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lunes, 25 de julio de 2016

... y los heredados de la República

Ésta es una historia peculiar: eufóricos por la victoria del Frente Popular tras la caída del gobierno de derechas provocada por la trama guineana del escándalo Tayá, los frentepopulistas del territorio son expulsados por resolución del Gobernador y confinados a prisión en Canarias. El golpe de Estado les sorprenderá en la cárcel, y -pese a estar confinados- son heredados por los franquistas y mantenidos en prisión como una amenza para su proyecto.

Por esta Calle 19 de Septiembre, pasaron muchos:
pasaron los republicanos y funcionarios coloniales que no se pusieron a disposición de los golpistas, pero también la tripulación del Fernando Poo y del Méndez Núñez, así como los viejos coloniales a los que les pilló el conflicto en España y se les reclamaron deudas pasadas y futuras. O incluso los guineanos de origen que acabaron combatiendo y terminaron en el exilio, con una España que renegaba de ellos y sin una Guinea Ecuatorial a la que regresar.

Carta "Los republicanos de Fernando Poo son perseguidos"
de José Serrano Roldán en La Libertad,
11 de junio de 1936.
Pero hay un pequeño colectivo: los frentepopulistas de Fernando Poo. La historiografía franquista se referirá a ellos como «una docena de descontentos sin prestigio ni arraigo: un comerciante de Santa Isabel, don Jaime Gay Compte, hombre apasionado y violento; un contratista de Obras, José Serrano Roldán, aventurero procedente de Tánger, que había creado en la isla un logia llamada "Fernandina número 17", filial de otras de Valencia y Barcelona; un médico, Abelardo Lloret, y unos cuantos funcionarios de menor cuantía y colonos descalificados».

El escritor José Antonio Rial, compartió prisión con alguno de ellos tanto en la cárcel de Fyffes como en el penal de Gando.

En su novela La prisión de Fyffes lo recoge así: «Santos y Pérez procedían de más lejos. Eran presos de la República. Habían intentado la formación del frente popular en la isla de Fernando Poo, y el gobernador de la colonia los deportó a Las Palmas, donde los encontró, encarcelados, el alzamiento militar».
En ese caso, se trataba del comerciante Rafael Santos y del abogado Antonio Pérez a los que el Gobernador Luis Sánchez-Guerra Sainz había aplicado el artículo 5º del Reglamento de Funcionarios en Guinea, tras decretar el 5 de junio el estado de excepción, por su euforia tras la caída de la coalición de derechas por la Gürtel guineana de la CEDA y la posterior victoria del Frente Popular.

No es extraño que coincidieran, ya que -conforme al Congreso: los campos de concentración y el mundo penitenciario en España durante la Guerra Civil y el franquismo- Fyffes se significó como un espacio de hacinamiento de todo tipo de presos: «el máximo número de presos que llegó a acoger fue de 1.248, alcanzados el 28 de febrero de 1937 con la llegada de los 101 detenidos procedentes de la colonia española de Fernando Poo».

Como recuerda Juan Rodríguez Doreste, «lo que sí resultó ardoroso fue el largo encierro. Amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente».
De hecho Rial escribiría que su primera impresión de Fyffes fue «la de haber descendido a un pútrido submundo de cloacas y canalillos, donde cientos de sujetos desarrapados se agitaban, inquietos y expectantes. (...) Con el tiempo la falta de higiene fue envenenando hasta los ladrillos de Fyffes. Durante todo el día las colas de presos se alineaban delante de las letrinas, y los que a puertas francas, y delante de sus compañeros vaciaban sus vientres, eran apremiados por los de las colas para que les dejaran los puestos. Los ocho agujeros, e incluso la cloaca y el agua, resultaban insuficientes para contener y arrastrar las deyecciones de aquellos dos mil comedores de rancho, y los retretes se llenaban hasta rebosar y un río negro salía de aquel ángulo, en fermentación, del edificio, que corría al patio y, por una canal descubierta, salía a las huertas de afuera».

Posteriormente serían concentrados en el Penal de Gando«Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. (...) Llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora». Entre ellos estaba igualmente
Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
El origen de esos presos heredados por el franquismo, queda recogido en La Guinea Española, como parte del texto conmemorativo del 2º aniversario del triunfo del golpe de Estado en la isla: «Cuando los sucesos electorales de febrero de 1936 colmaron los alientos de cierto sector, que se iba agrupando: a partir de esa fecha aparece entre nosotros como fuerza organizada y atrevida el Frente Popular. Aquella masa ya preparada, tomó cuerpo; y se sintió en condiciones de actuar, comenzando a reclutar adeptos y simpatizantes; anteriormente, esta labor hubiera sido difícil por falta de costumbres políticas entre nosotros (…) Entre esos elementos diversos prevaleció por su influencia y actividad un sector izquierdista, calculador, que conocedor de los componentes de la nueva agrupación, fue actuando con tiento, pero con un impulso ascendente, hasta que, por el retraimiento de unos y osadía de otros adquirió verdadera beligerancia, llegando a ser fácilmente oídos sus primates en las altas esferas, a donde tenían fácil acceso: fue un acto de excesiva confianza en la protestada legalidad de los Frentes, el autorizar esa agrupación; y aunque se quiso frenar embarcando más tarde para Canarias a algunos de sus más revoltosos, la medida fue ya tardía y así es como la agrupación no plegó alas, sino que cobró mayores bríos. Así se evidenció, con sus concomitancias con los extremistas del Méndez Núñez; en sus continuas reuniones, organizadas en seccionen diversas; cambios de impresiones frecuentes en bares y casas particulares: se organizaron mítines, pero dada su tendencia hubieron de reducirse y aun negarse».


Bando del 5 de junio de 1936: «El modo de ser interpretado, por algunos, el derecho a la libre emisión de sus ideas, por primera vez reconocido en la Colonia durante el mando de este Gobernador General y el evidente estrago que a la causa de la colonización está ello ocasionando, obligan al Gobierno General, contra lo que fuera su deseo, si el freno del patriotismo hubiera sido suficiente, a adoptar las siguientes medidas,...».

Así, el diario Acción recoge en su edición del 28 de junio de 1936, que a bordo del Ciudad de Cádiz «venían cuatro detenidos conducidos por un cabo de la guardia colonial, de Santa Isabel. Estos han sido detenidos en Fernando Póo, por órdenes del gobernador civil, que los manda a disposición del Presidente de la Audiencia de Las Palmas, por el delito de alteración del orden público, durante los recientes sucesos ocurridos en nuestra colonia de Santa Isabel de Fernando Póo».

Tras el 18 de julio, pese a no poder imputarles de faltas contra los Bandos emitidos por la autoridad militar (por estar precisamente en prisión),  se optó por retenerlos en la cárcel como presos gubernativos.

lunes, 6 de mayo de 2019

El caso del cocinero

Ésta es una historia breve, pero importante.

Al cocinero le sentenciaron a «doce años y un día de reclusión menor» en el Consejo de Guerra contra el personal del Fernando Poo.

