y José Trillo Toreguitar. 
  • Veinte años de reclusión temporal para José García Solves. Quince años, para Vicente Gil Filiberto y José  Mendoza Carreño. Doce años, para Enrique Pellicer Garay y José Pallares Rey. 
  • Y retiró la acusación contra los procesados Antonio Platas Calvete, José Bortes de la Torre y Segundo Sabio Dutroy.

A las cuatro y media de la tarde terminó de celebrarse dicho Consejo de Guerra, reuniéndose seguidamente el Tribunal para  deliberar y dictar sentencia, la que será dada a conocer una vez aprobada por la Superioridad. 

El Tribunal fué presidido por el coronel don José de Rozas Fernández y actuó de vocal ponente el capitán del Cuerpo Jurídico, don Ángel Doll Manera. La Ley Marcial estuvo representada por  el alférez del citado Cuerpo, don Ildefonso Salazar y del Hoyo.


Finalmente, pese a la propuesta de reclusión perpetua, a Luis Buelta Saura le caerán 10 años de prisión.

Poco después de la condena, sufrirá un expediente de depuración del Juzgado Especial de la Dirección General de Correos y Telecomunicación, resolviéndose su separación definitiva del servicio de Correos.

Todavía en 1938, su nombre aparece en los listados del Comité Internacional de la Cruz Roja de personas reclamadas para canje por las autoridades republicanas (por José Giral, en su condición de Ministro). En estos registros aparecerá siempre como «empleado de Correos y periodista».

Años después de entrar en prisión se beneficiará de una conmutación de pena y el 08 de noviembre de 1941, el BOE publica su libertad condicional provisional con liberación definitiva del destierro, saliendo de la Prisión Provincial de Las Palmas de Gran Canaria.

Cuenta igualmente con un expediente de indulto generado en 1956, tras haber pasado por prisión e incautación de bienes.


jueves, 4 de abril de 2024

Un adoquín de la memoria para el cartero de Bata

En mayo del año pasado recibíamos con alegría la noticia de que a Carlos Grey Molay (conocido también como Greykey), prisionero n° 5124 del campo de concentración de Mauthausen, se le había colocado un adoquín de la memoria en Sarrià - Sant Gervasi, el que fue su barrio cuando vivía en Barcelona. Fue un tardío acto de justicia.

Esta semana, ha vuelto a ocurrir: En esta ocasión se trata del preso n° 59282 del campo de concentración de Sachsenhausen, Isidro Álvarez, el cartero batense. Como funcionario leal, integró el núcleo duro del Frente Popular en Río Muni, tuvo que huir, con el desembarco de falangistas y tropa marroquí en la bahía de Bata, y retornar al España republicana a través del territorio francés. Hoy, un Stolperstein (adoquín de la memoria) recuerda su historia frente a la que fue su casa en el n°2, calle Los Moros de Gijón.



La edición Nortes de Público lo cuenta así:

Isidro Álvarez Martínez nació el 1 de septiembre de 1900 en Batabanó, ciudad portuaria situada sesenta kilómetros al sur de La Habana. Sus padres, Concepción e Isidro, eran hijos de sendas familias de Campiellos, concejo de Sobrescobio, que como tantos miles de asturianos emigraron en la segunda mitad del siglo XIX a la por entonces provincia española de Cuba. Posiblemente se instalaron en Batabanó atraídos por la floreciente actividad comercial que vivía la ciudad tras la construcción del ferrocarril a la capital de la isla. Allí, a la orilla del Caribe, los jóvenes Isidro y Concepción se casaron y tuvieron a sus dos primeros hijos. Isidro sería el segundo de siete hermanos.

