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domingo, 20 de septiembre de 2026

Magnicidas guineoecuatoriales

¿Recordáis el asesinato del gobernador Sostoa a manos de Restituto Castilla, subgobernador en Annobón? ¿O el del obispo Martínez Izquierdo por el cura Galeote, que fue párroco en Santa Isabel?

Parece que hay algún que otro magnicidio con vínculos ecuatoguineanos...

Tenemos otro más: en febrero de 1950, Gabriel Salvador Fleitas Rouco (alias el Huertas) asesina en México a José Gallostra y Coello de Portugal, que desde junio de 1948 representaba a los intereses de Franco en el país, al frente de una oficiosa misión diplomática.

Félix Arcadia, tercer conde de Altudia, cuarto marqués del Buenrostro, falangista de primera hora, poeta, novelista, periodista y diplomático, le define como "un anormal de gatillo fácil"...  pero ¿por qué le incluimos en el listado de magnicidas guineoecuatoriales? Porque el Huertas nació en Cuba y al poco se trasladó con su familia a Aragón, luego a Fernando Póo y de vuelta a España.

A Fleitas, el golpe de Estado del 36 le pilla en Barcelona, donde se encuadra en unidades anarcosindicalistas hasta el final y luego huye a Santo Domingo y Cuba, en donde estuvo enrolado en la Legión del Caribe contra Trujillo. 

Ariel Marconi, en "Otra época, otros espías" lo cuenta así:

«El representante de Franco en México, asesinado a traición», ésta fue la portada del diario ‘Excélsior’ del 20 de febrero de 1950.

Así, toda España se enteraba de que Franco tenía un representante en México, país con el que no existían relaciones diplomáticas porque no reconocía al dictador Franco como presidente, por lo que no existían en México ni embajada ni consulados españoles.

El título de ‘Excélsior’ también dejaba traslucir que la persona asesinada era representante del propio Franco, y no del gobierno ni del Estado español.

Pero a las pocas horas, estas primeras informaciones llegadas de México empezarán a ser filtradas y el aparato propagandístico de Franco entró en acción.

Al día siguiente, el 21 de febrero, un comunicado oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores decía lo siguiente: Capital, ministro plenipotenciario don José Gallostra y Coello de Portugal, que desde junio de 1948 estaba al frente de la misión diplomática en México».

La situación internacional para España no era la mejor, puesto que no sólo México no reconocía el gobierno de Franco. La Segunda Guerra había terminado hace pocos años, la guerra fría había comenzado, y Franco quería ser aceptado en el bloque capitalista, así el asesinato de Gallostra debía presentarse ante el mundo como una baja en la guerra contra el comunismo.

El palacio del Pardo informó oficialmente de que Gallostra había sido víctima de una confabulación del comunismo internacional, a manos de dos exiliados españoles en México, los diarios ‘Excélsior’ y ‘ABC’ se hacían eco de la versión oficial y la amplificaban, así como otros medios. Si bien la prensa mexicana también notificó el hecho, lo hizo como materia policial, siendo más cauta con las valoraciones ideológicas, aunque algunos medios mexicanos se hicieron algún eco de la versión del gobierno español.

Independientemente de las suposiciones que se hicieron y publicaron en los primeros días, para la mayoría de los mexicanos, la muerte de Gallostra era un incidente provocado por los conflictos entre los españoles en México. En esa época se calculaba que residían en México aproximadamente 20.000 republicanos españoles exiliados del franquismo.

Hay que destacar que los exiliados españoles en México ejercían una fuerte influencia en la opinión pública local, muchos de ellos catedráticos en las universidades, escritores, editorialistas en variadas publicaciones e incluso asesores de políticos mexicanos.

Más allá del verdadero móvil del crimen estaba claro que había alguna intencionalidad ideológica y que el pase de esa factura venía de España. Por estas razones el gobierno mexicano nunca hizo declaraciones oficiales al respecto, todas las acciones eran de carácter policial.

Gallostra era una persona conocida tanto por algunas altas autoridades mexicanas como por varios de los exiliados, nunca intentó pasar desapercibido, por el contrario, quería estar en todas partes.

Al otro lado del Atlántico, la máquina propagandística franquista no descansaba. Cuando el cuerpo de Gallostra llegó a España fue recibido con un impresionante tributo fúnebre, paseado por las calles de Madrid, presentado como un mártir de la patria asesinado por los comunistas españoles a las órdenes de Moscú.

Pero toda esa propaganda franquista no tuvo el efecto deseado en México, la normalización diplomática con la excolonia sólo llegaría en 1977.

Hasta ese momento, y según la versión oficial, amplificada en los medios de comunicación franquistas, Gallostra era un diplomático con experiencia, que había trabajado en embajadas o consulados de distintos países, franquista declarado, y que por orden de éste mismo había llegado a México en 1948 con la misión de restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países.

Pero a medida que las horas, y los días pasaban, se vislumbraba otra historia. La publicación ‘Terra i Llibertat’ era el periódico del movimiento anarquista español cuyo primer número fue publicado en 1888 en Gracia, y tuvo cierta constancia durante un año. Reapareció diez años después como suplemento de la ‘Revista Blanca’. En 1930, ya como semanario, era editado por la Federación Anarquista Española (FAI), y como diario, entre los años 1936 hasta 1939.

En México, los anarquistas españoles exiliados del franquismo publicaron paralelamente un diario con el mismo nombre.

Sobre el asesinato de Gallostra la versión mexicana de ‘Terra i Llibertat’ publicaba lo siguiente: «José Gallostra y Coello de Portugal, camuflado representante diplomático del traidor y asesino Francisco Franco, fue abatido por las balas de un antifascista español. Gallostra y Coello era la punta de lanza en México del régimen tiránico y criminal que impera en España. Un régimen que se implantó gracias a la ayuda de los dictadores Hitler y Mussolini. Un régimen que cuenta con más de un millón de muertos. Un régimen que mantiene en sus cárceles y presidios, cientos de miles de hombres y mujeres que se niegan a pensar en fascista. Un régimen carente del menor respeto para la dignidad humana. Un régimen que ha llevado a España a la más espantosa miseria. Un régimen que día a día asesina de la manera más malvada a todos los antifranquistas que caen en sus garras sangrientas. Un régimen que fusiló al gran poeta Federico García Lorca, que indignó al mundo con la matanza de Gernika, que masacró en la plaza de toros de Badajoz miles de seres considerados como sus enemigos políticos. Un régimen sin más ley que la del crimen cobarde. Un régimen cuya supervivencia es una ignominia y un baldón para el mundo civilizado. Y de ese régimen criminal e indigno era representante José Gallostra y Coello de Portugal.

Gallostra fue asesinado con arma de fuego aproximadamente a las 13 horas del día 20 de febrero de 1950 en la esquina callejera Las Artes e Ignacio Ramírez. En ese local estaba el edificio Hispano-América, donde la víctima tenía sus oficinas. El asesino y un cómplice aguardaron a Gallostra desde aproximadamente las 11.30 horas en esta esquina.

Las primeras informaciones publicadas en los periódicos informan que el asesino y la víctima ya se conocían, y se habían encontrado en el puesto de trabajo de la víctima pocos días antes del asesinato.

Interrogado por la policía local el asesino comenta, según lo publicado en los diarios el pasado 22 de febrero, que disparó a Gallostra a poca distancia, algo más de un metro, dos veces en la cabeza.

Ya ante el juez declara que llevaba la pistola del lado derecho del cinturón y que la cogió con la mano izquierda para despistar a la víctima, y ​​una vez que la misma se desplomó fue rematada en el suelo.

La policía también allanó el domicilio de la víctima buscando pruebas e indicios del móvil. En el local descubrió varios informes producidos por la víctima en los que se comprometían varios españoles residentes en el país y sobre el gobierno mexicano. 





El Diario ‘Cultura Proletaria’, editado y publicado en Nueva York, en su número 1.142 del 1 de abril de 1950 publica en la tapa el siguiente título «DOCUMENTO DE GALLOSTRA QUE LO EXHIBE COMO ESPÍA Y COMO ENEMIGO DE MÉXICO. EL MANUSCRITO OBRA EN PODER DE NUESTRAS AUTORIDADES».

El primer párrafo de la noticia comienza así: «Un documento revelador de las actividades de espionaje que realizaba en México el llamado representante diplomático de Francisco Franco, señor José Gallostra, documento que fue descubierto en la ropa cuando las autoridades se volcaron en la investigación del crimen que fuera víctima hace unos días, fue puesto ayer en manos de los reporteros de la prensa, se trata, al parecer, de un informe confidencial que Gallostra rindió a sus superiores —posiblemente el ministro de Relaciones de Franco.