Está entre los siete castigados con mayor rigor (y tuvo suerte... ya que otros simplemente desaparecieron, como es el caso del barbero, o murieron en el proceso). Al fin y al cabo, en los testimonios recogidos le señalaban como peligroso:

«Ha oído decir que Mariano Juan Más amenazó a los Padres con una pistola», manifestó el Médico Antonio Fuertes Villavicencio, de la tripulación del “Fernando Poo” durante el interrogatorio. O incluso «Ha oído decir que Mariano Juan Más a había disparado», según el Tercer Oficial Jacinto Devesa Paredes.

O el Tercer Maquinista Manuel de Dios y del Aguila que «como elementos más extremistas señala al barbero Caparrós y dice que Mariano Juan Más se dejaba manejar por Caparrós; que tenía pistola y que ha oído decir que amenazó con ella a los Padres (…) Vio a Mariano Juan Más con un mosquetón en la mano en el momento del bombardeo».

Y ese «ha oído decir», pese a los contradictorios careos, debió ser especialmente decisivo, ya que como reconocía el Capitán Emilio Ley Arata, director de la Trasmediterránea, el 12 de noviembre de 1936 en artículo de La Prensa: «Los oficiales del barco casi todos son rojos. El oficial que se exceptúa de haber estado de parte de los marxistas es el señor Devesa, casado con una joven de Las Palmas, de familia muy conocida».

Tal vez puede que pesara el que fuera herido en el asalto aunque el propio cocinero tan sólo se definiera como «aturdido», pero el caso es que a Mariano Juan Mas, «de veinte y nueve años de edad, natural de Palma de Mallorca, domiciliado en Barcelona, de estado soltero, de oficio cocinero, que sabe leer y escribir, siendo su Padre Antonio Juan Fiol y su madre Concha Más Juan, y que no ha estado procesado por Tribunal alguno», le cayeron los 12 años y un día.

Con el tiempo, ese castigo fue la salvación de sus compañeros, ya que conforme a los diferentes relatos tanto de la prisión de Fyffes y como del campo de concentración del viejo Lazareto de Gando, «La alimentación era escasa y, en ocasiones, se servía en mal estado. Los testimonios orales  recuerdan ver flotar suelas de zapatos en el rancho, el novelista José Antonio Rial afirma en su novela que los calderos de comida no contenían “alimento para humanos” y Francisco García recuerda las comidas como “bazofias” e “inmundicias”».

El 2 Diciembre 1939 la Jefatura Provincial de Sanidad, emite un informe dando cuenta al Gobernador Civil sobre la situación en los recintos penitenciarios existentes en Gran Canaria. Es muy exhaustivo, por lo que resaltamos que «Actualmente hay en la prisión mil ochenta y nueve (1089) presos, de los cuales novecientos veintiocho (928) cumpliendo condena, 134 sujetos a sumario y 27 pendientes de resoluciones gubernativos (...) El agua que posee el establecimiento es impotable según análisis practicado en el Instituto Provincial de Sanidad, escasa e impropia incluso para el aseo personal. La comida es francamente insuficiente, sin las calorías necesarias compuesta de un rancho del que algunos solo llega un cazo del caldo donde se cocieron las legumbres. Es completamente inadecuada, incluso en la llamada de sobrealimentación, para enfermos especialmente los diabéticos, ulcerosos, etc., y desde luego no hay leche para los que la necesitan».

Cuenta Rial que «una noche toda la prisión se sintió atacada por agudos dolores de vientre y corrió hacia los ocho evacuatorios únicos. Al momento una cola que engrosaba sin tregua se había formado por el patio, y los centinelas azules gritaban desde su observatorio, ordenando a la multitud que se disolviera. En vez de esto, uno de los presos rompió la fila y se lanzó a satisfacer su necesidad en el  patio, y toda la fila siguió el ejemplo. La noche continuó así. Los centinelas dispararon algunos tiros y terminaron dejando hacer y envueltos en los vapores que subían del callejón lleno de hombres rugientes por los retortijones de la colerina. Se creyó en un envenenamiento. A veces había alpargatas nadando en el rancho y otras porquerías de gran tamaño, pero no se protestaba porque el preso era un fuera  de la ley. A la mañana siguiente del ataque de diarrea, el patio y todo Fyffes era un mar de  excrementos, y los presos sometidos a aquel vivir en cloacas sentían la humillación con más encono que el odio, o que el diezmo de las noches de ronda».

Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
Incluye Juan Rodríguez Doreste en su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora».

Fue una llegada providencial, ya que «pasados los meses del miedo empiezan a preocuparse de cosas más materiales como la alimentación. Juan Mas, cocinero del barco Fernando Poo, mejora la calidad del rancho».

Recalca en otro momento que «amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente. Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación del Fernando Poo, desde el capitán, pundonoroso marino, que fue de los primeramente liberados, al cocinero mayor, el inolvidable Juan Mas, que a fuerza de ingenio culinario logró tornar ligeramente más apetecibles aquellas equívocas cocciones que nos servían bajo especie de rancho».

Repartiendo el rancho en el patio común.
Fotografía publicada por la revista francesa
L´Illustration en 1937.
«La presencia de Juan Mas, el cocinero del Fernando Poo, mejoró sensiblemente la apetecibilidad de nuestros ranchos. Aquello fue el verdadero banco de prueba de sus excepcionales aptitudes culinarias. Pero a veces se estrellaban sus bien contrastadas habilidades ante la intrínseca condición de la materia prima que le suministraban.»

O ante la invasión de insectos: «No hicimos  más que instalarnos y de todos los rincones, al  olor y al calor de la sangre  humana, de los quicios de puertas y ventanas, de los zócalos de madera,  de las grietas de las tablas  del piso, de los desconchones de las paredes, incrustadas  rápidamente en las cajas y cajones de nuestros efectos personales, de  las vigas de los techos, incluso de los de la cocina -yo he visto cadáveres de hemípteros  flotando  en  el  magma  grasiento  de  nuestras  pociones alimenticias-, de todos lados,  como un  aluvión reptante, como esas columnas  de hormigas gigantes, avasalladoras,  de las novelas de Mayne Reid, se abatió  sobre nosotros un ejército nocturnal e invisible. Para los que teníamos la  piel dulce, la epidermis entomológicamente suculenta, comenzó un nuevo, lento  e implacable martirio.  Durante bastantes meses, especialmente cuando vivía  en el cuarto de la pintura, de que luego hablaré y que fue mi última mansión,  para poder dormir los compañeros me enrollaban en mi manta, como a una  alfombra, me cerraban el hueco de los pies con una toalla y me cubrían la cabeza,  para  dejarme respirar, con un gran pañuelo. Mi posición yacente recordaba  muy  de  cerca,  por  su  inmovilidad y  rigidez, la de una  momia guanche. Desvelado, a la luz indecisa del cuarto, que dejábamos siempre encendida,  veía trepar  por  las paredes las hordas salvajes, alcanzar el techo y cuando  estaban estratégicamente situadas sobre sus presuntas víctimas, dejarse  caer con pericia y precisión de acróbatas. Lo curioso es que, en el cuarto de la  pintura,  donde dormíamos ocho compañeros, yo era el blanco exclusivo de aquella  siniestra puntería. Pero fuimos muchísimos los que sufrimos sus escozores.  Todavía eran  pocos e  ineficaces los  insecticidas. El arma  única para combatirlas  era  el agua  hirviente. Cada vez que podía, Juan Mas,  nuestro amable cocinero jefe, nos facilitaba unos cacharros para escaldar todas las posibles madrigueras».

