CB

lunes, 25 de abril de 2022

La familia Cabanellas

¿Recordáis El exilio de Guillermo Cabanellas de Torres?

Reconocido jurista y escritor, en algún momento de su ejercicio profesional -durante la Segunda República- fue secretario del Gobierno General de la Guinea Española. Por lo que se trataría de uno de los ejemplos que dábamos en 80 años del exilio republicano español:
Es cierto que, al estar el territorio ecuatorial administrado por el Estado español, el mismo no pudo ser receptor de exiliados, como sí lo fue el territorio francés, mexicano o argentino, por ejemplo.
Se dan, sin embargo, diferentes situaciones: (...) Funcionarios que pasaron en algún momento por la administración colonial, y acabaron inhabilitados para el cargo público y se vieron forzados al exilio. Son casos como el del doctor Juan Bote, León Felipe, boticario y administrador del hospital de Elobey que falleció en el exilio en México, Joaquín Mallo, presidente del Consejo de Vecinos de Santa Isabel que falleció en el exilio en Francia, o Guillermo Cabanellas de Torres, exSecretario del Gobierno General de la Guinea Española que falleció en el exilio en Argentina. (...)
El general Miguel Cabanellas
inaugurando un busto del general Sanjurjo
tras su muerte, julio de 1936.
«Guillermo, el hijo díscolo del general golpista, antes de ser secretario de Gustavo de Sostoa había participado en la sublevación de Jaca, con Fermín Galán, Ramón Acín, Rafael Sánchez Ventura».... y Rafael Rodríguez Delgado.

Es cierto; si de ampliar conocimientos sobre la guerra civil y sus consecuencias se trata, el apellido "Cabanellas" no nos resultará desconocido...

Al fin y a cabo, el general Miguel Cabanellas fue el padre de Guillermo Cabanellas, y es recordado por ser uno de los cabecillas del golpe de Estado de 1936.
Fue de hecho uno de los militares de más alto rango que se sumaron a los golpistas, por lo que presidió el Directorio militar tras la muerte del general Sanjurjo.

De convicciones republicanas (era miembro de la masonería y había sido incluso diputado por el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux) pronto fue considerado un estorbo por Franco y su entorno, y reacomodado en puestos secundarios. 

Es célebre la frase premonitoria pronunciada por Cabanellas cuando Franco logró imponerse al resto de militares: «Ustedes no saben lo que han hecho, porque no le conocen como yo, que le tuve a mis órdenes en el ejército de África [...]. Si, como quieren, va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie le sustituya en la guerra ni después de ella, hasta su muerte».

El general no sólo llama nuestra atención en este paseo por la calle 19 de Septiembre de la vieja Santa Isabel por ser el padre de Guillermo Cabanellas, ya que en los primero días del golpe de Estado, Miguel Cabanellas participa en El caso del viejo Gobernador que murió descalzo.

Confiando precisamente en sus antecedentes republicanos y la pertenencia a la masonería, el exgobernador Núñez de Prado voló a Zaragoza en los días siguientes al golpe de Estado, para persuadir al general Cabanellas al mando de la V División Orgánica para que no se uniera a los sublevados. Fue retenido varios días, hasta que fue trasladado a Pamplona. Hacia el 23 o 24 de julio de 1936 fue encarcelado en el fuerte de San Cristóbal (Pamplona) y fusilado poco después por órdenes de Mola. 

¿Cómo sería la fallida negociación de Núñez de Prado con Cabanellas o con Mola?
Su asesinato fue ocultado durante años, imposibilitando a su viuda tramitar pensión y herencia, por lo que no hay forma de reconstruir sus últimos días.
En cualquier caso, la conversación no sería muy diferente de la que sostuvo el comandante de la Guardia Civil, José Rodríguez-Medel con Mola una semana antes:
R-M.: La Guardia Civil seguirá al lado del Gobierno. Ahora y siempre defenderé al Gobierno de la República como poder constitucional. Ésa es mi postura.
M.: Entonces ¿no le importa nada la salvación de España?…¿Qué haría si se implantase, dentro de unos días, el comunismo en nuestra patria?
R-M.: Cumpliría con mi deber.
M.: ¿Y cual es su deber?
R-M.: Obedecer las órdenes del poder constituido.
M.: Si, pues aténgase a las consecuencias.
A Rodríguez-Medel le dispararon por la espalda, y Núñez de Prado -recuerdan los testimonios recopilados- fue fusilado y enterrado descalzo tras haberle robado el calzado, acto que daba nombre a la correspondiente entrada del blog.


lunes, 18 de abril de 2022

León Felipe guineo y boticario

Farmacia del Hospital de San Carlos
 (actual Luba), en 1929.
El 29 de septiembre de 1922, La Guinea Española informa de la llegada de varios pasajeros en el vapor correo Ciudad de Cádiz. Entre los llegados está Felipe Camino Galicia, el poeta conocido como León Felipe.
Hacía unos meses había sido nombrado administrador y farmacéutico del Hospital de San Carlos (en los territorios de la Guinea Ecuatorial española, actual Luba), aunque a petición del jefe de Sanidad el gobernador general decidió reubicarle en la isla de Elobey.

En ambos puestos fue precedido por Rafael Matamala, acompañante de este paseo por la calle 19 de septiembre de la vieja Santa Isabel. Y, al igual que Matamala, como administrador le correspondió la dirección del centro de salud de Elobey y -eventualmente- la subgobernación de la isla.

Poco sabemos del paso de León Felipe por el territorio ecuatorial. Nos queda, eso sí, su poesía:
...He dormido muchas noches, años, en el África Central,
allá, en el Golfo de Guinea,
en la desembocadura del Muni,
acordando el ritmo de mi sangre
con el golpe seco, monótono y tenaz
del tambor prehistórico africano
de tribus indomables.
He visto a un negro desnudo
recibir cien azotes con correas de plomo
por haber robado un viejo sombrero de copa
en la factoría del Holandés.
Vi parir a una mujer
y vi parir a una gata.
y parió mejor la gata;
vi morir a un asno
y vi morir a un capitán.
y el asno murió mejor que el capitán.
Y ese niño,
¿por qué ha llorado toda la noche ese niño?
No es un niño, es un mono —me dijeron.
Y todos se rieron de mí.
Yo fui a comprobarlo
y era un mono pequeño en efecto,
pero lloraba igual que un niño,
más desgarrada, más dolorosamente que todos los niños
que yo había oído llorar en el mundo.
El Sargento me explicó:
—Anoche en el bosque matamos al padre y a la madre,
y nos trajimos al monito.
¡Cómo lloraba el monito!
(...) 
Se trata de un fragmento de “Escuela” del libro ¡Oh este viejo y roto violín!.
En el mismo deja testimonio de la situación de la población local, y la dureza del trato, no dejándole indiferente.

Cuenta Gustau Nerín en Un guardia civil en la selva: «el poeta León Felipe explicaba que, cuando llegó a la colonia como farmacéutico, detectó que hasta entonces habían estado desviándose las partidas presupuestarias destinadas a sanidad. En vez de continuar con las prácticas corruptas de sus predecesores, denunció los hechos ante Barrera, que quedó tan impresionado por la honradez del poeta farmacéutico que le impuso una condecoración. Le aseguró que era el primer funcionario honrado que llegaba a la colonia en muchos años».

Allí permanece tres años para volver a España, haciéndose efectivo su cese en septiembre de 1923.  Al poco tiempo, parte hacia América, invirtiendo todo lo ahorrado en Guinea, quinientas pesetas, en adquirir un pasaje de tercera, en la bodega, entre los más humildes emigrantes.

Al estallar la guerra civil española en 1936 vuelve a su tierra, totalmente identificado con el gobierno republicano y constitucional amenazado entonces por el levantamiento militar del general Franco. Su experiencia es desgarradora. En 1938 huye del bando nacional y se exilia definitivamente en México. Es cuando escribe "Español del éxodo y del llanto":
¡España, España!
todos pensaban
-el hombre, la Historia y la fábula-,
todos pensaban
que ibas a terminar en una llama...
y has terminado en una charca.
Después de una larga vida enfrentándose a la injusticia a través de su verbo, fallece exiliado en México en 1968.

