Recordáis El segundo golpe de Estado de Franco en Santa Isabel?
Os compartimos las memorias del Embajador, para tener un poco más de contexto:
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EMBAJADOR EN LA GUINEA ECUATORIAL (*)
| La fiesta del Ñame el 21 de noviembre de 1968. En el centro el presidente Macías, detrás el comandante Tray y Rafael de Mendizábal. A la derecha el Embajador, Juan Durán. A la izquierda el vicepresidente Edmundo Bosío. |
"El proceso descolonizador de la Guinea Ecuatorial marchaba hacia su culminación. Puesto que había que seguir adelante, Castiella quiso que se hiciese de manera ejemplar. El nuevo Estado contaría desde el primer momento con una Constitución democrática aprobada por sus dirigentes y más tarde por el pueblo guineano en referéndum. Se empleó para ello la fórmula británica de una Conferencia Constitucional, que se abrió en octubre de 1967 con un discurso de don Fernando Castiella en el que se anunciaba que España daría la independencia a su colonia ecuatorial en 1968.
Fue un trabajo bello y generoso, dentro del marco político
de la España de entonces, convocar la Conferencia para dar a la Guinea una
Constitución moderada y de gran perfección técnica aunque resultase
inaplicable, como lo habían sido en África todas las normas fundamentales
democráticas. La Conferencia Constitucional avanzó lentamente entre escollos.
Contribuyeron a la cacofonía las discrepancias entre los guineos y también el
hecho, al que ya me he referido y sobre el que volveré a insistir, de que el
Gobierno español estuviese profundamente dividido. Esta confusión fue
aprovechada por quienes quisieron, lográndolo, complicar aún más el difícil
proceso. El señor García Trevijano respaldó un llamado Secretariado Conjunto
que al tiempo que saboteaba la Conferencia ponía en primer plano al político
guineano de mayor potencial demagógico y destructor, Francisco Macías.
Ramón Sedó presidió las sesiones de la confusísima
Conferencia de manera tan paciente como inteligente. Tarea que le debió ser muy
ingrata y que aceptó por lealtad a su ministro y amigo.
En la Conferencia fueron asomando las características de
quienes habían de ser los tres candidatos a la presidencia del nuevo Estado.
Bonifacio Ondó o la ingenuidad catequística. Atanasio Ndongo o la ambigüedad
neo-africana. Y Francisco Macías o la furia paranoica.
Francisco Macías mantenía unas actitudes entre calculadas y
demenciales. Parecía saber que lo que más le podía legitimar como campeón de la
independencia, en la Guinea y en los medios africanos, era una desaforada
hostilidad hacia la "potencia administradora". Tanto más cuando tenía
un pasado de entusiasta adhesión al régimen colonial, del que seguía formando
parte como vicepresidente y consejero de Obras Públicas del gobierno autónomo.
A lo largo de las próximas páginas aparecerán otras facetas
de su personalidad. En la Conferencia Constitucional destacó por un sentimiento
desmesurado de su propia dignidad, reflejada en desplantes que aumentaban su
prestigio anticolonial.
Poco antes de concluir la Conferencia ofreció Castiella una
cena en el Palacio de Viana a los principales delegados guineos. Macías, que
tenía reservado el primer puesto a la izquierda del ministro, no compareció.
Cuando quise, a la mañana siguiente, averiguar las causas de su ausencia,
empezó asegurándome que no había recibido la invitación. Más tarde admitió que
le había llegado un sobre que no consideró dirigido, a él, porque se le daba el
tratamiento de "Ilustrísimo Señor" cuando se pensaba
"Excelentísimo". Fue en la Conferencia Constitucional donde Macías
pronunció su primer elogio de Adolfo Hitler como padre de África.
Bonifacio Ondó, antiguo catequista y muy grata persona,
tenía una imagen de Tío Tom que caía simpática a los españoles pero resultaba
anacrónica en los medios descolonizadores de las Naciones Unidas, que
desconfiaban de quienes pareciesen cómplices neocoloniales de las antiguas
metrópolis.
Atanasio Ndongo, expulsado del seminario como tantos
revolucionarios, había vivido largos años en el Camerún donde se casó con la
viuda del líder revolucionario Félix Moumié, asesinado en Ginebra en 1960. Era
el único político guineano con experiencia internacional, hablaba francés y,
frente al colaboracionismo de Macías con la administración colonial, había sido
un luchador activo y arriesgado por la independencia. De ahí que se pensase en
el ministerio de Asuntos Exteriores que podía ser la persona más adecuada y
creíble para estar al frente del nuevo Estado. Le faltaba el tirón demagógico y
obsesivo de Macías y a pesar de su inteligencia, o a causa de ella, fue para mí
siempre sibilino.
Terminada en junio de 1968 la Conferencia con la aprobación
del texto constitucional, inmediatamente confirmada por referéndum en el
territorio, se había fijado para el 12 de octubre la proclamación de la
Independencia. Don Fernando Castiella decidió que durante este complicado
período de transición hubiese en Santa Isabel un representante de Asuntos
Exteriores. Me mandaron a mí. Se pensó en un momento nombrarme adjunto al
Comisario General, en un puesto que acababa de quedar vacante. Desechada esta
idea quedó mi status indefinido. Establecí una valijilla en la que enviaba a la
Cárcel de Corte (**) unas cartas que yo mismo tecleaba, como lo estoy haciendo
con estas memorias.
El Comisario General, don Víctor Suanzes, me recibió y trató
con gran cortesía. Pero muchos de sus colaboradores me veían con el mismo
recelo que nuestros colonos. Yo simbolizaba el final de la época colonial, y
con ella el de muchas situaciones e intereses, lo que achacaban, equivocándose,
al ministerio de Asuntos Exteriores.
Uno de los primeros problemas con que me encontré fue el
temor de la población aborigen de Fernando Póo a una independencia en la que
temían llevar, por su inferioridad numérica, la peor parte. Esto los llevó a
votar contra la Constitución en el referéndum. No puedo olvidar la ayuda que
recibí de mi amigo Enrique Gori, asesinado más tarde como tantos otros por
orden de Macías, así como la de su suegro el sabio patriarca fernandino Alfredo
Jones, a quien recuerdo protegido del sol por dos sombreros superpuestos.
Al acercarse la fecha de la independencia fue enviando el
Ministerio algunos funcionarios que me ayudaron muchísimo. Emilio Artacho con
su conocimiento de las Naciones Unidas y de sus gentes; Joaquín Castillo que
trabajó de manera denodada y habilísima; Amaro González de Mesa que empleó a
fondo, en Bata, su simpatía y su astucia. Tampoco olvido el gran apoyo moral
que recibí del magistrado Ángel Escudero, quien presidió la comisión electoral
que vino de Madrid.
La situación se decantaba, desgraciadamente, hacia Macías.
Para un electorado inexperto que iba a votar libremente por primera y última
vez la tentación demagógica no era fácil de resistir. Se produjeron además
graves errores en el campo de los competidores de Macías. En primer lugar la
intransigencia de Bonifacio Ondó, Había éste decidido presentar a las
elecciones parlamentarias una lista de su partido, el MUNGE, en la que
figuraban sus leales, que nadie conocía, con exclusión de los caciques principales
de esta formación política. Los cuales, a su vez, aceptaban figurar en la lista
de Ondó siempre que fuese en lugares preeminentes que asegurasen su elección.
Vino Bonifacio a verme una tarde, estando yo en cama con cuarenta grados de
fiebre por un primer acoso palúdico. Saqué de flaqueza fuerzas para tratar de
persuadirlo de que aceptase en su lista a los citados caciques. Empleé el
argumento de ,que lo importante era la elección presidencial porque en Guinea
no funcionaría el parlamento. No me quiso hacer caso y se negó a dar cobijo a
quienes calificó de "ingratos". Otros españoles consultados le habían
hecho creer que podía ganar solo. El hecho es que los principales jefes del
MUNGE se pasaron al grupo de Macías.