En otra materia, también de la misma publicación en la página 4, se comentan las actividades antidemocráticas contra los gobiernos de Bolivia y Paraguay ejercida por Gallostra en su paso por las embajadas de los países mencionados, así la participación del mismo en revueltas antidemocráticas en distintos países de Latinoamérica.

También se informa que Gallostra no trabajaba sólo en México «… con él cooperaban otros 27 agentes, y entre ellos un tal Bermejo, que aparece como ‘consejero de la Embajada’, y otro español nacionalizado mexicano, apellido Ibáñez, que actúa en nombre de Cónsul franquista contra todo precepto legal, haciendo uso indebido de su nueva nacionalidad…».

El asesino fue identificado por la policía mexicana como Gabriel Salvador Fleitas Rouco, varón, de 38 años, de nacionalidad española, también conocido como «El Huerta» o José o Juan o Antonio Huertas Trafalgar.

A los pocos días se fue sabiendo más sobre él, tanto por el trabajo de investigación policial como por las publicaciones sobre el tema de los diarios anarquistas.

Gabriel Fleitas era un anarquista que combatió el franquismo en Cataluña, integró los grupos anarquistas de Poble Nou en Barcelona en la década de 1930, fue detenido y torturado por los estalinistas durante los sucesos de Barcelona en mayo de 1937. Estuvo en un campo de concentración en Francia al finalizar la contienda, del que escapó en febrero de 1939 hacia América Latina, comenta la prensa anarquista.

Algunos diarios franquistas también comentan que habría combatido en la 26ª división roja, mandada por Durruti en el frente de Madrid.

Perseguido por el franquismo parte para el exilio, antes de llegar a México habría integrado la llamada Legión del Caribe, organización que actuó contra el régimen del general Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana.

El diario ‘Terra i Llibertat’ publica el mismo mes de febrero de 1950, en su ejemplar número 109:

«COMUNICADO URGENTE A TODOS LOS COMPAÑEROS Y A TODOS LOS HOMBRES AMANTES DE LA LIBERTAD. Los asesinatos que sin interrupción viene perpetrando el falangismo en el interior de España con el beneplácito de las pseudodemocracias han tenido la respuesta que merece. Primero en Génova y Roma (Italia), los anarquistas pusieron de manifiesto su protesta asaltando a los consulados falangistas. Ahora ha sido en México. Un compañero, Gabriel Salvador Fleitas Roucos ha abatido a tiros al agente de Franco, José Gallostra, que en misión especial recorría toda Latinoamérica para cohesionar con más empuje el falangismo español en estos países. La campana de escándalo y de injurias que realiza la «gachupinada» por irradiación de determinados diarios de esta capital, evidencia el interés inaudito de hundir para siempre al compañero que ha reivindicado a los incontables antifascistas que cada día caen por las calles de pueblos y capitales de España. Por tanto, a reivindicar por nuestra parte como antifascistas, el acto llevado a cabo por el compañero Fleitas, es necesaria la más amplia solidaridad por parte de todos los que aún no han cometido la vileza de esperar que Franco se perpetúe en el poder asesinando a los que no se arrodillan ante la cruz y la espada».

El proceso penal contra Gabriel Fleitas avanzaba y también los gastos de la defensa, por esta causa el día 10 de octubre de 1950, en su ejemplar número 116, el diario ‘Terra i Llibertat’ publica el siguiente texto en la tapa y con el destacado: ¡SOLIDARIDAD! Una de las virtudes que siempre han caracterizado a los hombres del movimiento libertario y anarquista es su elevado concepto de la solidaridad. Solidaridad moral y material para quienes en la lucha diaria contra el despotismo imperante son abatidos por la adversidad. Solidaridad con los que no han perdido uno de los atributos más generosos del ser humano: la ayuda desinteresada a quien esa ayuda merece. Gabriel Fleitas espera en la Penitenciaria de México la decisión de los tribunales que deben juzgarle por su acto justiciero al matar al agente de Franco en este país. Las fuerzas fascistas intrigan y nos desvelamos porque nuestro compañero acabe sus días en un presidio. Se sabe a la vez de un criminalista enviado por el tirano íbero que actuará como asesor de la parte acusadora. ¡y a Fleitas hay que salvarlo! Su proceso debe ser otro eslabón del proceso al fascismo español. Al dinero de la tiranía es necesario oponer la ayuda de los amantes de la libertad. ¡Solidaridad para Fleitas Rouco! ¡SOLIDARIDAD!

Ya para esa fecha estaba claro que el asesino no era comunista, y nunca existió móvil internacional ni complot, por el contrario, los medios anarquistas que auxiliaban a Gabriel Fleitas siempre habían sido muy críticos con el comunismo.

Gabriel Fleitas es condenado a 16 años por el asesinato de Gallostra que deberían ser cumplidos en la Penitenciaria Federal de México. Cinco años después, ya confirmada su condena, se dispone su traslado al Complejo Penitenciario Federal de las Islas Marías, y precisamente el día 1 de mayo de 1955, fecha especial si existe para los anarquistas, Gabriel Fleitas escapa de la penitenciaria, con la ayuda de Antonio Aguilar Herrero. Dos guardias del penal fueron detenidos, pero nunca se supo cómo Gabriel Fleitas literalmente «desapareció» de la Penitenciaria Federal.

viernes, 1 de agosto de 2025

La (casi) revolución

¿Recordáis los videos de Monanga Bueneke sobre vestigios de la guerra civil española en el territorio Ecuatorial?

En el canal La Historia de España - Memorias Hispánicas, David Cot te cuenta sobre los convulsos años 30, y cómo sobre "la historia de Restituto Castilla, un guardia civil idealista y con delirios de grandeza que trató de revolucionar en solitario el territorio más remoto y desatendido de la España republicana, la isla de Annobón".

Alerta de spoiler: al final, Gustavo de Sostoa Sthamer, gobernador general de los Territorios de España en el Golfo de Guinea pierde la vida en la isla de Annobón en 1932, asesinado por el sargento de la guardia colonial Restituto Castilla González. 

En memoria del gobernador se levantó una cruz en la plaza, que se mantiene hasta el día de hoy. Tras la caída de Bata, la isla de Annobón permaneció varios meses olvidada por todos, siendo en la práctica el último territorio africano leal al gobierno republicano.

Finalmente, la autoridad franquista de Santa Isabel reclamará la adhesión al golpe de Estado también de esa isla, y la cruz del gobernador será resignificada por años como monumento a los caídos franquistas en la guerra civil. Permanece actualmente anodina, desprovista de otro valor que no sea religioso o puramente ornamental.

Puedes ver el video completo en  El guardia civil que (casi) revolucionó Annobón.


Sobre Restituto Castilla tenemos algún otro recorrido en este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel:

lunes, 25 de julio de 2022

El cura Galeote

Recreación del asesinato del
obispo Martínez Izquierdo.
¿Recordáis el asesinato del gobernador Sostoa a manos de Restituto Castilla?

Es una historia vieja, pero no fue el primer magnicidio vinculado al territorio ecuatorial.

Os rescatamos la historia del cura Galeote, que fue sacerdote castrense en Fernando Poo, y el asesinato del obispo Martínez Izquierdo, primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá:
El presbítero Cayetano Galeote Castillo, por motivos que iremos viendo y estudiando, el día 18 de abril de 1886, Domingo de Ramos y cuando entraba en la Iglesia Catedral de San Isidro de Madrid, para celebrar la misa solemne, se dirigió a él con el templo abarrotado de fieles y le disparó tres tiros de revólver a quemarropa por la espalda, exclamando: "¡Ya estoy vengado!". Seguidamente trató de suicidarse disparándose con la misma arma, lo que pudieron impedir los que le rodeaban entregándole a los inspectores de policía que le llevaron a la Prevención de la Calle de Juanelo, teniéndole que arrancar de las manos del público que le quería linchar.
Dos médicos que se encontraban en la iglesia dieron una primera asistencia a Monseñor Martinez Izquierdo para después ser revisado por los Dres. Creus, Cárceles, Bueno y Moreno Pozo que le practicaron la primera cura.
Según observaron estos facultativos "el Obispo presentaba una herida en el hipocondrio derecho, habiendo atravesado la bala el borde inferior del hígado, lesionando o produciendo conmoción en la médula, a juzgar por las falta de movimiento de los miembros inferiores y carencia en ellas de sensibilidad. La falta de paralelismo de los bordes del trayecto de la herida hizo infructuosa la exploración con el estilete, ignorándose realmente la implantación y hasta la dirección del proyectil.
"Además, presentaba otra herida en el muslo derecho, entrando el proyectil por la aparte posterior, siguiendo la dirección de abajo arriba y de atrás adelante, quedando implantado en la parte anterior del muslo, el cual se extrajo haciéndole una incisión de 4 cm de longitud por un centímetro de profundidad.
"En el brazo derecho presentaba una contusión. No perdió el conocimiento en ningún momento ni exhaló una sola queja durante las operaciones que sufrió."
El canario Benito Pérez Galdós le dedicó una serie de artículos recopilados en el libro "El crimen de la calle Fuencarral. El crimen del cura Galeote". Éste, tras visitarle dirá de él que «Galeote parece una fiera enjaulada, balanceándose con un movimiento semejante al de los cuadrúpedos aprisionados».

