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sábado, 6 de diciembre de 2025

Los negros negocios del marqués

En la interesante (sic) y veterana entrada El santoral ecuatoguineano de este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel, os contábamos del los negros negocios de la familia del beato Marqués de Comillas.

Como la entrada dedicaba atención a otros santos, beatos y venerables ecuatoguineanos... os reproducimos aquí la historia del marqués:

Mención a parte merece la postulación como beato de Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas:
Como recoge Fernando Ballano en Los negros negocios del beato Marqués de Comillas, «uno no es responsable de lo que hayan hecho sus antepasados, pero sí de aprovecharse de los frutos de esos actos. Antonio López López, primer marqués de Comillas y padre de Claudio López Bru, hizo buena parte de su fortuna traficando con esclavos con destino a Cuba cuando la ilegalización de dicha actividad a partir de 1817 hizo subir los precios. Posteriormente consiguió la exclusiva del transporte de tropas y sus correspondientes municiones de boca y guerra entre España y Cuba. (...) Claudio López Bru fundó la naviera Trasatlántica. Continuó con el transporte de tropas y suministros a Cuba. Entre 1895 y 1898 llevó a 220.285 soldados (240.000 según otras fuentes). En el conflicto murieron 55.078 –2.000 por heridas de guerra y el resto por enfermedades–. Tras la rendición, EE.UU. le pagó a Comillas 100 pesetas por soldado repatriado. En 1919, 20 años después, un pasaje en buenas condiciones para ese recorrido sólo costaba 70 pesetas. A pesar del buen precio cobrado, Comillas les trajo en tan malas condiciones que en el trayecto murieron 4.000. Pero volvieron cantando porque ya se había acabado la pesadilla: hay gente que sabe sacar beneficio hasta de las derrotas.


Crucero Isla de Panay. Conocido como el Barco de la Muerte, fue usado para transportar hacinadas a las tropas españolas asignadas a la guerra hispanoamericana en Cuba. Terminada la guerra fue reasignado por la Trasmediterránea al golfo de Guinea hasta su hundimiento, para cobrar el seguro, en Punta Europa: «Fue en la noche del 7 de Diciembre de 1929, tras embarrancar en un bajo llamado Los Primos entre Santa Isabel y San Carlos. Los supervivientes dijeron que serían casi las tres de la mañana cuando se oyó un ruido sordo debajo del barco, como si hubiese tropezado con un arrecife, y que al ir muy despacio evitó partirse por la mitad; comenzó a inclinarse lentamente y se hundió ante la vista de todos, posándose suavemente en el fondo. Allí debe de estar aún, junto a la conciencia del señor marqués».

Antes de que terminara el conflicto cubano, en 1887, se le concedió a la Trasatlántica la línea Barcelona-Santa Isabel (capital de Fernando Póo), lo que permitió que el cacao de la colonia Póo llegara a Barcelona en lugar de a Inglaterra. Comenzaron a establecerse allí muchas empresas catalanas, pero la más importante fue la Trasatlántica, que, a sus actividades marítimas, unió las agrícolas y comerciales. El problema fundamental de Fernando Póo era la mano de obra. Los nativos bubis eran pocos, entre 10.000 y 20.000 según las fuentes, pero estaban escondidos en la selva y no querían trabajar en las plantaciones de cacao, por lo que se llevaba mano de obra engañada desde Liberia a los que se denominaba krumanes (por proceder de una región costera llamada Kru). Claudio se lanzó también a este negocio trasladando esos trabajadores forzados desde esta república a la isla de Fernando Póo en barcos subvencionados por el gobierno. Además supo aliarse en la colonia con el poder fáctico de los misioneros claretianos...»

Cierra esa información El País con un «Claudio López, amigo de Gaudí y protector del extravagante mosén Jacint Verdaguer, (...) regaló a los jesuitas la imponente Universidad de Comillas y, entre otras ostentaciones de religiosidad, fletó decenas de barcos para llevar a Roma a 18.000 obreros -todos asalariados suyos- para rendir pleitesía a León XIII con motivo de un aniversario de aquel largo pontificado. El proceso de santificación, que llegó a Roma en 1948, incluso contó con el impulso del dictador Franco en carta a Pío XII de 1954, centenario del nacimiento de rico y, de momento, fallido probeato».

«Fue el marqués de Comillas el fundador de la Acción Católica en España», aseguraba Francisco Franco en la carta postulatoria que dirigió a Pío XII. «Su alteza de miras y elevado patriotismo al frente de las empresas que dirige, han dado a su personalidad tal relieve, que constituye, en el mundo social y político, una de las figuras más salientes y populares. Contribuye a ello su labor constante en materias sociales, su espíritu caritativo, y su actuación en el partido católico. Ferviente y entusiasta defensor de la política social cristiana, ha podido ser a un tiempo su propagandista y su ejecutor, aplicándola a las empresas que dirige, donde ha establecido, mucho antes de ser prescritos por las leyes, todos los beneficios de pensiones, retiros, mutualidad,...».