La primera vuelta de las elecciones situó a Macías en cabeza
(36.000 votos) pero sin mayoría absoluta, lo que obligaba a una segunda vuelta.
Bonifacio Ondó salió en segundo lugar, con 31.000 votos. La clave del resultado
final estaba en Atanasio Ndongo que por llegar tercero estaba eliminado pero
que daría la victoria a aquél por quien aconsejase votar a sus secuaces.
En una reunión con Atanasio Ndongo, en las que estaban
presentes sus compañeros de partido y algunos funcionarios españoles, me dijo
que daría sus votos al candidato que España quisiera. No tuve más remedio que
contestarle que Madrid no podía entrometerse. Hubiese constituido gran
ingenuidad, estando en Guinea observadores de las Naciones Unidas, que un
representante del ministerio de Asuntos Exteriores de España indicara en
público a un partido político guineano sobre a quien votar. Tengo para mí que Atanasio
había decidido ya inclinarse hacia Macías y que al consultarme sólo buscaba
cubrirse con aquellos de sus colaboradores que propugnaban el apoyo a Ondó.
En mis gestiones privadas con ambos me esforcé al máximo
para conseguir que Bonifacio y Atanasio se pusiesen de acuerdo. Pero los dos se
mostraron inflexibles puesto que se despreciaban mutuamente. De modo que
Bonifacio no quiso hacer concesiones suficientes mientras Atanasio planteó
exigencias excesivas. Lo que costó a ambos la vida.
Macías ofreció a Atanasio Ndongo, a quien odiaba por
"intelectual", la cartera de Asuntos Exteriores a cambio de los votos
de sus partidarios. Los bubis de Fernando Póo, para salvarse la quema,
decidieron también votar a Macías a cambio de la vicepresidencia de la
República.(1)
Los observadores de las Naciones Unidas fueron testigos de
que por parte española no se hizo nada por falsear el resultado de las
elecciones que, para desgracia del pueblo guineano, dieron el triunfo a
Francisco Macías.
No tuvo esos escrúpulos el vencedor quien, consejero de
Obras Públicas, había movilizado los camiones de este servicio para distribuir
su propaganda electoral ante la inhibición de la autoridad militar en Río Muni.
(No había sido descabellada la idea, surgida al margen de la Conferencia
Constitucional y rechazada por los representantes de las Naciones Unidas, de
que los miembros del gobierno autónomo, al fin y al cabo funcionarios
coloniales, fuesen excluidos como candidatos).
Me habían llegado rumores de que tenía posibilidades de ser
el primer embajador de España en Santa Isabel. Se tantearon primero otras
candidaturas para aceptarse finalmente que fuese el ministerio de Asuntos
Exteriores quien afrontase, a través de uno de sus funcionarios, las secuelas
de la independencia. Entre los diplomáticos conocedores de Guinea y de sus
gentes quedaba yo en primera fila, al haber tenido el buen sentido de esquivar
el ofrecimiento otros más antiguos y más próximos a Castiella que yo. No era
quizás de buen augurio el que el capitán de fragata Ricardo Duran y Lira, mi
bisabuelo, hubiese mandado cien años antes la estación naval de Guinea, donde
murió.
Si examino las cosas, a esta distancia de tiempo, con la
mayor objetividad de que soy capaz pienso que lo que era mi mayor ventaja era
también un inconveniente. Conocía bien a los protagonistas de la política
guineana. Acaso demasiado bien. Había sido testigo de muchas debilidades y
trapicheos, había conocido de ordenanzas a quienes fueron después ministros. El
estar en Santa Isabel las semanas que precedieron a la independencia me había
quemado un tanto. Esto, que veo tan claro ahora, no lo pensaba entonces.
Prevaleció en mí la ilusión de ser el más joven de los embajadores de carrera
en un puesto de enorme responsabilidad. Estuve a punto, en el último instante,
de no tomar posesión. Ausente yo, fue un compañero mío el encargado de proponer
mi nombre a Macías. Me contó este muy buen amigo, años después, que Macías
torció el gesto y hubiese podido negarme el placet de no habérsele persuadido
de los inconvenientes de empezar la nueva etapa de las relaciones entre Madrid
y Santa Isabel con un desaire.
Macías veía en esos días agravada su habitual confusión
mental por los consejos contradictorios de sus diversos asesores: los que le
decían que se las mantuviese tiesas a Madrid y los que le sugerían las ventajas
de la moderación.
En la mañana del 12 de octubre pasé varias horas con el
Presidente electo y sus colaboradores. Macías se resistía a aceptar los
acuerdos de transferencia, negociados por una delegación guineana en Madrid
días antes, en los que se regulaban una serie de aspectos administrativos.
Entre ellos el futuro de las propiedades del Estado español en la antigua
colonia y el papel de las fuerzas españolas que seguirían allí estacionadas.
Insistía Macías en que esas transferencias no habían sido negociadas con él. Yo
le respondía que se trataba de papeles ineludibles pero transitorios, en los
cuales se decía claramente que el futuro gobierno de la Guinea Ecuatorial y el
de España establecerían más tarde textos definitivos. La cosa se resolvió al
aceptar Macías mi propuesta de introducir los papeles preparados en unas
solapas que los calificaban de "provisionales". Al volver a nuestra
residencia pude anunciar a Manuel Fraga, quien representaba al Estado español
en los actos, que la dificultad se había superado. Cuando quise contarle las
incidencias de la negociación me cortó de manera tajante aunque cordial: sólo
le importaba el resultado, por el que me felicitaba. Le dije también que
habíamos tenido noticia de un proyecto de discurso de Macías gravemente
inamistoso, aunque creíamos que se inclinaría finalmente por un papel más
aceptable. Así fue.
Macías me consultó algunas cosas en el largo rato que pasé
con él aquella mañana. Me enseñó un organigrama muy detallado, al estilo de
López Rodó, de su futura administración en el que figuraban tantos ministros
como en el Gobierno español y densas ramas de subsecretarías, direcciones
generales, secretarías generales técnicas e, incluso, subdirecciones generales.
Tuve que decirle que el país nunca podría permitirse una administración tan
tupida. Idéntica densidad burocrática en España daría un gabinete con varios
millares de ministros. No se mostró contento ya que buscaba convertir en
burócratas al mayor número posible de parientes tribales y de enemigos
potenciales. Asomó así por vez primera un problema que al pasar las semanas
sería gravísimo.
Pidió mi consejo sobre la conveniencia o no de ascender
inmediatamente a capitanes a los alféreces guineanos. No me resultaba fácil
contestarle porque alguno de ellos no andaba lejos. Unos alféreces procedían de
Zaragoza, donde habían hecho los dos cursos de la Academia General, mientras
otros eran antiguos suboficiales. La mayor parte de estos estrategas
incipientes no eran amigos políticos suyos. Le dije que los fuese promoviendo
lentamente para que no se sintiesen defraudados pero que tuviese en cuenta las
consecuencias, en países vecinos, de las apetencias de poder de los militares.
Este consejo mío lo siguió, a diferencia de lo que hizo con otros. Sin duda
porque iba en el camino de su desconfianza congénita.
En la tarde del mismo doce de octubre se proclamó la
independencia de la Guinea Ecuatorial en una ceremonia solemne y sin
incidentes. Nos emocionamos tanto Fraga como yo al arriarse la bandera
española. Inmediatamente después presenté mis cartas credenciales y le fue
impuesta a Macías la Gran Cruz de Isabel la Católica.
Tenía yo instrucciones del almirante Carrero de organizar en
la Embajada la imposición a Bonifacio Ondó, candidato derrotado y hasta la
víspera presidente del gobierno autónomo, de la Gran Cruz del Mérito Civil. Era
un gesto noble pero, conocida la psicología maciana, peligroso. Para limitar
sus consecuencias negativas rogué al ya presidente de la República que
asistiese al acto, lo que sólo podía tener ventajas para él: quedaba ante todos
como un vencedor magnánimo y callaba la boca de quienes pretendiesen sacar
punta contra Macías a la condecoración a Ondó. Aunque prometió ir, no acudió.
