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viernes, 10 de julio de 2026

La materia guineana y la incomodidad

Francesc Sánchez nos comparte una gran entrada de El Inconformista Digital:

Cuenta Francisco Ayala en Historia de macacos como una joven mujer llega a una colonia española imaginaria situada en el África tropical y se convierte en el centro de atención de los hombres más destacados por su función. La vida de estos funcionarios, comerciantes y hombres de dudosa fortuna, pues Francisco Ayala, por haber decidido sellar su destino con la colonia les atribuye algún tipo de desequilibrio, digamos que obtiene un nuevo aliciente. No diremos mucho más sobre esto, pero sí que cuando esta mujer se va con su —supuesto— marido, el hueco dejado en esta comunidad es difícil de llenar. Hasta el límite que uno de estos prohombres para lograr obtener un beneficio económico, decide llevar a cabo con un paisano una apuesta descabellada, que tiene que ver más con las leyendas y las costumbres de los indígenas que con las del hombre blanco. En esta historia como sucede con Joseph Conrad y su novela El corazón de las tinieblas, una cosa es la ubicación en la que se inspira el autor y otra lo que este agrega al relato. La literatura es así. Pero si mantenemos que Conrad probablemente se inspiró en el Congo que en su día visitó pasando un mal momento, no podemos dejar de señalar que Ayala en esta otra historia, que dejaremos como telón de fondo, probablemente se debió de inspirar en Guinea.

Buque Fernando Poo amarrado en Santa Isabel

Del territorio del que ya no hay lugar a dudas es el que Ángel Miguel Pozanco nos cuenta en su relato Guinea Mártir, Memorias de un condenado a muerte, su narración sobre los hechos de una guerra civil que a pocos interesa, y que escribió un tiempo después de abandonar la colonia. Pozanco fue el secretario de Miguel Hernández Porcel, el subgobernador de estos territorios guineanos del territorio continental que fue conocido como Río Muni, un funcionario que se mantuvo leal a la República hasta el final. La historia tiene su miga porque Pozanco cuando describe el ambiente que encuentra en Santa Isabel nos recuerda mucho al que cuenta Francisco Ayala en Historia de macacos, pero lo que vive en su destino en Bata es increíble. Testigo, y también uno de sus protagonistas, de los hechos de la guerra, conocemos por sus palabras, que Guinea fue un escenario de tensiones, más o menos expresadas, y finalmente de enfrentamiento y muerte en el conflicto durante ese largo año de 1936, que el gran público desconoce. Hace años llevé a cabo una investigación en la que explicaba que España, con el caso guineano, había formado parte del mismo proceso por el que las potencias europeas más fuertes habían explorado, explotado y colonizado África, y hace menos expliqué en dos artículos que la Guerra Civil española también se desarrolló en este mismo lugar, pero bajo una dimensión colonial. Entre mis fuentes se encontraba lo escrito por Pozanco.

El golpe fue apoyado por la mayoría de los propietarios porque los rebeldes representaban mejor sus intereses. La ausencia de democracia en la colonia no hizo posible la articulación de ninguna política institucional, y realmente de cualquier tipo, nada que se pareciera de lejos a una democracia, si exceptuamos las actividades del pequeño núcleo de colonos de izquierdas que creó lo más parecido al Frente Popular en Bata. Estas actividades incrementaron el miedo entre los propietarios, no porque los izquierdistas en su pequeño número pudieran imponerles nada, sino por la influencia —bajo su forma de entender— negativa que podían transmitir a los negros. El miedo a los negros y a un posible, aunque improbable, levantamiento fue el que significativamente les hizo traicionar a la República y apoyar decididamente a los rebeldes. Los rebeldes dieron un golpe de Estado el 19 de septiembre en Fernando Poo, donde se encontraba la capital bautizada Santa Isabel, desde la que se pretendía controlar todo el tinglado, pero el Muni permaneció en manos republicanas. Hubo encontronazos en la selva, entre columnas de un lado y de otro formadas por negros y comandadas por blancos, donde cayeron las dos primeras bajas, pero el momento más trágico fue el hundimiento del buque Fernando Poo en la bahía de Bata por el buque rebelde Ciudad de Mahón, que procedía de las Islas Canarias y que era capitaneado por Juan Fontán, prohombre que luego sería compensado con la gobernación de la colonia. La propaganda franquista elevó a los cielos como mártires a los religiosos que estaban recluidos en este barco, y que murieron ahogados paradójicamente por este fuego amigo. El buque de los sublevados, después de bombardear Bata, desembarcó un tabor de regulares, trescientos falangistas y un centenar de coloniales para purgar elementos indeseables y poner orden en la colonia.

El régimen impuesto después por los vencedores, por su carácter militar, tradicionalista y clerical —lo que conocen como fascismo español, en resumidas cuentas— , se parecía al que se iba a imponer a toda España, pero con la diferencia de que Guinea era una colonia. Normalmente esto a veces suele olvidarse u obviarse. Hay que recordar que cualquier colonia, bajo sus diferentes denominaciones a lo largo de la historia, es un territorio y una población dominada por una metrópolis, que extrae lo que le interesa, y dicta cualquier decisión importante. De ahí que se pueda comparar cómo fue ésta durante la República y cómo fue durante el nuevo régimen dictatorial, cómo podría haber sido también una colonia civilizada si recogemos el pensamiento de Pozanco, cuando se refería al hablar de las colonias francesas, pero encontraremos más semejanzas que diferencias. La carga impositiva a través de aranceles que quería efectuar el gobierno del Frente Popular sobre los productos guineanos en manos de los grandes propietarios, un motivo no menor del apoyo a los rebeldes, cuando vencen los nacionales es conmutada por una aportación libre y voluntaria de productos hacia los esfuerzos de estos en la Península.

La educación de los negros bajo los preceptos cristianos fue fundamental, porque se buscaba trabajadores obedientes y temerosos a una entidad superior, que podía condenarles al infierno. Parece claro que España desde el principio hizo la colonia como una caricatura de la metrópolis, y ahora la reformulaba, pero no está de más preguntarse qué influencia pudo ejercer este pequeño laboratorio franquista en la Península. Porque tanto los negros como los españoles en la metrópolis iban a ser marcados a fuego candente en sus cuerpos con la cruz, el águila, y el yugo y las flechas. La colonia, no debemos olvidarlo nunca, pese a que desplegaba un afán evangelizador y de transmisión de la cultura española, cumplía una función económica, extractiva de materias y alimentos, como lo son la madera, el cacao y el café, con destino hacia la Península y hacia el resto de Europa.