Si te interesa el tema, no dejes de leer:

jueves, 19 de junio de 2025

De marqueses varios

Fernando de León y Castillo,
I Marqués del Muni

Realmente, no nos aporta nada esta historia, pero os la vamos a contar igual:

Mientras allegados de José Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo, Senador del Reino y Teniente General de la Marina, pedían en su nombre el título de Marqués de Fernando Póo: «el 21 de julio de 1847 se presentaba a S.M. la reina doña Isabel II, por medio del Ministerio de Gracia y Justicia, un escrito de don José Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo, teniente general de la Armada y senador del Reino, en el que, tras alegar sus muchos méritos y servicios, pedía para sí y sus sucesores un Título de Castilla, con la denominación de marqués de Fernando Poo...», él niega que lo haya pedido y solicita que se suspenda la tramitación y se devuelva el expediente. En éste se apelaba a méritos propios del general, si bien la elección del marquesado no era casual, al tratarse del hijo del brigadier Joaquín José Primo de Rivera y Pérez de Acal, responsable de la expedición de 1777/1778 tras el fallecimiento del conde de Argelejo.

Eso fue en 1847, y es un movimiento extraño. Probablemente lleve implícita la inquietud por la reafirmación simbólica sobre el territorio, frente al intento de venta a Inglaterra de hacía unos años. Al fin y al cabo, la titubeante expedición de Lerena, apenas había tenido lugar cuatro años antes. 

Y sí, este Primo de Rivera del frustrado marquesado era el abuelo del que fue dictador en la segunda década del siglo XX y bisabuelo del fundador de la Falange.

Hablando de aduladores y marquesados fallidos... Gustau Nerín recoge la anécdota de cómo «el periodista Julio Arija, que había sido un ferviente defensor de Barrera, denigró a quien había sido su protector y tildó su mandato de "ciénaga colonial"; en cambio, calificó a Núñez de Prado de "espíritu redentor de la Guinea" y de "caudillo". Arija publicó numerosos artículos hagiográficos sobre el gobernador, tanto en la prensa de la colonia como en la metropolitana, y escribió un libro, La Guinea Española y sus riquezas, en el que no dejaba de ensalzarle. Llegó a impulsar una campaña para que se le otorgase el título nobiliario de conde de Guinea». No era más que un ejercicio de lambisconeria, especialmente porque ya existía un conde de Guinea; Manuel Guinea y Baranda, vinculado familiarmente con el carlismo, contaba ya con un título papal asociado al apellido familiar, sin vínculo con el territorio ecuatorial.

Del sonrojante y fallido intento del gobernador Faustino Ruiz por ser elegido el botuku de los bubis, en sustitución del rey Malabo, ya ni hablamos.

Pero hubo otro marquesado que sí prosperó, en su caso en reconocimiento a las negociaciones que dieron lugar al Tratado de París de 1900, afianzando el -exiguo- dominio español sobre la franja costera continental. 

Lo cuenta Fernando Bruquetas de Castro en "El sexo y los políticos": 

«En 1879 Isabel II acudió a la segunda boda de su hijo Alfonso XII, celebrada en la basílica de Atocha, sin disimular su aversión a Cánovas. Nunca le perdonó que este hubiese prescindido de ella para propiciar la restauración monárquica. Una década más tarde, en abril de 1887, aún rebrotaba el interés por la unión de los regios cónyuges, a cuyo fin intercedió el nuevo embajador de España en París, el canario Fernando León y Castillo, quien llegó ese año y que, salvo algún intervalo, desempeñó la representación diplomática hasta el año de su muerte en Biarritz en 1918. Durante ese tiempo, a decir de los contemporáneos, fue el mejor amigo que tuvo la reina en Francia, defendiendo con exigua fortuna los intereses de España, y pese a ello, consiguió hacerse acreedor al título de marqués del minúsculo territorio africano obtenido para el país en el río Muni. La reina, para referirse a él, solía acercar sin llegar a unir el índice con el pulgar a la vez que pronunciaba la "u" francesa, como si fuera una "i" latina, dando un evidente acento cómico a sus palabras cuando decía "mi marqués del Muni"».

Es sorprendente que al Embajador le premiaran con un marquesado por la deplorable negociación. 

