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viernes, 9 de enero de 2026

El amigo Charlie

Hubo un tiempo en el que Arturo Pérez-Reverte, el enfant terrible de las letras ibéricas fue enviado especial del diario Pueblo. «Cuando estaba en el diario Pueblo me iba a África, pasaba allí dos meses y a la vuelta decía: “Mira, tengo esto”, y lo ponían en primera. Pero eso se acabó». De ese período quedan las crónicas "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca" y un rosario de relatos propios y ajenos, que -tal vez- algún día se puedan leer en un único tomo...

Os contábamos el año pasado sobre el legendario cabo Salomón del aeropuerto de Malabo; pero nos faltaban las historias de Charlie; el coronel Carlos Guerrero Carranza, «uno de los mejores agentes de nuestros servicios de información», que ejercía de director del Centro Cultural Hispano-Guineano de día... y de otras cosas de noche.

Así, que si tenéis fresca la serie Anatomía de un instante, tal vez os interese este relato...

Charlie llegó a Malabo en 1985, ya con el PSOE en el gobierno, habiéndose significado entre los leales tras los confusos sucesos del 23F, así como en aclarar la implicación de algunos militares como el general Alfonso Armada. Incluso Perote, en su libro de confesiones, recogerá: «¿Armada inocente? Los capitanes Camacho, Rubio y Carranza [se refiere a Carlos Guerrero Carranza], así como el sargento Rando, no daban crédito a sus oídos. Haber descubierto y denunciado la implicación del general les ponía en una situación difícil, incluso kafkiana. Les había convertido en una especie de mosqueteros de la democracia a las ordenes directas de Richelieu». Su coherencia les persiguió por décadas, soportando la inquina y ensañamiento de turbios directivos del CESID. Esa es una gran historia, pero que queda fuera de este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel.

En definitiva, a medidos de los 80 -tal vez como una forma de distanciarse del tóxico entorno de Madrid- Charlie se incorporó a una delegación en el extranjero, en esa ocasión como director del Centro Cultural en Malabo y agregado cultural para Guinea Ecuatorial, Nigeria, Camerún y Gabón, conformando equipo -cultural- con el escritor y periodista Donato Ndongo, director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano. 

Era un momento interesante, ya que las recomendaciones del Primer Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura (Bata, 1984) estaban muy recientes, marcando una clara agenda de trabajo. Y, pese a tener 2 sombreros, fue un periodo muy productivo,... aun a pesar de que La Casa le escamoteara la indemnización por destino en el exterior. Pero eso, también es otra historia.

Durante su administración en Malabo, -entre otros- se lanzó el primer número de la revista África 2000, se consolidaron las clases de fang, bubi y español, y se crearon talleres creativos como el de Arte Plástica y Modelado de Eva Alcaide. Igualmente, el centro cultural se dotó de una biblioteca, se sentaron las bases para la creación (1988) de la emisora cultural y educativa Radio África 2000, y contaron con una frenética editorial (Ediciones del Centro Cultural Hispano-Guineano), dedicada a escritores guineanos tanto consagrados (especialmente la "generación perdida") como jóvenes promesas. Precisamente en ese periodo se consolidó la imprenta nacional, editora de Ébano, que unos años antes había inaugurado el teniente general Gutiérrez Mellado con la maquinaria del agonizante periódico El Eco de Canarias. 

Y generó un buen recuerdo. Todavía en 1996, la veterana Juana Salas (empleada del CCHG desde 1982) decía en una entrevista a El Patio

-¿Cuál ha sido para usted el mejor director de esta casa?
-D. Carlos Guerrero Carranza.
-¿Por qué?
-Por dos razones:
a) Consideraba a los trabajadores.
b) Por el alumbramiento a uno de mis hijos (sic), me regaló de sopetón 20.000 Bikueles.

 

El vicepresidente del gobierno de Guinea Ecuatorial, Florencio Mayé (c),
junto a su homólogo español, el teniente general Gutiérrez Mellado (3d),
durante el acto de inauguración de la nueva rotativa del periódico Ébano.