En 1940 se incluye a Mariano Juan Más entre los reclusos con penas ordinarias que habían sido sentenciados y condenados en la provincia de Las Palmas de Gran Canaria hasta el día 1 de marzo de 1940, cuyas penas fueron conmutadas

Y así, se pierde la pista al cocinero del Fernando Poo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Tres escritores de Guinea en el penal de Gando

En "Cuadros del penal: memorias de un tiempo de confusión", Juan Rodríguez Doreste comparte su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando con los represaliados de la Guinea republicana, Rafael Rodríguez, Luis Buelta Saura y Antonio Alfonso:

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"Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...)

Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
Dos presos de Guinea se pasaban las horas muertas en nuestro cuarto: Rafael Rodríguez Delgado [presidente del Frente Popular en Santa Isabel] y Antonio Alfonso. Rafael es de los hombres más inteligentes, cultos y preparados que he conocido. Nos hablaba mucho de una teoría que estaba elaborando sobre lo que llamaba el matergón, síntesis de la energía y de la materia, premonición de recientes descubrimientos de la física nuclear, que identifica materia y energía como una misma cosa, con la apariencia variable que crea el radical fenómeno ondulatorio. Rodríguez Delgado tiene ahora muy trabajada, bajo luz filosófica, su vieja teoría, que llama el matergonismo, simbiosis operante del materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Me redactaba en aquellos meses unos cuentos deliciosos para mi hijo Octavio, que tenía entonces cinco años, que ilustraban Carrillo y Felo Monzón y escribía con letras de acabada perfección Antonio Alfonso, que además de buen poeta era un extraordinario pendolista. Otro sensible poeta, antiguo jefe de Correos de Guinea, Luis Buelta, nos leía también sus composiciones líricas. Los cinco vates de la prisión —Luis Buelta, Antonio Alfonso, Luis Galvez, que estuvo preso en Tenerife, Rafael Rodríguez Delgado y José Antonio Rial,— que ha publicado en Venezuela sus memorias de la prisión de Fyffes bajo forma novelada— recogieron años después en un precioso tomito, cuidado y editado por Rafael con verdadero primor, algunos de sus poemas de presidiarios. Antonio Alfonso, olvidado de la poesía, se halla ahora en Caracas dedicado a la filatelia comercial. Rafael Rodríguez, tras muchas aventuras intercontinentales, que, entre otros destinos, lo llevaron a desempeñar durante doce años un importante puesto como Asesor jurídico en la Sección de Interpretación de Lenguas de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, vive ahora en Madrid, jubilado, escribiendo en Indice, con su mujer y sus dos hijos."


miércoles, 5 de junio de 2019

El aficionado a los toros de Santa Isabel

Recoge Javier Rodrigo en La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939 que Queipo de Llano «declara ante la legación italiana en noviembre de 1937 que tras la guerra los españoles no se convertirían, y que en consecuencia había "que librarse de esta gente. Hay que seguir fusilando, o crear grandes campos de concentración en las Canarias o en Fernando Po [sic]"». Pese a ese explícito posicionamiento, no se llegó a construir un gran campo de concentración en Fernando Poo. Se recurrió, eso sí, -como veíamos en Gran palabra tienen los blancos- al confinamiento de la población autóctona en Annobón, mientras los colonos desafectos al golpe de Estado acabarían en el campo de concentración del viejo lazareto de Gando, en Canarias.

Precisamente, cuenta Juan Rodríguez Doreste sobre su vivencia de confinamiento en ese campo de concentración que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...) Creo que llegó a nuestro cuarto [de "los pintores"] para completar un hueco. Gonzalo Carrillo, en cambio, anterior compañero en el recinto de los abogados, dibujante, acuarelista, caricaturista, pintor de paisajes tropicales, negras fenomenales y toreros en acción, vino por derecho propio. Por derechos de aptitud y de fecundidad, pues nadie pudo superarle en incansable laboriosidad. Utilizaba para sus pinturas unos esmaltes que se caban pronto y puedo afirmar que ni uno solo quizás de los mil y pico presos que por entonces quedábamos en Gando se fue para su casa sin llevarse una obra de Gonzalo, en cualquiera de los muchos registros plásticos que tocaba».

El Ministerio Fiscal había solicitado cadena perpetua contra Gonzalo Carrillo Riera, condenándole finalmente a diez años (más lo que le cayera por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas). Al fin y al cabo, tenía la imperdonable falta de ser uno de los públicos contribuyentes a la donación de las 10.353,65 pesetas para la República, conforme a la Gaceta de Madrid del 5 Noviembre 1936.

Apunte de Gonzalo Carrillo Riera 
que representa al brigada Martín
"en un día bueno".
«La llegada de los dos nuevos huéspedes de Guinea [a la celda de "los pintores"] alteró un poco la calma monocorde de nuestras horas. Gonzalo Carrillo, vivo, hablador, ocurrente, con labia de andaluz, de familia riojana, había nacido casualmente en Las Palmas y se titulaba en broma, con mote taurino, Chiquito del Puerto. Introdujo en nuestros diálogos temas inéditos: los problemas de la colonia y de la negritud -aunque todavía Leopoldo Senghor no había acuñado el término- la narración de las aventuras de su frustrada fidelidad republicana, etc. Pero, sobre todo, los inagotables comentarios de su entrañada taurofilia. Tenía en aquellos años facha y hechura de torero: alto, espigado, estrecho de caderas, piernilargo.

Lo menos taurino era su traza epidérmica, rubia y pálida, con blancura que la larga reclusión había acentuado hasta términos de transparencia.

Yo había sido algo aficionado a la fiesta nacional. En mis tiempos de estudiante conviví con un señorito andaluz, tronado, borrachín a salto de mata ca da vez que pillaba un duro, de fluyente simpatía, que había frecuentado capeas y becerradas, y que con una toalla, ayudada en su caso por una pata de silla desvencijada a guisa de estoque, me enseñó prácticamente todas las suertes del toreo, de capa y muleta: verónicas y medias verónicas, gaoneras, chicuelinas, molinetes, pases naturales y de pecho, ligados, ayudados por alto y bajo, etc. Y las suertes de matar, recibiendo, al volapié, la estocada tendida, hasta las cachas, etc.
Gonzalo Carrillo, que también había toreado becerrillos, completó mi erudición. Llegué a saber los nombres de los mejores diestros y sus especialidades. Entonces era rey de los ruedos El Niño de la Palma, rondeño de estilo y naturaleza, padre del que después fuera el grande y famoso matador Antonio Ordóñez. Me instruí también entonces en las características de las distintas escuelas, cada una de las cuales ha poseído un astro mayor, suerte de pontífice, revestido de específicas cualidades que son como la pauta ideal, la escala valorativa, raramente alcanzada en las cimas de la perfección, de las hazañas de los respectivos epígonos: el toreo alegre de Joselito, el estatuario de Belmonte, el de fugaces ráfagas geniales de Rafael El Gallo, el temerario de Granero, etc. Carrillo casi acabó haciendo torear a todos los abogados de su cuarto. Su contagiosa jovialidad, la gracia de sus imitaciones y caricaturas, porque era certero y suelto dibujante, nos desarrugó muchas veces el ceño en aquellos meses en que los desalentadores reveses de nuestra causa en el exterior se sumaban a las incomodidades y molestias de nuestro estado.
Gonzalo Carrillo se representa a si mismo como
"Chiquito del Puerto" dando un muletazo.
(...) Gonzalo Carrillo la nota más aguda, nunca chirriante, siempre afinada en el tono más hilarante, más divertido, más adecuado para desentumecer y alejar el tedio nostálgico que muchas veces, inevitablemente, ganaba nuestros ánimos. Ya expliqué que, aunque oriundo de la Rioja, donde ahora vive, trabaja en su profesión y patrocina festivales taurinos sin cuento, nació en Las Palmas en una escala de su madre hacia la Guinea, donde su padre, don David, fue muchos años Curador colonial. Un canario gracioso y salado, con humor bien distinto del nuestro, que es habitualmente más irónico y socarrón».