Es importante remarcar cuáles eran los aliados de los rebeldes en ese momento y sobresale la Alemania de Hitler, que finalizada la Guerra Civil e iniciada la Segunda Guerra Mundial, establecerá una plataforma de abastecimiento en la isla de Fernando Poo. Ahora quizá se entiende mejor esa clarividente esvástica que aparece en la portada del libro Pozanco. Cuando se produce la famosa reunión entre Franco y Hitler en Hendaya para sondear la participación española en esta otra guerra, el caudillo le exige amplias compensaciones africanas sobre las colonias francesas, que finalmente no son concedidas porque el Führer había ocupado Francia y mantenía una fructífera relación con el régimen colaboracionista de Vichy liderado por Philippe Pétain.

Nos quedan dos cuestiones más. Resueltamente incómodas. La primera de ellas es reflexionar sobre qué hubiera pasado en la colonia si ese núcleo de españoles del Frente Popular hubiera conseguido movilizar a los negros en su causa. La especulación es libre pero los hechos son contumaces, esto nunca se produjo. Tampoco los negros decidieron iniciar una revolución, como si sucedió en otras latitudes y otros tiempos, para quitarse las cadenas la esclavitud y tomar el poder de su respectiva colonia. El ejemplo decisivo que tengo presente es el de la colonia de Saint-Domingue que sujetaba Francia, cuando en el momento en que estalla el proceso revolucionario en la metrópoli en 1789, vive una revolución [1791] en de los negros que habían sido esclavos, que por el lado de la izquierda de la Asamblea Nacional tiene simpatizantes, pero por el lado derecho tiene todo lo contrario, porque amenazaba sus intereses económicos. Esa revolución, que será el origen del Estado de Haití, tendrá su debido espacio en esta publicación, pero lo que aquí quiero señalar, es que siendo verdad que en Guinea ya no existían esclavos, también es cierto que su población negra vivía sometida a la metrópoli española bajo todo un entramado coercitivo y formas de trabajo no muy equitativas y saludables, y esa ruptura, aunque hubo resistencias, jamás se produjo.

Encuentro que todo esto siendo muy significativo hay que insertarlo en la historia colonial de Guinea, de esta forma esta guerra civil en miniatura gana fuerza como la primera piedra fundacional del régimen franquista aplicado a la colonia, que tiene su desarrollo durante la dictadura y sus consecuencias después de la independencia. Pero, como mantiene Ferran Iniesta, cometeríamos un error en estudiar la historia colonial de Guinea aislada de la gran historia de la región y sus pueblos, en donde la presencia blanca europea es fundamental para explicar tanto su historia como el presente, pero es incompleta si omitimos que sucedió antes. Esa historia blanca con sus imperios y colonizaciones produjo una disrupción, una ruptura, que llegó después de que se produjera la otra gran fractura que fue el proceso de captura y trata de esclavos, que incitaron los blancos, pero del que participaron también los que negros que disponían del poder. Pese a todo, en las sociedades africanas, y en este caso en las guineanas, permanecieron sistemas de pensamiento y creencias religiosas propios, que los europeos intentaron erradicar, pero que terminaron conviviendo y mezclándose con las nuevas formas religiosas introducidas, dando lugar en algunos casos a algo nuevo, aquello que conocemos como sincretismo religioso.

La historia de Guinea es incómoda porque nos recuerda que la historia de España es también su historia colonial. En América sabemos mucho más pero tampoco existe un gran avance constructivo en nuestra mutua relación. Porque antes, durante, y después de esa relación de dominación se hicieron cosas muy poco edificantes. Con Guinea sucede algo parecido, y por eso la relación es incomoda, hablar del pasado es desenterrar aquello que muchos no quieren reconocer porque explica el origen del que dispone del poder, y al hacerlo le deslegitima frente a los que permanecen sometidos. El hecho que la Guerra Civil española se viviera también en Guinea es una vuelta de tuerca más a esto que estoy diciendo, y que en este caso por su omisión afecta a esto que hemos venido llamar memoria histórica. Ahora quizá entendamos mejor lo que quería decirnos Francisco Ayala con su historia de macacos en esta sátira del mundo colonial, porque unos hechos en principio inofensivos, unas apariencias ridículas de unos individuos que en un escenario al límite sacan lo peor de sí mismos, ponen al descubierto relaciones de poder y sometimiento en Guinea y en cualquier parte.

 

 


domingo, 14 de junio de 2026

Llegó el enviado especial

 Llevamos años preguntándonos para cuándo...

Hubo un tiempo en el que Arturo Pérez-Reverte, el enfant terrible de las letras ibéricas fue enviado especial del diario Pueblo. «Cuando estaba en el diario Pueblo me iba a África, pasaba allí dos meses y a la vuelta decía: "Mira, tengo esto", y lo ponían en primera. Pero eso se acabó». De ese período quedan las crónicas "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca" y un rosario de relatos propios y ajenos. Tal vez algún día se puedan leer en un único tomo...

 En ese anhelo, Arturo Pérez-Reverte incluso nos ha ha hecho un par de guiños:


A raíz del cual se incorporó el relato La leyenda del cabo en este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel.

Incluso El amigo Charlie mereció una palmada en la espalda:


Y en esta relación epistolar nos hemos llevado una gran alegría:

Se acaba de publicar "Enviado especial"; 

una autobiografía bélica escrita por el periodista y académico Arturo Pérez-Reverte. En ella, el autor relata en primera persona sus 21 años como reportero de guerra cubriendo los conflictos más cruentos del último tercio del siglo XX, y cómo esta etapa forjó su mirada literaria.

Tiene una interesante relación de relatos, incluyendo un par de origen malabense, como los clásicos:

Faltarían otros, que no son propiamente vivencias del enviado especial, como:

Y seguro hay más; disfrutemos del "Enviado especial" mientras repasamos los relatos de Guinea Ecuatorial, que -de recopilarse- probablemente terminarían con la frase del periodista Pedro Arnedo, entonces en la revista Panorama: «...tuvimos que salir por patas cruzando la frontera con Gabón, en dirección a Duala».

viernes, 9 de enero de 2026

El amigo Charlie

Hubo un tiempo en el que Arturo Pérez-Reverte, el enfant terrible de las letras ibéricas fue enviado especial del diario Pueblo. «Cuando estaba en el diario Pueblo me iba a África, pasaba allí dos meses y a la vuelta decía: “Mira, tengo esto”, y lo ponían en primera. Pero eso se acabó». De ese período quedan las crónicas "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca" y un rosario de relatos propios y ajenos. Tal vez algún día se puedan leer en un único tomo..., que terminaría con la frase del periodista Pedro Arnedo, entonces en la revista Panorama: «...tuvimos que salir por patas cruzando la frontera con Gabón, en dirección a Duala».