Unos días después me convocó Macías a la casa en que vivía
provisionalmente. Tenía encima de la mesa una serie de cartas, de las que me
leyó párrafos, en lasque se denunciaban supuestas conspiraciones, con
complicidades españolas algunas, para derrocarlo y poner en su lugar a
Bonifacio Ondó. Traté de persuadirlo de que no hiciese caso de esas denuncias,
venidas de personas que trataban de ganarse así su confianza. Necesitaba, eso
sí, un buen servicio de información, que Madrid le podría proporcionar.
Este episodio me parece revelador de la personalidad enferma
de Francisco Macías. Era aguerrido pero miedoso, crédulo pero receloso. La
noche de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales la había pasado
oculto en casa de un comisario de policía español por miedo a ser asesinado.
Estas características, al acentuarse, hicieron de él uno de los gobernantes más
sanguinarios de nuestro tiempo. Sanguinario por desconfiado.
En una de las primeras visitas que le hice planteó el deseo
de disponer a su antojo de las compañías de la Guardia Civil que seguían
estacionadas en Guinea. No se fiaba de su propio ejército, la Guardia Nacional,
que antes había sido llamada "Territorial" y antaño
"Colonial". La Guardia Nacional tenía, junto a oficiales españoles,
algunos guineanos que eran de obediencia atanasiana. Le contesté que las
fuerzas españolas sólo podrían ser empleadas para las funciones previstas en
los acuerdos de transferencia.(2)
Macías trataba de copiar, excluido el paternalismo que no
entraba en su naturaleza, el autoritarismo y la arbitrariedad de los antiguos
gobernadores españoles. Eran sus modelos y sólo les reprochaba su tez. Cuando
más adelante empezó a expulsar españoles con un plazo de setenta y dos horas,
respondió a mis protestas que si lo habían hecho los gobernadores españoles
también lo podía hacer él, Jefe de un Estado independiente. Traté, pobre de mí,
de explicarle que la independencia tenía, junto a sus grandezas, sus
servidumbres y que los países miembros de las Naciones Unidas habían de seguir
las normas del Derecho de Gentes. Música celestial para los sordos oídos de
Francisco Macías.
Llevaba el mimetismo a todos los terrenos. Guardar las
formas de los colonizadores era más importante para él que ser fiel a las
costumbres africanas. Uno de los factores que lo radicalizaron, tiempo antes de
la independencia, fue la imposibilidad de obtener la anulación de su primer
matrimonio, lo que le impidió casarse por la iglesia con su segunda mujer.
Hubiese deseado una boda en la catedral de Santa Isabel con la novia de blanco
y las autoridades coloniales de uniforme. Este mimetismo le jugó una mala
pasada en Bata, pocos días después de la Independencia. Llevó tan lejos su afán
de seguir el precedente colonial que, olvidándose de la nueva situación,
terminó una arenga con las frases rituales de adhesión inquebrantable a
"nuestro glorioso Caudillo", de las que tuvo que desdecirse en cuanto
regresó a la realidad.
No toleraba compartir con nadie la herencia del poder
colonial, que quería asumir solo. La embajada de España, como era lógico e
inevitable en esa situación post-colonial, inspiraba un respeto especial, que
rayaba a veces con el servilismo. Los ministros guineanos se ponían de pie
cuando entraba un guardia civil. Solía Macías, en los primeros meses, visitar
poblados de Fernando Póo. No me invitaba a estas excursiones, ni tenía por qué.
Atanasio Ndongo, sin consultar con Macías, me dijo que fuese con él en su coche
a una de esas giras por estar invitado también un alto funcionario del
Departamento de Estado de Washington.
Los niños de las escuelas habían sido movilizados para que
ovacionasen al autócrata por el camino. Recuerdo que en contraste con el calor
ecuatorial cantaban, al tiempo que agitaban banderas de papel con los colores
guineanos, cierta canción alusiva a una casita en Canadá. A lo utópico siguió
lo anacrónico puesto que al entrar en el poblado pasamos bajo un enorme
letrero, usado sin duda en ocasiones anteriores, que daba la bienvenida ¡al
Gobernador General! Eso debió forzar a Macías a poner, como hizo después, las
cosas en su punto. El Presidente arengó a la población desde el balcón
principal del ayuntamiento. Después presentó a algunos de sus acompañantes y
finalmente a mí con unas palabras que voy a tratar de reconstruir: "Os voy
a presentar al embajador de España. Venga Vd. aquí, don Juan. A este señor me
lo ha mandado el gobierno de Madrid para que se entienda conmigo. Como yo
mandaré a otro señor a España para que se entienda con mi colega Franco. Pero
no es este blanco (señalándome con el pulgar de su mano izquierda) quien manda
en Guinea. Quien manda aquí es un negro y ese negro (dándose cachetes en los
carrillos) soy yo, Francisco Macías".
En uno de mis viajes a Madrid fui recibido en audiencia en
el Pardo. Al contar a Franco que Macías lo llamaba "colega" le entró
una risa convulsa que tardó algún tiempo en amainar.
Tuve un primer problema personal con Macías. A quienes
componían el servicio doméstico de la Comisaría General se les había dado la
opción de pasar a la presidencia o a la embajada. Aunque todos, no queriendo
servir a quien sirvió, preferían la Embajada algunos se quedaron con el
Presidente por temor a represalias. Les seguimos pagando durante algún tiempo
pero tuve que anunciar a Macías que más adelante tendría que pagarlos él. Al
dolerse de la falta de generosidad española entré en su lógica recelosa y le
dije que si quería personas de confianza en su servicio inmediato no debería
tolerar que estuviesen a sueldo de un país extranjero.
El hecho es que el personal que había quedado a nuestro
servicio empezó a ser acusado por quienes habían continuado en Palacio de
traicionar a la Guinea Ecuatorial. Afectado por ello el mayordomo de la
Embajada, cargado de copas una noche, trató de defenderse de estas acusaciones
en voz demasiado alta ante los centinelas del palacio presidencial. Fue
inmediatamente encarcelado. Pedí a Macías, no como representante de España sino
a título personal, que perdonase al pobre mayordomo, a quien conocía muy bien y
con el que tenía vínculos tribales. Yo esperaba una reacción humana y obtuve
una reacción mimética. Levantando la voz me preguntó si Franco hubiese aceptado
que un servidor de la embajada de Guinea protestase a gritos a altas horas de
la noche a las puertas del Palacio del Pardo. Se consideraba ofendido por mi
gestión y destituyó al jefe de Protocolo por haberme arreglado la audiencia.
Sólo logré que readmitiese a su colaborador, porque el mayordomo siguió meses
en el calabozo, donde le llevábamos la comida todos los días. Casi diez años
después, cuando lo daba por muerto, tuve la alegría de recibir carta suya desde
el Camerún.
Visitaba yo a Macías con mucha frecuencia. En una ocasión me
dijo que estaba informado de que el general Franco no recibía a los
embajadores, lo que estaba pensando imitar. Tuve que decirle que cuando pedía
verlo no era por razones protocolarias sino para superar, en beneficio de
Guinea y de España, los problemas que se presentaban.
Aconsejé a Madrid que, puesto que había sido elegido el
candidato que no deseábamos -ni en la Presidencia ni en Exteriores-, hiciésemos
de tripas corazón con los gestos necesarios para atenuar, en lo posible, sus
recelos. Pero hubo poco que hacer porque prevalecía la idea de que, obtenida la
independencia, la Guinea había dejado de ser un tema español.
Pero Macías no era nuestro único problema en Guinea. Cada
mañana, en los cinco meses de mi misión, se planteaban varias cuestiones
insolubles. Y algunas, atípicas y triviales, que alcanzábamos a resolver. Como
la que contaré ahora antes de entrar en materias cada vez más graves y
dramáticas. Tenía la Guardia Nacional su principal acuartelamiento cerca de la
Embajada, lo que me forzaba a soportar los estridentes ensayos de su banda. Una
mañana creí oír los compases imperiales de Haydn. Intrigado, mandé a uno de mis
compañeros para que averiguase las razones de tan sorprendente opción musical.