Pero ¿quién era el cura Galeote?

Su historia está documentada por el de Museo de Antropología Médico-Forense Paleopatología y Criminalística en el portal del panameño Instituto Conmemorativo Gorgas, entre los artículos dedicados a la temática del magnicidio:
El cura Galeote en el manicomio de Leganés
(Heraldo de Madrid, 15/2/1912).
Era natural de Vélez Málaga, provincia de Málaga, donde vivían sus padres con otros seis hijos. Cuando cometió el atentado contra el Obispo, Monseñor Izquierdo, tenía 47 años, era delgado, alto de color cetrino. Ya desde niño tuvo un carácter irascible, quizás procedente de un defecto físico que tenía. Era sordo por haber padecido otitis bilateral que en aquellos tiempos no podía ser debidamente tratada y le dejó con una audición muy escasa. A pesar de todo, terminó su carrera sacerdotal, siendo destinado a Madrid donde estuvo en diversas iglesias. Marchó luego a Puerto Rico donde vivió cinco años. También fue cura castrense en Fernando Poo.
El año 1880 regresó a Madrid en compañía de su ama, Doña Tránsito Durda y Cortés de 33 años, natural de Marbella a la que llamaba "sobrina" y con la que vivía amancebado.
Desde 1884 Galeote estuvo adscrito a la Iglesia de la Encarnación con un sueldo de 2.50 pts por decir misa.. En 1881 pasó a la capilla de los Irlandeses con 3 pts de sueldo y más tarde a la capilla del Cristo de la Salud donde cobraba 18 reales diarios. Los frecuentes cambios de Parroquia se debían a dos motivos: quería ganar más y chocaba por su carácter con sus colegas. En cierta ocasión encontrándose en una barbería, como alguien intentó llevarle la contraria en lo que se comentaba le quiso tirar por la ventana.
Desde 1880 a 1884 su domicilio fue cambiando desde la calle de La Abada, calle del Reloj, calle Mayor y por último en el Arco del Triunfo nº 61, siempre acompañado de su "sobrina", que era quien figuraba como la inquilina y el huésped o pupilo era el Cura Galeote. Por motivos de su genio, se dejó crecer la barba y el pelo enmarañados hasta el día que cometió el atentado en que se afeitó.
El Progreso de Santa Cruz de Tenerife, 7/06/1906
El Obispo de Madrid-Alcalá D. Narciso Martínez Izquierdo, primer Obispo de Madrid-Alcalá había nacido en Rueda, partido de Molina de Aragón, diócesis de Sigüenza el 129 de octubre de 1831, muriendo en Madrid el 19 de abril de 1886. Fueron sus padres D. Andrés Domingo Martínez Vallejo y Doña Angela Izquierdo, modestos labradores. Estudió en el Colegio de Molina de Aragón y luego en el Seminario Conciliar de Sigüenza y más tarde en la Universidad de Madrid hasta alcanzar el grado de Doctor en Teología. Siendo estudiante aún, desempeñó en Sigüenza una Cátedra de Lengua griega y más tarde fue Catedrático de Religión y encargado de las Biblioteca de Sigüenza.
El 1º de abril de 1857 fue ordenado de Presbítero y en 1864 obtuvo por oposición una Canonjía Penitenciaria en la Catedral de Sigüenza. Más tarde hizo oposiciones a la Canonjía Magistral de la Metropolitana de Granada siendo nombrado Arcediano desempeñando interinamente la Secretaría del Arzobispado de Granada, encargándole el Arzobispo la dirección del Seminario Central de la Diócesis y luego el Arcedianato de la Catedral.
En 1871 fue elegido Diputado por la primera vez por el Distrito de Molina de Aragón, tomando asiento en las Cortes durante el periodo revolucionario, figurando en el grupo de los carlistas.
Reelegido en las Cortes de 1873, siendo Castelar Presidente de la República, le propuso para Obispo de Salamanca, siendo preconizado el 2 de enero de 1874, y consagrado pocos días después el 31 de enero en la Iglesia de la Encarnación. El 21 de febrero tomó posesión de su Obispado y en 1876 fue elegido Senador por la provincia de Guadalajara, participando activamente en el Proyecto de la Constitución de 1876.
La provincia eclesiástica de Valladolid le eligió de nuevo en 1881, combatiendo la Ley del Matrimonio Civil, retirándose como protesta del Senado después de haber pronunciado un excelente discurso. Fue un gran orador, aunque la política no le agradó nunca. Protegió a las Ordenes religiosas de su diócesis, implantando la disciplina eclesiástica que estaba muy relajada, y restauró los edificios religiosos como la catedral y el Seminario.
La implantación de la disciplina eclesiástica le acarreó muchos enemigos. Fueron tales sus méritos y su carácter y virtudes que fue propuesto para la nueva diócesis sufragánea de Madrid-Alcalá, donde implantó en el clero una fuerte disciplina.
Cuando la epidemia de cólera de 1885 hizo una excelente labor visitando y ayudando a los enfermos coléricos de las barriadas más pobres y ayudándoles económicamente.
Y el día 18 de abril de 1886, festividad del Domingo de Ramos, cuando subía las escaleras de la Catedral de San Isidro, recibía la muerte en forma de tres disparos hechos por la espalda de manos del Cura Galeote.
El asesino tuvo que ser aislado porque el pueblo quería hacer un escarmiento en él. Fue trasladado a la Cárcel Modelo donde ocupó la celda nº 11. Desde el principio se negó a comer y beber, tomando sólo tazas de café, lo que le produjo una mayor agitación.
El Juzgado se presentó en la casa donde habitaba Galeote donde hizo un minucioso registro en el que colaboró el ama Doña Tránsito con las autoridades. Doña Tránsito Durdal y Cortés era una mujer de buen aspecto, de 36 años, alta, ligeramente gruesa, ojos grandes, negros como el pelo, labios gruesos y abultados. La casa estaba alquilada a su nombre, pequeña y pobremente amueblada. Doña Tránsito se sobresaltó cuando el Juzgado se incautó de un retrato de ella que figuraba en un álbum al lado de otro del presbítero.
El Obispo no había muerto, pero estaba ya en su casa donde empeoraba por momentos. Había recibido las condolencias del Gobierno, Ministros, altos funcionarios y un enviado de la propia Reina. Viendo su muerte cercana pidió a su confesor que le escuchara en confesión. Perdonó a su asesino de todo corazón. El Nuncio le envió la bendición de S.S. el Papa y a su lado permanecía el Cardenal Arzobispo de Sevilla. Cuando llegaba el Nuncio para darle la bendición papal, expiró dulcemente al tiempo que el Cura de Sta. Cruz rezaba las últimas preces. Así fallecía al día siguiente del atentado, el 19 de abril de 1886.
El Proceso (Puede verse en la Gaceta de Juzgados y Tribunales)
El Fiscal D. Luis Lamas Vázquez Varela, presentó dos cartas que el cura Galeote había dirigido al periódico El Progreso en las que manifestaba su sincero arrepentimiento por el mal que había hecho. El Abogado defensor presentó un testigo que había conocido a Galeote en Puerto Rico y que aseguró "que había presenciado en Galeote accesos de locura positiva, real y manifiesta".
Galeote pidió que se le permitiera permanecer cerca del Relator durante la lectura del proceso porque era bastante sordo. El Fiscal presentó una serie de cartas dirigidas por Galeote al Obispo y a D. Nicolás Vizcaíno, Rector de la Congregación de la Capilla del Cristo de la Salud, a la prensa y a algunos Ministros. En ellas reclamaba que el Rector P. Vizcaíno comenzó a manifestar por él cierta frialdad y no le saludaba. Y un día le dijo que podía marcharse, lo que el reo consideró una injusticia y una ofensa a su honor. Reclamó al Obispo y éste no le hizo mucho caso. Pensó entonces disparar contra el P. Vizcaíno, pero al considerar que el Obispo no le había tratado como le correspondía, decidió disparar contra él.
Al preguntarle el Fiscal dónde había conseguido aquel revólver, contestó que en Puerto Rico donde se lo había comprado a un amigo que se encontraba necesitado.
Después de la lectura del Sumario, el Fiscal formuló su escrito de calificación que resumimos:
"Los hechos que se han relatado constituyen los delitos de asesinato y atentado. El acusado ha tenido en estos hechos la participación de autor. Concurriendo la circunstancia calificativa de alevosía y la agravante genérica de premeditación, sin ninguna atenuante ni menos eximente. Por tanto, el procesado D. Cayetano Galeote ha incurrido en la pena de muerte".
El Interrogatorio del procesado
"D. Cayetano Galeote Cotilla, de 47 años de edad, célibe, nacido en Vélez Málaga, provincia de Málaga, con domicilio en unas casa de huéspedes en Mayor nº 61. Hacía seis años y medio que vivía en Madrid. La dueña de la casa donde vivía se llamaba Doña Tránsito Durda y Cortés, a quien conoció en Málaga y se vino aquí por no poder ganarse la vida. "Yo la conocí y me convenía vivir en casa de ella porque me asistía muy bien".