Os contábamos el año pasado sobre el legendario cabo Salomón del aeropuerto de Malabo; pero nos faltaban las historias de Charlie; el coronel Carlos Guerrero Carranza, «uno de los mejores agentes de nuestros servicios de información», que ejercía de director del Centro Cultural Hispano-Guineano de día... y de otras cosas de noche.

Así, que si tenéis fresca la serie Anatomía de un instante, tal vez os interese este relato...



Charlie llegó a Malabo en 1985, ya con el PSOE en el gobierno, habiéndose significado entre los leales tras los confusos sucesos del 23F, así como en aclarar la implicación de algunos militares como el general Alfonso Armada. Incluso Perote, en su libro de confesiones, recogerá: «¿Armada inocente? Los capitanes Camacho, Rubio y Carranza [se refiere a Carlos Guerrero Carranza], así como el sargento Rando, no daban crédito a sus oídos. Haber descubierto y denunciado la implicación del general les ponía en una situación difícil, incluso kafkiana. Les había convertido en una especie de mosqueteros de la democracia a las ordenes directas de Richelieu». Su coherencia les persiguió por décadas, soportando la inquina y ensañamiento de turbios directivos del CESID. Esa es una gran historia, pero que queda fuera de este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel.

En definitiva, a mediados de los 80 -tal vez como una forma de distanciarse del tóxico entorno de Madrid- Charlie se incorporó a una delegación en el extranjero, en esa ocasión como director del Centro Cultural en Malabo y agregado cultural para Guinea Ecuatorial, Nigeria, Camerún y Gabón, conformando equipo -cultural- con el escritor y periodista Donato Ndongo, director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano. 

Era un momento interesante, ya que las recomendaciones del Primer Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura (Bata, 1984) estaban muy recientes, marcando una clara agenda de trabajo. Y, pese a tener 2 sombreros, fue un periodo muy productivo,... aun a pesar de que La Casa le escamoteara la indemnización por destino en el exterior. Pero eso, también es otra historia.

Durante su administración en Malabo, -entre otros- se lanzó el primer número de la revista África 2000, se consolidaron las clases de fang, bubi y español, y se crearon talleres creativos como el de Arte Plástica y Modelado de Eva Alcaide. Igualmente, el centro cultural se dotó de una biblioteca, se sentaron las bases para la creación (1988) de la emisora cultural y educativa Radio África 2000, y contaron con una frenética editorial (Ediciones del Centro Cultural Hispano-Guineano), dedicada a escritores guineanos tanto consagrados (especialmente la "generación perdida") como jóvenes promesas. Precisamente en ese periodo se consolidó la imprenta nacional, editora de Ébano, que unos años antes había inaugurado el teniente general Gutiérrez Mellado con la maquinaria del agonizante periódico El Eco de Canarias. 

Y generó un buen recuerdo. Todavía en 1996, la veterana Juana Salas (empleada del CCHG desde 1982) decía en una entrevista a El Patio

-¿Cuál ha sido para usted el mejor director de esta casa?
-D. Carlos Guerrero Carranza.
-¿Por qué?
-Por dos razones:
a) Consideraba a los trabajadores.
b) Por el alumbramiento a uno de mis hijos (sic), me regaló de sopetón 20.000 Bikueles [en esa época, el sueldo medio era de 10.000].

 

El vicepresidente del gobierno de Guinea Ecuatorial, Florencio Mayé (c),
junto a su homólogo español, el teniente general Gutiérrez Mellado (3d),
durante el acto de inauguración de la nueva rotativa del periódico Ébano.

Para completar el contexto; apenas habían pasado 10 años de la muerte de Franco, Guinea Ecuatorial no había cumplido las dos décadas como república independiente, y la abrupta ruptura de la desquiciada administración Macías había tenido lugar 6 años atrás. De hecho, ambos periódicos -Ébano y El Eco de Canarias- procedían de la cadena de Prensa del Movimiento originada de las confiscaciones de la guerra civil. Pero eso era algo habitual en esa época, ya que el mismo diario Pueblo para el que trabajaba Pérez-Reverte tenía un origen similar  

¿Seguimos? En "La T.I.A. y yo" (2021) Pérez-Reverte cuenta: 

Los azares de la vida profesional cruzaron mi camino con algunos de sus agentes. Uno de ellos, Charlie, llegó a ser amigo mío. Él sí era un espía estupendo. Nuestros intereses profesionales coincidieron a veces: necesitábamos información, él para sus jefes y yo para los míos. Así que, en plan compadres, montamos algunas operaciones bonitas. Una en Guinea Ecuatorial, conmigo y una guapa camerunesa vigilando en un pasillo mientras él fotografiaba documentos secretos. Otra, en Libia y con palestinos incluidos –de ésa obtuve una radio Sony que me regaló Gaddafi después de una entrevista–. El caso es que Charlie triunfó con sus informes, yo con mis reportajes, y los dos nos reímos hasta saltársenos las lágrimas.

El periodista Pablo Calvo le preguntaba (2018), para el periódico argentino Clarín, «¿Es cierto que una noche fue espía?»:

Es una historia divertida. Pues lo decidimos junto a un muy amigo, espía español, que estaba en Guinea Ecuatorial espiando. Había una operación en curso con la Embajada de España. Entonces, el espía y yo decidimos asociarnos: lo que conseguiría yo, lo utilizaría para publicar y él, para reportar a sus jefes. Hicimos una incursión en una fiesta nocturna, en el despacho del embajador [según el BOE, se trataría de Antonio Núñez García-Saúco, famoso por sus veladas nocturnas en las que él personalmente amenizaba la fiesta al piano], los dos para conseguir una información muy útil con la cual yo hice una exclusiva muy importante como periodista y él pasó a sus jefes lo que no se podía publicar. Cuando uno ha sido reportero como yo, en lugares inestables, siempre tiene acercamientos, siempre hay gente que pide, que quiere intercambiar datos, nunca he querido tener nada que ver con el espionaje, pero en este caso se trataba de un asunto en mi país, gente seria, solvente, una buena causa, así que decidí aprovechar eso para mi propio beneficio.

Un año antes, para El País, a Berna González Harbour le contaba:

...decidimos hacerla a medias -hablo de Guinea Ecuatorial-, porque yo obtenía una información muy útil para un Informe Semanal que estaba haciendo entonces y ellos obtenían datos para su propio trabajo. Y montamos la operación juntos; intervino también una mujer muy interesante, una africana guapísima, que también tenía su interés en la operación. Entonces, fue una cosa muy divertida. Tengo un recuerdo muy agradable. (...) fue una cosa absolutamente discreta. Nadie se enteró jamás. Yo hice mi información, la publiqué, el espía hizo su informe, la chica ésta hizo el suyo (trabajaba para los franceses). Una cosa a tres bandas, todo el mundo salió beneficiado, nadie se perjudicó. 