Volvió con la explicación de que preparaban el himno nacional de los Estados
Unidos, para tocarlo en la presentación de credenciales de su embajador. Mi
intervención, que nadie por supuesto agradeció, impidió que el enviado yanqui
fuese recibido a los acordes del ¡Deutschland über alies!
Quiero recordar aquí la ayuda que tuve de mis colaboradores
diplomáticos Mariano Baselga, José Maeso y José Cuenca. Éramos una familia
unida por la intemperie. Familia a la que se unió el agregado militar, Eduardo
Alarcón, gran militar y formidable amigo, el capitán de fragata Molla,
comandante de la "Descubierta", así como los asesores españoles de la
presidencia guineana. Teníamos la cancillería en mi residencia donde también
vivían, al final como en estado de sitio, algunos de mis colaboradores.
Los problemas estructurales del nuevo Estado eran inmensos.
Su economía sólo era viable mientras subsistiese el régimen proteccionista que
beneficiaba a colonizados y colonos a costa del erario español. Para ello
hubiese sido necesario contar con un presidente dispuesto a mantener estos
vínculos con España sin miedo a ser acusado de dejar neocolonizar el país.
Éste, evidentemente, no era el caso de Macías. La producción de madera en Río
Muni debía ser limitada si se quería evitar que el bosque quedase definitivamente
esquilmado. La producción de cacao sólo era posible con mano de obra extranjera
y la presencia de unos treinta mil braceros nigerianos en Fernando Póo, la
mayor parte de origen ibo, planteaba un grave problema político en plena guerra
de Biafra.
Siendo malas las perspectivas económicas a largo plazo, a
corto plazo eran dramáticas. En la misma mañana del día de la Independencia
había quedado ya claro, -lo vimos- el propósito de Macías de inflar la
burocracia estatal. Así se hizo y el primer presupuesto se anunciaba con un
agujero de quinientos millones de pesetas. Se creían los gobernantes guineanos
con derecho a exigir a España esta cantidad, y aún mucho más, por la supuesta
existencia de un "tesoro guineano" depositado en Madrid del que se
sentían herederos. Y de ello me hacían responsable personalmente. El ocho de
diciembre, dos meses después de la Independencia, aseguró Macías en un discurso
que si España no le ayudaba a resolver los problemas económicos del país
"echaría al embajador".
Mi ministro Castiella, cuando le expliqué la gravedad de los
problemas presupuestarios de Guinea, habló con su colega de Hacienda, Juan José
Espinosa, al que fui a ver. No era fácil mi gestión porque uno de los
argumentos empleados a favor de la independencia de Guinea era que con ella se
reducirían los gastos que nos producía la colonia. Y lo que yo pedía era que
estos gastos aumentasen. Espinosa comprendió la importancia política del asunto
y me ayudó muchísimo. Una misión del ministerio de la calle de Alcalá vino a
Guinea, donde los funcionarios españoles de Hacienda habían preparado muy bien
sus papeles. Venía esta misión apoyada por una carta de Franco a Macías en la
que le prometía la ayuda del Gobierno español para superar esta primera crujía
económica. Yo mismo, que nunca he sido capaz de llevar mis propias cuentas,
contribuí a la redacción de un proyecto de presupuesto para la Guinea
Ecuatorial. Nuestra idea, basada en la diferencia que establecía la
Constitución guineana entre gastos ordinarios y gastos de ayuda y colaboración,
consistía en que la aportación española se dedicase a los capítulos de
educación, sanidad e infraestructuras, mientras los gastos
"burocráticos" se afrontarían con los ingresos fiscales guineanos.
Pero el déspota quería que pusiésemos los quinientos millones encima de su mesa
para dedicarlos a los gastos improductivos que le viniesen en gana. Nuestra
deseo de que el presupuesto beneficiase a los más necesitados y contribuyese al
desarrollo del país lo consideraba rechazable intromisión neo-colonialista.
Buscó también Macías otras fuentes financieras. Pretendió,
con amenazas, provocar la munificencia de los finqueros. Cayó después en una
extraña combinación que encajaba en el mundo de la picaresca. Unos españoles,
aspirantes a caballeros de industria, le hicieron creer qué podía constituirse
un "Banco de Guinea" con respaldo privado internacional. Querían que
los fondos españoles de ayuda garantizasen la claramente oscura operación. Ya
he contado cómo Macías podía ser, junto a desconfiado, candorosamente crédulo.
Hice lo posible por ponerlo en guardia y le dije que con la aventura bancaria
que le proponían no se trataba únicamente de dañar a España, sino también de
engañarlo a él. Le insistí en la buena voluntad del Gobierno español para
ayudar al guineano a superar el bache económico. Pero los promotores del
"Banco de Guinea" se encargaron, tarea no demasiado difícil, de
alentar el recelo del autócrata hacia el embajador de España.(3)
No era éste, con ser gravísimo, el único problema con que
tenía que enfrentarme. Enumeraré otros.
En julio de 1968 había quedado instalada en Santa Isabel una
emisora de televisión que fue, llegada la independencia, causa de constantes
complicaciones. Recibía yo muy frecuentes llamadas de ministros que se quejaban
de que se les dedicase menos tiempo en los telediarios que a sus colegas. El
ministro de Asuntos Exteriores protestó por un supuesto prejuicio a favor de
los palestinos en los comentarios internacionales. (Supimos después que la
delegación guineana ante las Naciones Unidas recibía fondos israelíes). Para
acabar con estas reclamaciones propuse que el gobierno de Santa Isabel nombrase
un director guineano responsable de los telediarios. Como era de temer no se
pusieron de acuerdo entre ellos sobre la persona adecuada. Después de mi marcha
hubo una ocasión en que el personal español de la televisión fue llevado ante
un pelotón de ejecución que no llegó a cumplir su cometido: se trataba de una
macabra advertencia. La obsesión por los contenidos políticos de la información
televisada es universal pero en el caso guineano fue, ciertamente, extremada.
El aeropuerto de Santa Isabel nos trajo muy incómodas
complicaciones. El ministro de Obras Públicas guineano, antiguo empleado del
aeropuerto, había almacenado resentimientos de los que quería desquitarse. Hizo
la vida imposible a los españoles encargados de la buena marcha técnica del
campo. Estas constantes interferencias ponían en riesgo su funcionamiento. Los
funcionarios españoles sólo querían garantizar la seguridad de los aterrizajes
y despegues, lo que el ministro interpretaba como afán neo-colonialista.
Hubo gravísimas dificultades con la sanidad. Los médicos
guineanos querían dirigirla desde Santa Isabel y Bata y dejar a los
facultativos españoles, en el bosque. Tuvieron que actuar nuestros compatriotas
en condiciones muy precarias y en un clima de coacción insostenible. Macías
dijo más tarde, para justificar la expulsión de nuestros doctores, que los
médicos eran innecesarios ya que cuando actuaban los hechiceros también se
moría la gente. Afirmación, como tal, poco controvertible.
En muchos de estos problemas había, sin duda, cierto grado
de responsabilidad española. Los funcionarios que habían vivido la etapa
colonial debían haber sido cambiados. Mis esfuerzos por conseguirlo pincharon
en hueso. En muchos departamentos el escribiente pasaba a ser ministro y
ocupaba la casa y el coche del director español, que quedaba a sus órdenes.
Pude lograr, para aminorar los daños, que fuesen enviados de Madrid, para
asesorar al presidente Macías, dos personas de valía excepcional: el magistrado
Rafael Mendizábal y el abogado del Estado Félix Benítez de Lugo. A pesar de su
inteligencia, su competencia y su buena voluntad fueron totalmente marginados y
su influencia sólo se reflejó en la excelente redacción de las disposiciones
legislativas y administrativas. Cuando se hubieron ido, sus discípulos llegaron
a absurdos tan divertidos como el decreto que, en muy correcta prosa
administrativa, declaraba fuera de la ley el confusionismo en el territorio de
la República de Guinea Ecuatorial.