León Felipe es uno de los ejemplos que dábamos en 80 años del exilio republicano español:
Es cierto que, al estar el territorio ecuatorial administrado por el Estado español, el mismo no pudo ser receptor de exiliados, como sí lo fue el territorio francés, mexicano o argentino, por ejemplo.
Se dan, sin embargo, diferentes situaciones: (...) Funcionarios que pasaron en algún momento por la administración colonial, y acabaron inhabilitados para el cargo público y se vieron forzados al exilio. Son casos como el del doctor Juan Bote, León Felipe, boticario y administrador del hospital de Elobey que falleció en el exilio en México, Joaquín Mallo, presidente del Consejo de Vecinos de Santa Isabel que falleció en el exilio en Francia, o Guillermo Cabanellas de Torres, exSecretario del Gobierno General de la Guinea Española que falleció en el exilio en Argentina. (...)


Esa es la historia de quien llamaba Gerardo Diego: "León Felipe, guineo y boticario".
Si quieres saber más, no dudes en consultar León Felipe, en Guinea Ecuatorial de Vicente Granados.


viernes, 1 de abril de 2022

España en paz

En los XXV años de conmemoración de la victoria de los franquistas una junta interministerial elaboró programas de festejos, actividades y publicaciones (sellos incluidos) o rebautizar al viejo estadio municipal de Santa Isabel como "La Paz".

Cada diputación provincial de España aportó incluso un tomo de la serie "España en paz", y el correspondiente a la recién estrenada "región ecuatorial", con prólogo institucional a cargo de José Cervera Pery, no tenía desperdicio:

El conflicto derivado del golpe de Estado del 36 se convertía en un recuerdo bucólico y se dedicaba a ensalzar los XXV años de progreso bajo la paz de Franco.

«Mucho, muchísimo podría hablarse de Fernando Poo a través de estos veinticinco años de hondas y progresivas superaciones. Su progreso económico y social tan a la vista está de todos que sería empresa inútil querer hacer del mismo una exhaustiva recapitulación. En cualquier da los campos de actividad que fijemos nuestra atención tendremos siempre ante los ojos la realidad incontrovertible de un cuarto de siglo fértil en realizaciones y ubérrimos en resultados. Veinticinco años de progreso y bienestar social bajo la paz de Franco».




¿Paz?

Entonces, ¿no hubo guerra civil en territorio ecuatoguineano?
Lo cierto es que sí: el territorio y sus pobladores no fueron ajenos ni al conflicto, ni a sus consecuencias.

Un 18 septiembre, la Guinea Española se acostó republicana.... y a la mañana siguiente, nada volvió a ser igual.

En este blog, te facilitamos algunas piezas para que puedas armar tu propio puzzle.

Acompáñanos en este paseo por la Calle 19 de Septiembre de la vieja Santa Isabel.


martes, 29 de marzo de 2022

El caso del sargento retirado

El 18 de marzo de 1937, el diario canario Falange publicaba la petición del fiscal en los recientes consejos de guerra, solicitando -entre otros- «para el sargento de la Guardia civil retirado Onofre Mañas, pena de reclusión perpetua y accesorias, por el delito de rebelión militar».

Onofre Mañas, sargento de la guardia civil adscrito a la guardia colonia, había pasado a situación de retiro unos años antes, el 1 de octubre de 1931.

Juan Medina Sanabria, comenta en Isleta, Puerto de la Luz: campos de concentración: «Causa nº. 589/36 Juez Instructor Alférez Pedro González Rodríguez, por el delito de rebelión Militar, contra el Sargento de la Guardia Civil retirado, Onofre Mañas Cortés. Según el atestado efectuado en Bata, unido a esta causa, el inculpado perteneció a la milicia de manera voluntaria, efectuando diversos servicios con armas. Al llegar el Ciudad de Mahón y oir los cañonazos bajó a la playa; se refugia en el edificio de Aduanas, donde es visto disparando un fusil, contra las lanchas. El consejo de guerra se celebra el 7 Marzo 1937 en el salón de actos del RIC-39, en La Isleta, siendo aprobada la sentencia por la Autoridad Judicial del Archipiélago, el 24 Marzo 1937».

Precisamente en La huida, recogemos la carta que desde Camerún remite Rodrigo Miralles el 19 de octubre al Diario de Almería, en la que se se relata el suceso: «sin previo aviso, y con la bandera francesa enarbolada, disparó [el Ciudad de Mahón, pintado de negro,] dos cañonazos sobre dicha motonave, destruyendo el puente de mando de la mismas y parte de la popa; seguidamente, y al mismo tiempo que arriaba la bandera francesa e izaba la monárquica española abrió un nutrido fuego de ametralladoras sobre los españoles que tripulaban la motonave y sobre los indígenas que trabajaban en la carga y descarga. Debido a la sorpresa y a que en la motonave no se contaba con más que con seis fusiles, el pánico fue enorme y la desmoralización completa. (...) Los habitantes de Bata, al darnos cuenta de la traición, nos reunimos en la playa, y con los pocos fusiles que contábamos rompimos fuego protegiendo a los tripulantes que venían a nado y que eran ametrallados sin compasión por el Ciudad de Mahón; nada pudimos hacer para salvar el barco; al poco rato ardía por los cuatro costados. Se dio orden de que las mujeres y los niños salieran de Bata y se trasladaran lo más cerca posible de a la frontera: contábamos con poquísimas armas, pero decidimos vengar salvajismo tan grande y los que teníamos fusiles nos parapetamos en la playa decididos a evitar todo intento de desembarco a pesar de que las ametralladoras del barco lanzaban una lluvia de balas sobre nosotros.
Después de bombardear el barco, el Ciudad de Mahón empezó adisparar sobre Bata, sin tener en cuenta que es una población indígena y que los negros están al margen de toda lucha entre nosotros. Poco podríamos hacer con nuestro medio centenar escaso de roñosos mosquetones contra los cañones y ametralladoras...».

Será condenado a 30 años de prisión, y el Boletín Oficial del gobierno de Burgos publicará que «a propuesta del Negociado de Justicia, causa baja en la Guardia Civil, el Sargento de este Instituto D. Onofre Mañas Cortés, condenado por un Consejo de Guerra a la pena de treinta años de reclusión mayor, con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil durante la condena. Burgos 14 de junio de 1937, =EI General Jefe, Germán Gil Yuste».

En los años cuarenta se beneficiará de los beneficios de conmutación de penas, y será puesto en libertad el 17 julio de 1941.

jueves, 10 de marzo de 2022

El caso de José González Casado

Una vez más, el incansable Pedro Medina Sanabria nos facilita información a la que de otra forma sería difícil llegar...

Así, nos encontramos con el JOSÉ GONZÁLEZ CASADO ACUSADO DEL DELITO DE AUXILIO A LA REBELIÓN MILITAR, el cual tras la toma de Bata había estado hasta inicios de 1940 exiliado en Camerún con su hijo:

A.9.138.944

62

Excmo. Señor:

El Fiscal Jurídico Militar, evacuando el traslado que le ha sido conferido a tenor del artº 542 del Código de Justicia Militar, formula las siguientes conclusiones:

PRIMERA.- El procesado JOSE GONZALEZ CASADO, al iniciarse el Glorioso Movimiento Nacional, siguió una conducta en todo momento de acuerdo con el Comité del Frente Popular establecido en los territorios del Golfo de la Guinea Española. Actuó como miliciano rojo prestando servicios de armas, practicó registros de diferentes fincas, fue nombrado Agente de Policía por el Delegado del Frente Popular y en la noche del 3 de Octubre de 1936, en unión de Gerardo de la Cera [probablemente el agricultor zamorano Gerardo de las Heras Ríos], se presentó para detener a D. Antonio Pedroza, con el pretexto de que en la Caja de Curaduría de Niefa[g] se guardaban ciento cincuenta mil pesetas, que figuraban a cargo de del indicado. Al ser reconquistado los territorios de Guinea por las tropas nacionales, el procesado huyó al Camerún donde permaneció hasta el 15 de Enero de 1940.

SEGUNDA.- Estos hechos que se encuentran probados a todos los folios del sumario son constitutivos de un delito de auxilio a la rebelión militar previsto y penado en el art. 240 del Código de Justicia Militar.

TERCERA.- No existen circunstancias modificativas de responsabilidad criminal

CUARTA.- Renuncia este Ministerio a ulteriores diligencias de pruebas y a la asistencia a la de lectura de cargos.

QUINTA.- Procede imponer a la procesado una pena de QUINCE años de reclusión temporal, con las accesorias legales correspondientes. Conmutable por NUEVE años según el apartado 9º del Grupo V de la Orden de 25 de Enero de 1940, relación con la Ley de 6 de Diciembre de 1940.

SEXTA.- Le será de abono al procesado el total del tiempo de prisión preventiva sufrida por razón de esta causa.