La discreción es importante, como recordaba Pérez-Reverte en Falcó: «La salud de un espía solía resentirse de esa clase de cosas. En aquel oficio, los descuidos podían ser de hola y adiós».

El enviado especial en "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca"

Anteriormente, en "mi amigo el espía" (1994) Pérez-Reverte contaba sobre su amigo al que conoció «en un país caluroso y tropical cuyo nombre me callo»...

Mi amigo y el que suscribe vivimos juntos un par de peripecias divertidas, a las que asistí como testigo: desde una incursión nocturna en territorio enemigo, africano y ecuatorial, en compañía de una hermosísima joven de piel oscura, hasta el día en que, muerto de risa, vigilé la puerta del despacho de cierto embajador mientras él fotocopiaba, entre pasos de baile [probablemente al ritmo del piano del embajador Antonio Núñez García-Saúco], documentos confidenciales que al día siguiente viajaban a España en valija diplomática. El azar y su habilidad, combinados, lo colocaron entre los protagonistas de algunos acontecimientos históricos de la última década, cuya confianza ganó y utilizó al servicio de su país. Durante estos años bebí martinis con él, escuché sus neuras y sus problemas conyugales, y llegué a apreciar a ese vagabundo inteligente, caballeroso y patriota, con un profundo sentido del humor y una extraordinaria lucidez sobre la condición humana.

Ahora está en un lugar donde se juega la vida a menudo, y ni siquiera tiene derecho a lucir medallas. Por eso, a veces, cuando miro el telediario o las páginas de los diarios y veo que el mundo se agita y que ocurren cosas, creo reconocer, a veces, su mano o su presencia en ellas. Entonces levanto un vaso y brindo a la salud de mi amigo, el espía tranquilo. Sé que un día volverá, y lo harán general o -lo más probable- lo enviarán a un despacho de chupatintas, como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados. Pero nadie le quitará aquella noche de gloria que vivió junto a la valiente princesa de piel oscura.

Ni nadie podrá quitarle mi amistad y mi respeto.

Pero el relato más esclarecedor fue el clásico la noche de Malabo (1997):

Alguna vez les hablé de mi amigo el espía, que era de los que espiaban como Dios manda, jugándose fuera el pellejo en vez de estar aquí apalancado cual rata de alcantarilla, pinchando teléfonos y trapicheando con secretos de bragas y coronas, como hacen otros. Mi amigo -a estas alturas puedo nombrarlo sin que pase nada se llama Carlos Guerrero y ahora, retirado del oficio, viste el uniforme que durante veinte años se apolilló en un armario.

«...no es el uniforme -dirá en otra ocasión- lo que hace a la gente, sino la gente la que hace al uniforme. Y en ese contexto, debo añadir que también he conocido a mucha gente que honra el suyo. Mi amigo Charlie el ex espía, por ejemplo, que ahora es coronel de un regimiento».

Carlos, alias Charlie, tuvo diferentes coberturas a lo largo de su azarosa vida profesional. Una fue la de agregado cultural en Guinea Ecuatorial, donde nos encontramos varias veces. Y allí ocurrió el episodio que quiero contarles.

Fue hace unos diez años. España iba de capa caída en Guinea, como siempre y en todas partes, y Francia se aprovechaba de los trenes baratos para acrecentar su influencia. Apenas derrocado Macías, el presidente Teodoro Obiang había pedido al gobierno de UCD una compañía de la Legión para garantizar la estabilidad de la ex colonia. Pero la timoratez y el miedo a lo políticamente incorrecto no son patrimonio exclusivo del Pepe ni del Pesoe, de modo que los de don Adolfo se acojonaron por el qué dirán y respondieron no, disculpe, oiga, no queremos ser tachados de neo-colonialismo. Por supuesto, la Frans, que sí lo tiene claro en África -donde mantiene tropas sin el menor complejo-, se apresuró a hacerse cargo del asunto; y por fin apadrinó un despliegue de soldados marroquíes, corriendo París con los gastos. De ese modo, controlando los gabachos la seguridad de Obiang, empezó el declive de la influencia española en Guinea y la reconversión de ésta al área franchute.

Aunque lo suyo era espiar -incluso tenía como alumno de castellano al embajador norteamericano en Malabo- Charlie no descuidaba las tareas de su cobertura diplomática. Y la creciente presencia francesa le repateaba mucho el hígado. Libraba sus dos batallas, la clandestina de agente secreto español y la pública de agregado cultural de la embajada, completamente en solitario, sabiendo que Madrid pasaba mucho del tema y que la suya era una causa perdida. Pero no se rendía, y una noche se le ocurrió un gesto simbólico que, como me dijo, no iba a cambiar nada pero le aliviaría, al menos, la mala leche. Así que, tras planificar casi militarmente la operación, nos vestimos de oscuro y salimos a la calle con un cargamento de pegatinas que la embajada tenía arrinconadas -Madrid había prohibido distribuirlas, por no herir, cielos, susceptibilidades francesas- que rezaban: "Aquí hablamos español".

Lo cual cuadra con la reflexión recogida por Juan María Calvo en La ocasión perdida, «Carlos Guerrero, que hasta finales de 1987 dirigió el Centro Cultural Hispano-Guineano, pensaba que si seguían así las cosas el castellano se perdería en un plazo mucho más breve, que fijaba en unos diez años», mientras -hubiera podido completar Pérez-Reverte- «los tiñalpas de la UCD se la cogían con papel de fumar» (aunque para esa fecha, ya gobernaba el PSOE).

Fue una de esas noches que uno vive para recordarlas después. Nos acompañaba en la incursión una bellísima mujer llamada Gabrielle: una princesa africana auténtica, junto a la que Naomi Campbell no parecería más que una marmota y una ordinaria. Gabrielle era amiga nuestra, odiaba a los franceses porque habían fusilado a su padre en Camerún, y no había perdido el sentido del humor. Así que salimos los tres a recorrer las calles de Malabo, esquivando patrullas, y llenamos de pegatinas la ciudad, incluidas la puerta de la embajada francesa, la casa y el coche de su agregado cultural, la embajada norteamericana y los muros de la Ciudad Prohibida, donde los centinelas, por cierto, estuvieron a punto de trincarnos junto al palacio presidencial. Excuso decirles que, miedo aparte, nos reímos hasta saltársenos las lágrimas. Y uno de los recuerdos magníficos que conservo de aquella noche consiste en que Gabrielle llevaba unos téjanos muy ceñidos -tenía un tipazo soberbio-, y en uno de los bolsillos traseros se había puesto una pegatina. Y cuando estábamos tirados en el suelo, en la penumbra de una esquina, mientras esperábamos que se alejara una patrulla, yo tenía a un palmo de los ojos ese "Aquí hablamos español", pegado en aquellos téjanos que moldeaban un culo estupendo.