"Cuando llegué a Madrid, dice Galeote, empecé a decir misa en la Capilla del Santísimo Cristo de San Ginés. Allí me daban dos pesetas por cada misa, como a todos los sacerdotes forasteros y transeúntes. Así estuve cuatro años. Estaban conmigo muy contentos y satisfechos, no solamente porque cumplía con exactitud, sino porque me tenían siempre dispuesto a asistencias gratis. De esta manera vivía bien, porque estaba libre e independiente. El P. Vizcaíno era el Rector con quien me llevaba bien, incluso me prestó 50 duros para socorrer a mi familia cuando hubo un terremoto. Luego hubo varios incidentes cuando me quitaron la misa. Aquello fue una bofetada para mí. Ví mi honra y dignidad hollada porque no se me daban explicaciones sobre mi separación. Yo le pedí una orden por escrito para quejarme a mi Prelado. Fui a ver al Señor Obispo explicándole que tenían el propósito de echarme de la Capilla. Advertí que diría misa en el Altar Mayor o promovería un escándalo.
"Tuve la idea de darle un tiro al P. Vizcaíno. Pero como el Obispo no me hizo caso, le hice responsable a él, así que me fui del Norte con mi revólver a ver si pasaba el coche en que iba el Obispo. Pero no le encontré. Llegó el Domingo de Ramos y me fui a la Catedral. Llegó el Obispo, me apoyé en una columna, aparté a la gente, saqué el revólver y sin apuntar, pin...pin...pin, le disparé por la espalda. Luego me quise matar con el mismo revólver, pero me cogieron por los brazos y me llevaron a la cárcel."
Insistió el Fiscal y le preguntó: "¿Por qué ha matado Usted al Obispo, cuando el resentimiento era contra el P. Vizcaíno?"
A lo que contestó Galeote: "Porque ya el Sr. Vizcaíno no tenía nada que ver ni era responsable de nada. El responsable era el superior, porque en sus manos estaba el asunto de mi honra... Me trató como a un perro...Yo quería ser atendido".
Preguntó el Fiscal si había tenido remordimientos. Galeote contestó: "No, no he tenido remordimientos". Esa misma pregunta le hizo el abogado defensor D. Rafael Villar y Rivas, y le contestó: "Cuando divisé el coche, como arrastrado por una fuerza irresistible, me abrí paso, llegué hasta el Obispo y disparé sobre él maquinalmente dos o tres veces sin advertir lo que pasó después".
Intervención de los médicos forenses
Los médicos forenses que hicieron la autopsia del Obispo fueron el Dr. Gregorio Sáez Domingo, el Dr. Bibiano Escribano y el Dr. Joaquín Sicilia que presentaron el siguiente informe:
Después comparecieron los Drs. D. León Corral y Maestre, D. Manuel Fernández Cárceles, D. Francisco Blanco y D. Adolfo Moreno Pozo.
El Dr. Corral dijo que se hallaba ándose cerca de la Iglesia de San Isidro cuando se oyeron los tiros. Le dijeron que estaba herido el Obispo, al cual atendió como médico auxiliándole en los primeros momentos hasta que llegó el Dr. Moreno Pozo a quien como médico de la casa, cedió el puesto.
El Dr. Corral consideró que la herida parecía grave, pero no mortal de necesidad. Las otras heridas parecían graves, la que afectó a la médula también era grave. Había producido una paraplejia. Hubo hemorragia interna que no se pudo detener en aquel momento.
Luego hubo una discusión entre los médicos sobre el tratamiento que siguió.
Seguidamente intervino otro testigo, el perito armero Leoncio del Caño que confirmó que el revólver que se le presentaba era el mismo que él había estudiado. Tenía tres balas cargadas y tres descargadas.
En relación con la distancia a que fue descargado calcula que fue a bocajarro por el agujero que tenía en la capa pluvial, por ser ésta de seda, cuya tela opone resistencia. Por lo de más el revólver podía alcanzar lo mismo a diez o doce metros.
Siguen otros testigos; D. Manuel López Oliva que presenció el suceso declarando que fueron tres tiros y que el Obispo estaba en la escalera. El policía urbano Mariano Miguel que ayudó a detener a Galeote y que evitó que la multitud le linchara. Le ayudó Julián Hernández, otro guardia de Orden Público que iba detrás del Obispo sirviéndole de custodia.
El Secretario del Obispo declara que estaba en la puerta con la Comisión del Cabildo para recibir al Prelado. Oyó los disparos, vió al Obispo tambalearse. Corrió en su ayuda, pero ya había personas que le estaban cuidando. Conoció a Galeote por haber conversado con él en el Obispado. Galeote fué por el tema que había hablado con el Obispo sobre su entrada en la Capilla del Santísimo Cristo de la Salud. Parece que el Sr. Vizcaíno no quería admitirlo en la capilla. Había hablado con Vizcaíno interesándose por Galeote y éste le dijo que no convenía por su carácter. Como llevaba muy poco tiempo de Secretario, no pudo conocer muy bien el problema de Galeote. El carácter de Galeote había sido ya observado por otras personas y todos coincidían en que era violento. Había oído a algunas personas que Galeote estaba loco. Galeote le había dicho que sólo servía para Sacristán. También había escrito algunas cartas amenazadoras al Obispo. Siempre tenía palabras de conmiseración para él. Cree el Sr. Almaraz que Galeote no está cuerdo al actuar como lo hizo.
Otro testigo, D. Enrique Perchín auxilió al Obispo. No puede añadir más. La declaración del P. Gabino Sánchez, Confesor del Obispo, hombre de 77 años, pequeño de estatura, con barba blanca, despertó muchas simpatías. Dijo que le apenaba mucho la muerte del Obispo pero también ver a un sacerdote en el banquillo de los acusados. Ignora si Galeote ha padecido accesos de locura. El había hecho gestiones a favor del acusado para que lo repusieran en la Capilla del Santísimo Cristo de la Salud. Recibió de él una carta pidiéndole colocación. Termina diciendo que si Galeote se hubiese dirigido al Obispo de otra manera, le habría atendido.
Declara el Presbítero D. Francisco Hernando Bocos y dice que conocía a Galeote por haberle ofrecido un trabajo en la Iglesia de Cuatro Caminos, pero lo rechazó porque era sordo. Tenía un carácter fuerte y el Obispo ya se lo había advertido diciéndole que tratase de "encauzarlo".
Declaran varios Presbíteros y todos coinciden en que Galeote era "nervioso" e "irritable".
D. Jaime Agustí que le había conocido en Puerto Rico y que le había visto en Madrid con barba le había recomendado que se la quitara. Le recomendó al Obispo pero éste le dijo que estaba loco, no eras bueno para decir misa.
Después declaró el P. Vizcaíno, clérigo joven de 34 años, Rector de la Capilla del Cristo de la Salud en la Plaza de Antón Martín, junto a la Iglesia de San Juan de Dios. Dice que le había admitido en marzo de 1884 para decir misa. Lo hacía puntualmente. Un buen día recibió una carta en la que le decía que estaba enojado con él y que no iría al día siguiente. Llamó a otro cura. Y se presentó Galeote y le dijo diciéndole de muy malos modos que él iba a decir la misa. Le dijo que se marchase y se puso hecho una fiera, diciéndole palabras ofensivas. La Congregación decidió que Galeote no recibiese estipendios. Resumiendo, dice el P. Vizcaíno que la conducta de Galeote es anómala y sus repetidas amenazas le hacían peligroso.
Cuando declaró Doña Tránsito hubo un fuerte murmullo en la sala. Declaró que vino a Madrid concertando con Galeote que sería su pupilo y pagaría él los gastos. Confirma que tenía mal carácter y era sordo por lo que ella tenía que traducirle cuando alguien venía. Confirmó que se ofendió por lo que le hizo Vizcaíno. Cuando estaba arrebatado, ella procuraba calmarle. A veces le parecía que estaba loco. A la pregunta del Fiscal de qué hacía para calmarle, contestó: "Le calmaba dándole lo que él deseaba" (El público estalló en risas estrepitosas, lo que obligó al Presidente D. Juan Manuel Romero a dar un fuerte campanillazo). El propio Galeote le dijo varias veces que "estaba loco". Se enteró de la muerte del Obispo cuando esperándole para almorzar, se presentó un guardia que venía de la Cárcel Modelo a la que había sido llevado Galeote y le dijo que quería que fuese. Había estado muy nervioso durante varios días, llorando y entrando y saliendo de casa. Cuando el guardia le dijo que había matado al Obispo no loe podía creer.