SEPTIMA.- Como responsabilidad es de aplicación el Decreto de 9 de Febrero de 1939.

OCTAVA.- Todo conforme a los preceptos legales citados y demás de general aplicación.

Santa Cruz de Tenerife 10 de Marzo de 1942.

EL FISCAL,

P.I.

[Firma rubricada precedida por el sello elíptico estampado en tinta, de la FISCALÍA JURÍDICO MILITAR DE CANARIAS * Santa Cruz de Tenerife, que lleva en su interior el escudo nacional del águila aferrando el Yugo y las Flechas].

 

Cfr. Archivo del Tribunal Militar Territorial 5.- 7186-227-8- Causa 33 de 1941.- Folio 62.

----------------------



 CAPITANIA GENERAL DE CANARIAS

 7186-227-8

 

GOBIERNO MILITAR DE LAS PALMAS           JUZGADO EVENTUAL Nº 5.

DE GRAN CANARIA.-

 

C A U S A     NUM  33  D E L   A Ñ O   DE  1941.

 

Instruida por el supuesto delito de Auxilio a la rebelión contra el paisano JOSE GONZALEZ CASADO.

 

Dieron principio las actuaciones el día 10 de Febrero de 1940.

 

Terminaron el dia       de                      194

 

– – – – – –

– – – –

JUEZ INSTRUCTOR.

 

SECRETARIO.

Teniente de la Guardia ColonialInstructor de 3, de la Guardia Co
DON JUAN LOPEZ ALERlonial D. Anselmo Muñoz Baños
 Instructor de 2, de la misma Don
Antonio Perez Moreno. Instructor
— — — — —de 2, de la misma D. Pedro Rodri-

guez Muñoz.

– – – – – – – – – – —

O T R O

OTRO —

Teniente Provisional de ArtilleríaCabo de Infanteria
DON ANTONIO GARCIA AROCENAEduardo Diaz Gordillo.-
OTRO
CABO DE INFANTERIA
MANUEL FLORES BAEZ

 

Cfr. Archivo del Tribunal Militar Territorial 5.- 7186-227-8- Causa 33 de 1941.- Cubierta.

* * * * * * * * *

JOSÉ GONZÁLEZ CASADO fue encartado en esta causa por hechos acontecidos en Guinea Ecuatorial.

Consta expediente de indulto a finales de la década de los 50.


lunes, 7 de marzo de 2022

El barco hundido

Entre los interesantes Relatos breves de Esteban Calderón queremos señalaros El barco hundido (¡gracias Esteban!):

El "Fernando Poo (foto de la Cª Transmediterránea),
visto desde la amura de babor y su famoso mástil en primer término.
Desde la playa de Bata se podía divisar perfectamente el mástil de un barco cuando se producía la bajamar, que en aquellas latitudes es máxima, hasta el punto de dejar dos centenares de metros de arena al descubierto y poder circular por aquella improvisada pista de arena con un Land Rover. De noche era un espectáculo contemplar con las luces del coche el pulular de millares de cangrejos blancos que hormigueaban deslumbrados por la arena. En Bata estaba también destinado un tío segundo mío y justamente delante de su casa se podía observar aquel mástil mejor que desde cualquier otro sitio de la pequeña ciudad. Un buen día me contó la historia.

Nos remontamos a julio de 1936. La motonave “Fernando Poo” había sido botada en 1934, unía la Península con la colonia africana y era uno de los buques más modernos de la Compañía Transmediterránea. En los confusos momentos iniciales del Alzamiento la Isla y el Continente se situaron en bandos opuestos: Fernando Poo se alzó contra la República, mientras que Río Muni permaneció leal al régimen. El “Fernando Poo”, que se hallaba en el puerto de Barcelona, embarcó tropas y se dirigió a Guinea, pero al tener conocimiento del levantamiento en la Isla, se desvió hacia Bata y fondeó frente a la ciudad, puesto que en esta no había puerto por la escasa profundidad de su costa. Allí fue usado como prisión flotante, ingresando en sus bodegas aquellas personas sospechosas o declaradas desafectas a la República. El 14 de octubre se presentó frente a Bata el “Ciudad de Mahón”, también buque de la Compañía Transmediterránea, procedente de Las Palmas, con tropas rebeldes a bordo y artillado con un cañón a proa y otro a popa. A poco más de una milla el “Ciudad de Mahón” abrió fuego contra su compañero de flota, provocando un importante impacto en la línea de flotación. La dotación se puso a salvo, pero los prisioneros, entre ellos tres misioneros claretianos, se hundieron con la nave en aquellas aguas someras. Hasta 1951 se hicieron esfuerzos por reflotar el buque, pero las dificultades técnicas, el clima agotador y el constante peligro a que los buzos se veían sometidos por los tiburones obligaron a olvidar la empresa.

Pero aquel mástil, que con insistencia y rigurosa puntualidad surgía de entre las aguas con la bajamar, nos incitaba a hacer una incursión. Mi tío Luis era persona muy aventurera, aviador, hombre avezado en el bosque por su afición a la caza y con muchas horas de pesca submarina; además, para esta última afición poseía una lancha, que era el instrumento imprescindible para acercarnos a la tumba del “Fernando Poo”. Así fue como una buena mañana dispusimos todo lo necesario mi tío, una prima mía, Mariemi, y yo. Mariemi era una chica muy inteligente --actualmente enseña matemáticas en la Complutense-- y siempre me pareció muy guapa; habíamos pasado la infancia juntos, con mucha complicidad, en Cartagena y ahora nuestras vidas se volvían a encontrar en el corazón de África. Como el buque se hallaba en aguas poco profundas, la inmersión era a pulmón libre y no hacía falta botella de oxígeno, solamente gafas de buceo y tubo.

Con esta sana intención nos dirigimos en unos minutos al lugar del naufragio y echamos el ancla a unos veinte metros de distancia. En aquellas aguas tranquilas y sumamente limpias se divisaba claramente la estructura del “Fernando Poo” desde la superficie. Pero fue al introducirnos en el mar y comenzar la aproximación cuando un estremecimiento recorrió mi cuerpo de pies a cabeza: la visión cuasi fantasmal del pecio hundido era un espectáculo que ya no podría olvidar jamás. Aquellos 150 metros de eslora y 9.000 toneladas de obra muerta estaban ligeramente recostados sobre la amura de babor en un fondo arenoso y en sus bodegas aún se hallaban los cadáveres de los prisioneros que con él se fueron a pique. A su alrededor un nutrido coro de peces tropicales de diversas especies y tamaños parecían danzar lenta y acompasadamente con un ritmo difícil de descifrar; los más atrevidos entraban y salían por cualquier orificio de la nave. Los ojos de buey, por donde en otro tiempo los pasajeros reconocían el exterior, permanecían oscuros, inertes, sin vida. Realizamos un recorrido a todo lo largo del buque, interesándonos especialmente por la cubierta y lo que fuera el puente de mando, ahora con el cristal roto y los peces nadando por su interior; delante, el famoso mástil que se oteaba desde la playa. De vez en cuando subíamos a respirar aire sin el tubo y despojarnos por unos instantes de las gafas de buceo y lo hacíamos apoyando nuestros pies en la barandilla del navío, que quedaba casi en la superficie. En la última inmersión nos acercamos por la amura de estribor a la que fuera cubierta de paseo del barco, lugar por el que tantos pasajeros pasearon sus ilusiones, sus esperanzas en una nueva vida en la colonia o, por el contrario, donde contaban los días que faltaban para llegar al destino en la Península y poder abrazar a sus seres queridos.