Hubo una cicatería inicial por parte española que estimuló
los enfermizos recelos de Macías. No hablo ahora del grave conflicto
presupuestario sino de algunos gestos simbólicos que hubiesen indicado a Macías
que no era malquisto por Madrid. Pensaba yo en Francia, que halagaba (en casos
como el del Emperador Bokassa hasta el absurdo) a los gobernantes de sus
antiguas colonias con atenciones y privilegios. El precio del automóvil que se
proporcionó a Macías fue descontado de los fondos de ayuda. No se cedió a los
guineanos una casa en Madrid para instalar su embajada lo que, aparte del
resentimiento consiguiente, hizo gravitar excesivamente la carga de nuestras
complejas y difíciles relaciones sobre la representación española en Santa
Isabel, Y, por supuesto, no se produjo invitación alguna al Presidente para
visitar en España a su "colega". Todo esto era difícil de obtener de
un gobierno gravemente escindido en el que Castiella había perdido fuerza y
sólo se mantenía por la resistencia del Jefe del Estado a los cambios
ministeriales.
Las cosas no hubiesen tenido probablemente remedio, porque
la personalidad de Macías se fue degradando con el poder. Sekú Turé, Mobutu,
Idi Amin, Bokassa, una serie de personalidades frenéticas que en África se han
impuesto por su mayor determinación, responden a una tipología especial. Vi
años después una película documental sobre Idi Amin en la que el déspota
ugandés ostenta un gesto benévolo detrás del cual empieza a crecer la furia: la
sonrisa sigue en los labios cuando la ira ya está en los ojos. Me impresionó
esta escena porque en Macías había observado reacciones idénticas. Estas
consideraciones podrían parecer contagiadas de racismo si no tuviésemos
presente que uno de los países más civilizados de Occidente se dejó también
arrastrar por la furia criminal de un paranoico.
Los países que han sido colonizados nunca tienen una
relación natural con la antigua metrópoli. Tienden a hacerla responsable de
todo y si solicitan a veces su intervención protectora rechazan otras cualquier
gesto de apoyo. En una ocasión acompañé a un grupo oficial guineano, a cuyo
frente estaban el vicepresidente de la República y el ministró de Asuntos
Exteriores, a visitar al general Alonso Vega, ministro de la Gobernación. Don
Camilo, que ya estaba viejo, dijo, dirigiéndose a mí, lo siguiente: "Mire
usted, embajador. De estos señores de Guinea habrá uno que toque el violón,
otro el violín y otro el trombón. Pero alguien debe llevar la batuta y ése es
usted". Preocupado por el efecto de estas palabras traté de explicárselas
a la salida a mis amigos guineanos como muestra del gran interés del general
por su país. Vi que mi aclaración era innecesaria: estaban encantados con la
visita y con lo que habían oído. Semanas más tarde un gobernante guineano, que
no había estado en la visita a don Camilo Alonso, me sorprendió al proponerme
que reuniese a los ministros de cuando en cuando, en consejillos informales
para darles orientaciones. Me imagino la reacción, en este caso justificada, de
Macías si yo hubiese tenido la temeridad de invadir así sus competencias.
Una cuestión internacional con la que tuvo que enfrentarse
la nueva república, fue la guerra de secesión de Biafra. en la que, no sin
lógica, tomaron partido por Lagos. Esto les llevó a interrumpir los vuelos
humanitarios a Biafra que, con anuencia española, llevaba a cabo la Cruz Roja
desde Santa Isabel. Lo que no dejaba de tener un cierto carácter explosivo
cuando la mayor parte de los braceros nigerianos en Fernando Póo eran de etnias
vinculadas a la secesión biafreña. Estos braceros, además, encontraban
dificultades para seguir transfiriendo sus ahorros a Nigeria. Había también en
Santa Isabel un número pequeño, pero influyente, de comerciantes hausas
identificados con la unidad de Nigeria.
En enero de 1969 me informó el ministro de Asuntos
Exteriores, Atanasio Ndongo, de que pensaba asistir a la toma de posesión del
Presidente Nixon en Washington. Comenté que me parecía de perlas pero que debía
tener en cuenta que a esos actos no iban jamás delegaciones extranjeras por lo
que podría encontrar dificultades o desaires. El protocolo norteamericano se
las arregló para que no fuese así y Atanasio volvió encantado. Mis relaciones
con Atanasio Ndongo pasaron por algún momento difícil. Aunque yo tratase de
tenerlo siempre al corriente, le irritaba que negociase las dificultades, cada
vez más frecuentes, directamente con Macías. Dado el poder personal que había
asumido Macías y su hostilidad hacia Ndongo era la única manera de intentar
conseguir algo. En una de mis visitas a Atanasio lo encontré extrañamente
distante. Me dio la impresión de que conocía una comunicación mía a Madrid que
hablaba de él. Supe después que un colaborador español de Ndongo había visitado
a un funcionario menor de la dirección general de África en la Cárcel de Corte,
quien se había ausentado unos minutos dejando sobre su mesa una carta mía con
comentarios sobre la personalidad compleja del ministro guineano y su adicción
a los estupefacientes.
Las perspectivas para los españoles en Guinea eran cada vez
más inciertas. Es comprensible que arreciasen sus críticas contra el embajador
como representante de un gobierno por el que se creían abandonados. Recibí
cartas anónimas. En una de ellas un estimable compatriota me calificaba, entre
otras lindezas, de "eunuco". No es imposible que fuese la misma
persona que al estallar la crisis de febrero me acusó de haber puesto en
peligro a los españoles "por defender un trapo".
Ya he contado cómo Macías empezó a expulsar españoles, al
estilo colonial, sin motivo alguno. En algunos casos a los funcionarios que
pensaba podían estorbar la tristemente pintoresca operación del "Banco de
Guinea". Lo más grave fue la aplicación de una nueva figura: la expulsión
con retención. Se impedía en efecto al funcionario expulso salir de Guinea sin
un permiso especial, que se retrasaba indefinidamente. Con todos los españoles
como rehenes potenciales estábamos al borde de la crisis, de la que paso a
hablar con detalle.
Durante los cuatro primeros meses el Presidente Macías había
regateado su presencia en el Continente, sintiéndose más seguro en Santa
Isabel. Pero se fueron dando circunstancias que lo obligaron a modificar esta
actitud.
En Fernando Póo le intimidaba el descontento de los braceros
nigerianos, el sector más numeroso de la población. En Río Muni, según le
habían dicho, su ausencia estimulaba una agitación que podía volverse contra él
si no se ponía a su frente. La popularidad de Ondó, además, seguía siendo
grande en sus antiguos feudos. Este problema, como tantos otros, acabaría
resolviéndolo mediante el asesinato, tras la entrega de Ondó por el Camerún.
Los partidarios de Atanasio Ndongo se sentían perjudicados
por el reparto de sinecuras en la coalición gubernamental y unos pocos
oficiales guineanos de la Guardia Nacional esperaban el momento de alzarse. El
partido llamado "Idea Popular de la Guinea Ecuatorial"
seguía fiel a Clemente Ateba y a sus viejos proyectos de
federación con el Camerún. Este grupo, el más compacto y fanático, azuzaba a
unas llamadas "Juventudes¡ Guineanas" constituidas por partidas de
desempleados entregadas al pequeño bandolerismo y responsables de agresiones
cada vez más frecuentes y graves contra súbditos españoles. Cuando planteé a
Macías en Santa Isabel la necesidad de cortar estos desmanes, me contestó que
carecía de control sobre Río Muni. .
El 13 de febrero de 1968 salió Macías de Santa Isabel para
emprender su tercer viaje a Río Muni desde la Independencia. Apenas llegado a
Bata pronunció un discurso, al liberar a unos presos, lleno de amenazas para
todos los españoles y ofensivo para nuestros oficiales de la Guardia Nacional,
a los que insultó ante los nativos. Había decidido, en efecto, encabezar la
demagogia antiespañola. Emprendió una gira por el Continente en la que atacó
especialmente a los españoles madereros, mostrándose a veces más moderado
respecto los que llamaba "españoles de clase media". Lo acompañaban a
todas partes, en camiones, miembros de las "Juventudes" que alentaban
un clima de excitación nacionalista a costa de los residentes españoles.
