Al cocinero le sentenciaron a «doce años y un día de reclusión menor» en el Consejo de Guerra contra el personal del Fernando Poo.
Está entre los siete castigados con mayor rigor (y tuvo suerte... ya que otros simplemente desaparecieron, como es el caso del barbero, o murieron en el proceso). Al fin y al cabo, en los testimonios recogidos le señalaban como peligroso:
O el Tercer Maquinista Manuel de Dios y del Aguila que «como elementos más extremistas señala al barbero Caparrós y dice que Mariano Juan Más se dejaba manejar por Caparrós; que tenía pistola y que ha oído decir que amenazó con ella a los Padres (…) Vio a Mariano Juan Más con un mosquetón en la mano en el momento del bombardeo».
Tal vez puede que pesara el que fuera herido en el asalto aunque el propio cocinero tan sólo se definiera como «aturdido», pero el caso es que a Mariano Juan Mas, «de veinte y nueve años de edad, natural de Palma de Mallorca, domiciliado en Barcelona, de estado soltero, de oficio cocinero, que sabe leer y escribir, siendo su Padre Antonio Juan Fiol y su madre Concha Más Juan, y que no ha estado procesado por Tribunal alguno», le cayeron los 12 años y un día.
Con el tiempo, ese castigo fue la salvación de sus compañeros, ya que conforme a los diferentes relatos tanto de la prisión de Fyffes y como del campo de concentración del viejo Lazareto de Gando, «La alimentación era escasa y, en ocasiones, se servía en mal estado. Los testimonios orales recuerdan ver flotar suelas de zapatos en el rancho, el novelista José Antonio Rial afirma en su novela que los calderos de comida no contenían “alimento para humanos” y Francisco García recuerda las comidas como “bazofias” e “inmundicias”».
El 2 Diciembre 1939 la Jefatura Provincial de Sanidad, emite un informe dando cuenta al Gobernador Civil sobre la situación en los recintos penitenciarios existentes en Gran Canaria. Es muy exhaustivo, por lo que resaltamos que «Actualmente hay en la prisión mil ochenta y nueve (1089) presos, de los cuales novecientos veintiocho (928) cumpliendo condena, 134 sujetos a sumario y 27 pendientes de resoluciones gubernativos (...) El agua que posee el establecimiento es impotable según análisis practicado en el Instituto Provincial de Sanidad, escasa e impropia incluso para el aseo personal. La comida es francamente insuficiente, sin las calorías necesarias compuesta de un rancho del que algunos solo llega un cazo del caldo donde se cocieron las legumbres. Es completamente inadecuada, incluso en la llamada de sobrealimentación, para enfermos especialmente los diabéticos, ulcerosos, etc., y desde luego no hay leche para los que la necesitan».
Cuenta Rial que «una noche toda la prisión se sintió atacada por agudos dolores de vientre y corrió hacia los ocho evacuatorios únicos. Al momento una cola que engrosaba sin tregua se había formado por el patio, y los centinelas azules gritaban desde su observatorio, ordenando a la multitud que se disolviera. En vez de esto, uno de los presos rompió la fila y se lanzó a satisfacer su necesidad en el patio, y toda la fila siguió el ejemplo. La noche continuó así. Los centinelas dispararon algunos tiros y terminaron dejando hacer y envueltos en los vapores que subían del callejón lleno de hombres rugientes por los retortijones de la colerina. Se creyó en un envenenamiento. A veces había alpargatas nadando en el rancho y otras porquerías de gran tamaño, pero no se protestaba porque el preso era un fuera de la ley. A la mañana siguiente del ataque de diarrea, el patio y todo Fyffes era un mar de excrementos, y los presos sometidos a aquel vivir en cloacas sentían la humillación con más encono que el odio, o que el diezmo de las noches de ronda».
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Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria (Cortesía de Fernando Caballero Guimerá). En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel. |
Fue una llegada providencial, ya que «pasados los meses del miedo empiezan a preocuparse de cosas más materiales como la alimentación. Juan Mas, cocinero del barco Fernando Poo, mejora la calidad del rancho».
Recalca en otro momento que «amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente. Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación del Fernando Poo, desde el capitán, pundonoroso marino, que fue de los primeramente liberados, al cocinero mayor, el inolvidable Juan Mas, que a fuerza de ingenio culinario logró tornar ligeramente más apetecibles aquellas equívocas cocciones que nos servían bajo especie de rancho».
