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miércoles, 22 de junio de 2022

Los elefantes de la calle Pinto

Contaba ayer Juan Tomás Ávila Laurel en FrontraD sobre La historia de los diez mil elefantes y los nombres
borrados del colonialismo

En estos días los promotores del proyecto que lleva por título Diez mil elefantes (Reservoir Books, 2022)  fueron protagonistas de alharacas mediáticas porque su ansiado proyecto vio la luz. En efecto, anunciado con la antelación necesaria, se produjo finalmente la  presentación en público del referido cómic,  obra de la que se dice que un cronista español y un dibujante guineoecuatoriano aunaron sus esfuerzos para crear un producto que iba a ser una sensación. Pero lo curioso del asunto es que ninguno de los que acogieron la noticia con inocultable entusiasmo reparó en el hecho de que sí parecía que lo natural hubiera sido al revés, que fuera el guineano el que aportara la historia, por estar destinada a conocerla mejor, y el español el que la fijara con sus dibujos.

Y no solamente pasó inadvertido para ellos aquella inversión de los roles, sino que, por ser quienes eran, debían saber que parte de la verdad se ocultada con aquel asunto. Actuaron, además, como si hubieran recibido la consigna de huir hacia adelante. Pero para asentar esta historia en sus cauces cabales y así facilitar la compresión de las aseveraciones aquí hechas, aclararemos que cerca del año del Señor de 2008 recibimos el encargo del actual «cronista español», uno de los autores del cómic en cuestión, de escribir una historia a propósito de un colono español que se había empecinado en vivir la experiencia de encontrarse con diez mil elefantes. Para animarnos en aquella empresa nos facilitó una decena de fotos de la colección del cineasta también colonial Manuel Hernández (1915-2008), de quien se hizo precisamente divulgador y tras recuperar cientos de fotos que aquel hiciera en Guinea bajo los auspicios del régimen franquista allá a mediados de los años 40. Para aquella tarea de redacción hubo la pertinente correspondencia económica, esto que el cronista alude como «compra». Aclaremos inmediatamente que debido al hecho de que aquellos dineros no provenían de la bolsa de un desinteresado y aquijotado filántropo, sino de una financiación pública, aquel entendimiento se llamaría «colaboración», pues no vale sostener la idea de la compra si hubo mediación de unas fotos para que el autor se haga una idea de las personas sobre las que escribiría. La realidad fue que aquella propuesta era un lanzarle a uno los guantes en toda regla; o sea, un reto mayúsculo, pues aquellas fotos nunca constituirán ningún material para coser una historia.

Hemos de decir también que de aquella colección de fotos, debidamente restituidas, se hizo una selección que el mismo recogió en un voluminoso libro titulado Mbini, cazadores de imágenes (Altair, 2006). Supimos que aquel nombre le vino inspirado por nuestra novela corta La carga, (Editorial Palmart, 1999), ambientada en el Río Benito de la época colonial, localidad costera de Río Muni que luego pasó a llamarse Mbini. Curiosamente, y sin que pareciera venir a ningún cuento, esta novela corta se menciona en la información facilitada en el cómic Diez mil elefantes, cuyos autores son presuntamente los señores ya mencionados. Creemos que esta mención es debida a un irreprimible remordimiento de conciencia por un hecho que ya tiene asentada una tradición: el esfuerzo continuado por silenciar las voces africanas y, en particular, las guineanas. Precisamente sobre este hecho centré mis palabras en un acto que tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Madrid en el mes de octubre del pasado año, en el marco del II Encuentro de hispanistas África-España. Para abundar en la idea de este esfuerzo silenciador diremos que de las miles de fotos de la colección de Hernández San Juan no hay ninguno de los fotografiados al que se pudiera identificar con un nombre, todos eran meros cuerpos, caras, rostros anónimos, aunque estuvieran embarcados en la actividad más llamativa. Es decir, para el colonialismo, que de aquello se trataba, no es importante conocer los nombres de nadie, sobre todo de los nativos.

Precisamente contra esto queremos luchar. En nuestra mencionada novela corta La Carga, ambientada precisamente en los tiempos en que aquellas fotos fueron tomadas, los protagonistas sí tienen nombres. Y siguieron teniéndolos en el relato registrado posteriormente como Elefantes en la luna y del que primero se hizo una película de animación deliciosa, Un día vi 10 mil elefantes, (dirigida por Álex Guimerá y Juan Pajares, 2015) donde sí se da crédito a un servidor como autor del relato en que se basa y luego el cómic por el que hemos salido hoy a la palestra. En este empeño por poner nombres a los protagonistas de nuestras historias no hemos necesitado, además, a ninguna antropóloga, como sí le ha ocurrido al cronista y autor del cómic.

Cuando tratamos en privado el asunto de cómo hemos sido, otra vez, silenciado en un asunto en que deberíamos ocupar un lugar central, dijimos que nuestro amigo, el cronista español, se ha pegado un tiro en el pie. Que este tiro no se convierta en una historia de mayor calado pasaría porque nuestro nombre, el mío, fuera restituido en la portada del libro, así como las relaciones económicas que exigen el caso. Lo contrario de este hecho sería la historia de un señor que, amparado en el desconocimiento resultante del ocultamiento sistemático de los nombres guineanos, se hiciera autor de una obra que no ha escrito, por más que estuviera en los inicios de su concepción, haciendo el encargo de que se escribiera. Esto, lo saben, es un fraude, y mencionarlo ahora es hacerle un flaco favor. Es decir, lo del tiro en el pie se queda corto.

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