Mientras tanto, Galeote en el banquillo de los acusados había interrumpido tantas veces al Fiscal, y a los testigos que el Presidente del Tribunal le había llamado la atención repetidas veces amenazándole con hacerle salir de la sala. Al oír esto, exclamó con voz fuerte: ""¡Protesto, protesto, no me dejan hablar, yo quiero contender con ellos. Esto no me gusta. Esto es una pantomima!". Mientras declaraba Doña Tránsito, el Cura Galeote se volvió a los periodistas y les dijo: "¿"Qué tal pico tiene Doña Tránsito, eh?".
El Sr. Malagarriga, Redactor Jefe de "El Progreso" afirmó que de sus conversaciones con Galeote dedujo que estaba Loco.
El Sr. D. Antonio María de Prida, Magistrado del Supremo y Presidente de la Congregación del Santo Cristo de la Salud, señaló que los motivos de disgusto entre el cura Galeote y el P. Vizcaíno es que éste no le había saludado en varias ocasiones.
Al escuchar la lectura de alguna de las 24 cartas que se presentaron como pruebas en las que se mencionaba a su padre prorrumpía en sollozos gritando: "¡Señor Presidente, Sr. Presidente!, ¡Justicia, Justicia! ¡Pobre padre mío!". El Presidente trató de tranquilizarle.
Entre los testigos que presentó la Defensa, uno de ellos fue José María Palacios, presbítero y condiscípulo de Galeote señaló que desde niño Galeote tenía un carácter muy raro y cierta incoherencia en sus facultades mentales. Tuvo un hermano que enloqueció y murió loco y una hermana también loca.
D. Salvador Padilla de Vélez Málaga declara que varios sacerdotes compañeros de Galeote, le dijeron que estaba "chiflado".
D. Eduardo Moreno, Comandante de la Guardia Civil, nacido en Vélez Málaga, conocía a Galeote hacía muchos años, aunque también hace muchos años que no le ve. Unos sacerdotes compañeros de él le dijeron que se había dejado la barba, andaba de paisano y tenía alterada la razón. Tenía dos hermanas con la razón perturbada.
Declaró la hermana de Galeote Doña Ana Galeote Cotilla, que iba de riguroso luto, y al ver a su hermano intentó abrazarle, pero éste la rechazó diciendo: "¡Quita! ¡Quita!". Para que el reo no pudiera oir su declaración, se acercó al estrado. Dijo que su hermano tuvo siempre mal carácter, se irritaba por cualquier contrariedad. Sin embargo, todos los ahorros que trajo de Puerto Rico que fueron 40.000 reales los repartió entre la familia quedándose sin nada para él. En la familia un hermano había muerto demente. El mayor estaba loco y había varios epilépticos en la familia. Fue ella quien aconsejó a Doña Tránsito acompañar a su hermano a Madrid para cuidarle habiendo quedado huérfana y sin familia. Sufrió un síncope emocionada Doña Ana. Al verlo Galeote, exclamó: "¡Ahora sí que mataba yo aunque fueran 14 Obispos!".
Comparece otro hermano de Galeote vestido de Guardia Civil. Declaró que un hermano suyo murió loco y otros dos hermanos y hermana están medio locos. Su hermano el cura siempre tuvo carácter brusco, sobre todo desde que padeció unos "derrames de sangre". Doña Ana había dicho que arrojó sangre por la boca.
Fue llamado como testigo D. José Navarrete, médico residente en Vélez Málaga que había enviado al periódico "El Progreso" un comunicado sobre la salud del Cura Galeote y las influencias que las enfermedades habían podido tener en la alteración de sus facultades mentales.
D. José García, Capitán de Caballería, cuyo uniforme viste, declara que conoce a Galeote desde la infancia. Que cuando regresó de América dio todo su dinero a la familia. Su hermano Gabriel estaba loco y Daniel murió demente. Un individuo de la familia por parte de madre está en estado de "idiotismo" y le llaman "El tonto Cotilla".
Reanudada la sesión el 4 de octubre de 1886, Galeote abandonó precipitadamente su asiento y con un papel en la mano exclamó con fuerte voz: "¡Protesto contra todo!" y seguidamente dio copia a todos los periodistas de su protesta. En ella exponía su deseo de aclarar muchas cosas, de carearse con los testigos y dejarle hablar para explicarlo todo.
El Presidente le ordenó que se calmase y se sentase.
A continuación presentaron sus informes los médicos psiquiatras, el primero fue el Dr. Luis Simarro Lacabra. Tenía una gran experiencia en este tipo de informes primero por ser Jefe Facultativo del Manicomio de
Leganés y después por su práctica ya que había intervenido en numerosos
Juicios estudiando a criminales o presuntos criminales. Había estudiado en París con el gran psiquiatra y neurólogo Charcot. Sus informes médico-legales eran verdaderas piezas extraordinarias no sólo por la profundidad de sus conocimientos sino por la meticulosidad de sus estudios. Aquí tenemos una muestra de lo que era capaz de hacer, en este caso sobre la mente del Cura Galeote. Es una auténtica joya de la Psiquiatría Forense.
Seguidamente presentó su informe el Dr. Escuder que tiene un gran interés antropológico, siguiendo las directrices de aquella época. Y a continuación el informe del Dr. Vera, otro de los psiquiatras que estudiaron el caso Galeote.
A continuación declararon dos peritos forenses, el Dr. Lozano Caparrós que no estuvo de acuerdo con los psiquiatras afirmando que Galeote era un apasionado, pero no un loco. Por su parte el otro perito forense, Dr. Bustamante, que era uno de los forenses más reputados de Madrid durante aquel tiempo, basándose en los signos somáticos y psíquicos dijo que Galeote era "un candidato a la locura", pero dijo a continuación que Galeote "dejó de ser candidato, porque reúne todas los elementos necesarios para dar credencial de loco Pueden figurar entre los que padecen delirio persecutorio y sufre una paranoia primitiva persecutoria que generalmente dan ocasión a los crímenes más horrendos".
El Fiscal, no obstante la exposición de los peritos psiquiatras consideró que Galeote "era responsable". Terminó su discurso diciendo que "calificaba los hechos como constitutivos de asesinato y atentado a la autoridad, con la cualificación de alevosía y la agravante de premeditación solicitando se le impusiera la pena de muerte".
La defensa que hizo Galeote de sí mismo fue algo inenarrable, lloró, rabió, se le salían los ojos de las órbitas, amenazó a todos, en su furia insana se mordía los puños, retorcía sus manos...
El Juez, después de escuchar al Abogado Defensor quien expuso que Galeote era un demente, anunció que estaba listo para sentencia.
La sentencia fue pronunciada el 9 de octubre de 1886: "Pena de muerte". La Sala Segunda del Tribunal Supremo ratificó esta sentencia con fecha de diciembre de 1887 y declaró no haber lugar al recurso de casación.
A pesar de todo fue tal el revuelo que se organizó por la Prensa que se solicitó a la Real Academia de Medicina un nuevo informe que emitió esta Ilustre Corporación el 3 de diciembre de 1887.
Como consecuencia de este informe, Galeote fue declarado loco e ingresado en el Manicomio de Leganés, después de dos años de numerosos incidentes.
Galeote ingresó por lo tanto en el Manicomio de Leganés el 15 de marzo de 1888 y falleció en dicho Manicomio el 3 de abril de 1922. El Certificado de Defunción llevaba como diagnóstico: "Consunción orgánica".
Falta en esta crónica la anécdota de su fuga en 1898, descolgándose por una ventana de manicomio
de Carabanchel, y su posterior detención en la estación del Mediodía, en donde «Galeote habla hecho comprar otro billete de segunda clase para Alicante. Su propósito era dirigirse desde dicha capital a Cartagena, donde debía embarcarse para Orán».
En cualquier caso, este cura castrense de Fernando Poo ha  pasado a la historia como el primer condenado en España a quien conmutaron la pena de muerte por reclusión a perpetuidad en un manicomio. Concluirá Benito Pérez Galdos, que «tenemos pues, a Galeote sometido, no a una corrección penitenciaria, sino a un tratamiento médico. Supongamos que este es tan hábil que el enfermo cura. Pues bien; restablecido Galeote de la enfermedad que le impulsó a dar muerte al obispo, no hay ley ninguna que le pueda retener en la clausura del manicomio (...). A esta serie de consideraciones hipotéticas se contesta que Galeote debe ser encerrado en un manicomio a perpetuidad; pero no hay manicomios penitenciarios. La justicia moderna, aliada con la frenopatía, debe empezar por crearlos. Y si los crea, ¿no es absurdo que se tenga encarcelado a un hombre después de haber recobrado la razón? Si se sostiene la necesidad de los manicomios penales, se reconoce que hubo responsabilidad en el loco que cometió un crimen, pues de otro modo no sería justa la reclusión perpetua».