Correspondencia de Gonzalo Carrillo, enviada desde el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando, recogida en "Memorias de Contrabando":

«Las escasas obras literarias y artísticas conservadas se erigen en auténticas crónicas del sufrimiento y el horror vividos: poemarios como Lo imprevisto, de López Torres y Ortiz Rosales; los poemas, cuentos y dibujos de la Antología de musas cautivas elaborados por presos de Gando y Fyffes, o las pinturas, dibujos y caricaturas creadas en el cuarto de la pintura del Lazareto de Gando por Felo Monzón o Gonzalo Carrillo, entre otros.
Estas y otras expresiones artísticas y literarias son parte importante de la memoria histórica de la represión durante y después de la Guerra Civil en Canarias y dan testimonio de la lucha por la dignidad, la supervivencia, la resistencia y el compromiso político de los represaliados».
 «Utilizaba para sus pinturas unos esmaltes que secaban pronto y puedo afirmar que ni uno solo quizás de los mil y pico presos que por entonces quedábamos en Gando se fue para su casa sin llevarse una obra de Gonzalo, en cualquiera de los muchos registros plásticos que tocaba».

Falleció a finales de 2000, y de él afirma su nieto, el escritor y abogado logroñés Andrés Pascual, en Aquellos silencios del abuelo:
«No concibo mi vida sin los toros de la misma manera que me es imposible entender mi existencia sin la figura de mi abuelo Gonzalo» (...). En realidad el autor riojano asegura que todo lo que es está en relación con sus cuatro abuelos, que fallecieron mayores y con los que tuvo «mucho tiempo para poder compartir sus sueños y vivencias». Y el que le introdujo los toros en el corazón fue el inolvidable Gonzalo Carrillo, abogado, pintor y cronista taurino durante muchas temporadas en Radio Nacional de España: «Él me dio la alternativa también como abogado, ya que me inoculó la pasión por el derecho durante tantas horas que me permitió asistir a sus consultas. Él tenía el despacho en su casa de Nájera y yo deambulaba por toda las habitaciones, incluyendo la sala de espera y sus relaciones con los clientes».
Andrés Pascual recuerda a Gonzalo como una persona que tenía «la virtud de convertir en algo mágico todo lo que le rodeaba. Por ejemplo los paseos por la playa de Peñíscola, donde gracias a él aparecían piratas, contrabandistas y princesas cautivas; o por las choperas de Nájera, en las que unos días los protagonistas de sus relatos eran indios y vaqueros y al día siguiente guerreros de las cruzadas o caballeros templarios. Así era él y con los toros sucedía exactamente lo mismo». Por eso, para Andrés Pascual las corridas de toros no «eran un mero festejo al que acudíamos para ver un buen muletazo». «Era un universo que comenzaba desde por la mañana cuando me cogía yo a su pantalón porque me encantaba estar con él en la plaza para el apartado y ver aquellos increíbles animales que eran los toros. A mi escala eran como inmensos mamuts, gigantes, retadores, inmortales. A su vera para un niño como era yo estar a su lado significaba aventurarse por una ventana ante unos mundos fascinantes», recuerda.
Pero había más, «porque en casa antes de comer hacía unos cuadrantes increíbles para colocar a la gente en sus entradas, la contrabarrera del 2, éste o aquel tendido... Después de las corridas llegaba a casa y todos esperábamos a que le llamaran de la radio y comenzara con su mítico: buenas noches, aquí Gonzalo Carrillo desde Logroño para Radio Nacional de España. Aquello me parecía como un sueño. Entonces, con aquella voz de doblador de cine contaba la corrida con su mirada y yo me daba cuenta hasta qué punto era capaz de ver cosas que para muchos pasaban inadvertidas. En realidad no las miraba con los ojos, su acento tenía que ver con los latidos de su corazón», afirma.
El corazón y el alma
Y qué quedaba de todo aquello en la mente de Andrés Pascual cuando era niño: «Lo que respiraba era épica y un inmenso respeto. Él, con todo lo que sabía, se mostraba ante la fiesta y ante cada uno de sus protagonistas con semejante humildad que te hacía, sin darte cuenta, formar parte de ella como uno más. ¿Cómo tiene que ser esto para que el abuelo dedique semejantes silencios?, me preguntaba. Él no era nada hablador en las corridas, él escuchaba la música del toreo y no me refiero a los pasodobles, sino a la respiración de los matadores, los latidos acompasados del animal y del hombre y todos esos sonidos que se generan en un coso. Aquello me impresionaba y es lo que más grabado se ha quedado en mi espíritu y además, lo mantengo».
18 de julio de 1942 en Santa Isabel

Lamentablemente, Carrillo -el aficionado a los toros de Fernando Poo- nunca pudo disfrutar de ellos en la isla tras su destierro y confinamiento, ya que la primera lidia tuvo lugar en los años 40. Como diría Agustín de Foxá en su artículo "Toros en Fernando Poo" de 1945: «No son los de América los únicos festejos taurinos que exigen días y días de mar para que los españoles los presencien. Como en todos los lugares donde asomó la influencia ibérica, allá en la lejanía caliente del Golfo de Guinea también se oye, en las vísperas de las fiestas tradicionales -Día de la Raza, 18 de Julio, fechas de la liberación de Bata o de Santa Isabel-, charlar apasionadamente del temple de un natural imaginario o del efecto de una estocada todavía en potencia. La fiesta llega al Ecuador, y en los “chiringuitos” que se adelantan al mar entre palmeras, en el "Negresco" de Bata o en el Casino de Santa Isabel, la conversación taurina fluye, sustituyendo por unas horas el eterno comentario, que gira siempre sobre el precio del café, la holgazanería del bracero o el cuidado de la finca de cacao».



jueves, 30 de septiembre de 2021

Música clandestina

Dibujo de Felo Monzón
(Rafael Monzón Grau-Bassas)
realizado en el campo de concentración
Cuenta Guillermo Martínez en La música clandestina en las prisiones franquistas: esperanza, muerte, picaresca y el sueño de libertad que «Modificar la letra del “Cara al sol”, enfrentarse a las autoridades cada vez que intentaban que una partitura saliera de la cárcel y entonar diferentes canciones sobre su propia realidad es lo que hacían decenas de presos encarcelados durante la dictadura franquista (...) Romper el silencio en las cárceles franquistas no fue algo baladí. Decenas de presos políticos se vieron inmersos en bandas y orquestas de estos centros penitenciarios pensados para el castigo y la muerte, la reeducación del régimen. Entre ellos, decenas de músicos profesionales que no dejaron de entonar sus partituras y composiciones entre barrotes, a veces obligados por las autoridades de la dictadura, otras tantas, por la libertad añorada, la familia lejana, los deseos de escapar. La lírica caló en fragmentos de papel higiénico, en giros irónicos de un Cara al Sol quemado, en la protesta política: su crimen».