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Repartiendo el rancho en el patio común. Fotografía publicada por la revista francesa L´Illustration en 1937. |
«La presencia de Juan Mas, el cocinero del Fernando Poo, mejoró sensiblemente la apetecibilidad de nuestros ranchos. Aquello fue el verdadero banco de prueba de sus excepcionales aptitudes culinarias. Pero a veces se estrellaban sus bien contrastadas habilidades ante la intrínseca condición de la materia prima que le suministraban.»
O ante la invasión de insectos: «No hicimos más que instalarnos y de todos los rincones, al olor y al calor de la sangre humana, de los quicios de puertas y ventanas, de los zócalos de madera, de las grietas de las tablas del piso, de los desconchones de las paredes, incrustadas rápidamente en las cajas y cajones de nuestros efectos personales, de las vigas de los techos, incluso de los de la cocina -yo he visto cadáveres de hemípteros flotando en el magma grasiento de nuestras pociones alimenticias-, de todos lados, como un aluvión reptante, como esas columnas de hormigas gigantes, avasalladoras, de las novelas de Mayne Reid, se abatió sobre nosotros un ejército nocturnal e invisible. Para los que teníamos la piel dulce, la epidermis entomológicamente suculenta, comenzó un nuevo, lento e implacable martirio. Durante bastantes meses, especialmente cuando vivía en el cuarto de la pintura, de que luego hablaré y que fue mi última mansión, para poder dormir los compañeros me enrollaban en mi manta, como a una alfombra, me cerraban el hueco de los pies con una toalla y me cubrían la cabeza, para dejarme respirar, con un gran pañuelo. Mi posición yacente recordaba muy de cerca, por su inmovilidad y rigidez, la de una momia guanche. Desvelado, a la luz indecisa del cuarto, que dejábamos siempre encendida, veía trepar por las paredes las hordas salvajes, alcanzar el techo y cuando estaban estratégicamente situadas sobre sus presuntas víctimas, dejarse caer con pericia y precisión de acróbatas. Lo curioso es que, en el cuarto de la pintura, donde dormíamos ocho compañeros, yo era el blanco exclusivo de aquella siniestra puntería. Pero fuimos muchísimos los que sufrimos sus escozores. Todavía eran pocos e ineficaces los insecticidas. El arma única para combatirlas era el agua hirviente. Cada vez que podía, Juan Mas, nuestro amable cocinero jefe, nos facilitaba unos cacharros para escaldar todas las posibles madrigueras».
O ante la invasión de insectos: «No hicimos más que instalarnos y de todos los rincones, al olor y al calor de la sangre humana, de los quicios de puertas y ventanas, de los zócalos de madera, de las grietas de las tablas del piso, de los desconchones de las paredes, incrustadas rápidamente en las cajas y cajones de nuestros efectos personales, de las vigas de los techos, incluso de los de la cocina -yo he visto cadáveres de hemípteros flotando en el magma grasiento de nuestras pociones alimenticias-, de todos lados, como un aluvión reptante, como esas columnas de hormigas gigantes, avasalladoras, de las novelas de Mayne Reid, se abatió sobre nosotros un ejército nocturnal e invisible. Para los que teníamos la piel dulce, la epidermis entomológicamente suculenta, comenzó un nuevo, lento e implacable martirio. Durante bastantes meses, especialmente cuando vivía en el cuarto de la pintura, de que luego hablaré y que fue mi última mansión, para poder dormir los compañeros me enrollaban en mi manta, como a una alfombra, me cerraban el hueco de los pies con una toalla y me cubrían la cabeza, para dejarme respirar, con un gran pañuelo. Mi posición yacente recordaba muy de cerca, por su inmovilidad y rigidez, la de una momia guanche. Desvelado, a la luz indecisa del cuarto, que dejábamos siempre encendida, veía trepar por las paredes las hordas salvajes, alcanzar el techo y cuando estaban estratégicamente situadas sobre sus presuntas víctimas, dejarse caer con pericia y precisión de acróbatas. Lo curioso es que, en el cuarto de la pintura, donde dormíamos ocho compañeros, yo era el blanco exclusivo de aquella siniestra puntería. Pero fuimos muchísimos los que sufrimos sus escozores. Todavía eran pocos e ineficaces los insecticidas. El arma única para combatirlas era el agua hirviente. Cada vez que podía, Juan Mas, nuestro amable cocinero jefe, nos facilitaba unos cacharros para escaldar todas las posibles madrigueras».
En 1940 se incluye a Mariano Juan Más entre los reclusos con penas ordinarias que habían sido sentenciados y condenados en la provincia de Las Palmas de Gran Canaria hasta el día 1 de marzo de 1940, cuyas penas fueron conmutadas.
Y así, se pierde la pista al cocinero del Fernando Poo.
Interesante relato.
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