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lunes, 25 de julio de 2016

... y los heredados de la República

Ésta es una historia peculiar: eufóricos por la victoria del Frente Popular tras la caída del gobierno de derechas provocada por la trama guineana del escándalo Tayá, los frentepopulistas del territorio son expulsados por resolución del Gobernador y confinados a prisión en Canarias. El golpe de Estado les sorprenderá en la cárcel, y -pese a estar confinados- son heredados por los franquistas y mantenidos en prisión como una amenza para su proyecto.

Por esta Calle 19 de Septiembre, pasaron muchos:
pasaron los republicanos y funcionarios coloniales que no se pusieron a disposición de los golpistas, pero también la tripulación del Fernando Poo y del Méndez Núñez, así como los viejos coloniales a los que les pilló el conflicto en España y se les reclamaron deudas pasadas y futuras. O incluso los guineanos de origen que acabaron combatiendo y terminaron en el exilio, con una España que renegaba de ellos y sin una Guinea Ecuatorial a la que regresar.

Carta "Los republicanos de Fernando Poo son perseguidos"
de José Serrano Roldán en La Libertad,
11 de junio de 1936.
Pero hay un pequeño colectivo: los frentepopulistas de Fernando Poo. La historiografía franquista se referirá a ellos como «una docena de descontentos sin prestigio ni arraigo: un comerciante de Santa Isabel, don Jaime Gay Compte, hombre apasionado y violento; un contratista de Obras, José Serrano Roldán, aventurero procedente de Tánger, que había creado en la isla un logia llamada "Fernandina número 17", filial de otras de Valencia y Barcelona; un médico, Abelardo Lloret, y unos cuantos funcionarios de menor cuantía y colonos descalificados».

El escritor José Antonio Rial, compartió prisión con alguno de ellos tanto en la cárcel de Fyffes como en el penal de Gando.

En su novela La prisión de Fyffes lo recoge así: «Santos y Pérez procedían de más lejos. Eran presos de la República. Habían intentado la formación del frente popular en la isla de Fernando Poo, y el gobernador de la colonia los deportó a Las Palmas, donde los encontró, encarcelados, el alzamiento militar».
En ese caso, se trataba del comerciante Rafael Santos y del abogado Antonio Pérez a los que el Gobernador Luis Sánchez-Guerra Sainz había aplicado el artículo 5º del Reglamento de Funcionarios en Guinea, tras decretar el 5 de junio el estado de excepción, por su euforia tras la caída de la coalición de derechas por la Gürtel guineana de la CEDA y la posterior victoria del Frente Popular.

No es extraño que coincidieran, ya que -conforme al Congreso: los campos de concentración y el mundo penitenciario en España durante la Guerra Civil y el franquismo- Fyffes se significó como un espacio de hacinamiento de todo tipo de presos: «el máximo número de presos que llegó a acoger fue de 1.248, alcanzados el 28 de febrero de 1937 con la llegada de los 101 detenidos procedentes de la colonia española de Fernando Poo».

Como recuerda Juan Rodríguez Doreste, «lo que sí resultó ardoroso fue el largo encierro. Amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente».
De hecho Rial escribiría que su primera impresión de Fyffes fue «la de haber descendido a un pútrido submundo de cloacas y canalillos, donde cientos de sujetos desarrapados se agitaban, inquietos y expectantes. (...) Con el tiempo la falta de higiene fue envenenando hasta los ladrillos de Fyffes. Durante todo el día las colas de presos se alineaban delante de las letrinas, y los que a puertas francas, y delante de sus compañeros vaciaban sus vientres, eran apremiados por los de las colas para que les dejaran los puestos. Los ocho agujeros, e incluso la cloaca y el agua, resultaban insuficientes para contener y arrastrar las deyecciones de aquellos dos mil comedores de rancho, y los retretes se llenaban hasta rebosar y un río negro salía de aquel ángulo, en fermentación, del edificio, que corría al patio y, por una canal descubierta, salía a las huertas de afuera».

Posteriormente serían concentrados en el Penal de Gando«Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. (...) Llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora». Entre ellos estaba igualmente
Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
El origen de esos presos heredados por el franquismo, queda recogido en La Guinea Española, como parte del texto conmemorativo del 2º aniversario del triunfo del golpe de Estado en la isla: «Cuando los sucesos electorales de febrero de 1936 colmaron los alientos de cierto sector, que se iba agrupando: a partir de esa fecha aparece entre nosotros como fuerza organizada y atrevida el Frente Popular. Aquella masa ya preparada, tomó cuerpo; y se sintió en condiciones de actuar, comenzando a reclutar adeptos y simpatizantes; anteriormente, esta labor hubiera sido difícil por falta de costumbres políticas entre nosotros (…) Entre esos elementos diversos prevaleció por su influencia y actividad un sector izquierdista, calculador, que conocedor de los componentes de la nueva agrupación, fue actuando con tiento, pero con un impulso ascendente, hasta que, por el retraimiento de unos y osadía de otros adquirió verdadera beligerancia, llegando a ser fácilmente oídos sus primates en las altas esferas, a donde tenían fácil acceso: fue un acto de excesiva confianza en la protestada legalidad de los Frentes, el autorizar esa agrupación; y aunque se quiso frenar embarcando más tarde para Canarias a algunos de sus más revoltosos, la medida fue ya tardía y así es como la agrupación no plegó alas, sino que cobró mayores bríos. Así se evidenció, con sus concomitancias con los extremistas del Méndez Núñez; en sus continuas reuniones, organizadas en seccionen diversas; cambios de impresiones frecuentes en bares y casas particulares: se organizaron mítines, pero dada su tendencia hubieron de reducirse y aun negarse».


Bando del 5 de junio de 1936: «El modo de ser interpretado, por algunos, el derecho a la libre emisión de sus ideas, por primera vez reconocido en la Colonia durante el mando de este Gobernador General y el evidente estrago que a la causa de la colonización está ello ocasionando, obligan al Gobierno General, contra lo que fuera su deseo, si el freno del patriotismo hubiera sido suficiente, a adoptar las siguientes medidas,...».

Así, el diario Acción recoge en su edición del 28 de junio de 1936, que a bordo del Ciudad de Cádiz «venían cuatro detenidos conducidos por un cabo de la guardia colonial, de Santa Isabel. Estos han sido detenidos en Fernando Póo, por órdenes del gobernador civil, que los manda a disposición del Presidente de la Audiencia de Las Palmas, por el delito de alteración del orden público, durante los recientes sucesos ocurridos en nuestra colonia de Santa Isabel de Fernando Póo».

Tras el 18 de julio, pese a no poder imputarles de faltas contra los Bandos emitidos por la autoridad militar (por estar precisamente en prisión),  se optó por retenerlos en la cárcel como presos gubernativos.

lunes, 6 de mayo de 2019

El caso del cocinero

Ésta es una historia breve, pero importante.

Al cocinero le sentenciaron a «doce años y un día de reclusión menor» en el Consejo de Guerra contra el personal del Fernando Poo.