Especialmente si tenemos en cuenta que su colega, el Comisario Regio, en su viaje de regreso a España se suicidó por la frustración de sólo haber logrado salvar 28.000km en el Tratado de París, frente a los 200.000km que eran el punto de partida de la negociación. Considerando Pedro Jover y Tovar que la comisión que presidía no había hecho sino cooperar a la cumplimentación de un convenio deshonroso, no deseando sobrevivir al mismo, en un acceso de neurastenia aguda puso fin a su vida en el camarote que ocupaba, disparándose un tiro en la cabeza la mañana del 31 de octubre de 1901. Sepultado por las aguas del golfo de Biafra, se puso su nombre a una calle en Almería (se conserva) y el Estado español dio el nombre de “Cumbre de Jover” al pico más alto de los montes Bombananyoko. Su colega el marqués cuenta, a su vez, con su calle dedicada en Santa María de Guía, así como en el antiguo municipio de San Lorenzo en Las Palmas de Gran Canaria, o en el de Veneguera... ; pero lo del callejero y la memoria histórica, esa es otra historia.

De todos modos, en los periódicos de la época se recogen comentarios sarcásticos del tipo de «el marqués del Río Muni continúa de embajador en París, gestionando, según se dice, la concesión á España de un fértil trocito del Polo Norte».

Ya que lo preguntáis; sí, actualmente existe un marqués del Muni: En el BOE encontraréis la Orden JUS/2333/2008, de 17 de julio, por la que se manda expedir, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, Real Carta de Sucesión en el título de Marqués de Muni, a favor de don Luis Alfonso Ascanio Panyasart, por fallecimiento de su padre, don Alonso Ascanio León y Castillo.

Y, bueno, a otros le salió mejor la jugada: a Antonio López y López, esclavista que redondeó su fortuna con el monopolio de transporte marítimo a Guinea Ecuatorial, le otorgó Alfonso XII en 1879 el título de marqués de Comillas, y en 1881 la Grandeza de España. Sobre él y sus "negros negocios", os contábamos en El Santoral Ecuatoguineano.

O a Antonio Vinent y Vives, marino y capitán de barcos negreros cuyos hermanos José y Francisco tenían factorías en Corisco (la trama esclavista de nuevo...), la reina Isabel II le otorgó el título de marqués de Vinent en 1868. Ambos marquesados están también actualmente en vigor, pero seguro hay más, ya que Isabel II fue especialmente proclive a otorgar marquesados a familias involucradas en el tráfico de seres humanos.

Otros, como veíamos en Preparando el viaje del Ciudad de Mahón, obtuvieron la rehabilitación de viejos títulos tras significarse en la trama golpista del 36. Es el caso de Enrique Pueyo, capitán de la guardia civil y mano derecha del teniente coronel Serrano en los "sucesos" del 19 de septiembre de 1936 en Santa Isabel, que obtuvo la rehabilitación del título de Conde del Val en 1955 y a cuyo nombre hay una calle en Madrid (probablemente por algún ilustre conde predecesor).

Siempre hay excepciones: José Elduayen y Ximénez de Sandoval, marqués de Elduayen, o Joaquín de Arteaga y Echague, duque del Infantado y marques de Santillana, ambos con intereses productivos y comerciales en el territorio ecuatorial, llegaron ya con el título nobiliario. El primero con inversiones en Río Muni, en donde además se involucró infructuosamente en la trama golpista, y el segundo volcado especialmente en las producciones agrícolas de Moca. Suyos eran los toros de lidia de la cabaña ganadera de Moca que emocionaban al aficionado a los toros de Santa Isabel.

domingo, 26 de mayo de 2024

El negro pasado del marqués

Sello de la empresa familiar
No, con "el negro pasado del marqués", en esta ocasión no nos referimos al marqués de Comillas, esclavista y fundador de la Trasmediterránea:

Acaba de publicarse el portal España Esclavista, que en su presentación aclara que "La esclavitud fue una institución muy presente en la historia de España. Hubo centenares de miles de personas esclavizadas, algunas de las cuales sufrieron cautiverio bien entrado el siglo XIX. Y a los dominios americanos de la Monarquía Hispánica llegaron más de dos millones de cautivos africanos que fueron allí convertidos en esclavos. España fue, de hecho, el último país europeo en abolir la esclavitud en sus colonias (en Cuba, en 1886). No hay tampoco que olvidar la notable presencia de comerciantes y de buques negreros españoles en la trata trasatlántica, especialmente durante el siglo XIX. De aquel pasado esclavista se conservan numerosos legados materiales, unos vestigios que están presentes a lo largo y ancho de la geografía española. El objetivo principal de esta web (que estará permanentemente en construcción) es mostrar y poner de relieve los numerosos rastros materiales del pasado esclavista español, los cuales perviven en la actualidad en nuestros pueblos y ciudades. Una página que pretende ofrecer, de manera adicional, diversos recursos divulgativos (legislación, estudios, enlaces a otros recursos accesibles en línea, …) para facilitar un mejor conocimiento del pasado esclavista español."