De manera abrupta, repentina y casi sin percatarnos, la presencia de un tiburón martillo, que empezó a curiosear y a interesarse por nuestra presencia, puso fin a la inmersión. De manera lenta, aunque sin pausa, nos fuimos alejando del “Fernando Poo” y dejando que el escualo ejerciese su reinado sobre aquellas aguas. Antes de subir a la lancha eché una última mirada a aquel fascinante pecio gigante, que en su día fuera el orgullo de la Compañía Transmediterránea, construido para flotar, y que con menos de dos años de navegación yacía sumergido para siempre en el fondo de la costa africana.

lunes, 21 de febrero de 2022

La maestra rural

Es cierto, no se trata de la guerra civil y sus consecuencias en el territorio ecuatorial.
Sin embargo, ¿quién mejor que Josefina Aldecoa permite conocer el entramado social del país?:

Historia de una maestra

Los niños eran todos negros. La mía era la escuela nacional y gratuita y sólo los negros la frecuentaban. Todos dijeron que estaba loca cuando la elegí. Yo tenía veinticuatro años y afán de aventuras. Si fuera hombre… pensaba. Un hombre es libre. Pero yo era mujer y estaba atada por mi juventud, por mis padres, por la falta de dinero, por la época. Era el año 1928. En la oposición había sacado un excelente número: la tercera entre cincuenta. Miré los mapas y el punto más lejano de la tierra al que podía llevarme mi carrera estaba allí, en la línea del Ecuador. Una franja pequeñísima de África, unas islas, un nombre que cruzaba sobre el mar y se adentraba en el continente: Guinea Ecuatorial. Aquél sería mi destino. Pensé en don Wenceslao: «Si algún día…», me había dicho y en seguida había rectificado: «Pero usted nunca va a caer por allí.» No puedo decir que me influyera el recuerdo del viejo amigo. Hasta su Guinea me parecía distinta de la que yo estaba eligiendo. Yo no iba a negociar ni a hacer fortuna. Yo iba a enseñar y al mismo tiempo a aprender, a buscar paisajes nuevos, nuevas experiencias, en un país que además de exótico era nuestro. Así que lo arreglé todo, desoí los consejos y los llantos familiares y me bajé hasta Cádiz para embarcar. Cádiz era el extremo sur, el final de mi mundo. De Cádiz arranqué un día de septiembre y atrás dejaba límites y ataduras. Y el recuerdo de una escuela perdida entre montañas.