En fin. Son recuerdos de cada cual. Pero me han venido hoy a la memoria después de enterarme de que Teodoro Obiang ha decidido convertir el francés en idioma oficial de Guinea, y de que España está a pique de perder el mísero hilo de influencia cultural que aún la ligaba a su ex colonia. Esa Guinea que los pichafrías de la UCD empezaron a perder, el PSOE -tan europeo y atlántico él- dejó pudrirse sin remedio, y ahora el PP no sabe cómo liquidar, porque de África, fuera del negrito de las huchas del Domund, no tiene ni puta idea.

Hasta que Charlie se jubiló, mereciendo un cariñoso recordatorio de Pérez-Reverte en "mi amigo el ex-espía" (2005) como parte de «los correosos agentes que te organizaban un golpe de mano para abrir la caja fuerte de Obiang o se calzaban a la señora del embajador Flanagan para robarle los planos del polvorín, fueron jubilados uno tras otro». 

En los últimos años, Charlie -que además de la carrera en la milicia es licenciado en Geografía e Historia por la Complutense- se ha dedicado a la conservación del patrimonio, y a dar conferencias en el mundo universitario. Precisamente, hace unos años, en los cursos de verano de San Roque, aportó un dato legendario sobre el origen remoto de su profesión: «El espionaje -afirmó- es tan antiguo como el mundo, tanto que Noé, desde su gran barco, después del diluvio manda a una paloma a espiar si ya hay tierra seca donde desembarcar». O como cuando resaltó en otra ocasión que «existen hipótesis fundadas sobre ciertas tareas de espionaje contra el enemigo desplegadas por Cervantes durante y después de su cautiverio argelino».

Por cierto, ¿qué habrá sido de la escultural Gabrielle?

Y una anécdota:


lunes, 27 de octubre de 2025

En ocasiones vemos citas

A veces nos citan. 

En ocasiones son tesis de doctorado, como en La ley contra la costumbre. Segregación, asimilación jurídica y castigo en la Guinea española bajo el franquismo (1936-1959) de la drª Celeste Muñoz, o en Guinea, el delirio colonial de España del dr Ignacio Tofiño. Incluso fuera del espacio hispanohablante, se dan casos como el de 'Aquel ayer que dura para siempre' - Diktaturfiktionen aus und über Äquatorialguinea del dr Tim Christmann.

En otras, son artículos como El delirio ultra: neonazis negros, falangistas 'morenos' del dr Peligro en Agente provocador de La Felguera. O periódicos como El Plural, que cuando incorporó el blog de información insólita Strambotic, Jaime Noguera nos citó en Así eran los ‘falangistas negros’ de la Guinea Española. En el diario Público, se ilustra el artículo de Henrique Mariño Guineanas falangistas: las mujeres negras de la Sección Femenina con una de las imágenes que hemos recopilado, e incluso cuando el historiador Daniel Rodríguez y el programador informático José Ignacio Naranjo crearon en plena pandemia una genial aplicación sobre vestigios de la guerra civil, El País se hizo eco de la iniciativa en La ‘app’ que recupera restos olvidados de la Guerra Civil, poniendo como ejemplo los vestigios del vapor Fernando Póo que identificábamos en la bahía de Bata.
Incluso en publicaciones especializadas como la Revista de Filatelia nos incluye en el artículo sobre La 'posición Pekín', prisión y lugar estratégico de Juan A. Llacer.

Y en un ejercicio de modernidad, es una satisfacción cuando incluso youtubers como Monaga Bueneke nos incluye en su repertorio dedicando uno de sus programas a los Restos de la guerra civil en Guinea Ecuatorial ¿qué queda en Guinea Ecuatorial después de la colonización?.
Fue una sorpresa, por ejemplo, que el fallido catálogo de vestigios franquistas en Canarias nos citara. Pero eso fue tras el artículo de Adzubenam Villullas, La desconocida calle del franquista de Guinea Ecuatorial en Schamann publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas. Replicado por el Diario de Mallorca (el gobernador Juan Fontán nació en Mallorca), incluyendo la referencia a una pregunta parlamentaria impulsada por nuestro trabajo en La polémica en Canarias por una calle al golpista mallorquín Juan Fontán llega al Senado.
Se trata la pregunta cursada por el senador Carles Mulet, truncada por las elecciones.

En ocasiones nos colamos en algún libro. Alberto Quintana, por ejemplo, nos hace algún guiño en Un despropósito ecuatorial - Volumen I de la trilogía Piezas que no encajan. Buscadlo, porque es entretenido y también se aprende.



Hay más...; gracias a todas y todos por confiar en nuestro trabajo.

Pero es la primera vez que nos dedican medio capítulo: el historiador Gustavo Adolfo Ordoño, al que conocéis por su trabajo de difusión en Pax Augusta nos incluyó el año pasado en su libro Guinea española: historia de Guinea Ecuatorial cuando aparecía en los libros de texto:

«Soy editor de un espacio digital sobre Historia Contemporánea y sé que las guerras dan mucho juego dentro del mundo de la divulgación histórica por Internet. Intuía que una búsqueda por ese medio me iba a dar mejores resultados.

En efecto, encontré un blog con el llamativo título de «Calle 19 de septiembre»; ese día de septiembre de 1936 fue cuando se sublevó el bando golpista en Guinea y se supone comienza la contienda en Santa Isabel. Su declaración de contenidos es explícita: Elementos para conocer la guerra civil española en los antiguos territorios españoles del golfo de Guinea. Actual Guinea Ecuatorial. En esta bitácora digital, firmada por un misterioso Colectivo Biafra, se encuentran publicaciones y artículos tan interesantes como apabullantes. Me refiero a que da la sensación de que lo tienen todo, que atesoran por completo la documentación y los artículos sobre la Guerra Civil española en Guinea Ecuatorial y su contexto temporal, previo de la República y posterior de la dictadura, que resulta contradictorio y hasta un poco ingenuo titular este epígrafe con un mucho por saber. Por eso, antes de aprovechar lo que tan gentilmente ofrece a todo aquel que llegue hasta su web, quise saber el crédito que se les podía dar. Tienen cuenta en una red social y a través de ella intenté contactar. Aprecié cierto recelo y no conseguí mucho más que un lacónico: "somos un colectivo universitario ecuatoguineano".