A través del portal es posible reconocer historias ignoradas, ocultas o edulcoradas.

Por ejemplo la de Antonio Vinent y Vives, marino y capitán de barcos negreros cuyos hermanos José y Francisco tenían factorías en Corisco (la trama esclavita de nuevo...), la reina Isabel II le otorgó el título de marqués de Vinent en 1868. 

Resume el portal: "Nacido en Menorca, en 1809, Antonio Vinent ejerció como capitán de diversos buques negreros (de la corbeta Gloria, por ejemplo), [ En la década de 1830 sus hermanos José y Francisco tenían una factoría en la isla de Corisco, por lo que sus nexos con el tráfico ilegal de africanos esclavizados hacia Cuba fueron muy estrechos.] y luego, en 1842, se avecindó en Cádiz desde donde despachó numerosas expediciones a las costas de África. Trasladó su residencia a Madrid, en 1860, para ejercer sobre todo como banquero. Invirtió parte de su fortuna en fincas agrarias, comprando once cortijos o cotos en la comarca de la Sierra de Segura, en Jaén: cinco en Siles (Arroyo Llano, San Blas, Calar del Mundo, Castro Bayona, Cañada del Villar y Ardacheles), tres en Hornos (La Setera, Pinar de la Fuente de los Perales y San Román), uno en Santiago de la Espada (Torre del Vinagre o Malagón), otro en Benatal (La Hortizuela), otro en La Puerta de Segura (La Vicaria). Compró también la casa de la calle Somera, 36 (en Siles). Senador vitalicio desde 1864, Isabel II le nombró marqués de Vinent, en 1868."

De hecho, Gustau Nerín establece una relación entre el ataque del británico de Dennman en 1840 a las factorías negreras de la zona de Gallinas, Corisco, Ambriz y Cabinda como el revulsivo para que la ciudadanía española y los políticos reclamaran la vuelta al territorio abandonado durante décadas: 

"El ataque de Denman en 1840a las factorías negreras de Gallinas, Corisco, Ambriz y Cabinda, todas en la costa occidental africana, reavivó el interés de la Corona española por la posesión de una colonia en África Ecuatorial. Se pensaba que con un establecimiento permanente en la zona se podría proteger a los barcos negreros y obstaculizar la labor de la patrulla naval británica. El Ministerio de Estado empezó a revolver viejos documentos para intentar recuperar las islas de Fernando Poo y Annobón, cedidas por los portugueses en 1778, pero no ocupadas. Finalmente, en 1843 se envió al golfo de Guinea una expedición, dirigida por Juan José Lerena, para apoderarse de ambas islas. Pero Lerena tenía también instrucciones de establecer la soberanía española en Corisco, fundamentándose en la presencia de factorías españolas en la zona. La expedición de Lerena no supuso la ocupación del territorio, pero sería un precedente básico para el establecimiento de la colonia, en 1858. Una colonia que incluiría Corisco, en honor a la colaboración de los bengas con Vinent y Pons."

En la web del Senado es posible acceder a la biografía del senador Vinent y una gran cantidad de documentos, esquela incluida, pero no hay datos de su pasado negrero.

No fue el único, y el portal España Esclavista permite acceder a más relatos sobre el origen de algunas de las grandes fortunas españolas (marqueses o no, aunque sí hay varios que lo son) o de edificios emblemáticos y patrimoniales. 

En algún momento, habrá que plantearse que las políticas de memoria histórica en España también deben de incluir el reciente pasado colonial.

martes, 23 de junio de 2020

Amos y esclavos: sobre estatuas y monumentos coloniales.

La rodilla del policía sobre el cuello hasta la asfixia –»¡No puedo respirar!»– acabó con la vida de George Floyd el pasado 25 de mayo enMinneapolis. Las imágenes de la escena se hicieron virales en las redes. La población afroamericana y buena parte de la sociedad blanca norteamericana y del mundo se conmovieron y enfurecieron a partes iguales. El asesinato policial, pendiente de ser juzgado en los tribunales, forma parte de una larga lista de casos. El movimiento Black Lives Matter, que viene de lejos, ha recobrado de nuevo un fuerte protagonismo. El racismo, esa «extraña fruta» que cantó Billie Holiday, ha formado parte de la cultura de Estados Unidos a lo largo de su historia. Es un problema persistente. Las protestas y actos de saqueo de hoy, el derribo del monumento a Robert E. Lee en el centro de Charleston y de Richmond o las manifestaciones antiracistas en el centro de New York comparten razones con aquellas que tuvieron lugar durante las luchas por los derechos civiles de los años sesenta. La pervivencia del racismo institucional y la frustración de la población negra ante las promesas incumplidas los alimentan. Hoy están acrecentadas por la actitud de Trump, que con tono de provocación parece que quisiera taponarlas con una biblia en la mano. Robert E. Lee y otros no son peligrosos porque recuerdan una guerra del siglo XIX, sino porque aún hoy legitiman un papel del racismo, de su continuidad y retorno.