Cuando el barco zarpó yo veía la tierra alejarse desde el puente. No quería pensar en lo que abandonaba. Necesitaba la fuerza de los emigrantes, el valor de los conquistadores. Recordé el último consejo de mi padre, arrancado de una de sus lecturas:
«La aventura puede ser loca, el aventurero no.» Y un respingo de emoción me asaltó mientras la costa española se desdibujaba a lo lejos.
Con los embites de las olas, todo el barco crujía. Era un barco viejo y parecía que iba a partirse en dos a cada instante. Al tercer día estalló una tormenta que nos mantuvo encerrados durante doce horas en los camarotes, reducidos y sofocantes. En el mío había plazas para cuatro, pero íbamos sólo tres: la mujer de un empleado de telégrafos de Santa Isabel, que se pasaba el tiempo maldiciendo; su hija, una muchacha de mi edad que vomitaba a todas horas, y yo, que sufría y aguantaba con paciencia las inclemencias de la navegación.
Macilentos y ajados avistamos un día la tierra de Guinea. Ya escaseaba el agua y la comida disminuía por momentos en cantidad y calidad. El calor nos quitaba el apetito y nadie hubiera osado protestar, desmadejados como andábamos todos, del puente al camarote; del salón aliviado con las hélices del ventilador que colgaba del techo, al comedor por el que discurrían sudorosos los camareros repartiendo té y café en pesados recipientes.
El día antes de llegar a Santa Isabel me llamaron de primera y me entregaron un telegrama de la Delegación anunciándome que me esperaban en el muelle.
Al clarear el día siguiente, vimos la costa, con grandes elevaciones, pero todavía faltaban unas horas para divisar Santa Isabel.
Recuerdo la llegada. El puerto. Y a lo lejos el rumor de las voces que anunciaban el barco. El paso por el puente balanceante que me llevaba a tierra firme. La espera de mi baúl que no llegaba nunca. Me rodeaban mozos, negros harapientos que ofrecían sus servicios en un defectuoso castellano: Hola señora, hola mujer. Apareció un funcionario blanco y lacónico: «Señorita Gabriela López; sí, de la Delegación, sí, la acompaño, vámonos pronto…»
Y luego la noche de insomnio en un Hotel de indescriptible suciedad. El calor, la gasa rota del mosquitero, el obsesivo girar de las aspas sobre mi cabeza; ruidos indescifrables arriba y abajo; la puerta sin cerrojo ni llave; un lavabo roto con un jarrón desportillado como único suministro de agua.
Al fin el nuevo día y el mismo funcionario que me espera en el vestíbulo del Hotel y me conduce al puerto y al barco, alemán, que iba a llevarme a la última etapa de mi viaje.
Apoyada en la cubierta, veía los contornos montañosos de la isla de Fernando Poo, los torrentes que se deslizan desde lo alto hasta el mar, la exuberancia forestal de la costa.
A mi lado se había instalado un joven negro. Apoyaba, como yo, los brazos en la barandilla y miraba en silencio la costa. El cielo estaba gris azulado, el aire era sofocante pero yo me resistía a retirarme a la sombra no menos calurosa.
—Hermosa isla —dijo el hombre sin dirigirse a mí, pero estábamos solos y tuve que darme por aludida.
—Muy hermosa —contesté.
Me miró de frente y sonrió con una sonrisa blanquísima que iluminó su rostro oscuro.
Su español era suave y melodioso. Hablaba como una persona educada. Su lenguaje guardaba relación con el traje blanco, de corte europeo, y con su forma especial, reservada y cordial al mismo tiempo, de dirigirse a mí.
—Soy médico —me dijo— y regreso a mi hospital. El continente es muy distinto a esto. — Y señalaba la isla brumosa y cercana. Cuando supo la razón de mi viaje volvió a sonreír—. La necesitamos —afirmó—. Necesitamos medicinas y escuelas. Pero sólo nos mandan hombres de negocios… Los niños la estarán esperando.
Me esperaban. Todos eran negros y sonrieron. Sus sonrisas me devolvieron la esperanza. Aquélla era mi primera escuela en propiedad. Nunca la olvidaré. La tengo aquí, metida en la cabeza. Una choza de calabó, como todas las del poblado, con el techo de hojas de nipa entrelazadas sobre el armazón de bambú. Estaba un poco en alto, rodeada de un bosquecillo ralo de palmeras. Desde allí se veía el mar. Los niños negros me miraban sonrientes y desde ese primer momento supe que no me había equivocado.
En noches de verano, cuando el calor no me deja dormir, cierro los ojos y me veo allí, bajo el techo de palma entretejida, tumbada en el chinchorro que se mueve despacio esperando la caricia del mar en la amanecida. Manuel se empeña en mover un abanico sobre mí. «Quieto, Manuel», le digo, «vete a dormir.» Se arrastra hasta la arena de la playa, desaparece en la pendiente que desciende brusca, hasta el agua.
«Báñate», me dice todos los días, «báñate y saldrás del calor.» Manuel, mi criado, me cuida y pretende calmar, a su manera, mi desazón. Agua, de la barrica, bien fresquita… un poquito de coco…
Pero el calor me aplasta. Un baño de vapor, una opresión en los pulmones que se resisten a filtrar el oxígeno. Mi casa era como todas: una cama de bambú, sin ropas ni almohada; un banco y una mesa también de bambú y canastos distribuidos por la choza en la que guardaba mi ropa y mis objetos personales.
Pero mi lugar preferido era el chinchorro que colgaba a la entrada, bajo la sombra del tejado, que avanza y sobresale como un pequeño toldo vegetal.
Empezábamos temprano. El frescor de la hora primerísima hacía soportable respirar. En seguida el aire se volvía denso, pastoso. Yo trataba de olvidarla dureza del clima, el traje de hilo empapado en sudor, la pesadez de mi cabeza. Y trabajaba.
Ningún niño sabía español suficiente para seguir una explicación. Yo dibujaba en la pizarra las cosas con sus nombres e intentaba que ellos reconocieran las palabras cuando borraba los dibujos. Una pizarra grisácea y desconchada, apoyada en el suelo, era la única ayuda. Más adelante, de mi baúl salieron libros, cuadernos, lapiceros y mapas. Retrocedían. Era su manera de mostrar extrañeza y precaución. Luego se iban acercando y tocaban los nuevos objetos para comprobar su inocuidad.
Aferraban los lapiceros con sus manos oscuras, las uñas rotas, las palmas rosadas y sucias. La aparición del color en el papel al presionar la mina del lápiz, producía en ellos exclamaciones de excitación. «Palmera verde», decía yo. Y señalaba la palmera y el color correspondiente. Comprendían rápidamente. Trataban de reproducir la imagen del árbol desmelenado, verde gris, verde tostado, verde. Palmera verde, mar azul, sol amarillo, sangre roja, blancos los dientes y la carne tersa del coco. Aprendían.
Los días transcurrían bajo el peso del calor que me dejaba exhausta y me llevaba al final de la jornada hasta la hamaca de palmito que flotaba en el porche de mi cabaña.
Cantábamos. Yo buscaba en el repertorio aprendido en la infancia y ampliado más tarde en la Normal. A través de las canciones trataba de explicarles el paso de las estaciones, el brillo de la nieve en el invierno, el largo viaje hacia la primavera que estalla un día en hierba y flores, el otoño que dora y enrojece los bosques. Sólo el verano los aproximaba a nosotros y al calor de nuestro sur lejano.
Les enseñaba mis canciones y ellos me enseñaban las suyas.
Bailaban y cantaban, atrás y adelante, adelante y atrás, con vigoroso ritmo. Me enseñaban los nombres de sus árboles, calabó, ceiba, ukola; de sus comidas, ñame, malanga, yuca; de sus animales y sus enseres.
Pero yo no estaba allí para aprender su idioma, sino para enseñarles el mío que les correspondía por derecho propio, aunque todavía lo ignorasen.
He contado muchas veces los recuerdos que me quedan de Guinea. Tantas, que llego a pensar si los transformo y los complico o, por el contrario, los simplifico demasiado. Cuando vivimos sin testigos que nos ayuden a recordar es difícil ser un buen notario. Levantamos actas confusas o contradictorias, según el poso que el tiempo haya dejado en los recodos de la memoria.
Por eso, cada vez que la mía regresa a aquella tierra, me pregunto si reconstruyo de verdad los sucesos, si registro de modo fiable las sensaciones; es decir, si recuerdo o fabulo. He llegado a incorporar a mi historia las historias de Guinea. Parte de lo que fui después, empezó a nacer allí. Quizás altero anécdotas, fechas, nombres, pero algo más profundo permanece grabado en la médula del sentimiento. Algo que acaba echando raíces y ramas y se enmaraña a medida que el calor del recuerdo lo hace crecer.
Cómo olvidar la lucha por la supervivencia de unos pueblos asediados por el hambre, la enfermedad, el miedo. Cómo olvidar a los niños.
Mis esfuerzos por enseñarles ciencias o geografía o historia chocaban con una incomprensión que iba más allá del idioma. Eran despiertos pero no podían comprender la prehistoria. ¿Acaso no vivían en ella? ¿Hasta qué punto les añadiría felicidad el descubrimiento de los avances técnicos que invadían el mundo civilizado? Rachas de pesimismo me embargaban. Me parecía que había un desajuste entre los programas oficiales que hablaban de una cultura ajena y la necesidad de aprender cosas relacionadas con su medio ambiente, sus orígenes, su propia cultura. Yo trataba de armonizar ambos caminos: el que les llevaría al conocimiento de los hallazgos culturales del hombre y aquel otro que les ayudaría a conocerse mejor como pueblo y les prepararía para trabajar por su país.
De todo esto tuve ocasión de hablar muchas veces con una persona que había entrado de modo casual en mi vida desde el día que llegué: Emile, el médico que conocí en el barco y que se convirtió en mi amigo, mi guía y mi interlocutor en aquella isla fascinante y angustiosa.
En seguida pude observar que había muy pocas mujeres blancas, en aquella pequeña ciudad, un núcleo urbano que era el centro de los poblados cercanos.
De modo que mi presencia no pasaba desapercibida. Mi traje de hilo crudo, mi sombrilla, mi manera de andar me identificaban desde lejos. Ahí va la maestra, debían de decir en su idioma los negros. Y los blancos que llegaban a hacer compras desde sus fincas. No era difícil reconocerme y no fue raro que me encontrase frente a mi compañero del barco.