No es una sorpresa: habíamos visto ya en la celda de los pintores o el aficionado a los toros de Santa Isabel cómo los confinados buscan estrategias que les permitan hacer más llevadera la prisión o incluso generar espacios para la resistencia. Así surgen casos como los voluntarios a Guinea en el penal de Burgos.

En esa búsqueda los presos se inspirarán en diferentes temas, tantos como emociones:

«Asimismo, el protagonismo también recayó en las mujeres que sustentaban al preso: "La figura de la madre, la esposa y la hermana es muy recurrente porque son quienes les llevaban comida y de algún modo ellas estaban tan presas como ellos", especifica Calero. Aun así, la libertad era el tótem central al que dedicaban sus versos. Así ocurre cuando salen de prisión, o bien por su excarcelación o porque se tratara de un traslado. "Cuando ya sea libre te volveré a ver", decían las presas de Durango "desreferenciadas de su propio sitio, sin un lugar al que regresar", apunta la investigadora. Más allá de las mujeres, tan presentes en el pensamiento y recuerdo de los presos, éstos también dedicaban sus obras musicales a los más pequeños de la familia. Lo mismo sucedía con otras composiciones de contenido sexual, dada la carencia del mismo. "Cuando uno se las encuentra puede sorprender, pero no deja de ser una necesidad física y emocional", señala Calero. Ella misma finaliza al afirmar que, en estos casos, las letras sí tienen cierto contenido humorístico y se retrotraen a los ritmos latinos que ya habían penetrado en España en los años 20, donde todo es más sugerente y hablan del sexo hasta donde pueden, entendiéndolo como un juego».

Entre los testimonios recopilados está La Rumba de Ánxel Jóhan, compuesta en 1940 mientras cumplía condena en la Prisión de las Palmas de Gran Canaria.

Danza en el cálido son 

del bongó.

Rumba de selva

en Fernando Póo.

Baile del vientre

con tetas al sol.

Danza, que danza, que danza

la gripa se escurre llena de sudor.

Lujuria del muslo

crispada la mano

y abierto el bongó.

Trenza el calabó, bó, bó

trenza en tu ombligo

las nipas de N’fork [sic, por N’sork].

Sonido, verso y color

para la negra, negra de Cennobón [sic, por Annobón]

Sobre el autor, recogen en El Silencio Roto que Ánxel Jóhan (nacido como Ángel Juan González López, Lugo, 1901-Madrid 1965) fue:

Poeta, escritor y dibujante lucense. En 1929 se trasladó a Las Palmas de Gran canaria donde colaboró con la revista Yunque. Tras la sublevación militar escribió al gobierno de la república informando de la presencia de Franco en la isla, razón por la cual fue detenido en 1937 y condenado a treinta años de reclusión, de los cuales cumplió cuatro en el Penal de las Palmas. Allí retrató a varios de sus compañeros de presidio, colaboró en la revista clandestina Surcos y escribió diversos poemas y canciones, entre estas las de motivo infantil Dos canciones y la erótica Rumba.

En 1938, el Ministerio del Orden Público declara su separación del servicio del Cuerpo de Telégrafos, al que nunca más volverá a pertenecer.

En 1941 fue excarcelado, siendo entonces cuando publicó sus primeros libros: Redondel sin salida (1944), Alba esencial (1944), Muerte siempre (1945), La agonía junta (1946) y Antología cercada (1947). En 1948 regresó a Lugo, donde se dedicó a diversas actividades docentes.

Finalmente falleció en Madrid en 1965.

 

La canción tiene la evidente influencia de alguno de los 150 presos coloniales en Gando.

De todo modos, Ánxel Jóhan cultivará diversos procesos creativos (pintura, poesía... y otro tipo de canciones) en prisión.

Por ejemplo, dibujos y caricaturas:
Retratos de los presos Eustaquio Almeida Ojeda, Félix Montesdeoca Pérez, Domingo Suárez Morales, Juan Trujillo Pérez, Javier Muñoz Pastor y José Fiol Santana realizados en la prisión de Fyffes.



domingo, 10 de mayo de 2020

Sombreros de copa en Fernando Póo

Susana Cuartero Escobés documenta en La masonería española en Filipinas un artículo aparecido en el Diario Mercantil (1896) sobre «los trabajos filibusteros» que conspiraban para la independencia tanto de Filipinas como de Cuba. Se trata de un eufemismo periodístico para aludir a la masonería, cuya labor en la emancipación de los territorios de ultramar era «… menos inofensiva que la moda de los sombreros de copa en Fernando Póo…».

¿Significa eso que no se usaban sombreros de copa en Fernando Póo? ¿Que no había anhelos de independencia entre la población local? ¿O que tal vez no hubo masonería en el territorio ecuatorial?

Por la propia idiosincrasia de la francmasonería -es discreta por naturaleza- y las décadas de represión a la que ha sido sometida, es difícil recabar información... pero definitivamente la hubo y en este paseo por la Calle 19 de Septiembre de la vieja Santa Isabel es posible recopilar indicios de la misma:
  • La historiografía franquista, cuando se refiere al pequeño colectivo de los frentepopulistas de Río Muni se referirá a ellos como «una docena de descontentos sin prestigio ni arraigo: un comerciante de Santa Isabel, don Jaime Gay Compte, hombre apasionado y violento; un contratista de Obras, José Serrano Roldán, aventurero procedente de Tánger, que había creado en la isla un logia llamada "Fernandina número 17 [es más probable que sea la 67]", filial de otras de Valencia y Barcelona; un médico, Abelardo Lloret, y unos cuantos funcionarios de menor cuantía y colonos descalificados».
Es decir, no sólo hubo masonería, sino que también hubo una logia local... que fue perseguida por los ganadores de la guerra civil. Se trata de la Logia Fernandina (no confundir con las agrupaciones tradicionales de los criollos fernandinos) constituida en 1929. De hecho, los propios fernandinos eran según Julián Arija -colono y periodista- «protestantes y francmasones en gran mayoría, afiliados a logias inglesas», organizaciones locales en las que -según Gustau Nerín- «se hermanaban blancos y negros».

Bando publicado por La Guinea Española en noviembre de 1936.

Ese hermanamiento cesará con el triunfo del golpe de Estado el 19 de septiembre, ya que la masonería fue duramente reprimida.

Masones, y rotarios, ya que clamaban desde La Guinea Española: "viene a confirmarse con la masonería y rotarismo aquel dicho vulgar, que son los mismo perros con distintos collares. Pues esta venenosa y letal hierba parece quiso plantar aquí, y según dicen plantó alguna semilla, el fracasado Luis Sánchez Guerra, Gobernador que fué de la Colonia", aludiendo que el gobernador era público rotario (fue fundador y presidente del Rotary Club Alicante).