Para completar el contexto; apenas habían pasado 10 años de la muerte Franco, Guinea Ecuatorial no había cumplido las dos décadas como república independiente, y la abrupta ruptura de la desquiciada administración Macías había tenido lugar 6 años atrás. De hecho, ambos periódicos -Ébano y El Eco de Canarias- procedían de la cadena de Prensa del Movimiento originada de las confiscaciones de la guerra civil. Pero eso era algo habitual en esa época, ya que el mismo diario Pueblo para el que trabajaba Pérez-Reverte tenía un origen similar  

¿Seguimos? En "La T.I.A. y yo" (2021) Pérez-Reverte cuenta: 

Los azares de la vida profesional cruzaron mi camino con algunos de sus agentes. Uno de ellos, Charlie, llegó a ser amigo mío. Él sí era un espía estupendo. Nuestros intereses profesionales coincidieron a veces: necesitábamos información, él para sus jefes y yo para los míos. Así que, en plan compadres, montamos algunas operaciones bonitas. Una en Guinea Ecuatorial, conmigo y una guapa camerunesa vigilando en un pasillo mientras él fotografiaba documentos secretos. Otra, en Libia y con palestinos incluidos –de ésa obtuve una radio Sony que me regaló Gaddafi después de una entrevista–. El caso es que Charlie triunfó con sus informes, yo con mis reportajes, y los dos nos reímos hasta saltársenos las lágrimas.

El periodista Pablo Calvo le preguntaba (2018), para el periódico argentino Clarín, «¿Es cierto que una noche fue espía?»:

Es una historia divertida. Pues lo decidimos junto a un muy amigo, espía español, que estaba en Guinea Ecuatorial espiando. Había una operación en curso con la Embajada de España. Entonces, el espía y yo decidimos asociarnos: lo que conseguiría yo, lo utilizaría para publicar y él, para reportar a sus jefes. Hicimos una incursión en una fiesta nocturna, en el despacho del embajador [según el BOE, se trataría de Antonio Núñez García-Saúco], los dos para conseguir una información muy útil con la cual yo hice una exclusiva muy importante como periodista y él pasó a sus jefes lo que no se podía publicar. Cuando uno ha sido reportero como yo, en lugares inestables, siempre tiene acercamientos, siempre hay gente que pide, que quiere intercambiar datos, nunca he querido tener nada que ver con el espionaje, pero en este caso se trataba de un asunto en mi país, gente seria, solvente, una buena causa, así que decidí aprovechar eso para mi propio beneficio.

Un año antes, para El País, a Berna González Harbour le contaba:

...decidimos hacerla a medias -hablo de Guinea Ecuatorial-, porque yo obtenía una información muy útil para un Informe Semanal que estaba haciendo entonces y ellos obtenían datos para su propio trabajo. Y montamos la operación juntos; intervino también una mujer muy interesante, una africana guapísima, que también tenía su interés en la operación. Entonces, fue una cosa muy divertida. Tengo un recuerdo muy agradable. (...) fue una cosa absolutamente discreta. Nadie se enteró jamás. Yo hice mi información, la publiqué, el espía hizo su informe, la chica ésta hizo el suyo (trabajaba para los franceses). Una cosa a tres bandas, todo el mundo salió beneficiado, nadie se perjudicó. 

La discreción es importante, como recordaba Pérez-Reverte en Falcó: «La salud de un espía solía resentirse de esa clase de cosas. En aquel oficio, los descuidos podían ser de hola y adiós».

El enviado especial en "Guinea Ecuatorial: ahora o nunca"

Anteriormente, en "mi amigo el espía" (1994) Pérez-Reverte contaba sobre su amigo al que conoció «en un país caluroso y tropical cuyo nombre me callo»...