Analizando formalmente su blog, vemos que usan la plantilla sencilla de blooger, el editor de blogs de Google. Eso no quiere decir nada malo, que sea señal de mala calidad en ese espacio digital. Es una estructura sencilla pero que prima el contenido, el texto es lo importante en una página digital de este tipo. Y el contenido de Calle 19 de septiembre es de gran calidad. Bien redactado, con una prosa amena y clara, con nivel universitario. Por tanto, el lacónico dato será cierto, no hay por qué dudar de él. Sin embargo, muchos de los textos son recogidos de artículos pertenecientes a otros medios digitales o de publicaciones especializadas de España. Llegué a sospechar que, en realidad, detrás estuviese un departamento universitario español, de los autores más prolíficos sobre Guinea como los referenciados Gustau Nerín o Enrique Martino. Además, la línea editorial que sigue ese blog del supuesto colectivo universitario de Malabo es la misma de esos autores: perspectiva de los colonizados, anticolonialista y muy crítica con la acción colonial española. Incluso la autoría de alumnos del profesor Nerín no sería descabellada, ha sido miembro de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial (UNGE), impartiendo clases allí varios cursos. No obstante, para ser un colectivo universitario en la misma Guinea Ecuatorial muestran una valiente actitud opositora a las dictaduras y supongo que sabrán lo que es el gobierno de Obiang. Aunque no se ha visto en ese aspecto, el mismo nivel opositor que su recurrente antifranquismo. Una de dos, o son universitarios ecuatoguineanos en el exilio o, en efecto, están detrás de ese blog los profesores e investigadores españoles —y guineanos— más dedicados a la cuestión guineana desde el enfoque del colonizado. Pero otros datos no me concuerdan con esta última hipótesis; que la convierte, lo confieso, en una teoría algo prejuiciosa y de sana envidia, ante tan prolífico —y magnífico— trabajo de estos autores.

Por ejemplo, no me cuadra que los antropólogos catalanes firmen el blog localizándolo en Santa Isabel, Fernando Poo. No logro saber si es un guiño irónico de los autores al colonialismo español o una concesión a la memoria de esos tiempos. En la bibliografía más actual se suele indicar Malabo como la antigua Santa Isabel y luego no vuelve a emplearse la toponimia del pasado colonial. Así, pues, como tampoco firman cada texto que publican, los autores de Calle 19 de Septiembre son un misterioso colectivo universitario que desde la antigua Guinea española nos invitan a dar un paseo por la Santa Isabel de abril de 1931, julio de 1936 y mayo de 1945; por poner las fechas hito de los hechos históricos que más aparecen en su página digital. De esta manera, decidí recurrir a ellos escogiendo aquello que más encajaría en este ensayo y desechando lo ya visto en otros medios o fuentes documentales de conocido crédito. Con eso, con lo recogido en esa web y lo investigado por mi cuenta, retomo la narración a los años finales de la década 1920 y los comienzos de los años treinta; tan determinantes en la historia contemporánea española» y a partir de ahí, se inicia un relato en el que apareceremos de vez en cuando.



martes, 14 de octubre de 2025

La leyenda del cabo

Hubo un tiempo en el que Arturo Pérez-Reverte, el enfant terrible de las letras ibéricas fue enviado especial del diario Pueblo. «Cuando estaba en el diario Pueblo me iba a África, pasaba allí dos meses y a la vuelta decía: "Mira, tengo esto", y lo ponían en primera. Pero eso se acabó». De ese período quedan las crónicas "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca" y un rosario de relatos propios y ajenos. Tal vez algún día se puedan leer en un único tomo..., que terminaría con la frase del periodista Pedro Arnedo, entonces en la revista Panorama: «...tuvimos que salir por patas cruzando la frontera con Gabón, en dirección a Duala».

Precisamente nos respondía recientemente a nuestra petición de relatos y anécdotas malabenses:


Pero inmisericorde a los pedidos de sus seguidores, no nos contó ninguna (ni del cabo Salomón, ni de su amigo Charlie. Aunque lo de Charlie sería otra entrada).

¿Os damos un adelanto? Sólo una muestra, porque no dudamos que el cabo Salomón da mucho juego:

Empecemos por el contexto:

Una lluvia torrencial cae sobre el aeropuerto de Malabo. El calor de los trópicos, a un par de grados de latitud norte del ecuador, hace brotar del suelo un vapor húmedo que se mete por todas partes...

Y con esa escenografía, introducimos al personaje del cabo, de cuya catadura moral ya nos prevenía Pérez-Reverte en Sobornando, que es gerundio:

(...) en mis tiempos de reportero dicharachero, cuando iba por el mundo con una mochila al hombro, soborné a docenas de fulanos de ambos sexos, en cinco continentes y en varios idiomas. Por esa ventanilla pasó de todo:(...) el cabo Salomón, jefe de policía del aeropuerto de Malabo –a ése ya sólo me faltó ponerle un piso–, que una vez hasta me dejó ver cómo le pegaba una paliza a un ministro del gobierno que no era pamue como él, sino de la tribu bubi.

Unas décadas antes (como 40 años atrás), en caliente y desde Guinea Ecuatorial recogía en Ahora o nunca:

Guinea Ecuatorial es uno de los pocos países del mundo en los que puede verse a un cabo primero echarle la bronca a un capitán. Eso, que para los desacostumbrados ojos de un europeo puede suponer un espectáculo insólito y pintoresco, es aquí un hecho que a nadie sorprende. Especialmente si el protagonista es el ya casi legendario cabo Salomón, jefe del aeropuerto de Malabo, que igual deshace el equipaje a un teniente coronel español que le canta las verdades del barquero a un ministro guineano.

Uno, que es curioso, se fue una noche de copas con el famoso cabo Salomón, y descubrió el secreto. La jerarquía militar de nuestro hombre no se corresponde con la jerarquía que ocupa en su tribu, en la que figura varios puestos por encima de algunos de los miembros del Gobierno, pertenecientes, como él, al núcleo tribal de los esangui. 

Del enviado especial en Guinea Ecuatorial: ahora o nunca

(...) De hecho, en Guinea ocurre algo que antes ilustrábamos con el ejemplo del famoso cabo Salomón: las jerarquías militares no se corresponden con las jerarquías tribales, y cualquier alto cargo, incluso el presidente, necesita contar con la aprobación de las tribus y clanes, especialmente de los hombres de Mongomo. 

Juan Tomás Ávila Laurel, en su Diccionario básico, y aleatorio, de la dictadura guineana igualmente lo razona:

El 3 de agosto, como el 12 de octubre, los guineanos pueden asistir a los desfiles populares y militares, con palco de honor y gastadores haciendo las delicias de los asistentes. En la calle puedes ver a cualquier ciudadano, sobre todo los de la etnia del dictador, con sus galones de una graduación militar, porque en esta fecha se promueven los ascensos. Entonces puede ocurrir que vieras en la calle a una persona de la que sabías que no había hecho el bachiller, que incluso fuera analfabeto declarado, con sus galones de teniente. Y borracho, porque ha bebido con otros para celebrar el Día de las Fuerzas Armadas. (...)