En el caso de los masones, el ensañamiento fue doble, ya que no sólo se aplicaban las consabidas sanciones por la vía administrativa, civil y/o militar a los detractores del golpe de Estado: los acusados de pertenecer a la masonería están expuestos tanto a las arbitrariedades del consabido Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas como a otro específico, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, creado más tarde. No podría ser de otra forma, si incluso Franco -bajo el seudónimo de J. Boor- afirmaba en el artículo El gran secreto (1948), que «de origen masónico fueron todos los movimientos revolucionarios que en siglo y medio se suceden en nuestro territorio, y los de secesión de nuestros territorios de América, y masones los gobernantes y generales comprometidos en todas las traiciones que mutilaron nuestra Patria. Masón era Morayta y los que con él desde España alentaron la insurrección cubana, y masones los que en las Cortes, y a espaldas de aquel Ejército, los traicionaron para la renuncia y la rendición...».
Juan Fontán, en su discurso de toma de posesión como gobernador general y Jefe Provincial de Falange Española Tradicionalista y de la JONS, no deja lugar a dudas «el Generalísimo de nuestros ejércitos, siempre vencedores, el hombre providencial que Dios pu­so en el camino de España, para sal­varla de caer en la ruina en que que­rían sumirla sus enemigos declarados, los marxistas, y los enemigos ocul­tos, el judaísmo y la masonería».

Os contamos algunos casos recogidos en el blog.
Documento sobre Francisco Del Rosal
que habla de su vinculación a la Fernandina
  • José Serrano Roldán, «que había creado en la isla un logia llamada "Fernandina número 17 [sic, 67]", filial de otras de Valencia y Barcelona» fue sometido a la Causa 518/36 «por tenencia ilícita de arma, al acreditarse que una pistola encontrada en un bosque, con la numeración raspada, era de su propiedad». La fiscalía solicitó para él cadena perpetua siendo finalmente condenado a 10 años de prisión. A eso, habría que incluir el destierro e incautación de bienes acostumbrado por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas de Santa Isabel, que acabaría con una subasta pública de sus propiedades. Participó en la fuga más mítica del campo de concentración de Gando, pero esa es otra historia...
  • Jaime Gay Compte (o Conte en este caso), el "socio" de Serrano, cuenta a su vez con una ficha a nombre del sr. "Galiay" por delito de masonería en el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.
  • Francisco Del Rosal, militar de carrera, perteneció a la Logia Cabo Espartel, situada en la zona de Alcazarquivir (Marruecos), con el nombre de "Galdos". En 1930 tramita una licencia por asuntos particulares y se traslada a la Guinea española en donde se vincula con la Logia Fernandina. Con la proclamación de la República regresa a la península y se reincorpora al ejército, manteniéndose leal al gobierno tras el golpe de Estado de 1936. Destacó como dirigente de la Columna Del Rosal integrada por milicianos de la CNT. Empujado al exilio, escribía a las autoridades mexicanas: «Soy de los que aun con amnistía (si la dieran) no podré nunca volver a España, porque aunque no robé ni asesiné, soy en cambio masón, que es mucho peor que nada para la España de hoy». Falleció en 1945 exiliado en Nicaragua.
  • En la dialéctica local, era tradicional que los claretianos señalaran como masones a los gobernadores con los que entraban en contradicción. Así, identificaban al gobernador José Barrasa Fernández de Castro como masón grado 33 (sic) por su empeño en crear la escuela pública en el territorio, «Barrasa se opuso a que las religiosas se estableciesen en Elobey y no permitió que hubiese más de tres en el colegio ya fundado de Corisco, añadiendo que, si de él dependiera, no habría ninguna. Para mayor sinceridad y lealtad a la masonería, sin permiso de la metrópoli, abrió una escuela laica…», al igual que lo hicieron también con José de la Puente Bassave, «rabiosamente sectario y con indudables pintas de masón», o incluso con Ángel Barrera y Luyando. En el caso del viejo Gobernador que murió descalzo recogemos la historia Miguel Núñez del Prado, realmente único gobernador de la Guinea española del que se tiene constancia que fuera integrante de la masonería. En la misma se denominaba "Lafayette", nombre con el que -todavía- se dirigió en 1933 a la Fernandina expresando los «sentimientos fraternales y ofreceros de manera especial nuestra [de la logia Unión núm. 88] entusiasta colaboración en la obra masónica». En el periodo republicano se afilió a la Unión Militar Republicana Antifascista-UMRA (la misma organización que salvó al crucero Méndez Núñez de pasarse a los golpistas). Cuando la sublevación militar de julio de 1936 se mantuvo leal al Gobierno hasta el punto de que accedió a ir a Zaragoza a intentar revertir la insurrección en la ciudad del general Cabanellas (también masón), siendo detenido al aterrizar y fusilado (tras robarle las botas).
  • En el cartero de Bata, esbozamos la historia de Isidro Álvarez, criado en Asturias pero nacido en Cuba: significado como uno de los apoyos de la administración pública al subgobernador, salió huyendo reintegrándose al cuerpo de correos en el territorio republicano. Con el avance de los golpistas, se suma a la retirada a Francia (en noviembre de 1937 el gobierno de Burgos decretó su suspensión del servicio). En el blog deportados de Asturias relatan su periplo por diversos campos tanto en Francia como en Alemania, hasta que «en mayo de 1943, fue llevado a una prisión de la capital alemana y desde allí enviado a la cárcel de Laufen, a orillas de Danubio». Es probable que como nacido en Cuba fuera confinado con menor rigor que otros republicanos, por lo que «Tras año y medio de cautiverio Isidro y sus improbables compañeros de prisión se beneficiaron de un intercambio de prisioneros auspiciado por las Naciones Unidas. Como hombres libres, en febrero de 1945 llegaron al campo de refugiados de Philippeville, Argelia». Con el fin de la guerra mundial, solicita la repatriación: «Se abrió así un proceso en el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, en el que la principal prueba documental en su contra era una simple comunicación de 1936 de la Logia Jovellanos de Gijón con la Logia Constancia de Ourense interesándose por los antecedentes de aquel funcionario de Correos que había manifestado su voluntad de entrar la masonería. En el verano de 1947 el tribunal dicto sentencia absolutoria, dejando así vía libre para su retorno a España». Esa carta y los únicos informes desfavorables remitidos desde Bata la impedirán reincorporarse a su puesto en correos. Hasta que «a comienzos de 1970, Isidro reclamó una vez más su reintegración en el cuerpo de Correos. A punto de cumplir los setenta años, era la última oportunidad que le quedaba de volver a formar parte de la Administración y obtener así una pensión por los veinte años de servicio. En esta ocasión no hubo ningún informe negativo, y todo indica que in extremis Isidro volvió a ser funcionario del Estado por unos meses».
  • El caso del médico narra el acoso al doctor José Villaverde de Beitia, médico separado del Servicio Sanitario Colonial el 31 de octubre de 1938 porque «por su conducta había de considerárselo contrario al Movimiento Nacional, como consecuencia de una información sobre actividades de la Masonería en la Colonia, practicada por un Juez Militar, que dio lugar a la resolución del Gobernador General de Guinea de 19 de octubre de 1938».
  • En El exilio de Joaquín Mallo e Incautaciones de bienes a Joaquín Mallo, se recoge el proceso de exilio, incautación de bines y fallecimiento del finquero, presidente del Consejo de Vecinos, diputado y presidente de la Cámara Agrícola. En el portal Villa de Chía, completan con un «vista su trayectoria, es muy posible que fuera miembro masónico vinculado a la Gran Logia Española (desde alguna de las muchas logias madrileñas de la época) y con contactos en la Asociación Masónica Internacional». De hecho, José Antonio Ferrer Benimeli en su libro "Masonería, política y sociedad" le atribuye incluso el grado 33. 
  • El médico del penal documenta igualmente la detención del doctor Abelardo Lloret Peralt, detenido en Santa Isabel el 19 Septiembre 1936. Tras sucesivas privaciones de libertad, es condenado en mayo de 1944 «como autor de un delito consumado de Masonería, (...) a la pena de doce años y un día de reclusión menor, accesorias legales de inhabilitación absoluta perpetua». Dos años después, el Juzgado de Instrucción número 2 de Las Palmas de Gran Canaria hace saber que ha sido sobreseído el expediente de responsabilidades políticas y «ha recobrado la libre disposición de todos sus bienes».
Según La Guinea Española, hojas de inscripción de la Logia Fernandina