Está entre los siete castigados con mayor rigor (y tuvo suerte... ya que otros simplemente desaparecieron, como es el caso del barbero, o murieron en el proceso). Al fin y al cabo, en los testimonios recogidos le señalaban como peligroso:

«Ha oído decir que Mariano Juan Más amenazó a los Padres con una pistola», manifestó el Médico Antonio Fuertes Villavicencio, de la tripulación del “Fernando Poo” durante el interrogatorio. O incluso «Ha oído decir que Mariano Juan Más a había disparado», según el Tercer Oficial Jacinto Devesa Paredes.

O el Tercer Maquinista Manuel de Dios y del Aguila que «como elementos más extremistas señala al barbero Caparrós y dice que Mariano Juan Más se dejaba manejar por Caparrós; que tenía pistola y que ha oído decir que amenazó con ella a los Padres (…) Vio a Mariano Juan Más con un mosquetón en la mano en el momento del bombardeo».

Y ese «ha oído decir», pese a los contradictorios careos, debió ser especialmente decisivo, ya que como reconocía el Capitán Emilio Ley Arata, director de la Trasmediterránea, el 12 de noviembre de 1936 en artículo de La Prensa: «Los oficiales del barco casi todos son rojos. El oficial que se exceptúa de haber estado de parte de los marxistas es el señor Devesa, casado con una joven de Las Palmas, de familia muy conocida».

Tal vez puede que pesara el que fuera herido en el asalto aunque el propio cocinero tan sólo se definiera como «aturdido», pero el caso es que a Mariano Juan Mas, «de veinte y nueve años de edad, natural de Palma de Mallorca, domiciliado en Barcelona, de estado soltero, de oficio cocinero, que sabe leer y escribir, siendo su Padre Antonio Juan Fiol y su madre Concha Más Juan, y que no ha estado procesado por Tribunal alguno», le cayeron los 12 años y un día.

Con el tiempo, ese castigo fue la salvación de sus compañeros, ya que conforme a los diferentes relatos tanto de la prisión de Fyffes y como del campo de concentración del viejo Lazareto de Gando, «La alimentación era escasa y, en ocasiones, se servía en mal estado. Los testimonios orales  recuerdan ver flotar suelas de zapatos en el rancho, el novelista José Antonio Rial afirma en su novela que los calderos de comida no contenían “alimento para humanos” y Francisco García recuerda las comidas como “bazofias” e “inmundicias”».

El 2 Diciembre 1939 la Jefatura Provincial de Sanidad, emite un informe dando cuenta al Gobernador Civil sobre la situación en los recintos penitenciarios existentes en Gran Canaria. Es muy exhaustivo, por lo que resaltamos que «Actualmente hay en la prisión mil ochenta y nueve (1089) presos, de los cuales novecientos veintiocho (928) cumpliendo condena, 134 sujetos a sumario y 27 pendientes de resoluciones gubernativos (...) El agua que posee el establecimiento es impotable según análisis practicado en el Instituto Provincial de Sanidad, escasa e impropia incluso para el aseo personal. La comida es francamente insuficiente, sin las calorías necesarias compuesta de un rancho del que algunos solo llega un cazo del caldo donde se cocieron las legumbres. Es completamente inadecuada, incluso en la llamada de sobrealimentación, para enfermos especialmente los diabéticos, ulcerosos, etc., y desde luego no hay leche para los que la necesitan».

Cuenta Rial que «una noche toda la prisión se sintió atacada por agudos dolores de vientre y corrió hacia los ocho evacuatorios únicos. Al momento una cola que engrosaba sin tregua se había formado por el patio, y los centinelas azules gritaban desde su observatorio, ordenando a la multitud que se disolviera. En vez de esto, uno de los presos rompió la fila y se lanzó a satisfacer su necesidad en el  patio, y toda la fila siguió el ejemplo. La noche continuó así. Los centinelas dispararon algunos tiros y terminaron dejando hacer y envueltos en los vapores que subían del callejón lleno de hombres rugientes por los retortijones de la colerina. Se creyó en un envenenamiento. A veces había alpargatas nadando en el rancho y otras porquerías de gran tamaño, pero no se protestaba porque el preso era un fuera  de la ley. A la mañana siguiente del ataque de diarrea, el patio y todo Fyffes era un mar de  excrementos, y los presos sometidos a aquel vivir en cloacas sentían la humillación con más encono que el odio, o que el diezmo de las noches de ronda».

Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
Incluye Juan Rodríguez Doreste en su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora».

Fue una llegada providencial, ya que «pasados los meses del miedo empiezan a preocuparse de cosas más materiales como la alimentación. Juan Mas, cocinero del barco Fernando Poo, mejora la calidad del rancho».

Recalca en otro momento que «amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente. Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación del Fernando Poo, desde el capitán, pundonoroso marino, que fue de los primeramente liberados, al cocinero mayor, el inolvidable Juan Mas, que a fuerza de ingenio culinario logró tornar ligeramente más apetecibles aquellas equívocas cocciones que nos servían bajo especie de rancho».

Repartiendo el rancho en el patio común.
Fotografía publicada por la revista francesa
L´Illustration en 1937.
«La presencia de Juan Mas, el cocinero del Fernando Poo, mejoró sensiblemente la apetecibilidad de nuestros ranchos. Aquello fue el verdadero banco de prueba de sus excepcionales aptitudes culinarias. Pero a veces se estrellaban sus bien contrastadas habilidades ante la intrínseca condición de la materia prima que le suministraban.»

O ante la invasión de insectos: «No hicimos  más que instalarnos y de todos los rincones, al  olor y al calor de la sangre  humana, de los quicios de puertas y ventanas, de los zócalos de madera,  de las grietas de las tablas  del piso, de los desconchones de las paredes, incrustadas  rápidamente en las cajas y cajones de nuestros efectos personales, de  las vigas de los techos, incluso de los de la cocina -yo he visto cadáveres de hemípteros  flotando  en  el  magma  grasiento  de  nuestras  pociones alimenticias-, de todos lados,  como un  aluvión reptante, como esas columnas  de hormigas gigantes, avasalladoras,  de las novelas de Mayne Reid, se abatió  sobre nosotros un ejército nocturnal e invisible. Para los que teníamos la  piel dulce, la epidermis entomológicamente suculenta, comenzó un nuevo, lento  e implacable martirio.  Durante bastantes meses, especialmente cuando vivía  en el cuarto de la pintura, de que luego hablaré y que fue mi última mansión,  para poder dormir los compañeros me enrollaban en mi manta, como a una  alfombra, me cerraban el hueco de los pies con una toalla y me cubrían la cabeza,  para  dejarme respirar, con un gran pañuelo. Mi posición yacente recordaba  muy  de  cerca,  por  su  inmovilidad y  rigidez, la de una  momia guanche. Desvelado, a la luz indecisa del cuarto, que dejábamos siempre encendida,  veía trepar  por  las paredes las hordas salvajes, alcanzar el techo y cuando  estaban estratégicamente situadas sobre sus presuntas víctimas, dejarse  caer con pericia y precisión de acróbatas. Lo curioso es que, en el cuarto de la  pintura,  donde dormíamos ocho compañeros, yo era el blanco exclusivo de aquella  siniestra puntería. Pero fuimos muchísimos los que sufrimos sus escozores.  Todavía eran  pocos e  ineficaces los  insecticidas. El arma  única para combatirlas  era  el agua  hirviente. Cada vez que podía, Juan Mas,  nuestro amable cocinero jefe, nos facilitaba unos cacharros para escaldar todas las posibles madrigueras».