El sábado 15 de febrero nos plantearon por primera vez la
"multiplicidad" de banderas españolas. Desde el 12 de octubre sólo
ondeaban en Bata tres, sin protesta alguna: en el acuartelamiento de la Guardia
Civil, en la cancillería consular, y en la residencia del cónsul general. No
había más banderas españolas en todo Río Muni.
Entre las casas que el Estado español había retenido en
Guinea, según los acuerdos firmados el día de la Independencia, estaba la que
había sido residencia del capitán de la Guardia Territorial, que pasaba a serlo
del cónsul general. Era esta casa objeto de los celos y de las apetencias del
comandante Tray.
Algo conviene decir de este personaje, que desempeñó en
aquellos días un papel determinante al poner a Macías en el disparadero. JuanTray, falangista voluntario en 1936, terminó la guerra como alférez
provisional. Hechos los cursos de transformación era en 1968 comandante en el
ejército español y el militar guineano de mayor graduación, ayudante de campo
del Comisario General. Se caracterizaba por la unción con que abría a sus
superiores, entre ellos a mí, las puertas del coche.
Macías, que no desconfiaba de él por considerarlo
inofensivo, le ascendió a teniente coronel y le puso al frente de su Casa
Militar. Su actividad principal era la de turiferario del Presidente. Hombre de
pocas luces, fue. presa de una megalomanía creciente impulsada por el recuerdo
de las vejaciones de las que creía haber sido objeto durante su inusitada
carrera militar española.
Me había visitado en Santa Isabel para pedirme que
gestionase su ascenso a coronel en el ejército español, que por cierto seguía
pagando sus haberes. Me esforcé en escuchar con calma pretensión tan inaudita.
Me figuro lo poco que hubiese durado Tray en el mundo de los vivos en la
hipótesis, absurda, de haber logrado su aspiración: Macías hubiese visto en el
coronel al hombre de Madrid llamado a derrocarlo.
Me inclino a pensar que fue Tray, para lograr un anhelo
inmobiliario, quien espoleó a Macías haciéndole ver que era inadmisible que
enfrente del antiguo Gobierno Civil, donde el presidente vivía cuando estaba en
Bata, se alzase la residencia consular española, con su bandera y con los
guardias civiles que la protegían. Alguien, al parecer, enseñó a Macías la
información de un período de Brazzaville en la que se decía que Bata con tanta
bandera bicolor (¡tres!) daba la sensación de estar ocupada por España. (Pude
comprobar después que había muchas más banderas camerunesas y gabonesas que
españolas en la capital de Río Muni).
El 15 de febrero el comandante Tray cruzó la calle para
convocar al cónsul general de España por orden del Presidente. Como el cónsul
general no estaba en la residencia sino en la oficina, ordenó Tray sin éxito al
guardia civil de servicio que arriase una de las dos banderas consulares
españolas. Macías se ausentó de Bata momentos después. El vicepresidente Bosío,
por orden presidencial, convocó al cónsul general de España, Jaime Abrisqueta,
para pedirle que retirase la bandera de su residencia. El cónsul general,
hombre valeroso y leal, respondió que no podía tomar ninguna decisión sin
instrucciones concretas del Gobierno a través del embajador.
Informado por él, pedí instrucciones a la Cárcel de Corte.
Me contestaron de Madrid que aunque el mantenimiento de dos banderas consulares
era perfectamente legal según los Convenios de Viena, la cuestión era
negociable por la vía diplomática normal. Mientras se negociaba mantendríamos
la práctica establecida.
El día l6 de febrero visité en Santa Isabel al ministro de
Asuntos Exteriores, Atinaste» Ndongo. Le dije que el asunto de las banderas de
Bata, como casi todos, era negociable y que podrían encontrarse fórmulas para
que, dentro de la ley general de Guinea, no hubiese más que una bandera. El
ministro, que aquel mismo día salió hacia Addis Abeba, se mostró de acuerdo con
este criterio y con que no se arriase entretanto ninguna bandera. Idéntica
gestión realicé con el vicepresidente Bosío, encargado en Santa Isabel del
despacho de la presidencia de la República, y con el mismo resultado.
El domingo 23 regresó Macías del interior a Bata y se
enfureció al comprobar que, de acuerdo con lo convenido en Santa Isabel con sus
representantes, seguían ondeando las banderas españolas. Convocó al cónsul
general Abrisqueta, al que en una violenta escena declaró persona no grata, y
mandó al comandante Tray que enviase un piquete de la Guardia Nacional a la
cancillería consular. Ocho soldados entraron en el jardín, treparon por la
fachada y descolgaron la bandera que posteriormente sería entregada en la residencia
del cónsul general.
El vicepresidente del Gobierno se. enteró inmediatamente de
esta gravísima tropelía por un mensaje que le fue transmitido desde un barco
mercante español fondeado en Bata. El almirante Carrero habló enseguida con
Castiellla quien nada sabía aún, debido a las precarias y lentas posibilidades
de comunicación de la embajada en Santa Isabel. De la conversación del
vicepresidente con el ministro de Asuntos Exteriores salió un telegrama en que
se me ordenaba actuar "de manera enérgica e inmediata".
En el acuartelamiento de la Guardia Civil se había tocado
generala y las fuerzas esperaban instrucciones para intervenir. Una
interpretación literal de las que yo tenía me hubiese permitido ordenar dicha
intervención.
Veía sin embargo muy claro que una acción militar española
en la Guinea recién independiente no era lo que quería el Gobierno español
puesto que con ella nos hubiésemos encontrado con una crisis internacional y
con la posibilidad de represalias sangrientas contra los españoles que vivían
en las zonas no protegidas por nuestras fuerzas. Con toda la firmeza que fuese
necesaria era preciso buscar una solución negociada para el problema de las
banderas y para la expulsión del cónsul general, que habían creado enorme y
justificadísima exasperación entre nuestros compatriotas. De acuerdo conmigo en
todo momento, el coronel Alarcón ordenó a la Guardia Civil de Bata que no se
moviese.
Como nada podía resolverse en Santa Isabel decidí, después
de solicitar nuevas instrucciones al ministerio de Asuntos Exteriores, pedir
audiencia al Presidente de la República para el martes 25 de febrero, día en
que se le esperaba en Bata después de un recorrido por Río Muni. El 24 había
pronunciado Macías el más incendiario, hasta entonces, de sus discursos
incitando a la población de Río Benito, adicta a Atanasio, a atacar a los
madereros españoles "criminales" en lugar de enfrentarse al Gobierno
de Guinea. Añadió lo siguiente: "El blanco lo que tiene que hacer es
someterse pues si nos mandaron durante dos siglos ahora el negro también tiene
que mandar al blanco y el que no quiera que se le mande que se vaya a su
país".
Con la aprobación del ministerio de Asuntos Exteriores,
había decidido la adopción de una postura de firmeza respecto al honor de la
bandera, pero sin cerrar en modo alguno al Presidente la posibilidad de una
salida airosa. En cuanto llegué, en la mañana del 25, a la residencia consular
quedó izada en ella la bandera española, pero hice llegar al mismo tiempo al
Presidente, a través del secretario de embajada José Maeso una carta en la que
se proponía una rápida solución negociada. La embajada de España estaba
dispuesta a arriar una de las dos banderas si el Gobierno de Guinea dictaba una
norma aplicable a todos los consulados. Otra fórmula alternativa sería que las
banderas no ondeasen más que los días festivos. Rogaba por otra parte al
Presidente que explicase al Gobierno español que -como suponía ser evidente- no
había sido su intención ofender el honor de España, su ejército, o su gobierno.
También pedía que se reconsiderase la declaración de persona no grata del
cónsul general, por el carácter gravé y extraordinario de tal medida.