Mi amigo y el que suscribe vivimos juntos un par de peripecias divertidas, a las que asistí como testigo: desde una incursión nocturna en territorio enemigo, africano y ecuatorial, en compañía de una hermosísima joven de piel oscura, hasta el día en que, muerto de risa, vigilé la puerta del despacho de cierto embajador mientras él fotocopiaba, entre pasos de baile, documentos confidenciales que al día siguiente viajaban a España en valija diplomática. El azar y su habilidad, combinados, lo colocaron entre los protagonistas de algunos acontecimientos históricos de la última década, cuya confianza ganó y utilizó al servicio de su país. Durante estos años bebí martinis con él, escuché sus neuras y sus problemas conyugales, y llegué a apreciar a ese vagabundo inteligente, caballeroso y patriota, con un profundo sentido del humor y una extraordinaria lucidez sobre la condición humana.

Ahora está en un lugar donde se juega la vida a menudo, y ni siquiera tiene derecho a lucir medallas. Por eso, a veces, cuando miro el telediario o las páginas de los diarios y veo que el mundo se agita y que ocurren cosas, creo reconocer, a veces, su mano o su presencia en ellas. Entonces levanto un vaso y brindo a la salud de mi amigo, el espía tranquilo. Sé que un día volverá, y lo harán general o -lo más probable- lo enviarán a un despacho de chupatintas, como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados. Pero nadie le quitará aquella noche de gloria que vivió junto a la valiente princesa de piel oscura.

Ni nadie podrá quitarle mi amistad y mi respeto.

Pero el relato más esclarecedor fue el clásico la noche de Malabo (1997):

Alguna vez les hablé de mi amigo el espía, que era de los que espiaban como Dios manda, jugándose fuera el pellejo en vez de estar aquí apalancado cual rata de alcantarilla, pinchando teléfonos y trapicheando con secretos de bragas y coronas, como hacen otros. Mi amigo -a estas alturas puedo nombrarlo sin que pase nada se llama Carlos Guerrero y ahora, retirado del oficio, viste el uniforme que durante veinte años se apolilló en un armario.

«...no es el uniforme -dirá en otra ocasión- lo que hace a la gente, sino la gente la que hace al uniforme. Y en ese contexto, debo añadir que también he conocido a mucha gente que honra el suyo. Mi amigo Charlie el ex espía, por ejemplo, que ahora es coronel de un regimiento».

Carlos, alias Charlie, tuvo diferentes coberturas a lo largo de su azarosa vida profesional. Una fue la de agregado cultural en Guinea Ecuatorial, donde nos encontramos varias veces. Y allí ocurrió el episodio que quiero contarles.

Fue hace unos diez años. España iba de capa caída en Guinea, como siempre y en todas partes, y Francia se aprovechaba de los trenes baratos para acrecentar su in fluencia. Apenas derrocado Macías, el presidente Teodoro Obiang había pedido al gobierno de UCD una compañía de la Legión para garantizar la estabilidad de la ex colonia. Pero la timoratez y el miedo a lo políticamente incorrecto no son patrimonio exclusivo del Pepe ni del Pesoe, de modo que los de don Adolfo se acojonaron por el qué dirán y respondieron no, disculpe, oiga, no queremos ser tachados de neo-colonialismo. Por supuesto, la Frans, que sí lo tiene claro en África -donde mantiene tropas sin el menor complejo-, se apresuró a hacerse cargo del asunto; y por fin apadrinó un despliegue de soldados marroquíes, corriendo París con los gastos. De ese modo, controlando los gabachos la seguridad de Obiang, empezó el declive de la influencia española en Guinea y la reconversión de ésta al área franchute.

Aunque lo suyo era espiar -incluso tenía como alumno de castellano al embajador norteamericano en Malabo- Charlie no descuidaba las tareas de su cobertura diplomática. Y la creciente presencia francesa le repateaba mucho el hígado. Libraba sus dos batallas, la clandestina de agente secreto español y la pública de agregado cultural de la embajada, completamente en solitario, sabiendo que Madrid pasaba mucho del tema y que la suya era una causa perdida. Pero no se rendía, y una noche se le ocurrió un gesto simbólico que, como me dijo, no iba a cambiar nada pero le aliviaría, al menos, la mala leche. Así que, tras planificar casi militarmente la operación, nos vestimos de oscuro y salimos a la calle con un cargamento de pegatinas que la embajada tenía arrinconadas -Madrid había prohibido distribuirlas, por no herir, cielos, susceptibilidades francesas- que rezaban: "Aquí hablamos español".