Ante la duda, -una vez más- La Guinea Española es esclarecedora. En abril de 1937 publica un artículo en el que -tras acusar a la masonería de fomentar el separatismo americano y filipino en el siglo XIX- se centra en el territorio ecuatorial: «no es una incógnita el que en Sta. Isabel, años pasados, bajo la obediencia de la Gran Logia Española, fundada en 1885 Calle Zurbano, 1º Barcelona y Alcalá 171 (Hotel) Madrid, funcionaba un Taller masónico establecido en la calle Castilla con el nombre “Fernandina” y cuyo Venerable fue el conocido abogado José Rumbao; poco antes y por poco tiempo debía estar el taller en la Calle Armengol Coll. (…) Poco hemos investigado sobre el tema en el Continente; pero allí no se quedaron atrás y mucho se significó en ese orden masónico Higinio Mazorra, masón de mucha consideración entre sus principales como lo evidencias los documentos que no tenía inconveniente en mostrar; de ahí procedían también los dirigentes de la revuelta del continente».

Fotografía que Gilda Mazorra envía en 1919 a su hermano Higinio, previendo su regreso de Estados Unidos al estallar la I Guerra Mundial. Al dorso de la tarjeta está manuscrito: ' Para que me conozcas,/ y cuando vengas no te/ equivoques al saludarme/ te envío este retrato/ tu hermana que te quiere/ mucho. Gilda 7=IIII=1919'.
Extraída de "Las fotografías de mujeres entre las fotografías de origen masónico del archivo general de la Guerra Civil española".
  • Sin más información sobre Higinio Mazorra Setién salvo su origen cántabro (de Villacarriedo), y que previo a su arraigo en el territorio ecuatorial había trabajado en Cuba y en Estados Unidos. Era afiliado del Frente popular, que estuvo entre los huidos a Camerún tras la caída de Bata. Celeste Muñoz le incluye en la relación de personas citadas por la Comisión de Incautación de los Territorios del Golfo de Guinea, y el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas le condenó en 1940 a «quince años de destierro de estos territorios y la pérdida total, de sus bienes en esta Colonia», exonerando de culpa a su hermano Jesús. Cuenta con sendos expedientes de indulto tanto de la Audiencia Provincial de las Palmas como del Juzgado de 1ª Instancia y Apelación de Santa Isabel, por lo que se entiende que fue igualmente juzgado en Las Palmas y cumplió pena de prisión. El archivo deja igualmente constancia de su pertenencia a las logias Perfección Martí de Palos (La Habana) e Hijos de Acacia de Alacranes (Huelva).
  • De José Rumbao y Conde no hay mucha información... nacido en 1900 en Allariz (Orense) y abogado de profesión, en su expediente del colegio de abogados de Madrid consta que fue procesado en 1929 en Guinea, revocándose el auto por la Audiencia de Las Palmas a petición conjunta del fiscal y su defensor. Años después, el gobierno de la República le instruyó en 1937 expediente por posible desafección al régimen; le acusan de confraternizar con supuestos quinta columnistas en Madrid, si bien se puede rastrear casos en los que -como abogado- intercedió para sacar de prisión a detenidos por las autoridades republicanas. Posteriormente los tribunales franquistas le acusaron de delito de masonería. Fue condenado a 12 años de prisión e inhabilitación absoluta y perpetua. Años después encontramos noticias del "abogado de Sigüenza" en la provincia de Guadalajara.
  • Es llamativo el caso de Otto Löbig, el relojero de Cartagena: marcado como antifascista, su negocio es destrozado y emigra con su familia a Fernando Póo en 1939, buscando el anonimato como comerciante. En uno de sus viajes, el buque "Escolano" es detenido por los franceses y se llevan a Löbig por ser alemán, iniciando un periplo por prisiones del norte de África. Con la caída de París, las autoridades colaboracionistas con la Alemania nazi, le entregarán, recayendo finalmente en el Campo de Concentración de Dachau. Sobre la masonería, hay constancia de que en 1931 la logia Lealtad nº6 no le aceptó. Pero Löbig, protestante de origen y rebautizado católico al contraer nupcias, no tendría problemas en adherirse a la masonería cartagenera, muy vinculada al protestantismo ibérico. De hecho, su nieto lo describe como "rosacruz, masón y superviviente de un campo de concentración". Exiliado, falleció de un ataque al corazón en Maiquetía, Venezuela, el viernes 28 de enero de 1977. 
  • Horacio Pérez Cruz fue sorprendido en Canarias por el "Manifiesto de Las Palmas" que precedió al resto de España en el golpe de Estado. Así, Horacio se vió inicialmente movilizado para integrar el ejército golpista, pero posteriormente depurado: en octubre de 1936, una declaración anónima marcada como "Notas de Zaragoza" le incluye entre los militares canarios pertenecientes a la masonería con el nombre de Sabinosa, por lo que fue apartado del servicio (1937). Aunque emigra a Fernando Póo buscando distanciarse del acoso y asegurar la subsistencia economica, en su ausencia se arman informes e indagatorias. En 1942 regresa a Canarias, iniciando un periplo de juicios y confinamientos, falleciendo en 1945 en prisión domiciliaria. En 2008, en la esquela de su hermano, se aludirá a ese proceso derivado de «sus preocupaciones sociales, su trato fraternal y su sentida defensa de la libertad y la igualdad, que compartió desde su infancia con su padre, Julio Pérez Cabrera, y su hermano Horacio, que fueron internados en Fyffes y perseguidos por defender ideales democráticos...».
Pero seguro que hay más casos de represaliados por su pertenencia al taller de Fernando Poo, como Segundo Sabio Dutoit, aunque él fue absuelto de los cargos, al contrario que Antonio Costa Roca, Secretario de la Cámara Agrícola, identificado como masón y condenado por el TRP a la pérdida total de sus bienes en la colonia y seis años de destierro.