¿Seguimos con Pérez-Reverte?

(...) nuestro país se ha lamentado de que la mayor parte de la ayuda que desde hace dos años prestamos a Guinea Ecuatorial esté desapareciendo en el pozo sin fondo de la corrupción y el "guru-guru". Se habla de envíos enteros de víveres y medicamentos que desaparecen del aeropuerto de Malabo y son vendidos en los países vecinos, como Camerún, sin que lleguen al pueblo guineano al que están destinados y qué tan urgentemente los necesita. 

Todo eso, «...mientras los tiñalpas de la UCD se la cogían con papel de fumar» (sic).

Pero no es sólo Pérez-Reverte; Juan María Calvo en La ocasión perdida también le dedica un par de párrafos al legendario cabo:

La revista Interviú lanza entonces un durísimo ataque contra las autoridades guineanas y los responsables españoles de la cooperación en un reportaje titulado "Guinea; retrato en negro de un fracaso blanco". El semanario afirmaba que se habían perdido unos seis mil millones de pesetas y denunciaba diversas situaciones, comenzando por el estado y funcionamiento de las instalaciones del aeropuerto y los abusos de su máxima autoridad, el entonces cabo Salomón. En aquel tiempo todavía se carecía de ayudas a la navegación aérea, la pista estaba deteriorada y faltaban raquetas en los dos extremos, que obligaban a los aviones de Iberia, especialmente al gigantesco DC-10, a realizar un apurado giro sobre su eje, con el peligro de salirse del asfalto. Tampoco había mejorado la red viaria guineana, ni la hostelería y reinaba el caos más absoluto en la sanidad.

Es una versión edulcorada de JM Calvo, ya que la revista no es nada cariñosa con el cabo: «si encuentra al cabo Salomón y su cohorte, permanentemente bañados en los vahos del alcohol y en los efluvios alucinógenos de la "banga", especie de marihuana tropical...». Mal rollo, si como nos recordaba Pérez-Reverte en el clásico El paraguas de Malabo, «cuando en África un militar tiene mala leche, y además lleva el casco al revés, tiene amarillo el blanco de los ojos y huele a cerveza, la cosa puede ponerse jodida».

Seguimos con el incidente de la valija diplomática en otro capítulo de La ocasión perdida:

(...) La alegría y las buenas relaciones estuvieron a punto de torcerse al ocurrir un incidente grave dos semanas escasas después de la salida de Saénz de Santamaría de Malabo. Unos días antes del 12 de octubre -ya se había retrasado la visita del secretario de Estado para el Comercio- los guineanos descubrieron que unas cajas con unos rótulos que ponía "repuestos para automóviles", dirigidas a la Embajada de España en Malabo, contenían en realidad dos docenas de pistolas.

Juan María Calvo relata cómo cuando el embajador trató de llevarse la valija a Camerún para evitar que fuera forzada llegó a ponerse en movimiento la vieja tanqueta rusa que aún adornaba las instalaciones del aeropuerto. Así las gastaba el cabo Salomón. 

Los guineanos se molestaron profundamente por el engaño y además surgieron rumores de todo tipo con distintas versiones sobre el destino previsto de las pistolas. Unos decían que eran para la dotación de la Policía Nacional española, tras un acuerdo por el que Obiang había permitido al general Saénz de Santamaría que los agentes españoles fueran armados por Guinea. Otros aseguraban que eran un regalo para Obiang y sus ministros y también se llegó a decir que era. una primera partida de un proyecto de armar a los policías guineanos. El hecho se silenció, y las relaciones apenas parecieron sufrir un grave deterioro en aquellas primeras semanas, pero las autoridades guineanas se sintieron engañadas. Desde aquel incidente, el cabo Salomón, responsable de seguridad del aeropuerto, ascendido a sargento, molestó mucho más a los españoles que entraban o salían de Guinea inspeccionado minuciosamente sus equipajes. Los guineanos, aunque no se atrevían a tocarlos, miraban incluso con recelo los paquetes y bolsas que llegaban a la Embajada española conceptuados como "valija diplomática".

Soldados en el aeropuerto
fotografiados por Pérez-Reverte en 1981.

«...quizá fuera realmente sargento. O puede que teniente. Pero para él siempre sería el cabo Salomón. Y aún se vuelve instintivamente cuando percibe olor a ginebra en alguno de los tugurios de la ciudad, con el convencimiento de que le verá ahí, a su espalda, radiografiándole a través de sus Ray-Ban: "Se aseptan los respetos, Secretario..."», matizará el diplomático Francisco Pascual.

Confirmando la leyenda del cabo, el diplomático titulará como El cabo Salomón a uno de sus libros, e inicia esa obra precisamente con un relato sobre él:

Sí, de acuerdo, admito que su nombre era quizá más propio de algún judío errante o empresario aventurero de origen desconocido que de un devoto miembro de las abnegadas fuerzas de seguridad de aquella república africana tan diminuta como arrogante.

Pero, bueno, el caso es que los miembros de la reducida colonia europea solían acudir ritualmente al aeropuerto para presenciar el aterrizaje del avión, como aquellos aldeanos de la España de post-guerra, aún sin televisión, que acudían a la carretera para ver llegar al autobús, comprobar quién subía y bajaba, y comentar durante horas las incidencias de tan singular evento.

El cabo Salomón era un elemento consustancial del aeropuerto, su autoridad máxima y su figura emblemática. El aeropuerto era su feudo, la fuente de sus beneficios y el origen de su reputación, y no podía ser imaginado sin su presencia. Tanto era así que "cabo Salomón" y "aeropuerto" llegaron a hacerse expresiones sinónimas. Si alguno de los europeos comentaba: "Hoy es viernes. Hay avión. Vamos a ver quien viene esta vez", no era raro que otro añadiese: "Vale. Quedamos entonces donde el cabo Salomón".

Y allí estaba, deambulando alerta por la pista, con pasos calculados y talante autoritario, embutido en su uniforme de camuflaje, remangado para dejar a la vista aquellos brazos de ébano pulido, adornados con pulseras doradas, cuyas manos empuñaban como garfios la corta ametralladora colgada del hombro.

A veces, poco antes de la llegada del avión, se subía a un cajón de madera, colocado a tal efecto sobre el asfalto ardiente de la pista, como si ello le permitiera ser el primero en divisar el aparato en la lejanía. O quizá lo hacía para afirmar gráficamente su autoridad desde aquella tribuna improvisada.