Los vientos de esta polémica del otro lado del Atlántico han llegado hasta Europa. La contestación contra el racismo ha recorrido parte del continente. El derribo y el lanzamiento al río de la estatua del esclavista Colston en Bristol –de las pocas ciudades europeas donde están señalizadas las marcas urbanas de su pasado esclavista– ha provocado una tormenta política en Reino Unido. En Bruselas, donde meses atrás se inauguró el Royal Museum for Central Africa como proyecto de revisión de ese «corazón de las tinieblas» que representó el colonialismo belga, la estatua del rey Leopoldo II ha aparecido pintada de rojo. Algunas estatuas de Colón han sido derribadas, decapitadas, lanzadas al mar. Ante la situación, algunas administraciones han respondido con la protección de los monumentos, este es el caso de Londres, donde el dedicado a Winston Churchill, en Parliament Square Westminster, ha tenido que ser protegido policialmente ante reiteradas acciones de protesta que planteaban derribarla o algún tipo de actuación sobre esa memoria de piedra. En Barcelona también ha habido manifestaciones en el centro de la ciudad y algunas voces han planteado acciones contra los monumentos que forman parte del pasado colonial.

Estas son sin duda manifestaciones iconoclastas, de «ruptura de imágenes». Un fenómeno con larga carga histórica. En cualquier caso, la polémica sobre las estatuas que se ha producido durante estas semanas, entre otras cuestiones, nos habla de la existencia de una fractura cultural a la que conviene estar atentos.

La presencia de personas esclavizadas en Barcelona, aunque tiene precedentes, es preciso aclarar que no comenzaron con viajes desde África hasta las Antillas, como suele pensarse, sino que desde 1492 se produjo desde aquellas a Europa y, concretamente, hacia la capital catalana. La esclavitud no puede reducirse exclusivamente a un período histórico concreto. Si bien es cierto que fue un sistema de trabajo forzado desde la antigüedad, en la edad moderna, con la llegada y conquista de América se convirtió en el sistema de trabajo colonial por excelencia, primero los indígenas y posteriormente los africanos, secuestrados en sus lugares de origen, realizaron todos los trabajos que no estaba dispuesto a hacer el hombre blanco. Con la implantación y desarrollo del sistema de plantación, la esclavitud, legalizada por todas las monarquías europeas, fue el modelo de trabajo americano.

No fue hasta el siglo XIX cuando los británicos (1807) y los estadounidenses (1808) prohibieron el comercio de esclavos. La corona española firmó un tratado en 1817 estableciendo que a partir de 1821 no se permitiría hacer negocio con el tráfico de personas. Sin embargo, entre ese momento y 1867 se calcula que unos 600 mil esclavos negros fueron trasladados a Cuba y vendidos ilegalmente por comerciantes españoles. Aquel negocio del comercio transatlántico, sin competencia británica, fue fabuloso. De ahí que, siendo ilegal el comercio que continuaba haciéndose, lo fundamental era mantener la esclavitud que todavía no lo era, como se encargó de demostrar la guerra civil americana (1861-1865) que enfrentó a los Estados Confederados del Sur, defensores del esclavismo, y los abolicionistas de la Unión, los Estados del Norte.

Las guerras de independencia de los territorios pertenecientes a la corona española dejaron en mantillas el colonialismo español en el Caribe, con tan sólo las islas de Cuba y Puerto Rico. En estos dos enclaves se reforzó de forma ilegal la esclavitud como sistema de trabajo, a la vez que los resultados de la Revolución Industrial iban permeando los transportes y la producción. En 1837 se inauguró el ferrocarril que conectaba Güines, uno de los centros productores de azúcar, con La Habana; y el vapor se incorporó a los ingenios azucareros para incrementar la rentabilidad de la caña de azúcar. Todo este despliegue de inversiones de capital se llevó a cabo con el trabajo esclavo.