En 1940 se incluye a Mariano Juan Más entre los reclusos con penas ordinarias que habían sido sentenciados y condenados en la provincia de Las Palmas de Gran Canaria hasta el día 1 de marzo de 1940, cuyas penas fueron conmutadas

Y así, se pierde la pista al cocinero del Fernando Poo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Tres escritores de Guinea en el penal de Gando

En "Cuadros del penal: memorias de un tiempo de confusión", Juan Rodríguez Doreste comparte su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando con los represaliados de la Guinea republicana, Rafael Rodríguez, Luis Buelta Saura y Antonio Alfonso:

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"Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...)

Imagen del campo de concentración del Lazareto de Gando en Gran Canaria
(Cortesía de Fernando Caballero Guimerá).
En "Los campos de concentración de Franco" de Carlos Hernández de Miguel.
Dos presos de Guinea se pasaban las horas muertas en nuestro cuarto: Rafael Rodríguez Delgado [presidente del Frente Popular en Santa Isabel] y Antonio Alfonso. Rafael es de los hombres más inteligentes, cultos y preparados que he conocido. Nos hablaba mucho de una teoría que estaba elaborando sobre lo que llamaba el matergón, síntesis de la energía y de la materia, premonición de recientes descubrimientos de la física nuclear, que identifica materia y energía como una misma cosa, con la apariencia variable que crea el radical fenómeno ondulatorio. Rodríguez Delgado tiene ahora muy trabajada, bajo luz filosófica, su vieja teoría, que llama el matergonismo, simbiosis operante del materialismo dialéctico y el materialismo histórico. Me redactaba en aquellos meses unos cuentos deliciosos para mi hijo Octavio, que tenía entonces cinco años, que ilustraban Carrillo y Felo Monzón y escribía con letras de acabada perfección Antonio Alfonso, que además de buen poeta era un extraordinario pendolista. Otro sensible poeta, antiguo jefe de Correos de Guinea, Luis Buelta, nos leía también sus composiciones líricas. Los cinco vates de la prisión —Luis Buelta, Antonio Alfonso, Luis Galvez, que estuvo preso en Tenerife, Rafael Rodríguez Delgado y José Antonio Rial,— que ha publicado en Venezuela sus memorias de la prisión de Fyffes bajo forma novelada— recogieron años después en un precioso tomito, cuidado y editado por Rafael con verdadero primor, algunos de sus poemas de presidiarios. Antonio Alfonso, olvidado de la poesía, se halla ahora en Caracas dedicado a la filatelia comercial. Rafael Rodríguez, tras muchas aventuras intercontinentales, que, entre otros destinos, lo llevaron a desempeñar durante doce años un importante puesto como Asesor jurídico en la Sección de Interpretación de Lenguas de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, vive ahora en Madrid, jubilado, escribiendo en Indice, con su mujer y sus dos hijos."


miércoles, 5 de junio de 2019

El aficionado a los toros de Santa Isabel

Recoge Javier Rodrigo en La guerra fascista. Italia en la Guerra Civil española, 1936-1939 que Queipo de Llano «declara ante la legación italiana en noviembre de 1937 que tras la guerra los españoles no se convertirían, y que en consecuencia había "que librarse de esta gente. Hay que seguir fusilando, o crear grandes campos de concentración en las Canarias o en Fernando Po [sic]"». Pese a ese explícito posicionamiento, no se llegó a construir un gran campo de concentración en Fernando Poo. Se recurrió, eso sí, -como veíamos en Gran palabra tienen los blancos- al confinamiento de la población autóctona en Annobón, mientras los colonos desafectos al golpe de Estado acabarían en el campo de concentración del viejo lazareto de Gando, en Canarias.

Precisamente, cuenta Juan Rodríguez Doreste sobre su vivencia de confinamiento en ese campo de concentración que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...) Creo que llegó a nuestro cuarto [de "los pintores"] para completar un hueco. Gonzalo Carrillo, en cambio, anterior compañero en el recinto de los abogados, dibujante, acuarelista, caricaturista, pintor de paisajes tropicales, negras fenomenales y toreros en acción, vino por derecho propio. Por derechos de aptitud y de fecundidad, pues nadie pudo superarle en incansable laboriosidad. Utilizaba para sus pinturas unos esmaltes que se caban pronto y puedo afirmar que ni uno solo quizás de los mil y pico presos que por entonces quedábamos en Gando se fue para su casa sin llevarse una obra de Gonzalo, en cualquiera de los muchos registros plásticos que tocaba».

El Ministerio Fiscal había solicitado cadena perpetua contra Gonzalo Carrillo Riera, condenándole finalmente a diez años (más lo que le cayera por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas). Al fin y al cabo, tenía la imperdonable falta de ser uno de los públicos contribuyentes a la donación de las 10.353,65 pesetas para la República, conforme a la Gaceta de Madrid del 5 Noviembre 1936.

Apunte de Gonzalo Carrillo Riera 
que representa al brigada Martín
"en un día bueno".
«La llegada de los dos nuevos huéspedes de Guinea [a la celda de "los pintores"] alteró un poco la calma monocorde de nuestras horas. Gonzalo Carrillo, vivo, hablador, ocurrente, con labia de andaluz, de familia riojana, había nacido casualmente en Las Palmas y se titulaba en broma, con mote taurino, Chiquito del Puerto. Introdujo en nuestros diálogos temas inéditos: los problemas de la colonia y de la negritud -aunque todavía Leopoldo Senghor no había acuñado el término- la narración de las aventuras de su frustrada fidelidad republicana, etc. Pero, sobre todo, los inagotables comentarios de su entrañada taurofilia. Tenía en aquellos años facha y hechura de torero: alto, espigado, estrecho de caderas, piernilargo.

Lo menos taurino era su traza epidérmica, rubia y pálida, con blancura que la larga reclusión había acentuado hasta términos de transparencia.