Me recibió el Presidente en presencia del obispo de Bata y
del ministro de Educación José Nsué (4). Empezó diciéndome que consideraba
inadmisible que en vez de traerle los quinientos millones de pesetas que
necesitaba le plantease asuntos sin importancia como el de la bandera, tanto
más cuando ésta no había sido quemada sino cuidadosamente doblada. No aceptaba
protestas ni reclamaciones porque era a él a quien correspondía protestar por
la multiplicidad de banderas. Siendo él quien mandaba en el país estaba en su
derecho de quitar todas las banderas que le viniesen en gana y de echarnos de
las casas que ocupábamos. La Guardia Civil debía abandonar el país por estar
compuesta de asesinos. Todos los oficiales españoles de la Guardia Nacional,
incluso su jefe, eran traidores a Guinea. La embajada de España tramaba una
conspiración para derribarlo con la complicidad de los madereros, que habían
puesto una bomba en Mongomo para intentar asesinarlo. Yo, aún siendo
"buena persona", no representaba a España sino a esos empresarios
forestales a los que había ayudado para tratar de hacer triunfar en las
elecciones a Bonifacio Ondó, por lo que no podría seguir en la Guinea
Ecuatorial. Todo esto lo dijo Macías en tono fríamente airado.
Le contesté que el honor de la bandera de España no era
cuestión baladí y que el Presidente hubiese reaccionado de parecida manera si
se hubiesen ofendido sus colores. Que mi intención había sido acordar una
solución honorable. Que entre países soberanos los
asuntos se negocian y no se resuelven mediante decisiones
unilaterales. El propio Jefe del Estado español no tenía la facultad de dar
órdenes al encargado de negocios de Guinea en Madrid. Le recordé mis esfuerzos
constantes para resolver los incidentes planteados de
manera amistosa y cómo en ocasiones había actuado, y eso lo
sabían bien sus ministros, como abogado en Madrid de los intereses de Guinea.
Rechacé las acusaciones contra los militares españoles. Me
esforcé en mantener la calma y en hablar en tono respetuoso. Le dije finalmente
que el Gobierno español deseaba seguir ayudando al pueblo guineano en sus
primeros pasos independientes, y que también lo deseaban los españoles
residentes en Guinea. Pero que ello no sería posible a costa del honor de
España y de la seguridad de sus súbditos.
La cuestión de la bandera, que había desencadenado la
crisis, quedó superada puesto que el Presidente firmó una orden, cuya redacción
había preparado yo, por la que de acuerdo con lo sugerido por nosotros se
establecía que en todas las representaciones diplomáticas y consulares
extranjeras no hubiese más que una bandera. En cuanto recibí este papel hice
arriar la bandera de la residencia consular, que es la que había causado la
irritación presidencial. Fui llamado por Macías una segunda vez en presencia, no
ya del Obispo sino del ministro de Justicia Jesús Eworo (5), para hablarme de
una supuesta huelga de maestros. (Lo que había sucedido en realidad era que los
alumnos blancos, ante el clima de inquietud, no habían ido a las escuelas).
Una tercera vez me llamó el Presidente para comunicarme
formalmente que era persona no grata y debía abandonar el país. Apenas había
vuelto a la residencia consular, me visitaron el ministro de Justicia, y el
comandante Tray para darme un escrito, sin duda preparado con anterioridad,
ordenándome la evacuación inmediata de dicha casa, cuya ocupación era contraria
"a la soberanía de Guinea". Consideré que este escrito, por su
contenido y su tono inadmisible, impedía, al menos de momento, cualquier
posibilidad de diálogo. Dije al ministro y al comandante que la cuestión de la
casa tenía menor, importancia pero que intentar expulsarnos de ella era una
gravísima ofensa al Estado español que yo representaba.
La crisis había estallado a pesar de haberse resuelto el
problema de las banderas. Quiere esto decir que sus causas eran otras. En
primer lugar el hueco presupuestario de los quinientos millones de pesetas. (Ya
había dicho Macías, en diciembre, que si no las recibía echaría al embajador de
España). Como hemos visto, esta cuestión también estaba resuelta por la actitud
positiva del ministerio de Hacienda de España, aunque hubiese que trabajar las
modalidades de la ayuda. Fueron los españoles inspiradores del "Banco de
Guinea" quienes persuadieron a Macías eje que nunca recibiría ayuda
económica de Madrid. En cuanto al detonante concreto de la crisis, lo sucedido
en la mañana del 25 de febrero parece indicar que las apetencias del comandante
Tray por la residencia del cónsul general jugaron un papel fundamental. Dado
nuestro ánimo negociador también se hubiese podido encontrar una fórmula para
trocar por otra la residencia consular.
Si Macías no esquivó este enfrentamiento, sino que lo
agravó, fue por una serie de motivos racionales e irracionales. Hemos visto
cómo optó por ponerse al frente de los agitadores de Río Muni, antiespañoles
pero enemigos suyos también. Al chocar con España lanzaba Macías un ¡viva
Cartagena! que distrajo hacia nosotros la agitación. Calculó, y acertó en ello,
que las fuerzas españolas no se moverían. Pero se equivocó muy gravemente al
creer a quienes le decían que Guinea tenía otras fuentes de recursos internacionales
que podrían sustituir a la ayuda española.
A lo largo de estas últimas páginas he ido señalando algunas
características de la personalidad de Francisco Macías. En su identificación
con los gobernadores coloniales no podía aceptar protestas de nadie por muy
fundadas que fuesen. Cuanta menos razón tenía, más vehemente era su reacción.
No había nada ya que hacer con él.
Ante lo que se nos venía encima pensé que nuestro deber
principal era evitar una matanza de españoles. Así se lo dije a los oficiales
de la Guardia Civil y de la Nacional que vinieron a verme al consulado. Les
pedí que explicasen la situación a los españoles que estaban en el bosque y que
los protegiesen, escoltando a los que, por sentirse amenazados, marchasen hacia
Bata. En ningún caso debían realizar acto de ocupación militar.
A los oficiales de la Guardia Nacional calificados de
traidores por Macías, les dije que a partir de ese momento su única lealtad
debía de ser hacia España. Gracias a la presencia de ánimo del capitán Navarro,
que mandaba en Bata la primera Compañía Móvil de la Guardia Civil se pudieron
librar muchos españoles de las iras de las "Juventudes".
En esta tarea de protección de nuestros ciudadanos fue
decisiva también la presencia en aguas de Bata de la fragata
"Descubierta", que vino inmediatamente desde Santa Isabel con el
coronel Alarcón a bordo. Este ejercicio de "diplomacia de cañonero"
nos permitió disuadir sin ocupar. El coronel Eduardo Alarcón, con tanta
inteligencia como entereza, negoció con Macías la salida de los españoles,
militares algunos, que estaban en situación más difícil.
A mi regreso a Santa Isabel, en la misma tarde del 25, se
habían , tomado algunas medidas de precaución para asegurar la seguridad y , el
tráfico del aeropuerto mediante la Guardia Civil. Mi preocupación, era evitar
cualquier actuación de nuestros guardias que no fuese imprescindible para la
seguridad de los españoles. Consulté con los mandos militares y su opinión,
prácticamente unánime, coincidía con la mía: convenía mantener las fuerzas
móviles en reserva en espera de instrucciones concretas de Madrid. Entre tanto
la presencia de la Guardia Civil debía ser lo más discreta posible a fin de
evitar incidentes e impedir que Macías alegase, como lo hizo mendazmente en
mensaje a las Naciones Unidas, que España recolonizaba por la fuerza de sus
armas la Guinea Ecuatorial.
Tuve inmediatamente conversaciones con los ministros que
estaban en Santa Isabel. Solamente los que eran de etnia fang se mostraron
reticentes mientras los demás estaban entre apesadumbrados y espantados por la
actitud de Macías. Siempre con el propósito de seguir dejando abierta las vías
para una cada vez más improbable solución negociada, aseguré a los ministros,
como era cierto, que las medidas precautorias adoptadas no implicaban amenaza
alguna contra el Gobierno de Guinea.