Durante aquella época, la ciudad de Barcelona fue el ​​segundo puerto de España en el tráfico de esclavos, después del de Cádiz. Hacerlo posible requirió no solo de la intervención de los llamados «negreros» –aquellos traficantes de personas de piel negra que organizaron o colaboraron en el transporte desde África hacia algún destino de Ultramar–, sino que entre sus protagonistas estuvieron las personas que colaboraban activamente en el mantenimiento y el fortalecimiento del esclavismo como sistema: aquellos dedicados a las capturas de africanos, así como los «factores», capitanes o maestros encargados de su transporte en barco. Estos tratantes intermediaban para que finalmente otros adquirieran la condición de propietarios de las personas esclavizadas. En definitiva, el fenómeno requería de una extensa red de participantes a la que se sumaban inversores, gobernantes, legisladores y antiabolicionistas en general, así como numerosas instituciones del gobierno local y estatal.

El capitalismo industrial surgió, creció y se mantuvo con la esclavitud, como ya escribió en 1944 Erik Williams, primer ministro de Trinidad Tobago, en su libro Capitalismo y esclavitud, en el que sostiene la tesis de que la industrialización tuvo mayor éxito en los países que habían crecido económicamente con el tráfico de esclavizados. Así, se mostraba cómo la esclavitud no era incompatible con el capitalismo, sino que éste había podido construirse en gran medida a partir de la acumulación generada por el tráfico de esclavos. Más recientemente, en 2018, Michael Zeuske ha retomado el tema con la publicación Esclavitud, una historia de la humanidad, en la que muestra cómo el capitalismo ibérico surgió con fuerza por el tráfico de esclavos y se benefició de unos mercados mundializados. La esclavitud se vio reforzada con la introducción de «trabajadores contratados», los coolies chinos, que compartieron suerte con los centenares de miles de esclavos. Es decir, que capitalismo y esclavitud constituyeron dos elementos necesarios para el crecimiento económico.

Con la independencia de Cuba, una gran parte de capitales españoles volvieron a la península Ibérica, donde se reconvirtieron en capital industrial, el Vapor Vell o La España Industrial. Aquel inmenso negocio fue crucial para la formación de los capitales financieros necesarios en la industrialización del país, así como para el derribo de las murallas y extensión de la ciudad de Barcelona. Ambos deben mucho a las grandes inversiones cuyo origen está en la trata y el tráfico de esclavos. Barcelona se convirtió en la ciudad del progreso industrial y financiero, Cataluña en la «Fábrica de España». Entre algunos de los prohombres de este proceso estaban Antonio López, Vidal-Cuadras y los Güell. No cabría olvidar, sin embargo, que en la historia de la ciudad también fueron protagonistas figuras y movimientos opuestos al esclavismo, entre los que destacaron aquellos comprometidos con su abolición, en particular desde las filas del republicanismo, como Estanislao Figueras, Francesc Pi i Margall y la escritora feminista Clotilde Cerdà, hija del urbanista que proyectó los planes del Eixample barcelonés, Ildefonso Cerdà.

Esta historia ha dejado en Barcelona vestigios de significado ambivalente. Favoreció el desarrollo industrial, al tiempo que legó visiones morales que justificaban las desigualdades. En un lugar céntrico de Barcelona está la estatua dedicada a Joan Güell. No está demostrado que este industrial participara en el comercio de esclavos, pero presidió el Círculo Hispano Ultramarino, creado en Barcelona en 1871, nacido para oponerse al abolicionismo cuando la esclavitud ya era ilegal en toda Europa. En otra arteria principal de la ciudad, se erigió una estatua y se creó una plaza dedicada a la figura de Antonio López y López, quien fue abiertamente esclavista en su activo antiabolicionismo, y sobre el que, a pesar de las acusaciones, no se tienen evidencias históricas de que fuera «negrero» o traficara con esclavos. Las razones de que su estatua fuera derribada y decapitada en el verano de 1936 nada tienen que ver con ello. Durante la dictadura, estatua y plaza fueron repuestas. No fue hasta 2018 cuando el gobierno municipal tomó la decisión de retirar la escultura, aunque no el pedestal que contiene inscrito el laudatio del personaje, siendo una cuestión todavía por decidir hoy si se dará un nuevo nombre a la plaza.

La erección de un monumento responde a la decisión de alguien. Es una señal y una marca en el espacio público que pretende recordar a una persona en su época y también tiene el propósito de ensalzar su figura. La memoria colectiva es la imagen que la sociedad construye del pasado, por eso es una fuerza activa en el presente. Los significados de los monumentos y los signos en el espacio urbano se modifican en la medida que cambia el tiempo histórico. Ante esto cabría preguntarse si hoy estos monumentos tienen algún significado acorde con los valores predominantes en la sociedad barcelonesa.