Yo había sido algo aficionado a la fiesta nacional. En mis tiempos de estudiante conviví con un señorito andaluz, tronado, borrachín a salto de mata ca da vez que pillaba un duro, de fluyente simpatía, que había frecuentado capeas y becerradas, y que con una toalla, ayudada en su caso por una pata de silla desvencijada a guisa de estoque, me enseñó prácticamente todas las suertes del toreo, de capa y muleta: verónicas y medias verónicas, gaoneras, chicuelinas, molinetes, pases naturales y de pecho, ligados, ayudados por alto y bajo, etc. Y las suertes de matar, recibiendo, al volapié, la estocada tendida, hasta las cachas, etc.
Gonzalo Carrillo, que también había toreado becerrillos, completó mi erudición. Llegué a saber los nombres de los mejores diestros y sus especialidades. Entonces era rey de los ruedos El Niño de la Palma, rondeño de estilo y naturaleza, padre del que después fuera el grande y famoso matador Antonio Ordóñez. Me instruí también entonces en las características de las distintas escuelas, cada una de las cuales ha poseído un astro mayor, suerte de pontífice, revestido de específicas cualidades que son como la pauta ideal, la escala valorativa, raramente alcanzada en las cimas de la perfección, de las hazañas de los respectivos epígonos: el toreo alegre de Joselito, el estatuario de Belmonte, el de fugaces ráfagas geniales de Rafael El Gallo, el temerario de Granero, etc. Carrillo casi acabó haciendo torear a todos los abogados de su cuarto. Su contagiosa jovialidad, la gracia de sus imitaciones y caricaturas, porque era certero y suelto dibujante, nos desarrugó muchas veces el ceño en aquellos meses en que los desalentadores reveses de nuestra causa en el exterior se sumaban a las incomodidades y molestias de nuestro estado.
Gonzalo Carrillo se representa a si mismo como
"Chiquito del Puerto" dando un muletazo.
(...) Gonzalo Carrillo la nota más aguda, nunca chirriante, siempre afinada en el tono más hilarante, más divertido, más adecuado para desentumecer y alejar el tedio nostálgico que muchas veces, inevitablemente, ganaba nuestros ánimos. Ya expliqué que, aunque oriundo de la Rioja, donde ahora vive, trabaja en su profesión y patrocina festivales taurinos sin cuento, nació en Las Palmas en una escala de su madre hacia la Guinea, donde su padre, don David, fue muchos años Curador colonial. Un canario gracioso y salado, con humor bien distinto del nuestro, que es habitualmente más irónico y socarrón».







Correspondencia de Gonzalo Carrillo, enviada desde el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando, recogida en "Memorias de Contrabando":

«Las escasas obras literarias y artísticas conservadas se erigen en auténticas crónicas del sufrimiento y el horror vividos: poemarios como Lo imprevisto, de López Torres y Ortiz Rosales; los poemas, cuentos y dibujos de la Antología de musas cautivas elaborados por presos de Gando y Fyffes, o las pinturas, dibujos y caricaturas creadas en el cuarto de la pintura del Lazareto de Gando por Felo Monzón o Gonzalo Carrillo, entre otros.
Estas y otras expresiones artísticas y literarias son parte importante de la memoria histórica de la represión durante y después de la Guerra Civil en Canarias y dan testimonio de la lucha por la dignidad, la supervivencia, la resistencia y el compromiso político de los represaliados».
 «Utilizaba para sus pinturas unos esmaltes que secaban pronto y puedo afirmar que ni uno solo quizás de los mil y pico presos que por entonces quedábamos en Gando se fue para su casa sin llevarse una obra de Gonzalo, en cualquiera de los muchos registros plásticos que tocaba».

Falleció a finales de 2000, y de él afirma su nieto, el escritor y abogado logroñés Andrés Pascual, en Aquellos silencios del abuelo:
«No concibo mi vida sin los toros de la misma manera que me es imposible entender mi existencia sin la figura de mi abuelo Gonzalo» (...). En realidad el autor riojano asegura que todo lo que es está en relación con sus cuatro abuelos, que fallecieron mayores y con los que tuvo «mucho tiempo para poder compartir sus sueños y vivencias». Y el que le introdujo los toros en el corazón fue el inolvidable Gonzalo Carrillo, abogado, pintor y cronista taurino durante muchas temporadas en Radio Nacional de España: «Él me dio la alternativa también como abogado, ya que me inoculó la pasión por el derecho durante tantas horas que me permitió asistir a sus consultas. Él tenía el despacho en su casa de Nájera y yo deambulaba por toda las habitaciones, incluyendo la sala de espera y sus relaciones con los clientes».
Andrés Pascual recuerda a Gonzalo como una persona que tenía «la virtud de convertir en algo mágico todo lo que le rodeaba. Por ejemplo los paseos por la playa de Peñíscola, donde gracias a él aparecían piratas, contrabandistas y princesas cautivas; o por las choperas de Nájera, en las que unos días los protagonistas de sus relatos eran indios y vaqueros y al día siguiente guerreros de las cruzadas o caballeros templarios. Así era él y con los toros sucedía exactamente lo mismo». Por eso, para Andrés Pascual las corridas de toros no «eran un mero festejo al que acudíamos para ver un buen muletazo». «Era un universo que comenzaba desde por la mañana cuando me cogía yo a su pantalón porque me encantaba estar con él en la plaza para el apartado y ver aquellos increíbles animales que eran los toros. A mi escala eran como inmensos mamuts, gigantes, retadores, inmortales. A su vera para un niño como era yo estar a su lado significaba aventurarse por una ventana ante unos mundos fascinantes», recuerda.
Pero había más, «porque en casa antes de comer hacía unos cuadrantes increíbles para colocar a la gente en sus entradas, la contrabarrera del 2, éste o aquel tendido... Después de las corridas llegaba a casa y todos esperábamos a que le llamaran de la radio y comenzara con su mítico: buenas noches, aquí Gonzalo Carrillo desde Logroño para Radio Nacional de España. Aquello me parecía como un sueño. Entonces, con aquella voz de doblador de cine contaba la corrida con su mirada y yo me daba cuenta hasta qué punto era capaz de ver cosas que para muchos pasaban inadvertidas. En realidad no las miraba con los ojos, su acento tenía que ver con los latidos de su corazón», afirma.
El corazón y el alma
Y qué quedaba de todo aquello en la mente de Andrés Pascual cuando era niño: «Lo que respiraba era épica y un inmenso respeto. Él, con todo lo que sabía, se mostraba ante la fiesta y ante cada uno de sus protagonistas con semejante humildad que te hacía, sin darte cuenta, formar parte de ella como uno más. ¿Cómo tiene que ser esto para que el abuelo dedique semejantes silencios?, me preguntaba. Él no era nada hablador en las corridas, él escuchaba la música del toreo y no me refiero a los pasodobles, sino a la respiración de los matadores, los latidos acompasados del animal y del hombre y todos esos sonidos que se generan en un coso. Aquello me impresionaba y es lo que más grabado se ha quedado en mi espíritu y además, lo mantengo».
18 de julio de 1942 en Santa Isabel

Lamentablemente, Carrillo -el aficionado a los toros de Fernando Poo- nunca pudo disfrutar de ellos en la isla tras su destierro y confinamiento, ya que la primera lidia tuvo lugar en los años 40. Como diría Agustín de Foxá en su artículo "Toros en Fernando Poo" de 1945: «No son los de América los únicos festejos taurinos que exigen días y días de mar para que los españoles los presencien. Como en todos los lugares donde asomó la influencia ibérica, allá en la lejanía caliente del Golfo de Guinea también se oye, en las vísperas de las fiestas tradicionales -Día de la Raza, 18 de Julio, fechas de la liberación de Bata o de Santa Isabel-, charlar apasionadamente del temple de un natural imaginario o del efecto de una estocada todavía en potencia. La fiesta llega al Ecuador, y en los “chiringuitos” que se adelantan al mar entre palmeras, en el "Negresco" de Bata o en el Casino de Santa Isabel, la conversación taurina fluye, sustituyendo por unas horas el eterno comentario, que gira siempre sobre el precio del café, la holgazanería del bracero o el cuidado de la finca de cacao».