—¿Qué tal su escuela? — me preguntó sonriente, con aquella sonrisa distendida y anchísima.
—Muy bien —le dije.
Pero debió de observar mi cara de cansancio, mis ojeras, mi delgadez.
El calor era tan intenso que no se podía estar de pie en la calle, así que me indicó con un gesto un edificio cuyo porche era soportado por cuatro columnas.
—Pase. Trabajo aquí.
Era un centro sanitario y en la oficina de entrada había dos hombres blancos ante una mesa llena de papeles que el ventilador desordenaba.
—Hola —dijo uno de los hombres. Y Emile contestó:
—Buenos días, doctor.
Me hizo sentar y quiso saber si había resuelto de la mejor manera mi alojamiento y mi comida.
El segundo hombre le miró con una sonrisa torcida.
—Mal, muy mal —dijo—. Se niega a venir al «rancho» con nosotros. Se queda en el poblado…
Era el Administrador del Hospital, uno de los personajes de quien me habían hablado al llegar. Emile estaba sorprendido.
—No sabía nada porque llevo muchos días por las plantaciones. Pero mañana pasaré por su escuela y le diré si puede o no seguir viviendo allí.
Al día siguiente me visitó como había prometido. Habló con los niños en aquella lengua incomprensible para mí, les miró los ojos y los dientes y buscó ganglios inflamados.
—Están muy limpios —intervine yo—. Son limpios —rectifiqué. Y era verdad. Resplandecían cuando llegaban a la escuela. En contraste con otras facetas de su ignorancia, tenían una tendencia natural a la limpieza que yo reforzaba con mis consejos de higiene. Se lo explicaba a Emile mientras él visitaba mi choza y parecía que no me escuchaba.
—Imposible que siga usted aquí —me dijo seriamente, casi ofendido—. No sé cómo se lo han permitido. No crea que ha venido a cumplir una misión sobrenatural. Usted viene a trabajar y necesita vivir en condiciones dignas…
Traté de decirle que me parecía bien vivir como mis niños.
—De ninguna manera —replicó—, usted carece de defensas para habitar un medio tan ajeno al suyo. Y necesita mucha salud para llevar adelante su tarea…
De forma que al poco tiempo me vi instalada donde al principio me habían propuesto: en una habitación de una casa colonial con ventanas protegidas por mosquiteros, olor a desinfectante, ventiladores por todas partes y, en la planta baja, el comedor colectivo al que acudían los funcionarios de la metrópoli que también vivían allí.
—Menos exótico —me dijo el primer día el Administrador del Hospital— pero más conveniente…
Me miraba y sonreía, entre burlón y suficiente. Me pareció que mi presencia allí le disgustaba aunque era él quien la había propiciado.
Me limité a asentir y me retiré a mi habitación.
Cuando llegaron las vacaciones de Navidad, Emile me invitó a acompañarle a sus inspecciones sanitarias: las fincas estaban cerca de la ciudad pero generalmente había que llegar a ellas en bote porque los caminos eran malos y difíciles. Las plantaciones de cacao se extienden a lo largo de kilómetros. Al internarse por ellas se va siempre a la sombra de las grandes hojas del cacaotero y no se ve el horizonte más allá de unos pocos metros.
Entre los cacaoteros también hay abundantes platanales, cocoteros, palmas de aceite, mangos y árboles maderables de gran tamaño:
—La vida del bracero es muy dura —me explicó Emile—. Pero lo más grave es que sean atrapados por la enfermedad del sueño. Por eso les tomamos sangre cada tres meses para analizarla y controlar si han sido picados por la mosca tsé—tsé. Además necesitan la tarjeta de sanidad para seguir trabajando porque es una enfermedad muy contagiosa.
Me presentaba a los dueños o administradores de las plantaciones, todos europeos, y ellos, entre amables y sorprendidos, me besaban la mano o me la apretaban con fuerza.
Al regresar el primer día de nuestra excursión sanitaria, Emile despidió al practicante negro que nos había acompañado y me invitó a visitar su casa. Vivía con su madre, cerca del Hospital. La madre me recibió con extrañeza y miró a su hijo con un silencioso reproche. El me invitó a sentarme y me ofreció un refresco frutal y azucarado.
—Dentro de pocos días —me dijo—, será vino pero aún es sólo una bebida refrescante…
Me enseñó sus libros y una colección de revistas de viajes y el periódico El Sol que recibía de la Península. Charlamos bajo la mirada severa de la madre y el zumbido del ventilador que giraba en el techo.
—Mi madre no cree en los blancos. Desconfía de ellos —aclaró al despedirnos. Nunca, antes, me había detenido a analizar el significado de la palabra racismo,
pero no tardaría mucho tiempo en comprender que la reacción de la madre de mi amigo no era un hecho aislado y caprichoso sino la consecuencia de una realidad ampliamente extendida.
El párroco me había hecho llamar y acudí a visitarle.
—Hija mía —me dijo—, usted sabe que estos negros practican religiones salvajes. Nuestra misión ha sido siempre cristianizarlos. Hoy están muchos bautizados, sobre todo los que viven en las ciudades y sus cercanías, pero queda mucho por hacer. Ustedes, los maestros, tienen que ayudarnos…
Se me quejó después de la persistencia de los negros en sus antiguas creencias y de la mezcla ingenua de los ritos cristianos con los suyos. Me pedía que, cercana la Navidad, acudiese a la Iglesia con los niños a rezar y a cantar villancicos. En un intento de convivencia tranquila, acepté su sugerencia, aunque estaba descansando en mis vacaciones y no veía clara mi obligación misionera.
La noche del 24 asistí a la Misa del Gallo y me coloqué detrás de los niños que habían aprendido varios villancicos con facilidad y bastante entusiasmo. Cuando terminó el oficio religioso salí a la calle y en la oscuridad me tropecé con Emile. Me saludó efusivo y a continuación me invitó a seguirle.
—Quiero que vea nuestra verdadera fiesta…
Por toda la ciudad, recogida en torno a la bahía, resonaba la música de los negros. Los cánticos, los golpes obsesivos de los bongos, los bailes enfervorizados.
Sólo ellos habitaban las calles. Seguían la fiesta comenzada en la Iglesia y la transformaban en algo exclusivamente suyo que brotaba al calor de la música y del alcohol fermentado de la palma. Por calles y callejas, el rumor penetraba en las casas de los blancos que celebraban dentro su propio júbilo ritual.
Paseábamos silenciosos cerca del agua, por el puerto donde descansan los barcos, y los lanchones y el frenético fluir de la música nos rodeaba.
—Todo esto es nuestro —dijo Emile—, nos pertenece y nadie puede quitárnoslo, pero nos destruirán si no salimos de la ignorancia y la esclavitud en que vivimos…
Se había puesto triste y cuando me retiré a mi alojamiento, sus palabras volvían una y otra vez a mis oídos. Llevaba viviendo suficiente tiempo en la isla para comprender que sus problemas tenían mal arreglo. Nadie, que yo supiera, estaba interesado en resolverlo y pocos, entre ellos mismos, eran conscientes de las raíces de sus males.
Cuando empujaba la puerta de mi cuarto para entrar en él, una sombra salió de la oscuridad del pasillo. Creí que era Manuel porque la sombra se movía con torpeza y pensé que estaba bajo los efectos de las bebidas de la fiesta.
—Manuel —grité—. Manuel.
Nadie contestó. Entré en mi cuarto y traté de correr el desvencijado cerrojillo que me protegía del exterior. Pero la sombra, de un empujón, abrió la puerta y me echó a un lado.
—Manuel —volví a gritar asustada.
No era Manuel. Su cara desencajada se acercó a la mía y pude distinguir, a la débil luz que se filtraba por la ventana, la cara blanca, las manos blancas, las oscuras palabras del Administrador del Hospital.
Me abrazaba con fuerza y pretendía besarme, me escupía su aliento de borracho, murmurando con furia:
—Si eres buena para el negro también lo serás para mí…
Forcejeé como pude y traté de desembarazarme de él pero no lo conseguí y ya sentía su cuerpo sudoroso sobre el mío cuando pude gritar. Mi grito resonó por encima de la música, la fiesta, la ciudad negra. La puerta se abrió y ahora sí, era Manuel, Manuel que se quedó mudo e inmóvil en el umbral. Pero fue suficiente para que mi agresor reaccionara. Se alejó de mí y de un manotazo lanzó contra la pared a Manuel. Cuando desapareció me tumbé en la cama y me eché a llorar mientras Manuel cerraba la puerta y se retiraba escaleras abajo, respetando mi soledad y mi dolor.
Los blancos vivíamos pendientes de la llegada de los barcos. La correspondencia, los víveres, los objetos de primera necesidad llegaban por mar. Generalmente eran barcos extranjeros: holandeses, ingleses, alemanes. Venían cargados de mercancías para las factorías de los europeos y regresaban cargados de cacao.
«El mejor cacao del mundo», me decía Emile con su eterna sonrisa. Con la Navidad, los barcos y las lanchas que hacían el servicio a Santa Isabel habían depositado en nuestras manos regalos y mensajes de nuestras familias. Mi padre me escribía con frecuencia. Las cartas tardaban quince o veinte días, a veces un mes. Me contaba noticias de nuestro pueblo. Los amigos que enviaban recuerdos, las enfermedades, las bodas de los conocidos. Rara vez aludía al disgusto de mi madre por mi decisión de marchar a lugar tan lejano.
Yo también escribía a mi padre. Le contaba cómo era la isla y le hacía descripciones minuciosas del mar, la selva, los volcanes apagados. Le enumeraba las plantas que crecían en los huertos familiares. Y los animales domésticos que se mezclaban con las personas en una convivencia ilimitada. Le hablaba mucho de los niños, le contaba mi forma de enseñar, las mil maneras que tenía de ingeniármelas para hacerme entender; los progresos que hacían en nuestro idioma. Le enviaba listas de libros que debía comprarme y el dinero para que los pagara. También les enviaba la mitad de mi sueldo cada mes. Nunca lo rechazaron. Yo sabía que lo necesitaban y la verdad es que a mí me sobraba el dinero, el doble del que se pagaba en la Península.