Sobre el asunto del otro magnicidio vinculado con el territorio ecuatorial, le hemos dedicado anteriormente un par de entradas en este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel:
Sobre el santoral ecuatoguineano, también tenemos un interesante relato.

Y sobre el cura Galeote, ya teníamos una anotación previa en Sombreros de copa en Fernando Poo.

martes, 7 de julio de 2020

El vínculo guineano del atentado a Franco (o tal vez no)

 Monumento en memoria de
Gustavo de Sostoa y Sthamer
en la plaza de Palea.
La historia de Restituto Castilla González no concluye con su fusilamiento el 8 de abril de 1940. Luis Leante la documenta en su novela "Annobón", así como la de su abogado defensor Alfonso Pedraza Ruiz, al que acusaron de comunista tras la guerra civil.


A su vez, Pedraza -siempre según la novela "Annobón"- sería condenado posteriormente a 30 años de prisión por intentar asesinar a Franco, 9 años después (14 de noviembre) de que Restituto Castilla lo hiciera contra el gobernador..., ambos al grito de "¡Ni reyes, ni tiranos!" y con la misma arma: una navaja barbera. 

Aunque el propio Luis Leante advierte que en su relato hay «mucha ficción. Es, como decía, un falso documental o una falsa entrevista. En el cine sí existe algo así. Nos cuentan una historia con apariencia real pero sabemos que nos están engañando. Se trata de jugar con los géneros para construir algo que en realidad no existe, aunque pueda tener apariencia documental. Un juego literario que te permite la novela pero que si fuera periodista no podría hacer jamás. (...) el germen de esta historia, hay muchas cosas autobiográficas. Refleja el proceso de documentación de estos siete años, pero con muchas transformaciones. Y ese descubrimiento que da pie a la historia existió, pero no tiene que ver con Restituto Castillo. Son realidades aisladas que al unirlas se convierten en ficción. De hecho, si cogemos los datos por separado, hay un 80-90% de realidad en "Annobón". Si la miramos en conjunto es una gran mentira, pero si la miramos por piezas son pequeñas verdades».

ZendaLibros facilita las primeras páginas de la novela:
Los nombres del capitán Alfonso Pedraza Ruiz y del sargento Restituto Castilla González no aparecerán nunca en los anales de la historia de España del siglo xx. El recuerdo de la aventura colonial del sargento Castilla y el atentado fallido del capitán Pedraza contra Franco se han desdibujado en la memoria individual y colectiva de la posguerra. Los nombres y las historias de Pedraza y de Castilla aparecen dispersos en informes militares, artículos de prensa, sumarios, cartas, diarios personales, documentos inéditos y testimonios orales. Con la suma de todo, hasta no hace mucho apenas se podía escribir un artículo de poca extensión. Y, en cualquier caso, resultaba difícil establecer la relación entre los dos personajes, que se conocieron en 1939 y nunca estuvieron juntos más de diez minutos seguidos en una sala de visitas y en un despacho de la prisión madrileña de Atocha. 
La historia de Restituto Castilla se parece a grandes rasgos a la de otros militares, funcionarios o aventureros anónimos que marcharon a Guinea en la primera mitad del siglo xx en busca de fortuna o huyendo del infortunio. Y, sin embargo, es diferente porque el resultado de su aventura colonial marcó de una u otra forma la vida de personas que jamás pusieron un pie en África o que, en algún caso, ni siquiera llegaron a conocerlo. 
Restituto Castilla González, sargento de la Guardia Civil, de treinta y cinco años en el momento de los hechos, fue condenado por asesinar en 1932 a Gustavo de Sostoa y Sthamer, gobernador general de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea. El crimen fue celebrado en secreto por unos en la colonia y condenado abiertamente por otros en la Península, donde provocó desconcierto e indignación, en igual medida, entre políticos y militares. Desde que Gustavo de Sostoa fue nombrado gobernador de Guinea y desembarcó en la isla de Fernando Poo, su cruzada contra la corrupción, el esclavismo encubierto, los privilegios y los abusos de poder había generado malestar y recelo entre una parte de la población blanca, acostumbrada a gobernantes sin escrúpulos que adaptaban, interpretaban y cumplían las leyes de manera arbitraria, en beneficio propio y de sus adláteres, en un régimen cercano al clientelismo. 
Según se puede leer en la prensa de la época, Gustavo Tomás María de los Dolores de Sostoa y Sthamer, de sesenta años en el momento de su muerte, soltero, hijo de padre español y madre alemana, educado en el colegio protestante El Porvenir, en Madrid, era un hombre «de gran temperamento y carácter singular», que pertenecía al cuerpo diplomático.
El señor Sostoa y Sthamer encontró la muerte el lunes catorce de noviembre de 1932 en Annobón, una isla de diecisiete kilómetros cuadrados, a tres días de navegación de Santa Isabel. En Annobón vivían entonces cuatrocientos sesenta y cinco hombres y setecientas setenta y cinco mujeres, todos africanos excepto tres misioneros claretianos, un practicante y el delegado del Gobierno –el sargento Castilla, cabo de la Guardia Colonial de facto–, que llevaba en la isla algo más de año y medio. El crimen se produjo en la plaza de la República del pequeño poblado de San Antonio de Palé, que había hecho construir el propio Castilla sobre la playa. La plaza tenía forma rectangular y estaba a unos veinte metros de la orilla del mar. Al anochecer, los nativos organizaron un baile tradicional, el balele, en honor a don Gustavo en su segunda visita a la isla. Cuando el sargento Castilla llegó al lugar, el balele ya había comenzado. El gobernador presidía el espectáculo sentado en una silla de campaña. Faltaban unos minutos para las nueve de la noche, según el sumario. El sargento Castilla se acercó al gobernador con unos papeles en la mano. Quería hablar con él, pero Gustavo de Sostoa le ordenó tajante que tratara cualquier asunto con su secretario. A pesar de la tensión, nadie le dio importancia a aquel desencuentro entre la máxima autoridad y su delegado. El sargento Castilla fingió que se retiraba. Se alejó unos metros, sacó su navaja de afeitar, se acercó al gobernador por detrás, con sigilo. Con la mano izquierda le agarró la cabeza y con la derecha le dio dos tajos certeros en el cuello. Los que estaban junto a Gustavo de Sostoa tardaron en darse cuenta de lo que había ocurrido. En la instrucción del juicio los testigos declararon lo mismo, que oyeron un crujido seco, como si se quebrara una rama; que pensaron que la silla del gobernador se había roto; que su secretario le tendió la mano al gobernador para que se levantara, pero su excelencia no se movió. Y en ese momento, el sargento Castilla comenzó a gritar para que la gente que se arremolinaba en torno al gobernador retrocediera. Gustavo de Sostoa, en el suelo y con el bastón de mando en la mano, no se movía. Según confirmaron más tarde los peritos forenses, en ese momento ya estaba muerto o inconsciente. El sargento Castilla sacó su pistola reglamentaria y disparó dos veces al suelo, contra el cuerpo del gobernador, e hizo un tercer disparo al aire. Y en ese instante la gente corrió en todas direcciones y la plaza quedó casi desierta. En medio de la confusión, el sargento comenzó a lanzar vítores y a gritar frases incoherentes. Según la declaración de los testigos, el massa Castilla gritó «Ni reyes, ni tiranos». El sargento, por su parte, declaró en el juicio que también había gritado «Viva la República», y que él era republicano de los pies a la cabeza. Pero el secretario del gobernador dijo que lo que gritó exactamente fue «Viva la República de Annobón». En lo que sí coincidieron los testigos y el acusado fue en que de inmediato Restituto Castilla clavó la rodilla en tierra y pidió perdón. Luego, el sargento se recompuso, se levantó y ordenó a la escolta del gobernador, formada por indígenas, que se subordinara y se pusiera inmediatamente a sus órdenes. Nadie lo obedeció; al contrario, los guardias corrieron a esconderse en las cabañas, se adentraron en el mar o se metieron debajo de algunos cayucos cercanos. 