Encaramado allí, consultaba su reloj y, cuando el rugido de los reactores comenzaba a escucharse por encima de las copas de las ceibas, colocaba su mano sobre las cejas a modo de visera, marcialmente, como si efectuase un saludo militar. Sus ojos, semiocultos por las Ray-Ban bajo la boina roja de paracaidista, oteaban impasibles el horizonte a la espera de la aparición en el cielo de la familiar silueta del pájaro metálico.

Cuando éste ya se hallaba detenido sobre la pista y el pasaje comenzaba a descender por la escalerilla, el cabo Salomón bajaba lentamente de su podio, se acercaba a la fila de viajeros y miraba con atención a cada uno, como si lo radiografiase. Caminaba junto a los recién llegados con paso quedo y aire de solemnidad, separando los brazos del cuerpo, como los cangrejos, y sin poder evitar las intermitentes elevaciones de su culo respingón. La mezcla de olores, a ginebra y sudor, que inevitablemente le precedía, confirmaba la cercanía de su presencia y facilitaba su localización en caso de aglomeraciones imprevistas.

Si, francamente, aquella figura habría irradiado fiereza de no haber sido porque su aguerrido aspecto quedaba un tanto devaluado por unos botines de tafilete rojo, con su finísima suela terminada en punta, por los que parecía tener especial aprecio, a juzgar por lo impecablemente brillantes que los llevaba siempre.

El diplomático seguirá con un repertorio de diferentes interacciones que caracterizan al cabo:

-Presento mis respetos al agente del orden del Estado soberano y representante de la autoridad legítimamente constituida.

-Se aseptan los respetos, Secretario, repuso complacido el cabo Salomón, muy receptivo a los rimbombantes tratamientos oficiales.

(...)

El cabo Salomón dirigió su mirada escrutadora hacia un grupo de jóvenes monjas europeas que, con sus caras húmedas y enrojecidas, se acercaban a la terminal arrastrando como podían sus pesados bultos.

-¿Esas no "pinchan"?

-No-, contestó el diplomático aflojándose el nudo de la corbata y matando de un manotazo al mosquito que ya le había perforado la piel del cuello.

-¿Por qué?-, quiso saber.

-Porque han decidido dedicarse a algo más importante.

El cabo Salomón le miró estupefacto, como preguntándose qué podía haber en esta vida más importante que "pinchar".

-¿Nunca?-, insistió, cambiando su apoyo a otra pierna.

-Escuche, sargento (el cabo Salomón nunca corregía a su interlocutor las asignaciones erróneas de graduaciones superiores): si le digo que más vale dejarlas tranquilas le digo la verdad.

¿Cómo no van a "pinchar" ni una sola vez en su vida? Eso es imposible, aunque no tengan marido.

O hábiles negociaciones regadas (y resueltas) con generosidad de tragos y variedad de licores...

Eso sí; nos queda la duda de si Francisco Pascual de la Parte realmente sería el joven cónsul que -narraba Pérez Reverte- paseaba el «paraguas, tan digno y grave como si acudiera a una recepción en el palacio de Buckingham, erguido, seguro de sí, aquel secretario de embajada bajó del coche ante el control de los soldados guineanos, y yendo hacia ellos con paso decidido y flema perfecta, balanceándolo con elegancia al caminar, les soltó una larga parrafada en claro y limpio español de Castilla. No sé lo que les dijo, porque me pidió que me quedara en el coche; pero de vez en cuando se volvía y me señalaba con el paraguas».

Otros, como Javier Nart, no dan nombres pero su vivencia en Nunca la nada fue tanto es igualmente esclarecedora:

Cuando las ruedas besaron (como dirían los horteras) el asfalto del aeródromo, fue el momento en que tuve conciencia de la enormidad que había realizado. Que sería el todo o la nada. Y, literal y  físicamente, me acojoné. Y acojonado estaba cuando vi que en nuestra dirección llegaban varios soldados corriendo armados del fusil de asalto kalashnikov y uno solo con la pistola en la mano.

Pero Dios, que aprieta pero no ahoga, iluminó mi mente: cuando el tipo de la pistola, evidentemente el oficial al mando, se encontraba a unos cinco metros de mí, saqué de mi bolso de costado una botella de coñac que traía desde Barcelona. Rápidamente avancé hacia él, lo que le hizo detenerse. Y llegando le extendí la mano con la botella. Él la tomó, yo puse la mano sobre la suya, le impulsé hacia mí y le abracé hipócritamente mientras le decía:

-Estoy muy feliz de haber llegado a Guinea Ecuatorial, compañero.

Había aceptado mi regalo, y tras mi abrazo le debió de parecer impropio "dar pasaporte" a quien se proclamó amigo y, además, invitaba. Sobre todo, entonces aún no lo sabía, porque Macías había perdido el control de la situación.

Y con toda seguridad, porque hacía tropecientos años que no le daba un tiento al coñac español. Debía de estar de vino de palma hasta los mismísimos. Así entré, osado y sin visado, en Guinea Ecuatorial aquel mes de agosto de 1979. Procedimiento que no recomiendo a nadie. Ni a mí mismo.

Juro que no lo volvería a hacer.

Pero no sólo el legendario cabo Salomón destacaba en los 80: Lo contaba Juan Durán-Loriga, el primer Embajador de España en la joven república, una década antes: «El aeropuerto de Santa Isabel nos trajo muy incómodas complicaciones. El ministro de Obras Públicas guineano, antiguo empleado del aeropuerto, había almacenado resentimientos de los que quería desquitarse. Hizo la vida imposible a los españoles encargados de la buena marcha técnica del campo. Estas constantes interferencias ponían en riesgo su funcionamiento. Los funcionarios españoles sólo querían garantizar la seguridad de los aterrizajes y despegues, lo que el ministro interpretaba como afán neo-colonialista».

Pero no debe extrañarnos esa pauta, si como recordaba Pérez-Reverte hace unos años:

De todos modos, para aquellos que han experimentado la extorsión del yangué aduanero en el aeropuerto de Santa Isabel, saben que las mañas del cabo Salomón no eran exclusivas de él... y que éstas le han sobrevivido. Igual, como concluye Gustau Nerín en Un guardia civil en la selva, «en la Administración guineana actual no hay ninguna corruptela que no hubiese sido ya inventada por los colonizadores».

Un último detalle: en ese aeropuerto no todo fue jolgorio..., si tienes un rato, googlea al armador y comerciante Antonio Martínez Liste.

Y ya puestos, no te pierdas:

Ojalá algún día conozcamos más anécdotas malabenses del enviado especial del diario Pueblo.