No le hablé de mi amigo negro, ni del Administrador blanco ni del amargo final de mi Nochebuena.
De esto tampoco quise hablarle con detalle a Emile porque temía su reacción, Pero no pude evitar aludir a ello. Estaba demasiado angustiada para guardar silencio. Así que opté por una solución intermedia y le hablé de un encuentro fortuito en la puerta de mi cuarto, de la borrachera del blanco, de cierta grosería en su actitud conmigo y del mal trato que había dado a Manuel.
Como yo me temía, Emile se puso furioso. Su habitual sonrisa dejó paso a un ceño torvo.
—Estoy seguro —dijo— de que no puede soportar nuestra amistad. Ninguno la aprueba pero él me odia y se niega a aceptar que soy un negro emancipado con un título en la mano…
Me contó entonces cómo su padre había sido protegido por un alto funcionario francés de las Colonias, a quien había salvado la vida en circunstancias que no me aclaró, en la época de los tratados africanos entre Francia y España.
—Yo estudié con los Padres aquí y luego me hice médico en Francia.
Pero nunca renunció a su país. Le brillaban los ojos cuando hablaba de la belleza de su tierra, de la bondad de sus gentes y de las dificultades y miserias por las que atravesaban.
Tardé varios días en volver al «rancho». Tomaba frutas en mi habitación y el fiel
Manuel me subía tazas de café a todas horas.
Cuando reanudé las comidas con mis compatriotas advertí en seguida que la actitud de mi agresor hacia el muchacho negro era intolerable. Le zahería con cualquier pretexto, le ponía nervioso con sus gritos y reproches, le pedía servicios que correspondían a su propio criado. Yo evitaba intervenir porque temía que en el fondo él estaba provocando mi reacción. Los demás ni siquiera se asombraban. Lo que un blanco dijera o hiciera con un negro era asunto de ese blanco. Se encogían de hombros y continuaban con la charla, la comida, la actividad momentáneamente interrumpida.
Mi paciencia se vio premiada. No había pasado una semana cuando el Administrador desapareció de la ciudad.
—Lo han trasladado —me informó Emile—. Lo han trasladado al continente. Nunca supe si su traslado había sido casual o si en él había intervenido la mano del médico negro que por esas fechas y a través de sus comentarios me había dado muestras de poseer influencia con personajes importantes de la isla.
Cuando repaso lo vivido se me aparece como una serie de secuencias de una película. Lo que no se comparte no deja huella ni nostalgia. No se siente pesar por el bien perdido en soledad. Tampoco el dolor sufrido a solas sirve de referencia pesarosa.
El tiempo que pasé en Guinea fue un tiempo de soledad. Era un mundo de hombres, la mayoría también solitarios. Un mundo duro de lucha y sacrificio para conseguir el único fin que parecía claro: el dinero. Plantadores, comerciantes, funcionarios, negociantes, todos llegaban a la Colonia dispuestos a regresar con dinero. Esta meta no implicaba necesariamente que los blancos coloniales fueran unos malvados. Pero sí suponía en ellos un comportamiento áspero, poco dado a valorar matices y a aceptar sensiblerías.
Mi trato con la gente era muy limitado y se refería a lo estrictamente profesional.
Visitas, invitaciones, todo venía marcado por el carácter oficialista de mi papel y mi puesto en la Colonia.
El párroco me invitó un día, poco después de Navidad, a visitar la Misión, a tres horas de camino de nuestra ciudad. La Misión tenia unas cincuenta internas adultas que vivían con tres monjas y una hermosa Iglesia atendida por un sacerdote. Me cuesta trabajo identificarme con la innegable labor de las monjas. Las internas aprenden oficios; salen de su condición de analfabetas desnutridas y son educadas en la religión católica. Es verdad. Pero ya entonces creía yo más en la justicia que en la caridad. Respetaba la labor de las monjas pero no era mi labor. Mi sueño iba por otros rumbos. Educación, cultura, libertad de acción, de elección, de decisión. Y lo primero de todo, condiciones de vida dignas, alimentos, higiene, sanidad.
—No pides casi nada… —me decía tristemente Emile—. El hambre de África no terminará nunca. África es la víctima del hombre blanco.
No le contradecía pero observé que vivía en una perpetua exaltación. A veces pronunciaba frases amenazadoras cuyo significado último se me escapaba. Cuando le pedía aclaraciones a lo que acababa de decir, se volvía hermético. Me parece que luchaba entre el deseo de contarme algo importante y la reserva exigida por el contenido mismo de lo que me ocultaba.
Los días pasaban y yo adquiría rutinas, costumbres, formas de convivencia. En una palabra, me adaptaba al medio. Me encontraba a mi misma repitiendo actitudes de los blancos de la Colonia. Creo que eran claves de supervivencia que yo imitaba inconscientemente: las comidas convenientes, las ropas convenientes, los refugios según la hora del día, las compras, las medicinas preventivas. Y al mismo tiempo me acercaba despacio a otras claves que parecían regir la vida de mis niños.
Trataba de explicarles el ciclo vital de sus plantas, las consecuencias de su situación geográfica, la importancia del clima, la humedad y el calor. Todo les interesaba y a pesar de su escaso vocabulario daban muestras de entender lo fundamental.
—Este es un país rico —les decía. Eso no lo entendían. Y yo no encontraba las palabras para transmitirles los conceptos más elementales de economía. «Más adelante», me decía.
—Más adelante —le dije a Emile.
—El día que lo entiendan —me contestó— tendrás que huir de aquí…
En febrero las lluvias arrasaron la escuela. El techo de nipa falló a pesar de su inclinación, a pesar del amplio alero que protegía una zona alrededor del edificio. El agua se filtró con violencia a través de las fibras vegetales y su impetuoso fragor me impedía oír nuestras propias voces. Una tabla mal ajustada se vino abajo y arrastró toda la estructura del tejado. Los niños no tenían miedo. Me miraban con sus grandes ojos risueños y trataban de ayudarme a recoger mis papeles mojados, los objetos que
la riada arrastraba dentro de la clase. «Lluvia, lluvia», repetían entusiasmados de su conocimiento de mi idioma.
La sombrilla no me sirvió de nada. Empapada, chapoteando en el barro me fui acercando a mi vivienda. Por el camino me encontré a Manuel que venía a mi encuentro para ofrecerme ayuda y compañía. Descalzo, su delgado cuerpo adolescente brillaba con las gotas de lluvia cuando el sol, o mejor, la claridad de un sol oculto, fue dando paso a una calma engañosa.
Mi padre me decía en una carta que había un español oriundo de nuestro pueblo y pariente de unos conocidos, que llevaba mucho tiempo en la isla. Se llamaba don Cipriano Sánchez y eso era todo lo que sabía de él. No tardó mucho tiempo en dar señales de vida. Un día, después de la comida, apareció en nuestro «rancho». Era de mediana estatura, delgado, ojos vivos y piel arrugada. Vestía de blanco y se quitó el sombrero de ala ancha. Se dirigió a mí y me preguntó:
—¿Gabriela López? — El mismo se dio la respuesta—: Otra no hay, así que tiene que ser usted…
Me dijo que podía disponer de él, que le pidiera ayuda, que fuera a visitarle a su factoría, que vivía cerca de allí, en la cuesta, sólo un poco más arriba.
Cuando salió, los del grupo me dijeron que era rico e influyente, que tenía casas y fincas de cacao y que andaba tras de instalar un salto de agua para dar luz a su barrio, donde tenía las factorías, los talleres y las serrerías de madera.
Algo en él me recordó a don Wenceslao. El cuerpo enjuto, los ojos oscuros o acaso el color de la piel ajada por el trópico. Desde que dejé el pueblo no había tenido noticias del viejo recluido en su casona. Hay en mí un instinto que he desarrollado toda mi vida: el instinto de no mirar atrás. Cada etapa cerrada se hundía en el pasado. Clausuraba lo vivido y no intentaba mantener lazos, indagar noticias sobre las personas que, pasajeramente, entraban en mi vida. Creo que en el fondo sentía miedo a dejar ataduras, miedo a aferrarme a lo que, de modo irremediable, pasaría a ser un capítulo de difícil repetición.
No obstante, y contradiciendo lo que digo, escribí a don Wenceslao comunicándole mi intención de pedir una escuela en Guinea y de viajar allá. No me contestó.
Tampoco me devolvieron la carta. O se perdió o le alcanzó en la bruma de su soledad y no sintió deseos de contestarme.
La presencia de don Cipriano había reavivado el recuerdo del viejo amigo. También recordé el frío, el olor de aquellos campos, la brusquedad de María, el afecto de Genaro y su rostro sensible. Un ramalazo de melancolía me sacudió durante unos segundos. Sólo unos segundos. Lo que tardé en pedir otra taza de café, lo que tardé en sonreír a Manuel que me acercaba el azúcar. Como un ronroneo lejano me llegaba la conversación de mis compañeros de mesa que divagaban sobre la cuantía de una fortuna: la de don Cipriano Sánchez, mi visitante.
Don John, don Heinrich, don Max, don Cipriano. Estaban todos sentados en sus mecedoras en la galería del club, el casino o comoquiera que se llamase aquel salón donde zumbaban tres grandes ventiladores que agitaban el aire y lo mantenían fresco.
Eran plantadores, eran blancos, eran hombres. Y me habían invitado a comer a través de don Cipriano. El mismo se presentó en mi casa, llamó a mi criado que dormitaba en el portal y Manuel anunció su visita. Era una hora de calor y yo trataba de dormir bajo las aspas del abanico metálico.
—Es usted la única mujer blanca con un puesto de trabajo decente. Queremos obsequiarla y presentarle nuestros respetos…
Sorprendida y un poco confusa, había aceptado.
«Los tiburones», fue el comentario de Emile cuando se lo dije. «Quieren tomarte medida y ver si puedes ser peligrosa o no…» Estaba acostumbrada a los comentarios sarcásticos del médico que siempre encerraban algún sentido oculto.