jueves, 30 de septiembre de 2021

Música clandestina

Dibujo de Felo Monzón
(Rafael Monzón Grau-Bassas)
realizado en el campo de concentración
Cuenta Guillermo Martínez en La música clandestina en las prisiones franquistas: esperanza, muerte, picaresca y el sueño de libertad que «Modificar la letra del “Cara al sol”, enfrentarse a las autoridades cada vez que intentaban que una partitura saliera de la cárcel y entonar diferentes canciones sobre su propia realidad es lo que hacían decenas de presos encarcelados durante la dictadura franquista (...) Romper el silencio en las cárceles franquistas no fue algo baladí. Decenas de presos políticos se vieron inmersos en bandas y orquestas de estos centros penitenciarios pensados para el castigo y la muerte, la reeducación del régimen. Entre ellos, decenas de músicos profesionales que no dejaron de entonar sus partituras y composiciones entre barrotes, a veces obligados por las autoridades de la dictadura, otras tantas, por la libertad añorada, la familia lejana, los deseos de escapar. La lírica caló en fragmentos de papel higiénico, en giros irónicos de un Cara al Sol quemado, en la protesta política: su crimen».

No es una sorpresa: habíamos visto ya en la celda de los pintores o el aficionado a los toros de Santa Isabel cómo los confinados buscan estrategias que les permitan hacer más llevadera la prisión o incluso generar espacios para la resistencia. Así surgen casos como los voluntarios a Guinea en el penal de Burgos.

En esa búsqueda los presos se inspirarán en diferentes temas, tantos como emociones:

«Asimismo, el protagonismo también recayó en las mujeres que sustentaban al preso: "La figura de la madre, la esposa y la hermana es muy recurrente porque son quienes les llevaban comida y de algún modo ellas estaban tan presas como ellos", especifica Calero. Aun así, la libertad era el tótem central al que dedicaban sus versos. Así ocurre cuando salen de prisión, o bien por su excarcelación o porque se tratara de un traslado. "Cuando ya sea libre te volveré a ver", decían las presas de Durango "desreferenciadas de su propio sitio, sin un lugar al que regresar", apunta la investigadora. Más allá de las mujeres, tan presentes en el pensamiento y recuerdo de los presos, éstos también dedicaban sus obras musicales a los más pequeños de la familia. Lo mismo sucedía con otras composiciones de contenido sexual, dada la carencia del mismo. "Cuando uno se las encuentra puede sorprender, pero no deja de ser una necesidad física y emocional", señala Calero. Ella misma finaliza al afirmar que, en estos casos, las letras sí tienen cierto contenido humorístico y se retrotraen a los ritmos latinos que ya habían penetrado en España en los años 20, donde todo es más sugerente y hablan del sexo hasta donde pueden, entendiéndolo como un juego».

Entre los testimonios recopilados está La Rumba de Ánxel Jóhan, compuesta en 1940 mientras cumplía condena en la Prisión de las Palmas de Gran Canaria.

Danza en el cálido son 

del bongó.

Rumba de selva

en Fernando Póo.

Baile del vientre

con tetas al sol.

Danza, que danza, que danza

la gripa se escurre llena de sudor.

Lujuria del muslo

crispada la mano

y abierto el bongó.

Trenza el calabó, bó, bó

trenza en tu ombligo

las nipas de N’fork [sic, por N’sork].

Sonido, verso y color

para la negra, negra de Cennobón [sic, por Annobón]

Sobre el autor, recogen en El Silencio Roto que Ánxel Jóhan (nacido como Ángel Juan González López, Lugo, 1901-Madrid 1965) fue:

Poeta, escritor y dibujante lucense. En 1929 se trasladó a Las Palmas de Gran canaria donde colaboró con la revista Yunque. Tras la sublevación militar escribió al gobierno de la república informando de la presencia de Franco en la isla, razón por la cual fue detenido en 1937 y condenado a treinta años de reclusión, de los cuales cumplió cuatro en el Penal de las Palmas. Allí retrató a varios de sus compañeros de presidio, colaboró en la revista clandestina Surcos y escribió diversos poemas y canciones, entre estas las de motivo infantil Dos canciones y la erótica Rumba.

En 1938, el Ministerio del Orden Público declara su separación del servicio del Cuerpo de Telégrafos, al que nunca más volverá a pertenecer.

En 1941 fue excarcelado, siendo entonces cuando publicó sus primeros libros: Redondel sin salida (1944), Alba esencial (1944), Muerte siempre (1945), La agonía junta (1946) y Antología cercada (1947). En 1948 regresó a Lugo, donde se dedicó a diversas actividades docentes.

Finalmente falleció en Madrid en 1965.

 

La canción tiene la evidente influencia de alguno de los 150 presos coloniales en Gando.

De todo modos, Ánxel Jóhan cultivará diversos procesos creativos (pintura, poesía... y otro tipo de canciones) en prisión.

Por ejemplo, dibujos y caricaturas:
Retratos de los presos Eustaquio Almeida Ojeda, Félix Montesdeoca Pérez, Domingo Suárez Morales, Juan Trujillo Pérez, Javier Muñoz Pastor y José Fiol Santana realizados en la prisión de Fyffes.



martes, 19 de septiembre de 2023

El relato de Doreste

Las memorias Cuadros del penal: (memorias de un tiempo de confusión) de Juan Rodríguez Doreste recogen su vivencia en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando.
Éste texto, es citado recurrentemente en este paseo por la calle 19 de septiembre de la vieja Santa Isabel, ya que es un relato de primera mano conocer del sufrimiento de los 150 presos coloniales y tripulación del Fernando Poo en ese penal de Las Palmas.

Igualmente incluye una narración del proceso histórico:

Los funcionarios y la guarnición militar del continente, reducida ésta prácticamente a unas milicias que tenían más carácter de gendarmería civil que de unidad castrense, se mantuvieron fieles al gobierno legítimo por espacio, poco más o menos, de tres meses. Suspendido el contacto y la comunicación regular con la Península, en espera de una inminente sofocación del levantamiento, en la que todos confiaban al no triunfar en los primeros días la vasta conjuración, aquellas gentes decidieron aguardar pacientemente el que estimaban cercano desenlace. El único acto que pudiera tildarse de rebeldía, aunque realmente no lo fuera en sus especiales circunstancias, fue la decisión unánime de los tripulantes del "Fernando Poo" de negarse a zarpar con rumbo a Europa, dejando el barco fondeado en aguas de Bata, en la Guinea continental, hasta que el horizonte político se aclarara. Su pecado mayor, tan ingenuo como contraproducente, fue detener a unos cuantos misioneros, que estaban esparcidos por el interior, y concentrarlos en el "Fernando Poo", convertido en parcial prisión militar, bastante diferente por comodidades y trato al inmundo pontón en que fueron encerrados los presos políticos de Tenerife hasta que se trasladaron a la prisión de Fyffes. El gobierno nacionalista decidió, por razones de prestigio exterior, rescatar aquellos territorios y encomendó la misión al Gobierno militar de nuestra provincia. Se requisó y se artilló conveniente mente el vapor "Ciudad de Mahón", que prestaba servicios entre las islas, se reclutó un batallón que se llamó de voluntarios canarios, en el que se inscribieron hombres jóvenes y maduros a quienes no agradaba la adhesión directa al falangismo, y en los primeros días de octubre la expedición puso proa aventura. Se rumoreó entonces que la partida se estuvo difiriendo hasta comprobar que el Blas de Lezo, unidad de guerra naval fiel al gobierno republicano, abandonaba las aguas guineanas donde estaba apostado.