Es cierto que la relación con el pasado colonial no puede resolverse a partir de un juicio moral desde el presente. Existe hoy un legado patrimonial y cívico poco visibilizado y a menudo incómodo para las instituciones. Esto se explica porque en nuestro país no han existido políticas públicas de memoria en torno a la esclavitud, a diferencia de lo sucedido en otros países del entorno. Este es el caso del Mémorial de l’Abolition de l’Esclavage de Nantes, que fue el principal puerto negrero de Francia, o el International Slavery Museum creado en el Albert Dock de Liverpool. En Barcelona, el Museu Marítim no dispone a día de hoy de secciones similares.

Derribar una estatua que enaltece una figura es centrar la crítica e incluso la ira en un personaje. Pero ese «borrado de memoria» (damnatio memoriae) no cuestiona las condiciones que hicieron posible el poder de ese personaje. Parecería necesario impulsar políticas públicas que pasen por acciones de resignificación con los que la propia ciudadanía elabore argumentos sobre las consecuencias históricas de la esclavitud, así como sus conexiones con las desigualdades aún vigentes. Se trata de huir de la cultura emocional imperante en la actualidad. Tirar una estatua no pone fin a las injusticias propias que surgen del racismo y la xenofobia. Derribar las estatuas es el final de un cambio, no es su causa sino su consecuencia. Poner fin al racismo y a la xenofobia es poner fin al significado de las estatuas, dejándolas como ruinas a la deriva. La polémica suscitada estos días en Europa no es una cuestión del pasado, sino de problemas que conectan pasado y presente.

La esclavización como privación de libertad hoy continúa siendo una realidad en el mundo. Según un informe de la OIT, en 2019 todavía 40 millones de personas vivían en formas de esclavización, tanto en el llamado Tercer Mundo como también en países desarrollados. La principal causa del fenómeno es la vulnerabilidad económica de los sometidos.

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Javier Laviña y Javier Tébar son profesores de Historia en Universidad de Barcelona


Y no te pierdas:

lunes, 9 de noviembre de 2015

La selva siempre triunfa

Este paseo por la Calle 19 de Septiembre de la vieja Santa Isabel hace énfasis en el golpe de Estado de 1936 y sus consecuencias para el África ecuatorial.

Si quieres conocer un poco más te recomendamos la lectura del blog de Antonio M Carrasco especializado en la Novela colonial hispanoafricana:

NOVELAS DE LOS TERRITORIOS ESPAÑOLES DEL GOLFO DE GUINEA: LA SELVA SIEMPRE TRIUNFA de GUILLERMO CABANELLAS



CABANELLAS, GuillermoLa selva siempre triunfa (Editorial Ayacucho. Buenos Aires 1944. 295 páginas; Ediciones del Cobre. Barcelona 2009. 309 páginas).

El gobernador republicano Gustavo de Sostoa
La II República provocó algunos cambios en el régimen colonial español. Menos de los que pudiera esperarse, por falta de tiempo o de voluntad política. Porque cualquier intento de suavizar el dominio colonial era un paso para la independencia y la República no pretendió nunca la independencia de las colonias africanas. Esto sería consecuencia de la política internacional que España mantuvo. No obstante se hicieron algunos tímidos cambios, empezando por el de autoridades y funcionarios más señalados en Guinea y Marruecos. No todos los cambios fueron oportunos. Por ejemplo, en Marruecos se sustituyeron a los interventores militares del territorio –lo mejor formados de los militares africanistas y los que conocían los idiomas locales- por otros funcionarios que no tenían la preparación suficiente y se aumentó el impuesto llamado tertib que provocó un descontento general. En Guinea se intentó, y subrayo que tímidamente, cambiar algo el régimen de los indígenas. A la colonia tropical llegaron nuevos gobernadores (que yo no eran marinos militares) y algunos funcionarios con ideas nuevas y aires renovadores. Pero igualmente ajenos a la situación de la colonia. En España nunca hubo una escuela colonial en la que se formaran los funcionarios destinados a África. Llegaban allí atraídos por los buenos salarios y la calidad de vida, pero lo desconocían casi todo. No es de extrañar que los gobernadores de Guinea en el siglo XIX, en sus informes, pidieran abandonar la colonia cuando habían sido nombrados para lo contrario. Tampoco es de extrañar que en la bibliografía colonial española no se encuentren obras sobre antropología, etnografía o lingüística. Las pocas que hay son muy tardías.
Durante la II República llegaron a Guinea, como decía, una generación de funcionarios renovadores que plasmaron sus ideas en libros y opúsculos incendiarios. Si en Marruecos no encontramos verdadero anticolonialismo aunque haya antibelicismo, en la Guinea española si vemos un primer anticolonialismo español. Yo diría que el único en cuanto a África española se refiere. Fundamentalmente la crítica a la política colonial se concentra en cuatro publicaciones que enumero:

  1. Misioneros, negreros y esclavos de Emilio Carles (1932).
  2. ¡Esclavos! (Notas sobre el África negra) de Guillermo Cabanellas (1932).
  3. La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo colonial de Francisco Madrid (1933).
  4. Guinea mártir de Miguel Ángel Pozanco (1937).