Isidro Álvarez Martínez vio la luz en un país en formación. En 1900, Cuba no era ya una posesión española, pero tampoco un estado independiente. Formalmente era una colonia de Estados Unidos, que se la había arrebatado a España tras una corta guerra en 1898. Cuba sólo obtendrá su independencia en 1902. Por entonces, Isidro ya no estaba en la isla, pues la familia había partido para España un año antes, cuando el pequeño tenía nueve meses. Probablemente, para las autoridades de La Habana, Isidro mantuvo su derecho a la nacionalidad cubana pese a residir en España y ser a todos los efectos español. Este baile de nacionalidades bien pudo salvar la vida a Isidro Álvarez cuando muchos años más tarde acabase en un campo de concentración nazi. Aunque, como veremos, tal vez fue precisamente ese el motivo por el que fue deportado…

Los Álvarez Martínez se cuentan entre aquellos miles de indianos que, con sus fortunas y sus costumbres modernas traídas de América, dinamizaron la economía y la vida social de Asturias de comienzos del siglo XX. La familia se instaló en Gijón y abrió una sastrería en la calle Jovellanos, entre el Parchís y los Jardines del Náutico. En esta zona burguesa de la ciudad, el pequeño Isidro Álvarez debió compartir escuela y amistades con hijos de la buena sociedad gijonesa. A los dieciocho años, seguramente con el bachillerato concluido, Isidro se trasladó a Madrid para preparar las oposiciones al cuerpo de Correos. Coronada con éxito la empresa, comenzó a trabajar como funcionario en 1920. Un lustro más tarde, en noviembre de 1925, se casó con Justina Castro Gacio en la iglesia de San José en Gijón. La prensa local daba noticia del glamuroso enlace entre la “elegante y virtuosa señorita” y el “joven oficial del Cuerpo de Correos” en el que habían sido padrinos el hermano de ella, el consignatario de buques José Castro Gacio y su esposa, Eloína Arias.

Tras la boda, la pareja partió para una larga luna de miel que acabaría en San Miguel, Tenerife, donde Isidro había sido destinado. Allí nació en septiembre de 1926 Dulce María de la Concepción, la primera de los cuatro hijos que tendría el matrimonio. Un año más tarde, la familia dejó Las Canarias para regresar a Gijón, donde nacerán en los años siguientes Justina y Carmina. Eran tiempos marcados por convulsiones políticas que quizás también hicieron algún rasguño a las relaciones familiares. Así, mientras Isidro era de tendencia progresista y debió saludar la llegada de la República en 1931, su cuñado José se opuso frontalmente al nuevo régimen, afiliándose ese mismo año al ultraconservador Acción Popular de Gil Robles.

El siguiente destino de Isidro Álvarez fue Viana do Bolo, concello de Ourense lindante con Sanabria. Allí nació su único hijo varón, Manuel. Para sostener a la familia, Isidro sumó a su trabajo de funcionario la de profesor de clases particulares. En el otoño de 1934 escribió una carta a Gijón que tendría consecuencias negativas para su carrera años más tarde. Iba dirigida a la Logia Jovellanos, la más antigua y prestigiosa de Asturias. La logia masónica había lanzado una revista, que se distribuía también en Galicia, en la que trataba de contrarrestar las acusaciones de la derecha de haber instigado la Revolución de octubre. Fue posiblemente a raíz de su lectura que Isidro decidió iniciarse en la masonería. Por esas mismas fechas, recibió respuesta positiva a su solicitud de traslado a Guinea Ecuatorial. En la colonia española trabajaría dieciocho meses y tendría luego opción a un destino permanente y bien remunerado en Asturias. Justina y los niños le esperarían en Gijón, en la casa de los padres de ella sita en Marqués de San Esteban, 22. Isidro se despidió de su familia a finales de 1935. No la volvería a ver hasta once años más tarde.