 

En la crónica histórica, que la prensa local relató a través de literatura tan ditirámbica como altisonante, fueron presentadas la conquista y la ocupación como una epopeya heroica. En realidad hubiera podido ser calificada de episodio de opereta —más de seiscientos hombres, entre los cuales figuraba un Tabor moro de Tiradores de Ifni, un batallón de voluntarios uniformados, artilleros, médicos, etc. para reducir a un puñado de aparentes rebeldes que no disponían ni de una sola ametralladora— si no hubiese costado a los vencidos el tributo de numerosas vidas, y a los expedicionarios cinco desaparecidos en el mar, al ladearse inesperadamente el casco del buque "Fernando Poo", cuando ya se encontraban a bordo numerosos voluntarios que lo creían definitiva mente estabilizado. De los tripulantes que perecieron, unos se ahogaron al tratar de ganar la orilla a nado, otros fueron ametrallados en la lancha en que huían desde una falúa que el Ciudad de Mahón desplazó para perseguirlos. Pocos pudieron escapar alcanzando, a través de los bosques, la frontera del Camerún. El navío artillado conminó a rendirse al "Fernando Poo". Al no acceder la tripulación, le disparó varios cañonazos, uno de los cuales abrió un boquete en la banda de estribor. El barco se escoró y quedó totalmente acostado.

El resto de la epopeya fué un sencillo y marcial paseo. Ingresaron en la prisión todos los funcionarios en activo, los supervivientes del barco hundido, y unas cuantas personas más, caracterizadas en la colonia por un republicanismo más o menos tibio, pero desde luego nunca muy extremado y ardoroso.

Lo que sí resultó ardoroso fue el largo encierro. Amontonados en unos barracones, en condiciones climáticas tan desfavorables, con servicios higiénicos y sanitarios apenas elementales, desprovistos de ejercicio y de adecuada alimentación, la salud de los presos comenzó a quebrantarse, su estado físico a descaecer visiblemente. Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación [del Fernando Póo].

(...) Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora.

miércoles, 5 de junio de 2024

Presos heredados

No es la primera vez que lo contamos en este paseo por la vieja calle 19 de septiembre de Santa Isabel: 
El 1 de mayo de 1936, se constituye el Frente Popular en Fernando Poo, como estructura partidaria.

Esa primera experiencia apenas superó el mes: según la historiografía franquista, la victoria del Frente Popular en 1936 tras el escándalo de la gürtel del gobierno de derechas, pone nervioso a los poderes fácticos coloniales y el gobernador «Reúne a la Junta de Autoridades el 5 de junio y promulga un bando por el que se declara a la colonia en estado de excepción, lo que le permite expulsar al Presidente del Frente Popular Rodríguez Delgado y a otros agitadores, a los que pone a disposición de la Audiencia de Canarias».

 


Los deportados son Rafael Rodriguez Delgado, abogado y presidente del Frente Popular, Sotero Ortega Yáñez, Eugenio Santos Germán, agricultor, y Antonio Alfonso Rodriguez, carnicero.

Serán encarcelados como presos gubernativos, sorprendiéndoles el golpe de Estado estando ya en prisión.

Y aunque el 28 de junio de 1936 "La Guinea Española" daba la noticia de su próximo regreso en el Ciudad de Cádiz, el diario “Acción” de Las Palmas confirmaba en su edición del día 24 la Lista de los detenidos en Las Palmas y pueblos de la isla, incluyendo a los cuatro de Fernando Póo entre los alojados en la Prisión Provincial y Castillo de San Francisco.

Así, fueron heredados por autoridades golpistas canarias, pasando desde ese momento por diferentes confinamientos, incluyendo los almacenes de la bananera Fyffes o Faifes, (como la denominaba la población local) o el campo de concentración del viejo lazareto de Gando, en donde recibieron a los 150 presos coloniales tras la caída de Bata.

Los cuatro tuvieron diferentes procesos:
  • Rafael Rodriguez Delgado: «tras muchas aventuras intercontinentales, que, entre otros destinos, lo llevaron a desempeñar durante doce años un importante puesto como Asesor jurídico en la Sección de Interpretación de Lenguas de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, vive ahora en Madrid, jubilado, escribiendo en Indice, con su mujer y sus dos hijos».
  • Sotero Ortega Yáñez: En 1952 se le concedió la libertad condicional junto a otros veinticinco penados.
  • Eugenio Santos Germán: acusado por "hojas clandestinas" 
  • Antonio Alfonso Rodríguez: El Consejo de Guerra le condenó a pena de muerte, si bien posteriormente sería conmutada por la de cadena perpetua; pena que entonces consistía en treinta años de reclusión mayor. Cuenta Juan Rodríguez Doreste que, en el campo de concentración de Gando, Antonio Alfonso integraba las tertulias literarias en Gando, y tras su excarcelación se exilió, «olvidado de la poesía, se halla ahora en Caracas dedicado a la filatelia comercial».


domingo, 21 de julio de 2024

El cartero poeta

Contaba Juan Rodríguez Doreste en su vivencia de confinamiento en el campo de concentración del viejo Lazarero de Gando que «Llevábamos algunos meses en Gando cuando llegaron los detenidos en la Guinea española, que procedían de la isla de Fernando Poo y del territorio del Río Muni, a los cuales se habían incorporado los tripulantes capturados del vapor de la Compañía Trasmediterránea, llamado precisamente el Fernando Poo, hundido en las aguas del puerto de Bata. Eran aproximadamente unos ciento cincuenta en total, entre tripulantes y coloniales. De los primeros salieron las bajas más importantes que causó la expedición conquistadora. (...) Y así un día aparecieron por Gando, derrotados, pálidos, con evidentes señales del estrago corporal que les había causado una reclusión que lindaba en infrahumana. Constituían un buen contingente, muy heterogéneo de composición, pero muy homogéneo en la solidaridad, en el buen espíritu. Venían funcionarios caracterizados: el tesorero de Hacienda, el jefe de Correos, el jefe de la Policía gubernativa, el comisario López García, pintoresco personaje, realmente detenido por error, pues no era ni chicha ni limonada, dependientes de la Curaduría, algunos profesionales, cultivadores y finqueros, escritores, un excelente poeta, etc. y la totalidad de la tripulación del Fernando Poo».

Sobre los funcionarios de correos José Lizcano Barco e Isidro Álvarez Martínez, ya hemos desarrollado un par de paseos por este recorrido en la calle 19 de septiembre de Santa Isabel.