Emilio Carles no es un anticolonialista declarado, al menos en lo que escribe, pero ataca con dureza la trato al indígena al que se obligada a trabajar y se reclutaba a la fuerza ya que consideraba que era una forma de esclavitud. También ponía su punto de mira en la falta de planes estatales (por ejemplo la educación se dejaba casi exclusivamente a los misioneros) lo que retrasaba el desarrollo de la colonia. El periodista Francisco Madrid se preguntaba si interesaba a la República mantener las colonias o si era una rémora al progreso. Y concluía que tenía dos opciones: o traspasarlas a  otra potencia o cambiar la política colonial. Era un convencido de que la colonia tenía un gran futuro si se cambiaban las estructuras sociales y productivas y confiaba en la labor del nuevo gobernador republicano, Gustavo de Sostoa. Ese gobernador que acabaría muerto en Annobón a manos de un sargento que perdió la cabeza. Pozanco, secretario del Gobierno general al empezar la guerra civil, dirge su censura a los nuevos administradores surgidos tras la guerra. Escribe un apasionado alegato desde su retirada en Camerún, huido para salvar la vida. Son autores que llegaron a la colonia con ideas distintas de las de los viejos coloniales que procuraban que las cosas no cambiaran.
   Pero el más radical de todos fue Guillermo Cabanellas de Torres. Llegó como secretario particular del Gobernador Sostoa. Era hijo del famoso general sublevado en la Guerra Civil y por eso nació en Melilla, sonde su padre estuvo destinado en 1911. Fue abogado y sintió pronto la atracción de la política. Hombre de izquierdas, militó en el bando contrario al de su padre y, terminada la guerra, acabó en el exilio en Paraguay y Argentina. Fue profesor de Universidad, periodista y abogado. Y autor de numeroso obras tanto jurídicas como libros de historia entre los que destacan La guerra de los mil días (1973) o Cuatro generales (1977). Es autor de un opúsculo  -¡Esclavos!- que sorprende por las ideas extremas que defiendo. En España en esa época no había nadie que abogara por la descolonización de Guinea, ni de África. Algunos autores, lo hemos visto, tenían ideas más avanzadas sobre la administración o el trato al indígena y eran muy críticos con la política africana de los gobiernos españoles.  No quería la colonización sino sólo una cooperación cultural y económica. La colonización era un modo de esclavitud. Cabanellas se atrevía a escribir: Va el mundo caminando rápidamente, y los siglos terminan en breves momentos, en los que desaparecen opresores y oprimidos, en una sola masa de hombres, de razas de ciudadanos y camaradas. Pero a ese fin no puede llegarse sin la violencia. La concepción de la violencia como un arma política más que llevó, entre otras cosas, a la guerra civil.

Busto del Dr Cabanellas
en la plazuela del costado Este del Parque España de Tegucigalpa,
entre las avenidas Alfonso XIII y Enrique Tierno Galván.

Cabanellas se sintió atraído por la novela y decidió narrar algunas de sus vivencias coloniales en la obra: La selva siempre triunfa que se publicó inicialmente en Buenos Aires en 1944 y que se reeditó en España en 2009. Pasados los años, Cabanellas no era tan radical y no se ve en la novela los elementos anticoloniales que reflejó anteriormente. Incluso elogia la labor de algunas de las personas que trabajaban allí. En cierta manera, el narrador es el mismo Cabanellas joven que llegó a Fernando Poo y observó muchas cosas que no le gustaron, en especial el trato al indígena. Los resumía en la tragedia de la mujer negra que se educó en Europa, que tenía una cultura superior a la de cualquier blanco, y que era sometía a una segregación mitigada pero que la hacía sentirse diferente. Historia que tenía un origen real y que acabó cuando la cobardía de un blanco que se había prometido con ella impidió la boda. La novela trata de dar una visión totalmente distinta a las novelas de plantación que se publicarán después. Mucho más realista y desprovista del falso pudor y la censura de escritores que le sucederían. Es un libro meditado con un argumento creíble y una fuerte carga de crítica social y política. Libro que pasó muchos años en el olvido, sólo recordado por los aficionados a la historia colonial, y que ha sido reeditado para facilitar su lectura.


Ficha de Guillermo Cabanellas
Centro Documental de la Memoria Histórica,
DNSD-SECRETARÍA,FICHERO,8,C0003368