Isidro Álvarez se hizo cargo de la oficina de Correos de Bata, la mayor ciudad de Guinea Ecuatorial. El territorio bajo dominio español contaba por entonces con 160.000 habitantes, de los cuales solo 2.000 eran europeos. Al producirse el golpe militar el 18 de julio de 1936, el gobernador se mantuvo fiel al gobierno de Madrid y no se produjeron incidentes entre la escuálida colonia española. Con el paso de los días la agitación de los sectores de derecha fue sin embargo en aumento y los demócratas se organizaron. Especialmente activos fueron los funcionarios como Isidro Álvarez, quien participó en un comité republicano y al parecer realizó colectas para el Ejército. Con la llegada de un barco con tropas rebeldes en septiembre, la situación se hizo desesperada en Guinea Ecuatorial para los defensores de la legalidad. Tras hacerse con el control de la isla de Fernando Poo, los franquistas pusieron rumbo al continente y tomaron Bata el 14 de octubre. Antes que caer en sus manos, Isidro Álvarez y un grupo de compañeros prefirieron huir de la ciudad y pasaron a la vecina Camerún.

Desde la colonia francesa, nuestro protagonista fue en barco hasta Marsella y desde allí pasó a España por Catalunya. En los dos años siguientes continuó trabajando como funcionario de Correos en diversos destinos del levante peninsular, y al parecer se mantuvo alejado de cualquier actividad política. Entretanto, Justina y los niños tuvieron que abandonar Gijón al ser bombardeada su edificio por el buque Cervera y se instalaron en Albandi, zona rural en la carreta de Avilés. El contacto entre Isidro y la familia se mantuvo pese a todo, con largas cartas llenas de humor que en parte llenaban el vacío del padre ausente. Como persona bien informada, sin duda Isidro tuvo conocimiento de que en noviembre de 1937 el gobierno de Burgos decretó su suspensión del servicio. Consciente de que la victoria de los rebeldes traería no solo el fin de su carrera sino también la apertura de un proceso que le podría llevar a la cárcel, Isidro Álvarez abandonó Barcelona el 23 de enero de 1939 y puso rumbo al exilio.


 Como centenares de miles de compatriotas derrotados de la guerra civil, Isidro Álvarez pasó por diversos campos de refugiados en el sur de Francia. En agosto de 1939 estaba en el de Bram, cerca de Carcasona, del que pudo salir al encontrar empleo en una empresa de construcción en el norte. En los primeros meses de 1940 al parecer dejó voluntariamente este trabajo y se instaló en París. Alquiló una habitación en la rue de Constantinople, 26, donde residía una familia de Astorga que le ayudó cuanto pudo. Allí estuvo al menos hasta la llegada de las tropas alemanas A partir de entonces, perdemos la pista de Isidro. Sabemos apenas que se quedó en París, pero no dónde residía ni a qué se dedicaba.

Por causas que de momento desconocemos, a finales de 1942 Isidro Álvarez Martínez fue detenido por los ocupantes alemanes e internado en el campo de tránsito de Compiègne. Desde allí fue deportado el 24 de enero de 1943 a Sachsenhausen en el primer gran transporte desde Francia a este campo de concentración situado al norte de Berlín. En el convoy iban más de cincuenta republicanos españoles, en su inmensa mayoría resistentes. Cuatro de ellos eran asturianos: el avilesino Manuel Vázquez Villa, el ovetense Manuel García Vega, el gozoniego Agustín Menéndez Fernández y nuestro gijonés Isidro Álvarez Martínez. A ellos se les sumarían en el año siguiente otros 150 compatriotas, entre ellos Francisco Largo Caballero, quien llegó a Sachsenhausen en el verano de 1943. Isidro Álvarez (prisionero nº 59282) no llegaría a coincidir con el antiguo jefe de gobierno español. En mayo de 1943, fue llevado a una prisión de la capital alemana y desde allí enviado a la cárcel de Laufen, a orillas de Danubio.