Se produjo un grave incidente al disparar unos tiros al aire
los guardias civiles que se sentían acosados por la Guardia Nacional, que se
dio a la fuga. En vista de ello el comandante de la Guardia Civil y yo
negociamos un modus vivendi con los ministros guineanos por el que quedaban en
el aeropuerto cuatro guardias civiles y cuatro nacionales mientras se
establecía una patrulla mixta para mantener la seguridad en la ciudad de Santa
Isabel.
La noche del miércoles 26 transcurrió tranquila en Santa
Isabel. Los ministros me convocaron para anunciarme que el Presidente había
hecho un llamamiento a la calma y a la paz y pedirme que para evitar incidentes
hiciera otro tanto. Me ofrecieron la radio para que dijese a los españoles que
no corrían peligro.
Les repuse que antes de tomar una decisión de tal
importancia debía examinar la situación real. De regreso a la Embajada pude
comprobar que el supuesto llamamiento de Matías, difundido por la radio de
Bata, aunque empleaba de pasada las palabras "paz" y
"tranquilidad" era absolutamente inflamatorio y acusaba a la Guardia
Civil y al propio representante de España de haber lanzado una conspiración
contra el pueblo de Guinea. Enseñé el texto a los ministros, que fingieron no
conocerlo, y les rogué que tomasen medidas para que no fuese difundido por la
Radio de Santa Isabel puesto que sin duda provocaría el pánico de los españoles
de la isla, que todos queríamos evitar. Los ministros estaban dispuestos a
ello, pero recibieron instrucciones directas de Macías para que la radio
isabelina repitiese constantemente el peligrosísimo texto.
Los españoles de Río Muni, muy justificadamente alarmados,
habían decidido iniciar su repliegue hacia Bata. Hubiese sido irresponsable por
mi parte tranquilizarlos y aconsejarles seguir en sus lugares de trabajo cuando
Macías seguía azuzando a las turbas contra ellos.
Siempre por orden del Presidente se tomaron el jueves en
Santa Isabel una serie de medidas que agravaron la situación y atemorizaron a
los españoles. La Guardia Nacional ocupó el aeropuerto, del que -para evitar
choques fatales- se había decidido retirar a los guardias civiles. La Guardia
Nacional guineana, empezó a ocupar la ciudad y fueron distribuidas armas a
algunos particulares. Guardias "nacionales" rodearon la Embajada de
España. Dije al ministro de Obras Públicas, encargado de la Defensa Nacional, que
sobre el Gobierno de Guinea recaía íntegramente la responsabilidad del pánico
provocado por sus medidas.
Se transmitió el 28 un discurso de Macías de desenfrenada
demagogia. La Guardia Civil y el embajador de España se habían convertido en
sus cabezas de turco. Es evidente que Macías (que antes había contado con la
Guardia Civil como freno a la Guardia Nacional) se había dado cuenta de que con
el incidente dé las banderas se había ganado de manera definitiva la hostilidad
de las Compañías Móviles de la Guardia Civil.
Los ministros residentes en Santa Isabel, que a pesar de
todo habían seguido manteniendo conmigo un diálogo cordial, empezaron a evitar,
por orden de Macías, verme por separado y en nuestros encuentros tenían que
estar presentes, vigilándose, los cinco.
Convocaron una vez al mínimo cuerpo diplomático, del que yo
era decano, como único embajador. El ministro de Sanidad leyó un memorial en
que se daba la deformada visión oficial de los hechos. Como no había nadie
capaz de traducirlo se produjo una situación extraña que decidí romper. Con la
máxima frialdad asumí el papel de intérprete y traduje al francés y al inglés
lo leído en castellano por el ministro Pedro Econg, sin suprimir por supuesto
las referencias poco gratas a mi persona. A continuación rebatí el memorial en
los tres idiomas.
Entretanto Macías volvía a recorrer Río Muni con discursos
cada vez más violentos. Dijo por ejemplo, el día 28 en Bindung que "el
embajador de España sería tumbado". En discursos anteriores me había
acusado de retener la famosa casa consular, de ordenar actos provocativos, de
haber trabajado para que se aprobase la Constitución guineana en el referéndum
y de haber apoyado a Ondó. "Ya no le queremos, hermanos" dijo
refiriéndose a mí. Al mismo tiempo pedía -lo hizo también en telegrama al Jefe
del Estado español- la retirada de la Guardia Civil.
No sin astucia el Presidente Macías había centrado sus
ataques en el embajador sin involucrar en ellos al Gobierno español. Así se lo
conté por teléfono a Castiella, quien me dijo que no lo tomase personalmente
pues "no ofende quien quiere sino quien puede". Le contesté que en
modo alguno estaba herido mi amor propio. Aunque Macías nunca había puesto
plazo a mi salida de Guinea después del telegrama declarándome persona no
grata, mi regreso a Madrid podía, al darle satisfacción, aliviar la tensión.
Estaba claro que yo había perdido toda validez como interlocutor de Macías y mi
único papel útil era el de fusible.
Aceptado este criterio fui llamado a Madrid, según la
fórmula establecida, en consulta. Decidida mi marcha para el día primero de
marzo fui convocado por los ministros guineanos que querían despedirse de mí.
Lo hicieron de manera emocionada y contrita. Yo también me emocioné al darles
un último abrazo. Todos fueron perseguidos más tarde por Macías y los más
murieron por orden suya.
En el aeropuerto me encontré con Atanasio Ndongo, quien
llegaba de España en el avión que yo iba a tomar. Insistió en que yo iba a
Madrid para informar y que volvería muy pronto. No fue así.
En Barajas me recibieron muchos compañeros de la Carrera
Diplomática que quisieron expresarme su solidaridad. Fueron momentos de emoción
grande y compleja.
El día 5 de marzo dio Atanasio Ndongo su golpe de Estado,
trágicamente fallido. Macías se refirió siempre a este hecho, incluso en su
proceso, como "el golpe del embajador Duran". Alguna vez he dicho que
si hubiese sido mío no habría fracasado. No había en esta "boutade"
la menor petulancia puesto que hubiesen seguido "mi" golpe dos
compañías móviles de muy aguerridos guardias civiles.
Mi primera embajada había sido, evidentemente, un fracaso.
Los meses que pasaron hasta que tuve un nuevo destino fueron muy amargos. Los
acontecimientos de Guinea pasaban por mi cabeza como una película en la que
buscaba, obsesivamente, lo que hubiese podido hacerse de otra manera para
alterar el triste resultado final.
Mis jefes y amigos no me abandonaron. Don Fernando María
Castiella tuvo el gesto de solicitar y obtener para mí una importante
condecoración.
Mis amigos guineanos, y los que lo habían sido menos, fueron
cayendo asesinados. Sentí el dolor de estas muertes violentas. Incluso la de
Francisco Macías, víctima de su locura y de quienes lo auparon a pesar de
ella".
___________________
(*) El texto que se publica corresponde al capítulo X de Memorias diplomáticas, de Juan Durán-Loriga, Siddharth Mehta Ediciones, Madrid 1999.
Juan Durán-Loriga y Rodriguez es diplomático y ha ocupado diversas embajadas en su carrera profesional. Fue el primer embajador de España en la Guinea independiente.
(**) ”La Cárcel de Corte” es el Palacio de Santa Cruz, sede del ministerio español de Asuntos Exteriores. El edificio de la plaza de la Provincia, durante muchos años sede de la diplomacia española, estuvo destinado inicialmente a cárcel.
(1) El vicepresidente Bosio fue también asesinado por orden de Macías.
(2) No se podía, por supuesto, dejar que Macías empleara a nuestros guardias civiles para actuaciones represivas. Años después obtuvo una guardia pretoriana marroquí.
(3) Los detalles de este episodio, en el que hizo sus primeras armas Francisco Paesa, están en el libro de M. Liniger Goumaz, La Guinee Equatoriale. Un pays méconnu. Harmattan. París, 1980.
(4) Asesinado por orden de Macías en 1976.
(5) Asesinado en 1970 por orden de Macías.
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