En esta ocasión me molestaron. Vi en ellos una especie de resentimiento contra mi por haber aceptado la invitación. No dije nada, pero por primera vez empecé a preguntarme si mi amistad con aquel negro inteligente y rebelde no significaba una dependencia.
—Un negro muy inteligente —dijo don Cipriano mientras cortaba cuidadosamente los filetes blanquecinos.
El primer plato había consistido en huevos de tortuga, y el segundo, carne de la misma, con una guindilla muy picante del país.
—Y levantisco —dijo don Heinrich—. Recuerden su relación con los braceros de Flores. ¿A qué iba allí?, ¿qué se le había perdido? Los braceros estaban contentos, eran buenos trabajadores, aunque torpes como todos los negros. Pero él ¿qué quería…? Y luego tiene el run—run de los franceses. Ellos no sueltan nada pero ¡cómo les gusta que los demás soltemos lo nuestro…!
Hablaba un español duro, a pequeños ladridos ásperos que golpeaban los oídos de sus oyentes.
No puedo recordar quién empezó a hablar de Emile. Casi seguro fue don Cipriano, el enlace, el enviado para que yo compareciera ante el tribunal blanco. Es muy posible que fuera él el primero en preguntar.
—¿Y su amigo Emile? — intempestivamente, sin relación con la conversación que había girado en torno al clima, las comidas, la adaptación al trópico; temas todos convencionales en un primer encuentro entre europeos. Y de pronto el ataque, la insidiosa pregunta: ¿Y su amigo Emile?
Antes de que tuviera tiempo de contestar: Bien. O preguntar a mi vez: ¿Qué quiere decir? ¿Por qué le interesan mis amigos?, ya había llegado la afirmación de don Cipriano sobre la inteligencia de Emile y, en seguida, la áspera relación de agravios del alemán.
«Los tiburones», había dicho Emile. Pero no quise ceder al aparente acierto de su definición. Tiburones o no, sería yo quien debería decidirlo y comprobarlo.
—Emile es un hombre muy inteligente, es verdad —dije, cuando pude intervenir
—, inteligente y generoso y sensible. Vive pendiente de su gente y es natural. ¿Acaso nosotros los blancos no nos ayudamos, no nos sentimos cerca de la gente de nuestra raza?
—Así debía ser siempre —dijo un holandés fornido y rubicundo que había centrado toda su atención en la comida hasta ese momento—. Así debía ser, pero no es. Los blancos estamos indefensos ante estos revolucionarios de color oscuro que son muchos y nos pueden masacrar si se lo proponen…
Traté de disuadirle de sus opiniones.
—Yo trabajo con negros —le dije— y puedo asegurarle que, son gente pacífica y no he tenido ocasión de advertir en ellos la menor hostilidad hacia los blancos…
La discusión transcurría en términos amistosos. Se había convertido en un punto de interés común y se desarrollaba dentro de normas elementales de corrección y tolerancia.
Fue el español el que irrumpió de pronto cortando en seco la conversación. Su voz cargada de indignación extendió por la sala un manto de acidez.
—No nos vayamos por las ramas, Gabriela. Como compatriota y caballero tengo que ser sincero: usted no puede alternar como lo hace con un negro…
Todos estaban de acuerdo, estoy segura. Habrían hablado del asunto largo y tendido y la encerrona había sido cuidadosamente preparada. Pero la forma, la brusquedad, el tono, dejaron en suspenso al resto de los comensales.
—No es eso, señorita, no es exactamente eso —trató de intervenir el inglés.
Pero yo lo entendía muy bien. Lágrimas de rabia trataban de salir de mis ojos y la voz se me apagaba en una tormenta de humillación. Cuando pude hablar traté de controlar mi voz para que brotara serena.
—Señores —dije—, no son ustedes quiénes para velar por mi conducta…
—Se equivoca —gritó don Cipriano—. Se equivoca —repitió bajando la voz—. Hay una prohibición que marcan las leyes. Ni un solo blanco casará con negro, ni mucho menos tendrá una blanca relación con un negro…
Fue con. un negro con quien tropecé al salir del comedor.
Venía con las copas de licor y la bandeja saltó por los aires al chocar conmigo. El negro me sujetó por los brazos para que no cayera. «Perdone, señorita», dijo. Y trataba de limpiarme la ropa con la servilleta.
De un empujón le aparté y salí corriendo. Me pareció que en la mesa sonaban risas confusas. Pero en seguida percibí que no eran risas sino murmullos de sorpresa y reconvenciones al negro que, como siempre, sería declarado el único culpable.
—Cuando pasen las lluvias subiremos a la montaña —dijo Emile. Trataba de animarme porque veía mi desaliento físico, la lucha contra un clima extenuante para mí—. La montaña es fresca y seca y te recordará el norte de tu país. Dicen que alguna vez se ha visto hasta escarcha.
Pasó luego a contarme la belleza de aquellas tierras altas, olorosas de monte y hierbabuena, las hortalizas que allí cultivaban parecidas a las de España, los ganados variados que pacían en las praderas.
—Iremos cuando llegue la Semana Santa —sugerí.
Precisamente poco antes de empezar la Cuaresma, el párroco vino a la escuela para explicar a los niños el significado de la festividad.
Rezó con ellos y los bendijo. Al despedirle, los niños daban palmadas a su alrededor, cantaban y reían y hacían en el aire la señal de la cruz. Parecían exaltados por una embriaguez litúrgica que iba más allá de las doctrinas.
El Cura movió la cabeza.
—No se puede con ellos —dijo—. En seguida se escapan a lo suyo. Como había prometido, el miércoles de ceniza llevé a los niños a la Iglesia.
El Cura fue dejando manchas grises en las frentes oscuras. Y ellos parecían fascinados con el rito y la salmodia: «Polvo eres y en polvo te convertirás.» Al salir de la Iglesia los niños se miraban unos a otros sin atreverse a tocar el misterioso tatuaje.
Recordé la primera vez que yo había escuchado esta terrorífica advertencia. Tenia diez años y el abuelo había muerto en un pueblo lejano. Mis padres me dejaron en casa de una amiga. Al día siguiente era miércoles de ceniza y nos llevaron a la Iglesia. No entendí la ceremonia pero a la salida la madre de mi amiga nos lo explicó muy bien: Cuando uno muere se convierte en ceniza, se hace polvo. Y el Cura nos recuerda que sólo somos eso, polvo, y cuando morimos volvemos al polvo para siempre…
Fue sin duda la primera revelación inevitable de la muerte. Mi siguiente reflexión se centró en el abuelo, muerto ya y comenzando a regresar al polvo. Un terror infinito me trastornó. No pude dormir y al otro día cuando regresaron mis padres, lloré mucho tiempo en sus brazos.
Pasados unos días, el Cura me envió recado por el sacristán: «Que la espero el Jueves Santo para los Oficios.»
Hice un gesto de vago asentimiento. El jueves era el día que me esperaba la excursión de Emile. «No iré a los Oficios», pensé. No fui a los Oficios. Pero nunca subí a las praderas.
Estábamos sentados en la tienda de Pedro Ibu, junto al tenderete en el que exhibía su oferta multicolor de artesanía: rionchilas pasadas por fibras vegetales, pulseras de pelo de elefante, pieles de serpientes, trozos de marfil tallado, pieles de mono, plumas de colores.
Pedro Ibu era tranquilo, respetuoso, amable. Admiraba a Emile y se veía que entre ellos había otros lazos además de la amistad. De vez en cuando intercambiaban frases en su idioma que sonaban en mis oídos con acentos inquietantes.
Volví a recordar la agresividad de don Cipriano y sus amigos. Miraba a Emile y me preguntaba si seria en verdad un rebelde activo, un luchador contra la metrópoli, enviado por los franceses para levantar a los negros contra nosotros.
Pero ya Emile volvía a dirigirse a mi en su español dulce y arrastrado.
—Iremos a la montaña…
Faltaban pocos días para las fiestas y él seguía insistiendo en su excursión. Pedro sonreía; todo en él expresaba simpatía y dulzura.
—Hermosa la montaña —dijo.
Yo no contesté. Estaba sentada en el tronco hueco de un árbol y me pareció que el tronco se escurría debajo de mí. Traté de sujetarlo.
—¿Qué te pasa? — dijo Emile.
Lo miré y quise hablar, pero las palabras que resonaban en mi cerebro no salieron de mis labios.
Como envueltas en algodón llegaron a mis oídos fragmentos de frases que se referían a mí: el calor… el cansancio… los mosquitos… Luego la oscuridad me rodeó por completo.
Durante diez días y diez noches deliré en el Hospital. Cuando empecé a distinguir lo que me rodeaba, allí estaba Emile que se inclinaba sobre mí y me decía: «Ya pasó». Y Manuel que movía con suavidad el abanico de plumas sobre mi frente. Y la bata blanca de una enfermera negra. Al despertar de mi inconsciencia, una inmensa tristeza se apoderó de mí. O más bien era mi estado físico, tan deteriorado, el que producía la tristeza. Tardé mucho tiempo en mirarme al espejo, pero me recorría el cuerpo con las manos y encontraba las aristas de los huesos, el esqueleto dibujado bajo la piel, perfectamente palpable.
—No ha sido lo peor —me dijo Emile, cuando pude escucharle—. Ninguna de las grandes fiebres, ninguna de las incurables. Pero ha sido suficiente… Tardarás mucho tiempo en recuperarte. Te explicaré el tratamiento para el viaje…
Los papeles los arregló la Delegación, Emile me acompañó a Santa Isabel. Los porteadores subieron mi baúl al barco. En el muelle me crucé con don Cipriano que no me reconoció o evitó reconocerme. Emile me sujetaba al subir a bordo. No pude esperar en cubierta para decirle adiós. Me dejó tendida en la litera, ordenó mis cosas, puso en mi mano la próxima dosis de quinina y me besó en la frente.
La travesía no fue mala. Por alguna consideración especial me adjudicaron un camarote de cuatro para mí sola. Me atendieron con cariño y tuve la sensación de estar recibiendo un trato deferente. La deferencia ¿venía de la Delegación? ¿Venía de Emile? Noches y días descansaba rendida en la litera. Mi debilidad hacía que nada me afectara demasiado, ni los movimientos del barco, ni el calor, ni el lento transcurrir del tiempo. En permanente duermevela, sólo una obsesión aparecía y desaparecía en las ondulaciones de mi cerebro. 

«Mi sueño no progresa. Mi sueño es un sueño maldito. Siempre estoy empezando el sueño…»