Calle de Annobón en 1932.

Llegada de Sostoa a Annobón.

Castilla se dirigió entonces al edificio de la Delegación, donde convivía con la indígena llamada Mapudo Ballovera. En el trayecto, una cuesta empinada de quinientos pasos, se cruzó con un corneta al que obligó a acompañarlo y a iluminar con una lámpara mientras sacaba su mosquetón, dos cajas de munición, las cartucheras, el correaje, el cuchillo-bayoneta, un silbato, los leguis que utilizaba cuando se adentraba en el bosque y un botijo. En ese momento oyó un ruido en el exterior, cargó el mosquetón y salió a la puerta.

Según contó el padre Epifanio Doce al juez instructor, estaban rezando antes de irse a dormir, cuando un criado llegó a la misión gritando que habían disparado contra don Gustavo de Sostoa. El misionero, que no sabía si el gobernador estaba vivo o muerto, decidió entonces bajar a la playa por si necesitaba confesión o auxilio religioso. Al pasar por la puerta de la Delegación vio que el sargento Castilla le apuntaba con el mosquetón y le gritaba algo que no pudo entender. Inmediatamente el delegado disparó contra él, y el misionero echó a correr en dirección a la playa. Después de dispararle, el sargento Castilla se encaminó al bosque, pertrechado de mosquetón y botijo, dispuesto a resistir hasta que el barco del gobernador se marchara. Eso fue lo que le contó al juez. A pesar de su enemistad pública y manifiesta contra el padre Epifanio Doce y los otros claretianos, negó que tuviera intención de matarlo cuando le disparó al padre superior. 
La noticia llegó a las ocho de la mañana del martes quince de noviembre a Santa Isabel. El radiograma que envió el secretario del gobernador desde el vapor Legazpi decía:
  • Asesinado ayer nueve horas noche Gobernador General por Sargento Restituto Castilla, quien redujo gente desarmada a tiros e internóse en el bosque […] trasladándose cadáver a bordo del que se hizo cargo Capitán ordenando embalsamamiento propósito conducirlo a ésa. Particípole autor hecho conocedor Isla puede resistir. Esperamos órdenes urgentes. SOLER.


Inmediatamente se publicó un «Suelto Extraordinario» en la revista de los misioneros hijos del Inmaculado Corazón de María, La Guinea Española, en el que se anunciaba la noticia. Entre otras cosas decía:
  • Numeroso personal, así del elemento europeo como indígena, acudieron al Gobierno para enterarse de la noticia por sí mismo, no queriendo dar por seguro lo que se corría. Las banderas están todas a media hasta [sic] y la impresión en la ciudad es enorme, oficinas y comercio cerrados. La noticia circuló por la población como reguero de pólvora, produciendo una impresión difícil de reproducir. Éste es el tristísimo hecho, que ciertamente sumirá a la Colonia en patriótico sentimiento, al mismo tiempo que levantará en el espíritu de todo ciudadano la más viril protesta contra un tan horrible atentado.

A las once y cuarto de la mañana, trastornado por el cansancio, enfebrecido y en estado de delirio, Castilla salió del bosque mientras hacía sonar el silbato para anunciar que se entregaba. Venía únicamente con el botijo en la mano izquierda y un pañuelo blanco que agitaba con la derecha para hacer ver que se entregaba. El mosquetón y el cuchillo-bayoneta, según declaró al cabo Sanz, que encabezaba la patrulla a la que se entregó Castilla, habían quedado en el bosque, al pie de la palmera bajo la que había pasado la noche.
Además de una pistola Browning fabricada en Lieja, del calibre siete sesenta y cinco, al sargento Castilla le fueron intervenidas cuatro mil trescientas pesetas de los atrasos que cobró dos días antes; un billete de lotería de Navidad que le había comprado al cabo Sanz, con el número 19537; una libreta en la que había redactado a lápiz dos oficios dirigidos a las autoridades, donde confesaba el móvil que lo llevó a cometer el crimen; dos juegos de esposas, un alicate, una navajita, una navaja barbera marca Solingen con mango de caucho negro y un suavizador para la misma.
El cadáver del gobernador viajó durante tres días sobre la litera de un camarote del Legazpi, envuelto en una sábana e hinchado a consecuencia de los líquidos que le habían inyectado el médico y el practicante del barco: ácido fénico cristalizado, alcohol, glicerina neutra y seis litros de agua. En el camarote contiguo, esposado la mayor parte del tiempo, viajaba su asesino. Cuando el vapor-correo llegó a Santa Isabel, hacía horas que una multitud se agolpaba en el muelle para recibir a ambos. Mientras desembarcaban el cadáver del gobernador, las campanas de la catedral tocaban a muerto. Lo condujeron al palacio presidencial en medio del griterío de los niños, que se peleaban para estar en primera fila. Allí dos médicos lo esperaban para hacerle la autopsia y enviar los datos por radiograma a Madrid, donde esperaban la información. Los doctores concluyeron que las dos heridas de catorce y dieciocho centímetros de la región cervical eran mortales de necesidad y que los disparos que recibió fueron efectuados por la espalda a una distancia de cinco metros.
A las pocas horas, antes de conocer el resultado de la autopsia, varios oficiales y suboficiales del ejército brindaban en el casino de Santa Isabel por la muerte del gobernador. Se unieron a ellos unos cuantos funcionarios. Algunos habían acudido al puerto a recibir al Legazpi y asegurarse de que la noticia del crimen era cierta. En el casino se pronunciaron vítores al rey. Al parecer, nadie sabía que el asesino del gobernador era defensor acérrimo de los ideales republicanos, los mismos que defendía el señor Sostoa. 
Mientras tanto, Castilla permanecía en el camarote del Legazpi, porque el único calabozo que había en la capital no reunía condiciones para encerrar al asesino del difunto gobernador. El sábado diecinueve de noviembre el juez instructor de Santa Isabel subió a bordo del Legazpi para tomarle declaración. En el primer momento Restituto Castilla aseguró que no recordaba nada de lo sucedido.
Funerales en Santa Isabel