Pero sobre Luis Buelta Saura, el cartero destinado en Santa Isabel, apenas un párrafo:

...adscrito a la oficina de Correos en Santa Isabel, para el que el fiscal pedía cadena perpetua, pesó mucho su compromiso con el semanario El Defensor de Guinea. Como La Guinea Española relataba en su edición del 21 de mayo de 1939, «llegó afortunadamente en 19 de septiembre de 1936 el alzamiento nacional en esta isla, y los Sres. Buelta, Gay, Robles y demás comparsa del Frente Popular fueron retirados de la circulación; y por tanto, muerto y sepultado EL DEFENSOR DE GUINEA, y la imprenta del Sr. Robles incautada por el nuevo Estado...», por lo que finalmente fue condenado a 10 años de prisión.
 
Rodríguez Doreste sí le dedica algo de atención: «Otro sensible poeta, antiguo jefe de Correos de Guinea, Luis Buelta, nos leía también sus composiciones líricas. Los cinco vates de la prisión: Luis Buelta, Antonio Alfonso, Luis Gálvez, que estuvo preso en Tenerife, Rafael Rodríguez Delgado y José Antonio Rial,-que ha publicado en Venezuela sus memorias de la prisión de Fyffes bajo forma novelada- recogieron años después en un precioso tomito, cuidado y editado por Rafael con verdadero primor, algunos de sus poemas de presidiarios».

El cartero poeta, no era un desconocido en la isla. No podría ser de otra forma, si como razona M. López Vicario en En Guinea Ecuatorial, historiando sus venturas y desventuras, «¿Qué hubiera sido del maestro, del médico, del practicante, del religioso, del cabo, del empresario, o del ciudadano, sin el servicio de Correos? El cartero, en Guinea, fue introductor de cultura, especialmente entre los que no tenían relación con los centros religiosos, de sanidad o de cultura, naciendo un sentimiento de curiosidad y simpatía hacia el cartero, que un día acercaría al nativo del más recóndito poblado, hacia ese medio que le facilitaría alguna de esas pequeñas cosas, que el nativo tanto valoraba. Mientras el maestro, médico o religioso, inspiraban respeto, el cartero infundía confianza y simpatía».

En el caso concreto del cartero Luis Buelta, éste contaba con arraigo familiar de años en la isla, como atestiguan las sentidas expresiones de apoyo que generò el fallecimiento de su padre, Luis Buelta Pagés.

Sobre su vocación literaria aludida por Rodríguez Doreste, ésta era de sobra conocida (y reconocida) en Santa Isabel, ya que precisamente a él le tocó recitar unos poemas de su autoría en alabanza de los expedicionarios de la mítica  Patrulla Atlántida que realizó el primer vuelo por etapas entre Melilla y Guinea Ecuatorial en un remoto 1926: En la Escuela Oficial de Niñas, «la Música, la Poesía, la Literatura y la Declamación tuvieron muy dignos representantes. (...) La poesía rayó muy alto en las composiciones de D. Luis Buelta, bien conocido del mundo artístico de la Colonia; (...). La declamación debió quedar muy satisfecha, al oír recitar y declamar a D. Antonio Balanza la poesía del Sr. Buelta».


¿Seguimos con su historia? Hoy subir al pico Basilé, se realiza en una cómoda carretera (tal vez el único problema sea el control de acceso desde Laka/Sipopo). Pero en esa época el viaje requería armarse de valor para una dura ascensión. En 1925 ocurrió el hecho sorprendente de averiguarse que el que el pico Santa Isabel (el hoy conocido como pico Basilé), el más elevado de la isla, al que se atribuían hasta entonces 2,850 m, de altitud, tenía en realidad 4,710 m, es decir, 1,860 m, más de lo que se suponía y constaba en los mapas. Y con esa "redefinición" de la altura del pico, la expedición se consideró con autoridad para rebautizarlo como pico España. 
La ascensión que dió lugar a ese descubrimiento contó con un Luis Buelta Saura de 24 años como uno de sus promotores e integrantes... y su relator: «Dos móviles primordiales nos llevaron a intentar la ascensión a la cumbre más alta de Fernando Poo: uno patriótico y otro científico. Incorporar de hecho la montaña a nuestra isla, explorándola en su mayor extensión posible divulgando sus características entre nuestros compatriotas, y bajar con datos fidedignos acerca de su flora, climatología, altitud, situación, etc. Han sido contadísimas las expediciones que se han llevado a cabo para escalar el formidable macizo fernandino, y casi todas ellas lo fueron por extranjeros, singularmente por los soldados y oficiales alemanes, internados del Camerón durante la guerra europea, El inconveniente más grave que se tropieza para efectuar la ascensión es la falta de agua, elemento que desaparece por completo a unas cuatro horas de Santa Isabel. Y también la carencia absoluta de caminos, hasta el punto de que nuestro viaje se llevó a término abriéndonos paso violentamente durante casi todo el trayecto, a través del bosque virgen que, contra lo que esperábamos, y destruyendo nuestras previsiones, se hacia más compacto e impenetrable al ganar en altura, Previa la autorización del excelentísimo señor gobernador interino de estos territorios, don Carlos Tovar de Revilla, quien dió toda clase de facilidades y elementos para que nuestro proyecto fuese una realidad lo más rápidamente posible, salimos de Basilé, poblado sit, a 450 m, de altura y a 8 kms. de la capital, en la madrugada del domingo 25 de octubre».
Una gran historia para le época, pese a que se equivocaran en la medición (hoy se sabe que son realmente 3,011 m). En su relato del ascenso, Buelta tiene igualmente un cariñoso recuerdo por Antonio Copachito, de Zaragoza de Sampaka, y Guillermo Sipoto, de Botonó, los dos bubis que le acompañaron en el ascenso, pese al miedo por invadir las posesiones del dios Morimó.

Los periódicos españoles recibirán regularmente sus relatos no sólo de la ascensión al pico Basilé;  crónicas, novedades y relatos costumbristas de Santa Isabel están accesibles en las hemerotecas.

Por eso, no es de extrañar que -como escritor y cronista- fuera promotor el 1 de mayo de 1930 de "El Defensor de Guinea" junto a José Robles Diez, impresor de oficio. Desde "La Guinea Española" reconocerán que la iniciativa fue inducida y apoyada por el Superior Provincial de los claretianos en Banapá, ya que con esa nueva hoja bisemanal o diaria de noticias cubrirían sus promotores un servicio que ellos con su publicación misionera no podían ofertar. E incluso se les facilitó la imprenta monopol que Maximiliano C. Jones había comprado en 1924 a instancias del gobernador Barrera, y que tras pasar por diferentes dueños acababa de ser adquirida por los claretianos.

Fundador y Director: Luis Buelta,
dice la cabecera de "El Defensor de Guinea"


El nuevo periódico santaisabelino afirmaba ser  «ajeno a toda tendencia política y social» y su norma «la defensa de los intereses de nuestras colonias en el golfo de Guinea y cómo salvaguardar la acción colonizadora de España en estas posesiones». 