Faltaría, por ejemplo, indagar más sobre la participación de la población local. En el imprescindible Guinea Ecuatorial (des)conocida: (Lo que sabemos, ignoramos, inventamos y deformamos acerca de su pasado y su presente), se recoge cómo la población local en la búsqueda por ascender socialmente se incorpora a la Logia Fernandina, junto a liberales y republicanos españoles. Igualmente se darán casos de pertenencias a talleres ingleses o franceses con presencia en otros países del continente. En PARES tiene ficha del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, entre otros, Guillermo Barleycorn Beckley (archivada por ser súbdito inglés), Eduardo Barleycorn Atti, los hermanos Abilio y Manuel Balboa Arkins o Daniel Macati (McCarthy) Kinson... «También eran masones varios portugueses [tal vez Arturo da Costa Leal y Joaquín Pedro Pedrosa] asentados en la colonia, el sirio David Nauffal, el cónsul de Liberia G. M. Johnson y el pastor metodista británico George Bell. En 1944, cuando el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo comenzó a citarles para su procesamiento, Carrero Blanco, a propuesta del gobernador Bonelli, ordenó a su presidente que excluyera de su jurisdicción a los indígenas guineanos, pues no habían sido plenamente conscientes del carácter maléfico de las logias, a las que habían entrado debido a su cultura británica y para imitar a los españoles, los verdaderos responsables».

Especialmente revelador será este testimonio de «Edward Barleykorn, un marchito y sabio anciano que me habló de su larga vida como cultivador de cacao. (Como de pasada, mencionó que, al final de la guerra civil española, le habían embarcado rumbo a España junto con otros masones. Los masones blancos habían sido ejecutados por los franquistas; él, que pertenecía a una logia de Sierra Leona, quedó libre)».

Isabela de Aránzadi, cuando estudia el legado de Sierra Leona en Bioko, recoge un testimonio «[Nuestros abuelos] tuvieron que cambiar de nacionalidad cuando llegaron los españoles [a principios del siglo XX [...]. En la época de Franco también se expropiaron tierras a fernandinos relacionados con la masonería. Este fue el caso de Samuel Norman Kinson, descendiente de sierraleonas llegados a mediados del siglo XIX a Santa Isabel...».

En el Centro Documental de la Memoria Histórica se puede acceder igualmente a esta imagen:



Fotografía en formato cabinet en plano medio de Blas Barrera Ferrán, miembro de la Logia Fernandina. Pende de su cuello joya del grado 33.



La fotografía está pegada a portafotos de cartón, en cuyo dorso, manuscrito en tinta, se puede leer: 'A los qq:.hh:.de la Resp:.Log/ 'Fernandina'/ su h:./ B:.B:. Garibaldi.g:.33:./ Blas Barrera Ferrán/ Barcelona-calle/ Tresllits 6'. Al dorso además sello de tinta del fotógrafo: ' RAFAEL DELMONTE/ FOTOGRAFO/PUERTO-PRINCIPE'. 

Perdido en la historia queda el caso del cura Galeote, sacerdote castrense en Fernando Poo. Éste cometió un magnicidio en 1886, décadas antes que Restituto Castilla, al asesinar al diputado y primer obispo de la diócesis de Madrid-Alcalá. Asesino confeso, se le acusó de ser «masón del grado 9°». Si bien según el escritor canario Benito Pérez Galdós, «la prensa ultramontana ha dicho que Galeote era masón, y aún indica la logia a que pertenecía, y el nombre o número que usaba en aquella misteriosa asociación. Pero al sostener esto, los ultramontanos no han añadido ninguna prueba. Debemos ponerlo en duda, y creer que tal especie no tiene más objeto que echar la culpa del crimen a las ideas liberales que con más o menos fundamento, se asocian por algunos al instituto masónico. También se dijo que el cura Merino, que dio la puñalada a la Reina Isabel, era masón; mas no resultó cierto. El baldón que sobre el clero arroja la mano aleve de Galeote es demasiado grande para que los defensores del Estado eclesiástico no quieran arrojarlo sobre otra cabeza».

O incluso se suele desconocer la condición de masón de Sir Richard Burton, cónsul británico en Santa Isabel en la década de los 60 del siglo XIX, cuando España apenas daba pasos titubeantes por retomar la administración del territorio insular. En el caso de Burton, está documentado que durante su servicio en el ejército de la Compañía de las Indias Orientales se inicio en la Logia Esperanza (Hope Lodge #337) de rito escocés, con sede en Karachi (Kurrachee en esa época), actual Pakistán, a la que se incorporó precisamente durante los primeros años de su creación.



Esta acumulación de referencias personales son un indicio evidente de que la masonería sí tuvo presencia en el territorio. No podía ser de otra forma, si ya el 30 de noviembre de 1922, José Freixa Martí, Julián Rodríguez Ballester y Juan Vich Company, comisionados por las logias canarias Añaza, Abora y Andamana, y con Amado Zurita Colet (grado 33 de Añaza) como presidente acordaron la tramitación de un nuevo Taller denominado Gran Logia Regional de Canarias, «cuya jurisdicción comprenda el Archipiélago Canario, costa occidental de África y posesiones españolas del Golfo de Guinea». Éste taller tuvo un complejo proceso de creación, que fue truncado con la represión que sufrió la masonería en Canarias tras el triunfo del golpe de Estado.

En cualquier caso, resulta paradójico el ensañamiento con la masonería en el territorio, si precisamente la consolidación del mismo se debió a las exploraciones del alavés Manuel Iradier y Bulfy, que fue francmasón y secretario de la logia Victoria nº 134 de Vitoria con el nombre simbólico de Lurrac Villazen (Lurrak Billatzen -en la grafía actual del euskera-) que significa 'Buscando tierras'.

O incluso el detalle de que la masa principal de colonos tras la retirada de la administración británica procedía de las deportaciones forzosas por razón política, entre la que había masones además de liberales, republicanos y carlistas peninsulares... pero también cubanos, portorriqueños y filipinos (¿alguien se acuerda de la presencia filipina o portorriqueña en el territorio? Eso da para otra entrada...), siendo algunos de ellos sin lugar a dudas integrantes de diferentes talleres. Al fin y al cabo, en esos territorios insulares ser masón suponía un delito doble por «el crimen a las ideas liberales que con más o menos fundamento, se asocian por algunos al instinto masónico», como decía Benito Pérez Galdos, y por imputarles la connivencia con los procesos independentistas, como recordaba La Guinea Española. De hecho, el cubano y deportado Francisco Javier Balmaseda, en Los Confinados a Fernando Poo dejaría constancia de que «los españoles, con pocas excepciones, tienen indecible horror á la masonería, cuya humanitaria y grandiosa institución no comprenden».


Cerramos esta entrada con un documento muy especial: la fotografía anónima de un deportado cubano al que el fotógrafo Otto Schkölziger identifica como "masón de la isla de Cuba. Fue exiliado a la isla Fernando-Po", con fecha estimada entre 1891-1906.

Placa conmemorativa de las deportaciones de cubanos. Ubicada en la actual avenida de la Independencia de la ciudad de Malabo.