En aquel presidio de Baviera cercano a Salzburgo habían sido internados numerosos ciudadanos norteamericanos que se encontraban en Alemania en el momento de la declaración de guerra de EEUU al Reich días después del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941. Es probable que también Isidro acabara en Laufen por ser ciudadano de Cuba, país que había declarado la guerra a Alemania pocos días después de hacerlo EEUU. Tras más de año y medio de cautiverio, Isidro y sus improbables compañeros de prisión se beneficiaron de un intercambio de prisioneros auspiciado por las Naciones Unidas. Como hombres libres, en febrero de 1945 llegaron al campo de refugiados de Philippeville, en Argelia.

Con el fin de la segunda guerra mundial, Isidro Álvarez inició un periplo por diversos campos de refugiados: Cartago, Túnez, Nápoles, Aversa, Bari y Cine Città, en la periferia de Roma. En la capital italiana, Isidro posiblemente acudió al consulado español para regularizar su situación y solicitar la repatriación. Esto debió de servir a la administración franquista para desempolvar su expediente como desafecto al “Glorioso Alzamiento”. Se abrió así un proceso en el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, en el que la principal prueba documental en su contra era una simple comunicación de 1936 de la Logia Jovellanos de Gijón con la Logia Constancia de Ourense interesándose por los antecedentes de aquel funcionario de Correos que desde Viana do Bolo había manifestado su voluntad de entrar la masonería. El tribunal dictó sentencia absolutoria, dejando así vía libre para su retorno a España.

A comienzos de 1947, Isidro fue repatriado desde Genova a Barcelona y desde allí viajó a Asturias para reunirse con la familia tras más de una década de separación forzosa. Justina vivía ahora con los niños en Salinas, donde ella y su hija mayor habían encontrado trabajo en Telefónica. Tal vez con ayuda de su cuñado José, que había prosperado como consignatario de buques y era ahora además cónsul honorario de Holanda en Gijón, Isidro entró a trabajar en las oficinas de Astilleros Cantábrico y Riera. Los fines de semana los pasaba en Salinas con su familia. Por fin, en 1958, Justina y los chicos regresaron a Gijón. En los años siguientes, vivieron en el número 2 de la Calle los Moros.

Poco después de volver a España, Isidro había solicitado su reintegración en el cuerpo de funcionarios del Estado. El Fiscal especial de Correos que se ocupó del caso recopiló declaraciones de funcionarios, alcaldes y párrocos de diversas regiones en las que Isidro había servido entre 1920 y 1939, así como de la administración colonial en Guinea Ecuatorial. Todos los inquiridos coincidían en que era un hombre moderado, reservado y recto. Todos menos los que informaron desde Guinea Ecuatorial, quienes cargaron las tintas contra aquel administrador de Correos de Bata que se habría destacado en el microcosmos de españoles de la colonia como opuesto en acto y palabra al “Glorioso Alzamiento”. Sirvieron estas vagas acusaciones para que el juez sentenciara contra el regreso de Isidro Álvarez a la Administración.

En los años sesenta, centenares de antiguos funcionarios de Correos expulsados del cuerpo por el gobierno de la dictadura franquista como represalia por haber permanecido fieles a la República, unieron sus fuerzas para reclamar su reintegración en el cuerpo de Correos. El combate fue exitoso, y en 1970, a punto de cumplir los setenta años, cuando vivía en un modesto piso de la calle Las Mercedes en La Calzada propiedad de Cantábrico y Riera, Isidro Álvarez fue rehabilitado y volvió a ser funcionario con derecho a pensión por los veinte años de servicio en Correos. Fue este tal vez el último giro feliz de una atribulada peripecia vital. Isidro Álvarez se mudó en los años siguientes a la calle Menéndez Pelayo en el barrio de la Arena. Allí falleció en 1982.

 

Tal vez el ingeniero Manuel Cuenca de Fernando Póo, preso en el campo de concentración de Buchenwald, el electricista José Epita Mbomo en Neuengamme, Fernando Fernández Lavín en Mauthausen o el relojero Otto B. Löbig en Dachau tengan algún día su adoquín de la memoria al igual que Carlos Grey e Isidro Álvarez (en España, Francia o Guinea Ecuatorial).

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