Todo parece indicar que durante los primeros años la alianza entre los dos periódicos funcionó, si bien se fue tensando al igual que el clima político en la península, hasta el 1 de mayo de 1936 (6º aniversario de la creación de "El Defensor de Guinea") en que se crea el Frente Popular de Fernando Póo. Lo crearán según la historiografía franquista «una docena de descontentos sin prestigio ni arraigo: un comerciante de Santa Isabel, don Jaime Gay Compte, hombre apasionado y violento; un contratista de Obras, José Serrano Roldán, aventurero procedente de Tánger, que había creado en la isla una logia llamada "Fernandina número 17", filial de otras de Valencia y Barcelona; un médico, Abelardo Lloret, y unos cuantos funcionarios de menor cuantía y colonos descalificados», estando los funcionarios de correos entre esos "funcionarios de menor cuantía".
En las sucesivas ediciones del bisemanal, se percibirá la sintonía entre el Frente Popular y "El Defensor de Guinea" por lo que con el triunfo del golpe de Estado en Santa Isabel, la imprenta será confiscada.

Como la propia revista "La Guinea Española" relataba en su edición del 21 de mayo de 1939, «llegó afortunadamente en 19 de septiembre de 1936 el alzamiento nacional en esta isla, y los Sres. Buelta, Gay, Robles y demás comparsa del Frente Popular fueron retirados de la circulación; y por tanto, muerto y sepultado EL DEFENSOR DE GUINEA, y la imprenta del Sr. Robles incautada por el nuevo Estado, que es la que ha salido a subasta como al principio dijimos ["motivo de la subasta de la imprenta del rojo y comunista Sr. Robles...", sic]. Era natural, que al que se llamaba pomposamente DEFENSOR DE GUINEA y que otros llaman OFENSOR DE GUINEA le sucediera un verdadero adalid de la Causa Nacional y así vio la primera luz EL NACIONALISTA, cuyos primeros números salieron de nuestra imprenta, mientras se organizaba la que fue del Sr. Robles; a ella se trasladó luego El NACIONALISTA, cambiando más tarde en EL FRENTE NACIONAL...», que se ha mantenido hasta el día de hoy como ÉBANO.

Se percibe un fuerte rencor hacia el periódico, que se razona por su postura durante lo que los clericales coloniales llamaban el "Tornado Antirreligioso": «A los pocos días de la instalación de la república en España, escribe Tomás L. Pujadas, el periódico santisabelino "El Defensor de Guinea" , que dirigía don Luis Buelta, publicaba un radio llegado de la Península, que decía textualmente: "Conviene que tanto ese periódico como la gente más principal de la capital hagan campaña en contra de los misioneros, para que inmediatamente sean sustituidos por sacerdotes seculares y se acabe así con sus intromisiones»....

Ah! y por supuesto, Buelta tenía la imperdonable falta de ser uno de los públicos contribuyentes a la donación de las 10.353,65 pesetas para la República, conforme a la Gaceta de Madrid del 5 Noviembre 1936. No podía ser de otra forma, si los impulsores de la campaña fueron precisamente los funcionarios de correos en Fernando Póo y Río Muni, a instancias de su colega de Bata, Isidro Álvarez Martínez.



El 7 de Octubre de 1936 se da inicio a la instrucción de la Causa 521/36 contra 23 paisanos por el delito de rebelión, incluyendo a Luis Buelta Saura.

Juan Medina Sanabria en Isleta, Puerto de la Luz: campos de concentración, resume la Causa: «juez instructor Capitán de Infantería Fortunato López Chávez, por el presunto delito de rebelión, contra el paisano Jaime Gay Compte y veintidós individuos más. Se enjuicia a todo el Comité del Frente Popular en Fernando Póo, por reuniones clandestinas tendenciosas desde el 18 Julio/19 Septiembre siguiente (estaba ya el Frente Popular suspendido en la isla), por los contactos con el Gobierno de Madrid y Bata y sus actuaciones con los subalternos y marinería del crucero "Méndez Núñez", implicándoseles en la destitución de la oficialidad del buque, etc. Tiene lugar el consejo de guerra el 27 Septiembre 1937 en el hogar del soldado del Cuartel del Grupo Autónomo Mixto de Ingenieros nº 4, sito en La Isleta, siendo aprobada la sentencia por la Autoridad Judicial el 16 Octubre 1937».

Según La guerra civil en las colonias españolas del áfrica occidental, el consejo de guerra fue
«presidido por el coronel José de Roas Fernández, actuando como capitán jurídico Ángel Dolla y fiscal Ildefonso Salazar y del Hoyo, quien solicitó una pena de muerte y otras 17 de numerosos años de prisión. Empero la sentencia rebajaría notablemente estas peticiones (…).

 A las nueve de la mañana del lunes comenzó a celebrarse en el Hogar del Soldado, del Cuartel del Grupo Autónomo Mixto de Zapadores y Telégrafos número 4, el Consejo de Guerra Ordinario de Plaza, para ver y fallar la causa seguida contra Jaime Gay Compte y otros, acusados del delito de rebelión. 


El Ministerio Fiscal interesó las siguientes penas: 
  • De muerte, para Jaime Gay Compte
  • Reclusión perpetua para José Robles Díaz, Pedro Mantilla Hernández, Luis Buelta Saura, Gonzalo Carrillo Riera, Santiago Gil Filiberto, Casimiro Peralta García, Francisco Hiniestro Montes, Manuel Luque Vázquez. Fermín Fernández Ortes, Ginés Pérez Ballesta. José Serrano Roldan y José Trillo Toreguitar. 
  • Veinte años de reclusión temporal para José García Solves. Quince años, para Vicente Gil Filiberto y José  Mendoza Carreño. Doce años, para Enrique Pellicer Garay y José Pallares Rey. 
  • Y retiró la acusación contra los procesados Antonio Platas Calvete, José Bortes de la Torre y Segundo Sabio Dutroy.

A las cuatro y media de la tarde terminó de celebrarse dicho Consejo de Guerra, reuniéndose seguidamente el Tribunal para  deliberar y dictar sentencia, la que será dada a conocer una vez aprobada por la Superioridad. 

El Tribunal fué presidido por el coronel don José de Rozas Fernández y actuó de vocal ponente el capitán del Cuerpo Jurídico, don Ángel Doll Manera. La Ley Marcial estuvo representada por  el alférez del citado Cuerpo, don Ildefonso Salazar y del Hoyo.


Finalmente, pese a la propuesta de reclusión perpetua, a Luis Buelta Saura le caerán 10 años de prisión.

Poco después de la condena, sufrirá un expediente de depuración del Juzgado Especial de la Dirección General de Correos y Telecomunicación, resolviéndose su separación definitiva del servicio de Correos.

Años después de entrar en prisión se beneficiará de una conmutación de pena y el 08 de noviembre de 1941, el BOE publica su libertad condicional provisional con liberación definitiva del destierro, saliendo de la Prisión Provincial de Las Palmas de Gran Canaria.

Cuenta igualmente con un expediente de indulto generado en 1956, tras haber pasado por prisión e incautación de bienes.