Lo cual cuadra con la reflexión recogida por Juan María Calvo en La ocasión perdida, «Carlos Guerrero, que hasta finales de 1987 dirigió el Centro Cultural Hispano-Guineano, pensaba que si seguían así las cosas el castellano se perdería en un plazo mucho más breve, que fijaba en unos diez años», mientras -hubiera podido completar Pérez-Reverte- «los tiñalpas de la UCD se la cogían con papel de fumar» (aunque para esa fecha, ya gobernaba el PSOE).

Fue una de esas noches que uno vive para recordarlas después. Nos acompañaba en la incursión una bellísima mujer llamada Gabrielle: una princesa africana auténtica, junto a la que Naomi Campbell no parecería más que una marmota y una ordinaria. Gabrielle era amiga nuestra, odiaba a los franceses porque habían fusilado a su padre en Camerún, y no había perdido el sentido del humor. Así que salimos los tres a recorrer las calles de Malabo, esquivando patrullas, y llenamos de pegatinas la ciudad, incluidas la puerta de la embajada francesa, la casa y el coche de su agregado cultural, la embajada norteamericana y los muros de la Ciudad Prohibida, donde los centinelas, por cierto, estuvieron a punto de trincarnos junto al palacio presidencial. Excuso decirles que, miedo aparte, nos reímos hasta saltársenos las lágrimas. Y uno de los recuerdos magníficos que conservo de aquella noche consiste en que Gabrielle llevaba unos téjanos muy ceñidos -tenía un tipazo soberbio-, y en uno de los bolsillos traseros se había puesto una pegatina. Y cuando estábamos tirados en el suelo, en la penumbra de una esquina, mientras esperábamos que se alejara una patrulla, yo tenía a un palmo de los ojos ese "Aquí hablamos español", pegado en aquellos téjanos que moldeaban un culo estupendo.

En fin. Son recuerdos de cada cual. Pero me han venido hoy a la memoria después de enterarme de que Teodoro Obiang ha decidido convertir el francés en idioma oficial de Guinea, y de que España está a pique de perder el mísero hilo de influencia cultural que aún la ligaba a su ex colonia. Esa Guinea que los pichafrías de la UCD empezaron a perder, el PSOE -tan europeo y atlántico él- dejó pudrirse sin remedio, y ahora el PP no sabe cómo liquidar, porque de África, fuera del negrito de las huchas del Domund, no tiene ni puta idea.

Hasta que Charlie se jubiló, mereciendo un cariñoso recordatorio de Pérez-Reverte en "mi amigo el ex-espía" (2005) como parte de «los correosos agentes que te organizaban un golpe de mano para abrir la caja fuerte de Obiang o se calzaban a la señora del embajador Flanagan para robarle los planos del polvorín, fueron jubilados uno tras otro». 

En los últimos años, Charlie -que además de la carrera en la milicia es licenciado en Geografía e Historia por la Complutense- se ha dedicado a la conservación del patrimonio, y a dar conferencias en el mundo universitario. Precisamente, hace unos años, en los cursos de verano de San Roque, aportó un dato legendario sobre el origen remoto de su profesión: «El espionaje -afirmó- es tan antiguo como el mundo, tanto que Noé, desde su gran barco, después del diluvio manda a una paloma a espiar si ya hay tierra seca donde desembarcar». O como cuando resaltó en otra ocasión que «existen hipótesis fundadas sobre ciertas tareas de espionaje contra el enemigo desplegadas por Cervantes durante y después de su cautiverio argelino».

Por cierto, ¿qué habrá sido de la escultural Gabrielle?

Y una anécdota:



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