Cuatro días después, el Legazpi viajó de nuevo con el cadáver del gobernador y de su asesino en dirección a la Península. El siete de diciembre, a las seis de la tarde, hizo escala en Santa Cruz de Tenerife, donde Castilla fue entregado a la autoridad militar y encarcelado en el cuartel de San Carlos. Los únicos civiles a los que se les permitió acercarse a Castilla fueron un periodista y un fotógrafo del diario republicano de Tenerife La Tarde, que inmortalizó el momento en que el cabo de la Guardia Colonial era entregado por el capitán del vapor-correo a un teniente del Regimiento de Infantería n.º 37, cuyo nombre apareció confundido en el pie de foto con el del capitán del Legazpi.
El cadáver del gobernador continuó viaje hasta Cádiz, desde donde fue transportado en ferrocarril hasta Madrid. Fue enterrado con honores militares el once de diciembre de 1932 en la Necrópolis del Este, el actual cementerio de la Almudena. A su entierro acudieron autoridades políticas y militares, entre las que se encontraba el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, con quien Gustavo de Sostoa había mantenido una relación personal desde hacía más de treinta años. Las noticias que se publicaron en la prensa a modo de crónicas resultaban contradictorias. Algunos medios hablaban de «crimen de carácter político». Para unos Castilla era un republicano que había actuado movido por un elevado sentido del honor y el deber; para otros era un reaccionario que se había rebelado contra la República por considerarla dañina para España y sus tradiciones. Unos y otros retrataban a Castilla como un hombre cegado por la ambición y el poder, una víctima de las enfermedades tropicales, de la soledad y del exceso de ocio que generaban un ambiente propicio para el «arrebato y desvarío mental». Unos lo definieron como comunista, otros como conservador, y la mayoría como un loco. 
El recuerdo de Restituto Castilla se fue diluyendo en el tiempo, hasta su juicio en Gran Canaria en junio de 1934. Apenas los diarios ABC y La Vanguardia se interesaron ya por la noticia. Restituto Castilla González fue expulsado de la Guardia Civil y condenado a ocho años de prisión, de los que cumplió cuatro años y cinco meses en el penal del Puerto de Santa María. Se benefició de la amnistía política que el Gobierno del Frente Popular promulgó en febrero de 1936. Regresó a Madrid en el mes de marzo. Tres años después, cuando las tropas de Franco entraron en la capital, fue detenido y juzgado en consejo de guerra por adhesión a la rebelión militar y por pertenecer al Partido Comunista. Para entonces nadie sabía ya quién era Restituto Castilla, excepto el capitán que debía defenderlo en consejo de guerra, Alfonso Pedraza Ruiz, cuyo destino quedó marcado por aquel encuentro fortuito en las dependencias de la cárcel de Atocha. 
Cuando al finalizar la guerra civil al capitán Pedraza le tocó defender a Restituto Castilla, la historia, la cara y el nombre del sargento no le resultaban en absoluto desconocidos. Alfonso Pedraza había seguido por la prensa, años atrás, las circunstancias de la muerte del gobernador de Guinea y de su presunto asesino, el sargento Castilla. En la fecha en que se produjo el crimen, noviembre de 1932, Alfonso Pedraza tenía veintinueve años y ejercía de abogado en su ciudad natal, León, a la vez que preparaba las oposiciones a judicatura. Estaba casado y tenía una hija de dos años. Pedraza apenas conocía nada de la Guinea Española, excepto algunas particularidades de la legislación colonial que había estudiado en la carrera de Derecho; pero la noticia de la muerte de Gustavo de Sostoa y Sthamer, de quien el suegro de Pedraza no tenía buen concepto, despertó inexplicablemente su curiosidad y su interés. Habría sido lógico suponer que la curiosidad de Pedraza por aquel crimen estuviera motivada por el cariz macabro del delito, o por los motivos por los que aquel sargento de la Guardia Civil había asesinado a sangre fría al gobernador. También habría sido posible que su interés estuviera en el aspecto técnico del proceso. En cambio, lo que parece más probable es que, al ver en la prensa la fotografía del presunto asesino, Alfonso Pedraza reconociera, o creyera reconocer, al hombre que miraba impasible a la cámara -ojos pequeños y muy vivos, ligeramente entornados, como si tratara de leer el pensamiento del fotógrafo-, y reviviera un incidente de juventud, en sus años de estudiante de Derecho en Madrid, cuando se libró in extremis de ingresar en los calabozos del cuartel de la Guardia Civil del paseo de Extremadura. Sea como sea, cuando Alfonso Pedraza desmanteló su casa de León para marcharse con su familia a Madrid, en el traslado se llevó con él la carpeta en la que había guardado los recortes de prensa del asesinato y del proceso judicial de Restituto Castilla. 
Alfonso Pedraza había solicitado su incorporación al ejército al comienzo de la guerra, antes de que lo movilizaran, y en 1939 pidió su continuidad en el cuerpo jurídico, que le fue concedida con el grado de capitán. Pedraza, que hasta su entrada en el ejército había sido un hombre de leyes sin ambición más allá de su familia y de su trabajo, se hizo lamentablemente conocido a finales de 1941, cuando se le relacionó con un complot para asesinar a Francisco Franco. En el diario Arriba, en el número del sábado quince de noviembre de 1941, se puede leer: 
  • El falangista Alfonso Pedraza Ruiz entró en el día de ayer, pasadas las 8 de la noche, en la iglesia madrileña de los Jerónimos con la intención de acabar con la vida del Generalísimo Francisco Franco, que se encontraba en el interior del templo asistiendo a un oficio religioso de carácter privado. Pedraza Ruiz, antiguo Capitán del Ejército Español expulsado por oscuras razones, se abalanzó cobardemente y con gran violencia sobre Su Excelencia el Jefe del Estado cuando éste se disponía a tomar la Comunión, al tiempo que gritaba fuera de sí consignas ininteligibles. Una mano intercesora y milagrosa salvó a nuestro Caudillo de una muerte segura y le concedió la lucidez y frialdad necesarias para pedirle a su asesino [sic] que le entregara el arma, que se le había encasquillado en el momento de disparar. El criminal, a pesar de la resistencia, fue reducido inmediatamente y desarmado por los presentes. El Jefe del Estado, que en ningún momento perdió la calma, no sufrió daño alguno. 
El artículo, que no es mucho más largo, insiste a continuación en la condición de falangista de Alfonso Pedraza, y carga las tintas sobre algunos «elementos perniciosos que perviven ocultos en las filas de la Asociación fundada por el Mártir José Antonio Primo de Rivera». Por aquellas fechas, Falange Española de las JONS, o una parte de Falange, comenzaba a ser un problema para Franco en su intento de reconstruir el país, de manera que el aparato de propaganda del Régimen utilizó aquel intento de asesinato para denunciar la trama organizada por algunas personalidades falangistas, cuyo nombre se insinuaba sin mencionarse.
Aunque en las noticias que publicó la prensa de la época no se reflejan estos datos, hay que añadir que Alfonso Pedraza, falangista desde 1934, había estado casado con la única hija del general José María Pardo Andújar, amigo personal de Franco, cuyo nombre llevaba sonando desde el final de la guerra como candidato a ministro del Ejército.
Según reveló en 1998 el periodista Enrique Herrero en un reportaje de la revista Tiempo, que reproducía parte de la sentencia contra Alfonso Pedraza, el juicio sumarísimo de urgencia estuvo plagado de contradicciones e irregularidades. Incluso la información de la prensa tenía, en su opinión, un tufillo de propaganda que hacía pensar que las cosas no habían ocurrido exactamente como se contaron.
Probablemente lo único cierto de aquel oscuro asunto es que Alfonso Pedraza fue condenado a treinta años de prisión, de los que cumplió veinte. Cuando salió de la cárcel en 1961, Alfonso Pedraza era un hombre derrotado y enfermo, un anciano de cincuenta y ocho años. Nadie se acordaba de él ni recordaba aquel supuesto complot para matar a Franco en el que Pedraza participó como ejecutor. Únicamente a través de un libro de escasa tirada que publicó su hija en 1999, hubo un intento de rescatar y dignificar la figura de Alfonso Pedraza Ruiz, aunque en el libro no se menciona el atentado fallido contra Franco, como si no hubiera existido. Sin embargo, la hija de Pedraza le dedica un capítulo entero a un personaje «siniestro» que, según ella, fue decisivo en la caída en desgracia de su padre: el sargento de la Guardia Civil Restituto Castilla.
De la información que recabó para su artículo Enrique Herrero, se pueden deducir dos hechos que no encajan con la versión oficial. En primer lugar, Alfonso Pedraza Ruiz no pudo haber atentado contra Franco aquel catorce de noviembre de 1941 porque Franco, al parecer, estaba ese día en El Burgo de Osma. Y, en segundo lugar, el arma que le requisaron a Pedraza, según consta en el primer informe policial, no era una pistola, sino una navaja barbera de uso personal que Pedraza llevaba encima para degollar al general José María Pardo Andújar, que hasta la muerte de Pilar Pardo había sido su suegro.
Sin embargo, sí parece cierto que cuando Alfonso Pedraza se acercó a su víctima –es decir, a su suegro– con la intención de degollarlo, gritó algo que se interpretó en su día como una consigna. Y ese grito pudo ser, según contaron algunos testigos y se refleja en el sumario: «Ni reyes, ni tiranos».
Pero puestos a combinar realidad y ficción..., en febrero de 2018, la edición madrileña de ABC publicaba un listado con «los 335 "chequistas" a los que Carmena incluirá en el memorial del cementerio de La Almudena». Tras revisar el listado de nombres de fusilados del franquismo que se pretendería homenajear en el camposanto durante la pasada administración municipal, según el diario, Restituto Castilla estaría no sólo en el listado de fusilados homenajeados, sino que sería uno de los 335 "chequistas".